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Después del 19 de septiembre: Manos unidas para no sucumbir ante el desastre

20 Sep, 2017 Etiquetas: , ,

A 32 años del sismo del 19 de septiembre de 1985, el centro del país experimentó un temblor que dejó centenas de personas muertas y considerables daños materiales; cientos de habitantes de esta región del país perdieron su hogar. En este especial reunimos una serie de relatos e imágenes de que dan cuenta de lo que se ha vivido desde las 13:14 horas del lunes 19 de septiembre pasado en distintas zonas de la Ciudad de México e incluimos una historia de Morelos, lugar donde estuvo el epicentro.


Como hace 32 años, 19 de septiembre
[TEXTO: EMILIANO PÉREZ CRUZ / FOTOS: LIZBETH HERNÁNDEZ]

Aniversario del 85 y hubo simulacro, y casi la una de la tarde y uno en labores propias de su sexo (la lectura) siente que un ferrocarril, horrendo tren de carga, trepidante y oscilante pasa bajo el sofá y de un salto cae el veinte: ¡terremoto, sismo!, la familia se congrega en el patio, los perros azorados, cae un librero, el trastero, la escalera se menea p’allá y p’acá, mejor ni bajo tres pisos: bajo la trabe más próxima, hasta que los 7.1 grados se diluyen y queda la sensación del vaivén y el agua de tinacos y cisternas continúa su bravo oleaje: mejor ¡a la calle!

No hay energía eléctrica, el transformador de la esquina casi cae, le brota líquido transparente, y la barda de Trini, la tendera de la Siete y Sexta Avenida, col. EdoMex, cedió al bamboleo con epicentro en Morelos. Las señoras retornan con chiquillos de los jardines de niños, las primarias; los de secundaria retornarán minutos después, y ya la gente habrá colaborado (uta, arrastra a las lágrimas el gesto) y levantó el escombro de Trini, estás bien, ¿y tu viejo también?
Manos como esas se multiplican al trasponer los límites de Nezayork. El alma solidaria renace nuevamente. Pancitas retornó de Naucalpan para ver a su familia, y narra desplomes vistos durante su trayecto; de Puebla reporta m´hijo que la sacudida fue mayúscula y aflojó los muros del hotel donde hoy se hospeda; Javier transita, o al menos lo intenta, por Calzada de Tlalpan, hasta que los daños a la Unidad Habitacional Talpan se lo impiden. Que le diga a su mujer y su hija que está bien, no entran llamadas, hay fugas de gas, polvo, miedo… miedo.

La Pili recibe informes de sus centros de trabajo: el hospital 20 de Noviembre del Issste, desalojado y una vez valorado en las estructuras, los enfermos fueron alojados nuevamente por el personal médico y de enfermería; el Centro médico Nacional del Imss Siglo XXI sufrió daños en el área de Oncología, pero restableció el servicio; el Darío Fernández, ubicado en Barranca del Muerto casi con Avenida Revolución también confirmó el estado de las estructuras y reingresó tanto el personal como a los hospitalizados.

Los llamados de auxilio se multipliquen por las redes sociales, necesarios voluntarios para la colonia Roma: Puebla esquina con Salamanca; Álvaro Obregón y Valladolid, Salamanca esquina Oaxaca; en la Hipódromo Condesa: esquina de Laredo y Amsterdam; en la colonia Nueva Oriental Coapa: Rancho Tamboreo (Colegio Enrique Rébsamen); en la Tránsito: en Chimalpopoca y Simón Bolívar; en Lindavista: Sierra vista y Riobamba; en la Anáhuac: Laguna de Términos y Lago Cuitzeo; en la Del Valle: avenida Coyoacán y Providencia; Escocia y Nicolás San Juan; Eugenia y Edimburgo; Gabriel Mancera y Escocia; Viaducto y avenida Coyoacán; en Santa Cruz Atoyac: Petén y Zapata; en la Miravalle, en Balsas 18; en la Guerrero: Lerdo y Magnolia, Mina y 2 de Abril; en la Morelos: Comonfort y Jaime Nunó; en la Educación: Tlalpan Fovissste y Calzada de Tlalpan; en Los Girasoles: Rancho de los Arcos y Calzada del Hueso; en la Prado Churubusco: Ermita Iztapalapa y Calzada de La Viga; en la Narvarte Oriente: Yácatas y Concepción Beístegui; Torreón esquina Obrero Mundial; en la Lomas estrella: Paseo de Dallas y avenida Tláhuac; en la Emiliano Zapata: 10 de abril y Anenecuilco; en San Francisco Culhuacán: avenida Santana y Ejido Santa Cruz…

Así como en la barda de Trini, las manos se multiplican para retirar escombros, para intentar llegar a los sobrevivientes; otras menos preparan comida, llegan con agua para los voluntarios que, pese a la boca reseca y el gaznate invadido con polvo, derrochan angustia, energía, desesperación: cómo no.

De nueva cuenta la naturaleza hace de las suyas, aunque en menor escala si recordamos los daños del 85. Hemos acumulado experiencia, y sin embargo vemos que aún es necesario recabar más y sacarla a flote para acudir en auxilio de quienes el mundo con todo y vivienda se les vino encima: un kínder, una escuela, un edificio de departamentos; los viajeros del Metro soportaron estoicos el establecimiento del servicio, y con miedo llegaron al subterráneo y de Pantitlán a La Paz sólo llegaron a Santa Martha y a quemar grasas los orientable de la monstruópolis: caminando para saber de su familia, amigos, vecinos, desde ahí hasta las inmediaciones de Los Reyes, La Paz, Tlalpizahuac, Tlapacoya, San Isidro, Ayotla, Acozac, agradeciendo al santo de su devoción el salir con vida de sus centros de trabajo.

Los servicios telefónicos se restablecen y entonces los familiares llaman de otros estados y los migrantes –saben ya de la desgracia– mensajean o llaman desde Los Ángeles, San Antonio, Chicago, Florida, de todos los estados de la Unión Americana donde han tenido que emigrar para vivir menos peor, porque aquí nomás no. Mediante guasap, Twitter, Facebook envían mensajes de solidaridad, preguntan por los suyos que aquí permanecen, apapachan a quienes aún nos tiemblan las corvas… y el conteo de difuntos avanza.

Trasciende que el sismo también dañó el Monumento a la Madre, ubicado entre Sullivan y Villalongín, sobre Insurgentes Centro, y entonces la tragedia parece ser mayor, pues hasta la madre que de repuesto teníamos padeció este 19 de septiembre del malogrado sexenio peñista, presente lo tengo yo, con un nudo en la garganta al ver tantas manos escarbando escombros en búsqueda de vida, como hace 32 años, 19 de septiembre.


FOTOS DEL RECORRIDO POR LA ZONA CENTRO Y COLONIAS ROMA Y CONDESA: LIZBETH HERNÁNDEZ
El día después del sismo
[VIDEO:  RAMIRO RUIZ ]

Así se vieron zonas afectadas de la colonia Roma; particularmente en las calles de Puebla y Salamanca; Medellín y San Luis Potosí, y Viaducto y Torreón el 20 de septiembre.

Más videos aquí.

Puños arriba: Terremoto en México

 

[VIDEO: SARA ESCOBAR Y PABLO RAMOS/ DOSPASOSABAJO]

 

Para no sucumbir ante el desastre
[TEXTO Y FOTOS:  LIZBETH HERNÁNDEZ]

Por todas partes [en la calle, en el metro] transitan personas listas para ofrecer sus manos, su apoyo: ya sea para remover escombros, organizar despensas, recibir víveres, trasladarlos, repartir comida y agua entre quienes lo necesitan o para organizar el tránsito de vehículos por zonas afectadas por el sismo del 19 de septiembre pasado. Son tantas, lo mismo en Lindavista que en Tlalpan o Chimalpopoca o la Roma, que de pronto no saben a dónde dirigirse para que su ayuda sea efectiva. Unas a otras se comparten datos: «que allá dicen que sí necesitan ayuda, vamos»,«si aquí ya no reciben esto lo dejamos en otro centro de acopio». Y ahí van, en pareja, agrupados, dispersos, confundidos, organizados, pero ahí van. Les agarra la noche, la lluvia, y ahí siguen: dispuestas, dispuestos. La ciudad resiente el golpe del sismo del lunes; los ecos del de hace 32 años; las omisiones y negligencias del Estado [del gobierno federal y local] en materia de infraestructura que bien han sabido aprovechar empresarios durante estos años; el oportunismo político y mediático y también actos gandallas como robos; pero la ciudad resiste porque en las calles [ayudadas también por otras en redes digitales] están estas personas.


La mañana que el miedo regresó a la ciudad
[TEXTO: MAURICIO TORRES]

No han pasado cuatro días desde el sismo del 19 de septiembre que sacudió el centro del país, cuando el miedo vuelve a interrumpir la vida de los capitalinos, al grado de sacarlos corriendo de sus camas.
Es sábado por la mañana. Faltan cerca de 10 minutos para las 8:00. En las calles hay poca gente, circulan unos cuantos vehículos y reina el ambiente habitual de un arranque de fin de semana. Pero de pronto, una voz rompe la calma de por sí frágil en estos tiempos.

«Alerta sísmica, alerta sísmica…», se escucha en las bocinas instaladas a lo largo y ancho de la capital.
El zumbido —que cruza el aire sin que algún otro sonido se interponga en su camino— en pocos segundos saca a la gente de sus casas, de donde sus habitantes prefieren huir antes que quedarse a averiguar si se trata de una falsa alarma o no.

Dos padres de familia son los primeros en salir de su edificio cargando a su niña pequeña. La menor va cubierta por una cobija, los tres todavía visten pijama, y detrás de ellos vienen otros grupos de vecinos con un atuendo y un rostro similar: el rostro del temor.

Un hombre de unos 50 años, habitante de la Unidad Habitacional Lomas de Plateros, en la delegación Álvaro Obregón, voltea hacia arriba en busca de estructuras que se muevan: postes, cables, árboles o, peor aún, las propias construcciones.

Tras inspeccionar unos instantes, concluye que no hay movimiento pero justifica su preocupación.
«El miedo no anda en burro», dice, al recordar el sismo de 7.1 grados que apenas el martes pasado cimbró la capital, el Estado de México, Morelos, Puebla, Guerrero y Oaxaca. Hasta este sábado, según la Coordinación Nacional de Protección Civil de la Secretaría de Gobernación [Segob], el siniestro ha causado 305 muertos, la mayoría en territorio capitalino.

Esta mañana, de acuerdo con el reporte del Servicio Sismológico Nacional [SSN], el movimiento es de 6.1, con epicentro en Unión Hidalgo, Oaxaca, y aunque es poco perceptible en la ciudad —en áreas como la delegación Magdalena Contreras, por ejemplo—, sus consecuencias no son menores.

Horas más tarde, el jefe de gobierno capitalino, Miguel Ángel Mancera, informa en una conferencia de prensa que el sismo provoca episodios de crisis nerviosa que derivan en infartos y en la muerte de dos mujeres, una de 58 años y otra de 83. Conclusión: el miedo tiene costos.

De vuelta a las calles, la alerta sísmica mantiene en las calles a miles de ciudadanos.
Escenas similares se repiten en cada rumbo: familias completas en pijama esperando sobre la banqueta a saber qué había pasado y si sería seguro o no volver a sus viviendas.

La duda se alimenta de los hechos del martes pasado —el #S19—, que además de los muertos dejaron cientos de heridos, decenas de personas atrapadas entre los escombros, al menos 2,500 damnificados en albergues únicamente en la Ciudad de México y daños serios en 243 inmuebles, según los datos del último reporte del gobierno capitalino.

Sin embargo, el miedo de estos días parte de una raíz más profunda, más vieja, aquella que empezó a crecer entre los mexicanos hace 32 años, el 19 de septiembre de 1985, cuando un sismo de 8.1 grados sacudió la capital, causó la muerte de miles [no existe una cifra oficial] y, de acuerdo con historiadores y politólogos, provocó una crisis que llevó al endurecimiento de las normas de construcción, al surgimiento de una cultura de prevención de desastres y al nacimiento del concepto de sociedad civil.

La urbe nuevamente vive el desafío de conseguir que el afán de ponerse en pie prevalezca sobre el temor.

«El 19, y en respuesta ante las víctimas, la Ciudad de México conoció una toma de poderes, de las más nobles de su historia, que trascendió con mucho los límites de la mera solidaridad, fue la conversión de un pueblo en gobierno y del desorden oficial en desorden civil. Democracia puede ser también la importancia súbita de cada persona», señaló entonces el escritor Carlos Monsiváis en su crónica «Los días del terremoto».

Hoy, cuando otra vez se registran las manifestaciones de miles de voluntarios deseosos de ayudar en las zonas de rescate y en las labores de reconstrucción, y mientras los capitalinos que salieron corriendo de sus hogares esta mañana comienzan a regresar a ellos, la urbe nuevamente vive el desafío de conseguir que el afán de ponerse en pie prevalezca sobre el temor.

«Ni una sepultada más por la corrupción»
[TEXTO Y FOTOS: LIZBETH HERNÁNDEZ]

Sobre las calles de Bolívar y Chimalpopoca, en la colonia Obrera, no hay gritos. No todavía. Se guarda silencio. Son las 12:42 horas del domingo 24 de septiembre y poco a poco las personas que están aquí, mujeres en su mayoría, acomodan sobre los escombros prendas de ropa, flores, velas y pancartas dedicadas a las trabajadoras textileras que murieron en este lugar cuando el edificio marcado con el número 168 se desplomó debido al sismo magnitud 7.1 del pasado 19 de septiembre.

Los minutos transcurren. Más personas llegan al lugar. Integrantes de la Brigada Feminista que estuvo participando en las labores de rescate en este sitio denuncian y exigen: «[…] Se tiene conocimiento de que muchas mujeres que trabajaban en este lugar eran asiáticas y centroamericanas en condiciones laborales muy precarias. Durante las actividades de rescate, elementos adscritos a la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal (sic) obstaculizaron constantemente las labores […] Por lo anterior exigimos a las autoridades correspondientes lo siguiente: 1) La nómina completa de la fábrica que incluya el nombre completo de las personas que ahí [en el edificio] trabajaban así como el señalamiento de las personas dueñas de la empresa; 2) El nombre de las personas que fueron rescatadas con vida y su ubicación hospitalaria; 3) Número de personas que fueron encontradas sin vida en la fábrica y el lugar en el que se encuentran sus cuerpos; 4) Lista de personas que trabajaban en esa fábrica y no han aparecido; 5) Situación legal, en especial su situación migratoria [de los trabajadores], para fincar responsabilidades de los tratantes, ningún migrante debe ser perseguido. Todas las personas que perdieron a un familiar deben ser indemnizadas; 6) Nombre de los responsables de las distintas corporaciones que estuvieron a cargo de la estrategia de rescate; 7) Que se deslinden responsabilidades legales por la situación irregular de los trabajadores; 8) Que se investiguen los hechos de agresión cometidos por policías de la SSPCDMX».

Las acciones de rescate en esta zona terminaron formalmente el viernes 22 de septiembre en medio de dudas sobre cuántas personas murieron [no se ha hecho entrega de la relación de trabajadoras/es que acudían al edificio] y sobre cuáles eran las condiciones laborales en que se encontraban.

A través de redes sociales, principalmente, se han dado a conocer versiones sobre las condiciones irregulares en que trabajaban estas personas. Justo la referente a las que enfrentaban las trabajadoras textileras ha motivado denuncias de explotación y sueldos precarios. Una denuncia que incluso ha traído a la discusión pública las similitudes entre esto y lo ocurrido con costureras que murieron en el sismo de 1985.

Los datos poco a poco empiezan a salir. Algunos los ha proporcionado Animal Político quien revisó bases de datos oficiales y contrastó información de amigos y familiares de víctimas para reportar que «por lo menos cuatro empresas cohabitaban este inmueble».

Estas empresas son: Dashcam System México, de productos de seguridad vial. SEO Young Internacional, dedicada a fabricar bisutería para vestidos. Asia Jenny Importaciones, de juguetes chinos, «empresa perteneciente a la familia de la joven de 23 años, Amy Yu Huang, cuyo cuerpo sin vida fue rescatado de entre los escombros el jueves 21 de septiembre».Y New Fashion, «dedicada a la fabricación de ropa para mujeres. El dueño era Jaime Azquenazi, integrante de la comunidad judía en la CDMX».

Durante este memorial, la abogada Sayuri Herrera da a conocer que se busca redactar un proyecto para solicitar a la Asamblea Legislativa local o al gobierno de la Ciudad de México que este predio sea expropiado y se convierta en un espacio de memoria y de encuentro que permita discutir de manera permanente las condiciones laborales de las trabajadoras textileras. El proyecto está en proceso de elaboración y falta incluir puntos de vista de distintas agrupaciones.

Mientras, las dudas persisten. Las demandas para que se esclarezca el caso, para que se haga justicia, también.

Dos rayos en el mismo lugar
[TEXTO Y FOTOS: XOCHIKETZALLI ROSAS]

26 de septiembre de 2017.

«Simplemente no puedo imaginar lo que fue para esas personas ver su ciudad en ruinas», le dije a mi compañera de trabajo esa mañana del 19 de septiembre de 2017, mientras leíamos la prensa. Treinta y dos años después del sismo que había marcado a la Ciudad de México.

Mientras las dos leíamos, ella me relató que a una de sus tías, aquel 19 de septiembre de 1985, el terremoto la sorprendió en el metro. Pasó los minutos en que cimbró la tierra en un túnel oscuro. Después, al salir, no sólo miró su ciudad cubierta por humaredas de polvo por los edificios que dejaron de existir; también vio en el suelo la construcción en la que trabajaba [en el centro de la ciudad]; sus compañeras perecieron ahí.

—Nunca lo superó —me dijo y las horas siguientes, de ese nuevo 19 de septiembre, fue una frase que se repitió una y otra vez en mi cabeza.

—Simplemente no puedo imaginarlo —dije. Me tragaría mis palabras.

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Dos horas y catorce minutos después del característico simulacro de las 11 de la mañana, justo para no olvidar el devastador 85, un nuevo rayo cayó en el mismo lugar. Volvió a sacudirse la tierra. 13:14. La silla de mi oficina, en un cuarto piso, me sacudió. «Está temblando», afirmamos todos y apresurados reproducimos la escena que ya habíamos practicado en el simulacro previo y la semana anterior [cuando pedimos al encargado de Protección Civil de la empresa que nos orientara sobre cómo actuar en un sismo, luego del temblor del 7 de septiembre].

«Si tiembla, no les dará tiempo de salir del edificio, por eso es importante que se replieguen en la zona de seguridad, en cuclillas, cubriendo su cabeza y contando: dice uno, dice dos; eso los calmara y entonces cuando el temblor termine, bajan por las escaleras, pegados a la pared y evitando lo que pueda estar en el suelo», nos guió el hombre de Protección Civil aquel 14 de septiembre en la charla.

Así lo hicimos en el temblor del pasado 19 de septiembre. Aquel extraño conteo no calmó a las 10 personas que nos resguardamos. Aún cuando convierto en puños las palmas de mi mano, siento los apretones de quienes se sostuvieron de mí los segundos eternos que duró el temblor.

«Simplemente no puedo imaginar la ciudad en estos momentos», dije mientras bajábamos. Después, a las afueras del edificio intacto, cuando todos comenzaron a informar sobre los derrumbes en la colonia Roma y Condesa, la imagen que no podía imaginar dejó mi insulsa imaginación y se tornó en el retrato vivo y a todo color.

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Resultan  indescriptibles los minutos posteriores al sismo; las imágenes no son más que frases cortas unidas por puntos y seguidos. Cuarteaduras. Edificios derrumbados. Personas ayudando. Personas buscando con vida a sus familiares. Los gritos con la imperiosa necesidad de herramientas, de medicamentos. Los puños en alto exigiendo silencio. Los corazones galopando de la desesperación, la impotencia, del dolor. El alma simplemente afuera del cuerpo.

En todo eso pensaba luego de que me comuniqué con mis familiares y amigos, y emprendí el viaje a uno de los lugares más críticos y tristes —reportado a minutos del movimiento telúrico de magnitud de 7.1—: el colapso en la escuela Enrique Rébsamen, al sur de la ciudad. No se tenía el número exacto [y hasta la fecha no se ha dado a conocer] de niños que ese día acudieron al colegio y habían quedado atrapados. Niños de preescolar, primaria y secundaria enterrados entre los escombros. Ni siquiera en las páginas de periódico de 1985, que tanto he hojeado, leí algo similar. Todo el camino, que me pareció una eternidad, pensé en ellos y en los padres.

Llegar al lugar fue toda una odisea. La ciudad era un caos. Los gritos, la gente corriendo, las sirenas de ambulancia, el alma que se resistía a regresar a la materia del cuerpo, complicaron todo, pero cuando finalmente arribamos al sitio la primera imagen me destrozó el corazón: dos árboles inclinados sostenían un improvisado tendedero donde colgaban hojas de cuaderno con los nombres de los infantes; vivos, muertos o desaparecidos, aún no lo sabía. Hasta el momento se han reportado 19 niños fallecidos y ocho adultos.

Labores de rescate en el derrumbe del colegio Enrique Rébsamen el 19 de septiembre de 2017. Foto: Gabriel Pichardo.

Pasé más de dos horas de pie junto a dos hombres que aguardaban, en la valla humana a escasos metros de la escuela, el momento en el que se les permitiera relevar a los que adentro ya recogían escombros y buscaban a los niños.

Las escenas son vertiginosas: personas con bata pidiendo insulina y adrenalina; personas con cascos y chalecos pidiendo polines y palas; manos por todos lados transportando botellas de agua y alcohol; rostros desesperados por hacer llegar los menesteres a quienes los necesitaban.

Y de pronto miré el rostro desencajado de una mujer que me tocó el hombro, mientras yo pasaba gasas a un policía. La desolación de su semblante, los ojos sumidos y vidriosos; la voz quebrada permanentemente.

—¿No ha escuchado si han llamado a los familiares de Sergio? —me preguntó apenas sostenida en el cuerpo en el que no estaba.

—No. No he oído ese nombre.

La mujer se alejó. No volví a verla, no físicamente. Su caminar me dejó pensando que cada  «NO» era un segundo más sin su pequeño, un segundo más de la mezcla de emociones: la incertidumbre, la preocupación y la esperanza.

Los rescatistas y voluntarios exigían silencio continuamente para poder encontrar a los niños sobrevivientes del colegio Rébsamen. Foto: Gabriel Pichardo.

La noche empezó a caer y en ese momento un grito se volvió uno solo: focos, sockets, extensiones, plantas de luz. Todos llegaron. Pero ese día fue el más largo de muchos; la separación entre el día y la noche sólo la marcó la oscuridad.

Entre esas tinieblas la vi, a la mujer que ayudaba en el área designada para dar informes a los padres de los niños atrapados. Entró presurosa cuando hicieron pasar a un grupo de padres a las entrañas del derrumbe, y salió a cuestas, en brazos de un hombre que contenía el llanto. Las lágrimas de aquella mujer eran secas y transparentes, no tocaban su piel, sino su alma, pensé.

Y después vino un silencio prolongado. Se buscaba la vida. Un grito previo lo anunció. Por varios minutos los puños permanecieron en lo alto. Todos callamos. Los brazos y los cuerpos dejaron de hacer ruido. En ese momento escuché a mi corazón delator: un bum bum fuerte y largo. Podría asegurar que todos los ahí presentes, en esos segundos, en ese silencio desgarrador, sentimos y vimos nuestra imagen inimaginable del sismo.

Luego la nada.

Edificio dañado en Saratoga, colonia Portales. Foto: Xochiketzalli Rosas.

Elementos de la marina llegan al edificio dañado en Saratoga, colonia Portales. Foto: Xochiketzalli Rosas.

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Conforme pasaban las horas, el anuncio de nuevos edificios colapsados era irremediable. La escena aunque siempre similar [la solidaridad con cuerpo y alma], también tenía sus particularidades: así lo viví en algunos de los edificios de la colonia Portales.

La temeridad de los voluntarios y rescatistas en el edificio de Emiliano Zapata y Petén. La desolación en Saratoga, donde vi a una familia, a escasos metros del edificio donde solían vivir a punto de caer. El primer piso había desaparecido y se presumía que una mujer de nombre Candy no había salido. Dijeron que se puso muy nerviosa y se inmovilizó. Los rescatistas intentaron dar con ella, pero no tuvieron éxito. Su hijo aguardaba a unos metros por ella, junto a la familia que observaba su edificio.

—Disculpe, ¿si tiene dónde pasar la noche? —le pregunté a la mujer de la familia, sentada en la banqueta, cuando en realidad ya eran los primeros minutos del 20 de septiembre.

—Sí, señorita, ya mero nos vamos —me dijo.

La observé un par de segundos mirar fijamente el edificio, quizá estaba condensando todas sus memorias de aquello que inevitablemente iba a desaparecer.

Ese día terminó para mí a las tres de la mañana del 20 de septiembre, luego de dejar atrás el olor a café y las imágenes del derrumbe de un edificio en Lindavista.

Así, cuando finalmente recosté el cuerpo sobre la cama, tuve miedo de cerrar los ojos y de que mi subconsciente liberara todas las escenas por las que decidí no sentir. Me abracé al cuerpo siempre tibio de mi novio y entonces me regresó el alma. Estábamos a salvo.

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A siete días de la tragedia, aún no tengo la imagen de mi ciudad en ruinas, y no porque no haya pisado ya todos los puntos donde hubo derrumbes de edificios, sino porque todavía no he podido verla así, en ruinas: desde que alguien se acercó a ayudar en los inmuebles colapsados, todo comenzó a reconstruirse. Ahora, simplemente no puedo imaginar la ciudad sin la movilización de los rescatistas y civiles que —en un acto de anarquía pura, sin la presencia del Estado en los primeros segundos— emprendieron las labores de rescate para levantar a los caídos y las ruinas.

Morelos: Sobre un suelo firme, un derrumbe de adobe
[TEXTO Y FOTOS: XOCHIKETZALLI ROSAS]

26 de septiembre de 2017.

A las afueras de la casa de don Agustín, el arco de la puerta sostiene una placa del gobierno federal: «En mi hogar hay piso firme». Adentro, las paredes y techo en el suelo apenas permiten caminar entre los escombros de adobe. La imagen se repite, salvo la placa, en muchas viviendas alrededor de la casa del señor Agustín Becerro Catonga en Tetelcingo, Morelos.

Las casas en este pueblo al norte de Cuautla son de autoconstrucción y el material usado es tabicón o adobe. Por eso, incluso una de las iglesias del lugar [la de San Nicolás Tolentino] se derrumbaron tras el sismo de magnitud de 7.1 del pasado 19 de septiembre, justo con epicentro a 12 km al sureste de Axochiapan, Morelos, en los límites de Puebla.

La placa en la fachada en la casa de Don Agustín. Foto: Xochiketzalli Rosas.

A espaldas de don Agustín los derrumbes. Foto: Xochiketzalli Rosas.

Zonas acordonadas. Foto: Xochiketzalli Rosas.

La familia de don Agustín, un hombre de 86 años de edad, duerme sobre los escombros de su casa, en un petate, cubiertos por una improvisada lona que los protege del viento y de la lluvia.

Ellos y los vecinos denuncian que la ayuda ha demorado en llegar, no las despensas —de hecho la mañana del domingo 24 de septiembre el ejército visitó al poblado y entregó más de mil apoyos que, además de incluir alimentos básicos, incluyó catres y cobijas—, sino de las personas de Protección Civil que censan las viviendas afectadas.

Don Agustín me muestra las grietas en las paredes que quedaron en lo que era su habitación. Caminamos entre los escombros de techos y las paredes. Sostenido en su bastón y con la voz quebrada me dice que llevaba más de 70 años viviendo ahí; luego alza la vista y mira la habitación completamente destruída de su hija y comienza a llorar.

—¿Los suéteres son suyos? —le pregunto.

—Sí. Me los acaban de regalar. Dónde más los pongo —me dice, mientras me señala las tres prendas que cuelgan de los clavos en la pared.

De pronto nos interrumpen un par de personas vestidas de blanco que piden permiso para cruzar el umbral de la vivienda. Alcanzo a ver que tienen logos y leyendas en la ropa del gobierno federal. Van a censar los daños. Platican con la familia de don Agustín. Él se mantiene a la distancia. No deja de mirar sus paredes y los escombros.

—A ver si con los temblores posteriores no se viene todo abajo —dice con voz queda. Noto que quiere poner manos a la obra en la reconstrucción, está desesperado, pero la impotencia, el coraje y su edad le impiden hacerlo.

Don Agustín. Foto: Xochiketzalli Rosas.

Derrumbes. Foto: Xochiketzalli Rosas.

Recepción de víveres. Foto: Xochiketzalli Rosas.

Recuerdo ahí a la señora Tomasa, quien minutos atrás me mostró la cocina que instaló afuera de su casita de adobe, donde duerme también en un petate, porque tiene miedo de quedar enterrada si vuelve a temblar, sobre todo porque ella no puede caminar y se mueve en silla de ruedas.

Las imágenes de improvisadas casas sobre los escombros, construidas con palos y lonas, son impresionantes. Tanto como los rostros de quienes ven pasar los días y siguen sin un techo donde resguardarse.

Las personas del gobierno terminan la entrevista, miran las paredes de pie y los escombros, como si los analizaran: «Veo allá afuera que ya la ayudó el gobierno con el piso», le dice una mujer a la hija de don Agustín. Ella asiente y mira el suelo de la habitación de su padre: el cemento intacto que sostiene los escombros, donde don Agustín reposa con su bastón; donde permanece de pie mientras todos se van.

El viento sólo arroja el eco de una promesa aún sin cumplir: «La ayuda va en camino».

Una caminata entre el desorden y la fraternidad
[TEXTO Y FOTOS: CÉSAR PALMA]

Un día cualquiera en la oficina. Llevo mis audífonos puestos, mezo el respaldo de la silla una y otra vez, de atrás hacia adelante. De pronto, un golpeteo bajo mis pies. Pienso que es el mismo movimiento de la silla. Dos segundos después mis compañeros están de pie, salen y cruzan el lobby de la oficina. Me quito los audífonos y escucho que dicen «¡Está temblando!» Es cierto,el movimiento está en su clímax. Camino aprisa y miró al techo de la recepción donde cuelga una lámpara larga de casi dos metros. Se balancea y me mantengo alerta esperando que no caiga sobre nadie.

Estamos a pocos metros de la salida a la calle de Aristóteles. Salimos. Afuera continúa sacudiéndose todo, los autos van y vienen con un movimiento breve pero violento. Los albañiles de la construcción de enfrente salen corriendo y algunos brincan desde el primer piso hasta una montaña de arena. De pronto, la calle está repleta de oficinistas y otros trabajadores. Todos miran alrededor, pero en ese punto de la ciudad no hay ningún daño visible.

No percibo crisis nerviosas, llanto o histeria. Los oficinistas se quedan tranquilos y esperan unos diez minutos para regresar a sus puestos de trabajo. Sin embargo, quince minutos más tarde, la gran mayoría sale y se dirige al metro. Las actividades se cancelaron ante el pánico que comienza a hacerse evidente.

En mi oficina nos dieron salida veinte minutos después del sismo; salí de la zona de Polanco a pie. No me subí al metro, trataba de comunicarme con mi familia, esperando algún resultado, pero no tuve éxito, líneas telefónicas ya estaban colapsadas desde los primeros instantes. Sólo tuve la oportunidad de enviar y recibir algunos mensajes por la red de datos móviles; me bastó para tranquilizarme un poco.

En el área más edificios comenzaban a ser evacuados, las personas miraban desde las banquetas. El ambiente era una mezcla entre calma general y estrés. Todos  querían saber cómo estaban sus familiares y amigos. Para muchos casos la mayor preocupación eran los miles de niños que estaban en horario de clases todavía.  Pasé frente a un kínder frente las maestras tenían el control, cantaban sobre la calle y con una valla humana se aseguraron que ningún niño bajara de la banqueta ni que los extraños se acercaran a ellos.

Inmuebles dañados. Foto: César Palma.

A pocos minutos del sismo, el tránsito de Paseo de la Reforma era bastante fluido. Apenas se sabían detalles de la verdadera catástrofe, algunas fotografías y retuits de las cuentas oficiales que confirmaban la magnitud del sismo: 7.1, a las 13:14 horas con epicentro en los límites de Morelos y Puebla.

Más lejos de donde comencé a caminar, en Reforma, el tránsito estaba completamente parado. Los policías de tránsito habían cerrado la avenida a la altura del Circuito Interior, que también se encontraba saturado de norte a sur. Quienes estábamos de pie en medio del caos, como hipnotizados y absortos en suposiciones de vértigo y horror a las alturas, mirábamos la Torre Mayor y la Torre BBVA Bancomer, unas moles imponentes que para ese momento de la tarde estaban prácticamente vacías, y en las que nadie quería estar cerca.

Apresuré el paso junto con decenas de personas. Caminamos hasta el metro Chapultepec y descendimos por Tampico. En esta zona las cosas ya no estaban tranquilas como en Polanco e incluso Reforma: las personas caminaban con celeridad; el sonido de las sirenas de ambulancias y patrullas reverberaba por todo el lugar, pero no se sabía por dónde venían.

Los peatones volteaban una y otra a vez a sus alrededores con un gesto de confusión. Caminaban mirando el celular y registrando en video y fotografías los pequeños restos de cemento que se precipitaron al piso.

Los daños eran bastante evidentes, desde ligeras cuarteaduras hasta grietas profundas, bardas derrumbadas y vidrios fracturados por todo el piso. La mayoría era incapaz de ocultar el semblante de terror, sus ojos permanecían bien abiertos, atentos y demacrados por la ansiedad y palidez de la piel. Nada podía calmar la impresión que habían sufrido, ni siquiera el pan tostado que comía un grupo de mujeres sobre la banca del camellón.

El primer indicio de alarma se percibió en la atmósfera de la calle de Durango y Salamanca. Con una fría alarma las personas gritaban que olía a gas; caminaban de prisa tratándose de alejar de las zonas acordonadas por los cuerpos de Protección Civil y las brigadas privadas de los edificios comerciales. Otros más no hacían caso y pretendían cruzar la banda de color rojo a pesar de que les gritaban «No puedes pasar, hay una fuga de gas».

Desde sus autos, los conductores parecía que no estaban conscientes sobre lo que sucedía; continuaban tocando el claxón para apresurar el tránsito. Desde luego, no servía de nada.

Esa fue la primera de al menos cinco alertas de fuga de gas que presencié durante el día, en la calle de Salamanca y Durango, y después en varios lugares más. Anduve a pie a lo largo de Durango hasta Avenida Cuauhtémoc, todo era un penetrante tufo a peligro.

Escombros en un edificio de la calle Durango. Foto: César Palma.

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Sobre Cuauhtémoc, incluso antes, desde Insurgentes, era evidente que la ciudad se sumergía en el desastre. Había dos imágenes que contrastaban el resultado del sismo. En un cruce, los autos infestaban y entorpecían el paso de ambulancias y patrullas; mientras que en las mismas aceras el comercio informal continuaba en sus tareas diarias como si nada hubiera pasado.

Mujeres lloraban inconsolables y otros trabajadores aprovechaban el tiempo para comer una quesadilla o un taco; otros bebían un refresco a las afueras de una tienda. Los comensales, como si disfrutaran de un espectáculo, desde sus bancos de plástico, miraban a los ciudadanos que hacían de semáforo provisional; mascaban su taco y observaban del otro lado cómo sentaban en una silla a una hipotensa.

Y sin coordinación aparente, sobre Álvaro Obregón y Cuauhtémoc, brotó el primer punto de ayuda que vi aquella tarde. Paramédicos de la Cruz Roja y estudiantes del Centro Escolar Newton medían la presión y vendaban algunos esguinces y torceduras.

Uno de los paramédicos me dijo que no era necesario tanto apoyo, pero que durante el día se necesitaría mucha más gente. Tan tranquilo y seguro como si estuviera experimentando una premonición. Desafortunadamente tuvo razón.

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Más o menos una hora después llegué a Calzada de Tlalpan. Ahí las personas habían tomado por completo las calles. Desde el Centro Histórico y hasta donde termina la calzada, en el sur frontera con Xochimilco. El río de personas se desplazaba con una inercia imparable.

«¿Cómo voy a llegar?», se preguntaba una señora que había comenzado a deambular desde Izazaga con destino a Nativitas. «Estoy mala de la rodilla, ni modos que voy a caminar hasta Taxqueña así»,  se lamentaba otra mujer como de sesenta años.

Los más jóvenes apresuraban el paso e incluso le ganaban en velocidad al metro, que se detenía en cada estación por lapsos de más de diez minutos. Los microbuses iban llenos como siempre con personas a sus costados, colgadas como «moscas». Algunos más abandonaban el servicio de taxi porque simplemente la tarifa sería incosteable.

Los conductores se resignaban y mejor apagaban su motor hasta que se pudiera avanzar una distancia considerable. Y todavía no faltaba quien se atrevía a pedir Uber para llevar a un grupo de amigos, pero al mirar la tarifa y el estimado de tiempo para que llegara el conductor, mejor cancelaban.

Caminar entre el mundo de personas no era fácil, pero era más difícil caminar con la cabeza arriba porque entonces se podían ver las secuelas del sismo: decenas de edificios dañados, no importaba si eran nuevos, viejos, de mediana edad, lujosos, modestos, multifamiliares, comerciales. Rasguños para algunos, pero ruinas para otros, como el edificio Residencial San José en la colonia Portales, que estaba partido en la parte posterior como si se tratase de un pastel.

Y como en la Roma, las ambulancias no paraban de circular. Se abrían paso entre la fila interminable de autos. A los automovilistas parecía no importarles, apenas si se esforzaban por maniobrar un poco. Pero en otros momentos lo hacían con rapidez gracias a los ciudadanos en motos que escoltaban a los coches de emergencia.

Se acercaban con la motocicletas hasta los vidrios del conductor y gritaban: «Muévete chingadamadre», «Quítate pinche estorbo».

La Calzada se hundía por sí misma: de sur a norte el paso de los autos estaba siendo bloqueado y permitido a cuentagotas [de norte a sur] por el multifamiliar colapsado a la altura de la estación del Tren Ligero-Ciudad Jardín. Aunque nadie se imaginaba lo terrible del asunto.

Primeras labores de rescate en el Multifamiliar en Tlalpan. Foto: César Palma.

Las baterías de los celulares de muchas personas, para esa hora de la tarde, ya se habían agotado. La incomunicación comenzó a desesperar a algunos y no podían evitar que las lágrimas salieran cuando escuchaban el paso de una ambulancia o de una camioneta de la policía.

Los pies dolían, las rodillas también y todos los músculos que no estamos acostumbrados a ejercitar en esta ciudad. Caminantes que venían desde la Torre de Pemex, desde el Auditorio Nacional, desde Tlatelolco… se quejaban, se detenían a estirar, pero no querían sentarse porque pararse sería más difícil. Además se encontraba la presión de la noche inevitable caía sobre una capital sin energía eléctrica en su mayor parte.

De pronto como si se le hubiera comunicado a los conductores, comenzaron a detenerse en el carril derecho, bajaban su vidrio y le pedían a ancianas y mujeres que se subieran al auto. Muchos aceptaron con gusto, otros desconfiaron. Pero en poco tiempo gran parte de los autos dejaron de ser ocupados solo por un individuo; sino se apretujaban entraban hasta más de cinco.

Las camionetas de redilas hicieron lo mismo, el transporte privado de carga, los trailers, motos y todo tipo de modelos. El resultado fue una mezcla de obreros, comerciantes, amas de casa en Mercedes-Benz, Mustangs y deportivos; oficinistas trajeados en motocicletas chopper, meseros en tractocamiones, estudiantes en camionetas del gobierno de la ciudad. Pero también había quienes se negaron a prestar su auto aunque les imploraran un aventón para una mujer que apenas podía caminar; ni una mirada dirigían, seguían su camino.

 

Edificios en Tlalpan, aún con departamentos en venta, sufrieron afectaciones. Foto: César Palma.

No obstante el ánimo se fortalecía, personas se detenían en las tiendas para comprar una botella de agua y la compartían con quien la pidiera; vecinos con garrafones en brazos servían vasos para calmar la sed. Se repartían refrigerios y sonrisas.

El apoyo y ánimo se apoderó de la vialidad, pero también la indiferencia y frialdad se sintió aquella tarde por Calzada de Tlalpan. Miedo y angustia también se sintieron a las afueras de los edificios afectados. Hubo abrazos y muestras de apoyo, pero no faltaron los abusivos, como aquel joven que corría sobre el tercer carril con pistola en mano, huyendo de quién sabe qué; corriendo, pero no caminando como todos los demás.

La marcha de miles de personas siguió, era uno de aquellos que querían llegar a casa. Cuando pude hacerlo, abracé a mis padres y hermanos. Había terminado esa  caminata que hice en solitario y también en grupo.

Unir lo que se fragmentó: el taller de costura emergente
[TEXTO Y FOTOS: LULÚ V. BARRERA / LUCHADORAS]

Pamela es lingüista y se dedica a al paleografía, es decir, interpreta, traduce y conserva escritos antiguos. Todos los días sus manos hacen legibles documentos en español colonial para unir su sentido a través del tiempo y asegurar que permanezcan en la memoria del Archivo General de la Nación.

Hoy sus manos también unen otras cosas, decidió sumarse al Taller de Costura Emergente 19S y frente a la máquina de coser une grandes piezas de tela para replicar el prototipo que diseñaron juntas Laura Ferro y Andrea Guzmán cuando empezó su idea.

Hubo un momento en que Laura ya no se podía concentrar en el trabajo: «No podía hacer nada que no tuviera qué ver con el sismo, necesitaba moverme», y pensar en la costura fue su respuesta más natural, creció en la fábrica de ropa de su mamá, donde pasaba las tardes cuando era niña y así fue aprendiendo eventualmente.

El Taller de Costura Emergente es como un happening, un día se activa y al siguiente desaparece, solo para después volverse a formar. Las convocatorias están abiertas en Facebook y así es como llegan mayormente mujeres que se reúnen en dos salas habilitadas temporalmente como centro de máquinas.

El portón de la casa está lleno de grandes pedazos de tela deportiva, remanentes que iban a ser desechados y encontraron un segundo uso cobijando, porque el Taller se dedica a convertirlos en mantas envolventes que van destinadas a personas viviendo en albergues: te metes en ella y duermes, guardas tus cosas o los usas como un vestidor privado para cambiarte. Así están diseñados, con la intención de convertirse en un pedacito de espacio propio en medio de la pérdida y el habitaje compartido de un espacio público temporal, esperan «dar un poco el sentido de hogar».

Participantes del Taller de Costura Emergente Foto: Luchadoras

¿Qué más busca unir el Taller de Costura Emergente? Quiere unir lo que se fragmentó hace unos días» contesta Andrea. «Nuestra seguridad, nuestro futuro, nuestros planes, nuestra ciudad se cayó, nuestros recuerdos» dice Laura, «aquí lo que tenemos que ver es que todos somos víctimas, no solamente quienes murieron, no solo quienes perdieron sus casas, todos somos afectados». «Estamos uniendo, es algo que necesitamos mucho, vamos a curarnos entre todos» comparte Andrea.

Getsemaní es artista visual y vive en Xochimilco, para ella el sismo fue traumático, cuando le pregunto por qué está aquí recuerda el edificio que se derrumbó hace unos días en Bolívar y Chimalpopoca en la colonia Obrera, le parece brutal y está muy enojada. Para ella quien está respondiendo es la sociedad, cree que nunca ha habido una democracia real en México y que el sismo «nos está quitando la impotencia de estar tantos años en dictadura y represión, y aún así es este miedo tan grande y este terror el que nos ha sacado a organizarnos».

Pamela dice que «un sismo siempre devela toda la corrupción que puede haber en un país», le da coraje que incluso estando en este estado de alerta y emergencia se politice la repartición de los víveres y el acopio, quiere «que esta rabia se quede, que la guardemos y la usemos para otras cosas, ya vimos que sí podemos organizarnos y ojalá que esto escale un poco más para liberarnos del lastre político que tenemos».

¿Qué hace el poder que nos fragmenta, que nos separa?, se pregunta Laura. Para Andrea este es un momento de claridad en el que como sociedad vimos que podemos mover cosas que no pensábamos antes. A todas les preocupa que volvamos a un lugar de apatía.

Esta cobertura se estará actualizando constantemente con más historias, videos y fotografías.
Última actualización: Viernes 29 de septiembre de 2017.
Imagen de portada: Edificio colapsado en San Luis Potosí esquina Medellín, Col. Roma. 
Foto: Lizbeth Hernández.


Redacción Kaja Negra
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