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#24A: La tarea pendiente

26 Abr, 2016 Etiquetas: , ,

Pasada la emoción que produjo la marcha, es momento de pensar qué sigue, cómo acabar con los distintos tipos de violencia contra las mujeres. Una de las labores más importantes, dice el autor, es cambiar las perspectivas con las que educamos a los niños.

TEXTO: MAURICIO TORRES / FOTO: LIZBETH HERNÁNDEZ

Tengo para mí que quienes marchamos el domingo, en la capital y al menos otras 20 entidades, lo hicimos para protestar en contra de uno de los problemas más graves y, al mismo tiempo, más silenciados del país: la violencia contra las mujeres. O, como lo expresan algunos colectivos feministas, violencias —en plural—, si se toma en cuenta que una agresión puede cobrar diversas formas.

Discusiones terminológicas aparte, el caso es que en los primeros meses de este año se han difundido numerosos hechos que arrojan luz sobre el asunto, como las violaciones denunciadas en Veracruz, el acoso que sufrió una reportera en el transporte público del Estado de México y el ataque hacia otra comunicadora en las calles de la colonia Condesa.

Por fortuna, la indignación causada por tales agresiones en esta ocasión no se quedó en eso. En cambio, se ha traducido en que los grupos que habían mantenido el dedo en el renglón —debido a temas particulares como los feminicidios o la criminalización de las mujeres que deciden abortar— ahora tengan más fuerza para repudiar la violencia, y en que más sectores le presten atención y se sumen tanto a las exigencias a las autoridades como a las propuestas de solución.

Dentro de esa dinámica, horas antes de la marcha empezó a propagarse en redes sociales el hashtag #MiPrimerAcoso, que mujeres utilizaron para relatar a qué edad, en qué circunstancias o por quién fueron agredidas por primera vez.

Entre los relatos que vi, algo que llamó mucho mi atención fue la frecuencia con la que amigas o conocidas contaban que su primer agresor no había sido un hombre, ni siquiera un adolescente, sino un niño más o menos de su edad que les había alzado la falda, tocado los senos o dado una nalgada. Y que lo había hecho —parafraseo uno de los recuentos que leí— porque sabía que su acción quedaría impune.

[…] un niño que es criado como «el rey de la casa» será más propenso a imaginar que es superior a una mujer y que ésta debe cumplir todos sus caprichos, uno que crece insultando niñas sin ser reprendido tendrá una mayor tendencia a no respetar a quienes le rodean, y uno que alcance la adultez tras una infancia de manoseos y levantones de falda probablemente tendrá una mayor inclinación a convertirse en agresor.

Traigo esto a cuento porque considero que, pasada la emoción que produjo la marcha, es momento de pensar qué sigue, cuáles son nuestras tareas pendientes para acabar con los distintos tipos de violencia contra las mujeres. Y, aunque suene a una obviedad, creo que una de las labores más importantes que tenemos por delante es cambiar las perspectivas con las que educamos a los niños.

Porque, me parece, un niño que es criado como «el rey de la casa» será más propenso a imaginar que es superior a una mujer y que ésta debe cumplir todos sus caprichos, uno que crece insultando niñas sin ser reprendido tendrá una mayor tendencia a no respetar a quienes le rodean, y uno que alcance la adultez tras una infancia de manoseos y levantones de falda probablemente tendrá una mayor inclinación a convertirse en agresor.

Que en pleno siglo XXI México sigue siendo un país machista es una realidad tan triste como evidente. Esto lo observamos a diario en los espacios de poder —político y económico—, en las barras de entretenimiento de los medios de comunicación, en las oficinas donde se discrimina a las mujeres para puestos de mando y en las casas donde se cree que un delantal es el mejor símbolo de la femineidad.

Para muchos mexicanos, ese estado de cosas es lo normal y estoy convencido de que, en buena medida, de ello deriva la normalización de violencia de género.

El domingo, hacia el final de la marcha, al pie del Ángel de la Independencia un colectivo leyó un pronunciamiento en el que, entre otras cosas, exigió acabar con la impunidad de los delitos contra mujeres y reformas legales que protejan a una mujer si se defiende de su agresor.

Todas esas demandas son necesarias, lo sé, pues constituyen lo mínimo que permanentemente se debe esperar de las autoridades correspondientes. Sin embargo, la tarea no se queda ahí. Por el contrario, como sociedad debemos empezar un cambio cultural, postergado por años e indispensable para evitar más casos como los que hemos conocido en los meses recientes.

Y hay que decirlo: esa meta, la transformación de nuestras visiones sobre mujeres y hombres y sobre cómo se relacionan, no se alcanzará con rapidez. Pero, a pesar de ello, es probable que en comparación con otras épocas estemos en mejores condiciones para iniciar los cambios que requerimos.

¿Qué me hace pensarlo? Dos elementos que considero más que meros detalles. Primero, la presencia de muchos niños en la marcha del domingo. Segundo, que poco a poco parece haber más gente convencida de que necesitamos un giro de 180 grados en la formación de las nuevas generaciones. O, para expresarlo con las palabras de una amiga, cada vez más personas se muestran convencidas de que «debemos dejar de educar machos».

 



Mauricio Torres
Mauricio Torres

Soy periodista y medio workaholic. Nací en la capital en 1984. Estudié en la UNAM. Empecé mi carrera en diciembre de 2006. He colaborado con las revistas Terra Magazine Latinoamérica y Día Siete, y trabajado de base para El Universal, el periódico capitalino Máspormás y Grupo Expansión, donde me encuentro actualmente. Los temas en los que tengo más experiencia son Poder Legislativo, partidos políticos y órganos electorales, y trato de aprender más sobre transparencia, derechos humanos y ciudad. Mi cuenta de Twitter @mau_torres





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