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Abajo del ring

13 Ago, 2015 Etiquetas: , ,

La lucha libre es escenario de batallas que no sólo se disputan dentro de un cuadrilátero. Esta historia retrata la vida común de aquellos  gladiadores que, lejos del estrellato y la fama, cada fin de semana se rifan el físico y el alma para sacar a sus familias (y a ellos mismos) adelante. El instante en la vida de aquellos hombres que se visten de héroes, y que no se rinden a la cuenta de tres.

TEXTO: DIEGO MEJÍA EGUILUZ / ILUSTRACIONES: JUAN JOSÉ LÓPEZ GALINDO

MADRUGADA

Tres de la mañana. Hace un poco de frío; no tanto como la semana pasada, pero de todos modos cala. El cuerpo aún está caliente, pero sabe que dentro de unas horas le va a doler todo. Se descubre un poco para mirar el vendaje en el hombro. Una mala caída. Pocos se dieron cuenta de lo que pasó; la mayoría el gritaba que no exagerara. No necesita la venda sólo por esa caída, son ya varios meses los que lleva con esa lesión, pero no la tenido tiempo de atenderse. Una cirugía lo dejaría fuera de circulación durante varias semanas, tal vez meses, y no puede darse ese lujo. Además, no tiene seguro y aún no completa para la intervención. Entre otras cosas, debe pagar la colegiatura de su hijo. Para colmo de males, la semana pasada se le descompuso el carro y tuvo que echar mano de los ahorros para arreglarlo. Era necesario llevarlo al taller, pero ese guardadito estaba destinado para otras cosas; por eso aceptó más trabajo, a pesar de que el médico le aconsejó descansar un poco.

El camión está a menos de un kilómetro de su destino. No le fue tan mal. La arena no se llenó, pero a él le pagaron su garantía completa. El promotor le dio otras dos fechas para ese mismo mes. Incluso un aficionado le compró la máscara que usó en el combate. Con ese dinero extra podía haberse dado el lujo de rechazar una de las fechas, pero sabe que si decía que no después difícilmente lo volverán a llamar.

01-madrugada1

Esta noche fue en Tlaxcala. Hacía mucho viento y el vestidor tenía una ventana rota. Un compañero traía un periódico y con algo de cinta de aislar cubrieron el hueco. Le tocó luchar en la tercera. No le pagaron mal, pero habría sacado algo más si lo hubieran programado en la estelar. Aún no es su momento. Va por buen camino, pero todavía no es de los estrellas.

Apenas terminó la función, todos empacaron rápidamente. Tardaron en subirse al camión porque algunos aficionados les pidieron autógrafos y fotos. Estaban cansados, pero no se negaron. Una hora después se pusieron en marcha. Hicieron una escala para comprar algo de cenar; el promotor pagó los alimentos. Ya pocos tienen esos detalles, y por cosas como ésas es que les gusta trabajar con él. Lástima que ya no organiza tantas funciones. La situación económica no da para más.

Sus compañeros estaban de buen humor. De muy buen humor. Hacían tanto relajo que lo contagiaron de ese ánimo festivo. Al llegar a la primera caseta se tranquilizaron un poco y pudo dormir un rato. Ya tiene bien medido ese viaje. Despertó al entrar a la ciudad. De la cartera sacó una fotografía de su esposa y su hijo. “Hoy tampoco lo vi despierto”. Imposible volver a dormir después de pensar eso.

Por fin llegaron a la arena. Siempre quedan de verse ahí para tomar el camión. Ahí está su auto. Aún le da coraje esa descompostura, pero de no haberlo arreglado tendría que pedirle un aventón a algún compañero, y ninguno de los que participó en la función vive cerca de él.

Se despide de todos y arranca rumbo a su casa. Dentro de media hora estará allá. Tardaría menos, pero están cambiando el drenaje en su colonia y tiene que tomar un camino más largo.

Cuatro de la mañana. Por fin en casa. Entra sigilosamente, no quiere despertar a su mujer ni a su hijo, pero ganas no le faltan. Hace mucho que no platica con ellos, que no lo reciben con un beso cuando llega de trabajar. Con cuidado se cambia de ropa y se mete a la cama.

Tres horas después su hijo se levanta para ir a la escuela. Su mamá le dice que no haga ruido. “Papá llegó tarde anoche. No lo despiertes”.

MEDIODÍA

Abre los ojos y lo primero que ve es a su mujer vaciando la maleta. Se lleva su equipo a la ropa sucia. “¿Por qué mejor no luchas con un uniforme negro? Aguantaría más sin lavar”, le dice. No es reclamo, le gusta hacerle esa broma. Cuenta las máscaras de la maleta y se da cuenta de que falta una. Él, sonriente, le muestra el dinero. Al rato lo llevará al banco para depositar una parte; con el resto pagará  la cuenta del teléfono.

Un baño rápido y un buen desayuno. Aunque tiene algo de tiempo para ir al gimnasio, prefiere quedarse en casa y hacer un poco de pesas. Quiere ser él quien recoja al niño de las escuela; va a ser una sorpresa muy grata.

Antes de regresar a la casa se detienen a comprar un helado. Los dos ya saben que a la mamá no le gusta que hagan eso, “el niño luego no come”, pero no lo ha visto en toda la semana y al rato tiene que irse al trabajar. Hacen un pacto de no decir nada, pero apenas llegan al departamento, el niño corre contento y presume que papá le disparó un helado. “¿Qué te he dicho?”, reclama la esposa, pero por dentro sonríe. “Si éste es más niño que el chamaco”, piensa, consciente de que es por eso que se enamoró de él. Se sientan a la mesa y empiezan a comer. El niño a duras penas se acabó su ración. No quiere irse a hacer la tarea, pero no le dejan mucha opción.

02-mediodia

Mientras ella lava los trastes, él toma una siesta. Lo bueno es que la función de esta noche es en la ciudad. Antes de quedarse dormido escucha que su esposa va a salir. “Voy a surtir unos pedidos; no tardo”, le dice y se va, aventándole un beso. Afortunadamente a ella le va bien vendiendo ropa por catálogo. Con eso completan los ingresos.

NOCHE

Se siente afortunado de estar casado con alguien que lo cuida tanto. Como siempre, ella le preparó la maleta. No olvidó nada. Ahí está su Biblia, una estampa de la Virgen; vendas, ungüentos, analgésicos, curitas; unas cuantas máscaras por si se la rompen en la lucha o, mejor aún, si alguien quiere comprársela. El equipo está recién lavado; las botas, lustradas.

Llega dos horas antes a la arena. Quiere hablar con los promotores para pactar nuevas fechas. No se atreve a pedir que le mejoren la garantía. La última vez que lo hizo lo congelaron dos semanas. “No alucines. Es sólo que tengo que darle variedad a los carteles”, le explicaron. No sabe si creerles o no.

Ya en los vestidores se pone los arreos. Hace un poco de calentamiento. Ahora le toca combatir contra uno de los experimentados. Normalmente dan buenas batallas cuando se enfrentan entre sí. A veces hasta les avientan dinero al terminar. Ojalá hoy sea una de esas noches.

03-noche

Antes de ponerse la máscara saca la cartera y observa la foto de su esposa y su hijo. Recuerda cuando dejó Zacatecas para probar suerte en el DF. Tardó dos meses en encontrar un departamento de renta más o menos accesible para que ellos pudieran alcanzarlo; siempre estará agradecido con ese veterano que le dio asilo. Se perdió la primera visita que el ratón de los dientes le hizo al niño, pero lo compensó en su cumpleños.

Tocan a la puerta del vestidor. “Ya es hora”, le avisa un asistente del promotor. Guarda la foto y se pone la máscara. Antes de dirigirse al ring se detiene ante el altar de la Virgen; se arrodilla, se persigna y reza en silencio. Se encuentra con su rival. No intercambian muchas palabras, simplemente un “suerte, que nadie salga lastimado”.

De las bocinas se escucha algo de música. Es la señal. Atraviesa la cortina. Algunos aficionados le gritan insultos; otros más le aplauden. Baja las escaleras y se sube al cuadrilátero. Un niño le pide un autógrafo. No es más grande que su hijo. “Ya va a salir de vacaciones y lo podré traer”. Su máscara deja al descubierto la boca y algunos aficionados se dan cuenta de que en ese momento está sonriendo, aunque no saben por qué. “Ahorita te van a borrar la sonrisa a punta de madrazos”, le dice una señora. No le hace mucho caso. Reconoce a uno de los fotógrafos de las revistas y lo saluda. El anunciador termina de presentar el combate. Se va a su esquina. Un par de reflexiones y se vuelve a persignar. Suena el silbatazo. Da inicio la primera caída.

MADRUGADA

Lo único malo de esa arena es que les pagan hasta que termina la última lucha. Casi siempre a la medianoche. Le dan su sobre y firma de recibido. Se persigna y lo mete a la chamarra.

Se despide de todos, toma su maleta y sale de la arena. Algunos aficionados aguardan, pacientemente, por un autógrafo o para pedirle que se tome una foto con ellos. Está muy cansado, pero atiende a todos. No le gusta ser grosero.

Quince minutos después ya está en el estacionamiento. “¿Viene la próxima semana?”, pregunta el encargado. “No me han dicho. Tengo que llamarles el lunes”. Se sube a su auto y arranca rumbo a su casa.

04-madrugada2

Cuarenta minutos después ya está en su recámara. Antes de acostarse checa su agenda. Fin de semana. Le toca trabajar en Torreón y en Saltillo el sábado. Domingo va a San Luis Potosí y Celaya. Lunes, libre.

Le da un beso a su esposa. Ella sólo murmura algo que no alcanza a entenderle. No pudo esperarlo despierta. Tiene que surtir un pedido al día siguiente, temprano.

A las siete de la mañana se levanta su hijo para ir a la escuela. Su mamá le dice que no haga ruido. “Papá llegó tarde anoche. No lo despiertes”.



Diego Mejía Eguiluz

Empezó a escribir desde los cuatro años, y desde 1998 ha incursionado en el cuento. Ha sido asistente de producción tanto en teatro como en televisión, guionista de un programa cómico, periodista deportivo, corrector de estilo y editor. Desde 2008 combina su trabajo editorial con la crónica de lucha libre. Actualmente intenta recordar dónde dejó las llaves de su oficina.





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