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Agonías ante el ruedo

26 Jul, 2016 Etiquetas: , ,

Hombres, mujeres, niños, niñas, longevos seres y pueriles cuerpos, todos se entregaron a la celebración en honor al santo patrono de Santiago Cuautlalpan, localidad ubicada en Texcoco, Estado de México. Uno de ellos, Agonías, sirve como guía para ingresar al improvisado ruedo.

TEXTO Y FOTOS: EMILIANO PÉREZ PERALTA

Atardece.

Los últimos vehículos se estacionan en los espacios restantes y con ello el improvisado ruedo toma forma. Al enorme erial ubicado en las orillas del poblado arriban familias enteras: niños y niñas, mujeres con bebés en brazos, ancianos hundiendo el desgastado bastón en la tierra húmeda del descampado, mientras hombres orlados con sombrero vaquero, y el rostro enrojecido a causa del tequila, sonríen recargados en las camionetas de carga.

El viento sacude los enormes eucaliptos que circundan el terruño; arrastra ennegrecidas nubes que amenazan con descargar sus lúgubres aguas sobre los puestos de cerveza y fritangas. El Chaparro, famoso heladero, despacha un par de nieves, levanta la mirada al cielo y musita diestras palabras que se elevan entre el vocerío como profuso ruego: ¡Ojalá no llueva!

A lo lejos, el festivo rumor de la tambora y los clarinetes, retumba como orgullosa evidencia de las muchas celebraciones vecinas. Es 25 de julio, en un par horas, las campanas de la parroquia convocarán a misa en honor a Santiago Apóstol, el patrono del pueblo; al terminar la homilía, bendecidas las fiestas, los fuegos pirotécnicos iluminarán la bóveda encapotada.

–¡Agonías!

–¡Eh, Agonías! –emanan los alaridos de entre la multitud que se aglomera, como en privilegiado palco, en la parte alta de los carromatos.

–¡Agonías, voltea!

–¡Agonías! –el hombre atiende–. ¡Agonías, ve y diles que se apuren, Agonías! –manotea en acto cómplice, para después colocar su puño sobre los orondos labios y aspirar profusamente de la blanquecina estopa que, indiscreta, asoma entre sus dedos y le regala una sonrisa perpetua.

Los silbidos de hastío emergen ante la demora para iniciar el evento, y los niños contemplan emocionados  la parte trasera del camión donde los animales bufan y se sacuden de forma violenta. Más silbidos y gritos, acompasados con la música norteña que recién germina de un par de altavoces viejos.

–¡Agonías, diles que se apuren, Agonías! –envalentonado, el hombre camina hacia el centro del rústico ruedo, los silbidos le alientan, lo mismo que al robusto hombre que marcha tras de él y en el acto se despoja de la playera. Agonías se inclina y coloca sus manos sobre la cabeza simulando una ingente cornamenta; su acompañante realiza un par de pases con el improvisado capote y recibe los vítores del respetable: ¡Torero, torero, torero! Agonías avanza con la cornamenta elevada, los glamurosos capoteos afloran, y embiste: el hombre con el torso desnudo clava las narices en el suelo. Risas y gritos: ¡Torero, torero, torero!

 

Las nubes navegan rumbo al sur.

De los viejos altavoces brota el anuncio y un torvo hombre sube a las redilas del camión. Los curiosos corren despavoridos alejándose del vehículo. El hombre sujeta la manija de una pesada compuerta y jala con palmaria dificultad. De la oscuridad de la caja nace la silueta del primer animal de la tarde. Emerge violento de entre las sombras, recibido por el angustioso clamor de la muchedumbre, y corre tras el centenar de personas que huyen de él y tropiezan unos con otros. Agonías observa al imponente animal a la distancia y sonríe, pero no huye. El novillo cambia el recorrido, acrecienta el trote, baja la cabeza y embiste el enclenque cuerpo que se eleva un par de metros antes de caer, seco, sobre los pastos. El alarido popular se trunca mientras el cuerpo yace inmóvil en el suelo, al tiempo que aquellos que antes huían, azuzan al animal para que reinicie la carrera. De nuevo, el novillo corre tras la turba y permite que Agonías se levante, busque la estopa entre la hierba, y se marche, entre el aplauso del respetable, a deleitarse con el espectáculo desde la segura parte baja de un camión de volteo naranja.

El último animal se niega a seguir corriendo y se tiende, orgulloso, en el centro del ruedo.

 

Llueve.

Después de algunos minutos, los animales ceden al cansancio, al hastío de correr tras la multitud que grita y, ocasionalmente, les palmea el lomo. Entonces la infausta cuerda aparece y el especialista, floreo charro incluido, laza al animal para llevarlo nuevamente a su guarida y ser relevado por otro ejemplar; cada uno más grande que el anterior.

La emoción crece a la misma velocidad que las botellas de brandy y las hieleras con latas de cerveza merman. El alcohol envalentona la mirada, multiplica las risas y mitiga el nerviosismo al correr con una fiera pisando la sombra propia; pero también entorpece las piernas, claudican las rodillas y, entonces, de nuevo florece el alarido del respetable al presenciar la ineludible embestida.

Hombres y mujeres, niños y niñas, longevos seres y pueriles cuerpos, todos corren tras la despavorida bestia que derriba todo a su paso.

La lluvia ablanda la tierra y convierte en resbaladiza plataforma el ruedo. Las caídas aumentan, con ello los gritos y las risas y los cuerpos lastimados.

 

Anochece.

Cada vez menos cuerpos corren al interior del ruedo; los más aguardan y observan el remante espectáculo desde el seguro toldo o bajo la carrocería de los vehículos, entre las llantas y las latas de aluminio y los vasos desechables que se acumulan en el descampado. El viento reaparece y zarandea los imponentes eucaliptos que circundan el circo.

El último animal se niega a seguir corriendo y se tiende, orgulloso, en el centro del ruedo. La rechifla irrumpe victoriosa. Algunos espectadores corren hasta la bestia y toman fotos como después de un safari; al tiempo que otros la sujetan para llevarla, a empellones, hasta el armazón que ha de contenerle.

Desde las jaulas, los ojos de los novillos resplandecen sutiles bajo el brillo de la luna que a ratos asoma entre las nubosas ventanas celestes. La tosca mirada rendida, afligida, aterrorizada tras la seguridad de la jaula, observa, aliviada, a través de las redilas de su galera, la marcha del respetable; mientras los motores comienzan a encenderse y el improvisado ruedo se extingue, arrastrando entre la goma de las llantas todo vestigio de la celebración en honor al patrono del pueblo.

De nuevo, la lluvia aparece.



Emiliano Pérez Peralta
Emiliano Pérez Peralta

Geógrafo. Caminante eterno. Pessoa le guía: “No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”. Escribe y sobrevive. En Twitter lo encuentran como: @Emilixxx.





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