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Al calor de los recuerdos

09 Jul, 2016 Etiquetas: , ,

Entre las reminiscencias de los años de gloria, matizadas por el alcohol y los golpes, conocemos la vida y decadencia del boxeador Ricardo Moreno Pajarito.

TEXTO: LUIS AGUILAR / ILUSTRACIONES: MARCO VERAZALUCE

Terminó el whisky de su vaso y se acodó sobre la mesa. Metió la cabeza entre sus brazos; parecía que se acomodaba para dormir. Este tipo de cosas no resultaban extrañas para los meseros. Era tan frecuente ver así al campeón como ocurrían los asaltos a cantinas de la ciudad.

Los amigos poco a poco se alejaban de Ricardo Moreno Escamilla, Pajarito, como le decían. Algunos afirmaban que se volvía muy agresivo cuando bebía, y otros aseguraban que no tenía clase, a pesar de verlo vestido con zapato blanco, camisa roja y anillos de diamantes.

Acodado sobre la mesa, sumido en sus pensamientos, Ricardo Pajarito Moreno se recordó levantando los brazos tras derrotar al campeón cubano. No se acordaba de su nombre, lo importante era haber inaugurado la Arena México con un triunfo. No podía defraudar a la raza que lo ovacionaba.

—Estos pinches chilangos me la pelan, Germán. No entienden nada de boxeo, por eso me admiran —le dijo a Tin Tan mientras manejaba su cadillac rosa tras aquella victoria en la Arena. Ese auto era uno de sus grandes orgullos: sólo había dos en el país, el suyo y el de Cantinflas. Esa noche bebió lo de siempre, el whisky más caro del lugar que no invitaba a nadie y bebía directo de la botella; a su acompañante le pagó un frasco de su tan querido brandy. Se fue directo sobre las mujeres güeras de cabello negro del Savoy. Ellas eran su perdición; le gustaban así porque esa cabellera resaltaba con las luces neón y el humo de hielo seco del lugar.

Un mesero recién llegado a La Ametralladora, una de las cantinas favoritas de Pajarito, intentó levantarlo. En su falta de experiencia sentía que eso proyectaba una pésima imagen. Lo movía sin resultado. Después de tres intentos Pajarito despertó.

—No me toques, carajo —gritó.

—No puede estar así, señor.

—Chinga tu madre.

—Pero no puede…

—¡Que te largues! Uno más y te rompo tu madre.

—Ya campeón, el muchacho es nuevo —dijo el capitán—. Chíngate este whisky, la casa invita.

—Que no vuelva a chingarme. Que nadie se atreva a chingarme o lo mato —gritó para que toda la cantina pudiera escucharlo.

Marco_boxeador

Ricardo Pajarito Moreno había quedado mal tras la derrota a manos de Hogan Kid Bassey, campeón peso pluma que pegaba como welter. No lo sacaba de su mente. Ese fue el parteaguas en su carrera. El anuncio de la pelea, esperada por todo México, hizo que el récord de 31 victorias por la vía del cloroformo en 38 peleas disputadas por Pajarito reluciera en los periódicos y la gente lo convirtiera en el campeón del pueblo. Un nigeriano de músculos marcados, sin un gramo de grasa, con odio en los ojos que reflejaban el hambre de golpear a quien estuviera enfrente, y que era cinco centímetros más alto que Pajarito, no tenía nada que hacer contra el zacatecano orgullo de una nación.

En las entrevistas Ricardo Moreno aseguraba no olvidar sus raíces campesinas y mineras: de ahí provenía su fuerte pegada, forjada al calor de las minas; eso explicaba el ancho de sus manos, su envidiable condición física y la resistencia en la quijada.

La emoción era tal que sirvió para romper el récord de entrada en el Wringley Field de Los Ángeles, California, el 1 de abril de 1958. Se abarrotó la arena con 20 mil espectadores; sin embargo en el tercer round Kid Bassey mandó a la lona a Pajarito y ni los 40 mil dólares que recibió como paga sirvieron para sumergir sus penas en alcohol. Unos decían que estaba bajo de peso, otros que le afectó el cambio de ciudad; todos buscaban pretextos para explicarse aquella derrota, pero Pajarito sabía que su preparación fue pésima, que tres noches antes estaba recorriendo los bares de la ciudad y subió débil al ring, quizá un poco crudo.

A casi dos años de distancia de esa terrible noche, paulatinamente las personas le fueron dando la espalda. La primera fue su novia, Gaby, como Pajarito le decía de cariño al cuarto lugar Miss México. Mal agradecida culera, terminó diciéndole tras su partida.

—Esa pinche vieja no valora lo que hice por ella: dejar de meterme con otras para demostrarle mi amor. Pero eso sí, se paseaba de lo lindo en el cadillac —le contaba al oído a una güera alta de cabello largo, mientras le agarraba las nalgas para terminar cogiéndosela sólo porque su amigo se la había conseguido.

Bebió el whisky que le regaló el capitán de meseros que no tenía buen sabor, pero que no estaba en condiciones de reclamar. Estaba nervioso, venía de El Burro, cabaret que le gustaba frecuentar por la música de la Sonora Santanera y los bailes donde restregaba su cuerpo a las cabareteras. Iba con su inseparable amigo, otro boxeador, José Toluco López, a quien había perdido de vista tras la corretiza que libró por golpear a un sujeto que quiso tocar a una de sus mujeres: el Toluco empujó a aquel hombre contra unas mesas. Unos hombres de traje negro llegaron, cualquiera se daba cuenta de que eran guardaespaldas, pero esto no importó a Pajarito Moreno, quien haciendo gala de sus mejores movimientos, esos por los que recibió el reconocimiento de boxeador del año en 1956 de manos de Luis Spota, tiró a dos seguidos, se quitó el golpe del tercero y reventó al cuarto con un uppercut directo a la quijada.

Pajarito estaba caliente, quería seguir pero el jefe de meseros le dijo que se fuera por atrás, «traen cuete, pélense».

—No mames, me los voy a chingar a todos.

—Es el sobrino del diputado Gutiérrez.

En cuanto escuchó aquello, le gritó al Toluco y salieron corriendo. Los pasos de Pajarito eran tan veloces que no le importaba otra cosa que no fuera llegar a La Ametralladora y refugiarse. Pronto se olvidó de su acompañante. Bebía y pensaba en lo que acababa de suceder. Por más borracho que estuviera, era consciente de que el diputado Gutiérrez era amigo del comisionado de box, Luis Spota. Tendría consecuencias negativas, lo sabía, pero lo soportaría; quizá pasaría un año sin peleas. Si bien el dinero ya no era tanto, podría dar clases o entrenar a alguien, encontraría una manera de sobrellevarlo.

Marco_ whisky

Acabó el trago y se acodó nuevamente sobre la mesa. Sus mejores días quedaron atrás, no regresarían las grandes bolsas ni las peleas por el campeonato. Al tiempo que empezaba a roncar, dos individuos ingresaron a la cantina que registraba contados clientes, quizá cinco mesas.

—Órale culeros, la lana —ordenó quien los amagaba con una pistola.

—Rápido, chingada madre —gritó el otro mientras pasaba por la barra a recoger el dinero—. Apaga esa pinche música, wey.

Nadie hacía otra cosa que no fuera entregar sus pertenencias en silencio. El de la pistola, quien asaltaba a los clientes mesa por mesa, llegó al lugar de Pajarito y lo sacudió.

—La lana, pendejo —pero no obtenía respuesta—. El dinero, borracho de mierda —continuaba sacudiéndolo sin éxito.

—¿Qué pedo, cabrón? —preguntó el otro.

—Este culero que se hace el dormido.

—Levántalo, chingá —le decía alejándose de la barra, enfilado a ayudar a su compañero.

—¡Párate, chingada madre!

Justo cuando dijo esto último, Ricardo Pajarito Moreno Escamilla se levantó y le conectó un derechazo con el que mandó directo al suelo al asaltante. En cuanto vio llegar al otro, tiró un jab, como le enseñaron que se llamaban sus golpes del brazo izquierdo. También lo tiró.

—Te dije que si volvías a chingarme te iba a romper la madre, cabrón.

Técnica de las imágenes: bolígrafo y sharpie sobre papel.


Luis Aguilar
Luis Aguilar Aguilar
Escritor discreto. Amante del cine a la misma velocidad con que tira golpes en el ring. Consume lecturas como tragos de ron pintado.




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