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Al descomponer los colores del arcoíris

26 Jun, 2017 Etiquetas: , ,

Las calles de la Ciudad de México se llenaron de banderas arcoíris, de baile, de canto, de fiesta y de reivindicaciones políticas. La población LGBTTTI mexicana salió una vez más a expresar su orgullo, pero también a dejar muestras de los contrastes que viven y enfrentan. Esta crónica, construida desde tres miradas, plasma algunos de los matices que se pudieron ver en la 39 Marcha del Orgullo LGBTTTI.


Un día de libertad
[Texto: Xochiketzalli Rosas]

Todos eran un mar. Un torrente de personas que se desbordaba por las calles. De diversas tonalidades cubrían una de las principales avenidas de la Ciudad de México: personas y carros alegóricos [y marcas] avanzaban lentos sobre Paseo de la Reforma; todo parecía no tener fin. Ni la fiesta ni las consignas.

Muchos, como cada año, se ataviaron con sus mejores galas: vestimentas claramente preparadas para la ocasión y una que otra improvisación. Otros optaron por solo portar en alguna parte de sus cuerpos los colores del arcoíris, por cargar con mensajes concisos: «Respeta mi familia, mi libertad, mi vida».

En la 39 edición de la marcha del Orgullo LGBTTTI, los cánticos resonaron muy similares a los de años atrás: exigiendo respeto y los derechos que, sin duda alguna, les corresponden, y también los chascarrillos, las bromas, el relajo inundaron el ambiente.

La atmósfera cubierta por el calor inclemente no detuvo su andar ni las olas de multitud que se adueñaron de las calles. Por momentos las nubes grises amenazaron con terminar con todo, pero las banderas arcoíris no desistieron y permanecieron en lo alto.

El contingente de la 39 Marcha del Orgullo LGBTTTI desde el Ángel de la Independencia. Foto: Lizbeth Hernández.

Las manos entrelazadas y los besos entre mujeres y hombres con sus iguales acompañaban a cada paso al enorme contingente que desde antes de las 11 de la mañana comenzó a conformarse a los pies de la Columna de la Independencia y que se fue desintegrando hacia las seis de la tarde en los alrededores del Zócalo capitalino.

Entre tanta gente y anuncios publicitarios [todos con un mensaje pro-gay] intenté imaginar la primera manifestación de este tipo en México, la primera marcha del Orgullo Gay: la que ocurrió un 2 de octubre, según refieren algunas informaciones —a diez años del Movimiento Estudiantil de 1968—, cuando un grupo formado por aquellos primeros hombres y mujeres homosexulaes marcharon por vez primera por las calles de la ciudad en 1978. La antesala para que un año después se realizara en forma la marcha del Orgullo Gay en Paseo de la Reforma.

Sin duda no la imaginé como ésta. Pienso que los escenarios cambian, pero las luchas son las mismas, porque ahora no sólo es el homosexual y la lesbiana, ahora también se dejaron ver distintos grupos [como los transexuales] que entre el alboroto exigieron que no los maten, no sólo que se les respeten sus derechos.

Y aunque si bien el origen de esta celebración estuvo cimentado en un acto político y de reivindicación de los derechos, con el paso del tiempo eso no se ha perdido y se ha unido a la algarabía. La marcha gay, pienso, no sólo es una lucha, también es una celebración para la comunidad LGBTTTI:  salir a las calles, apropiárselas y ser libres. Aunque se por un día.  

Foto: Lizbeth Hernández.

 

¿LGBT$?
[Texto: César Palma]

¿Por qué esta marcha es diferente a otras? ¿Por qué me da la impresión solo eso, una impresión de que sus motivaciones políticas son endebles? ¿Será porque casi no escuché cánticos a favor o en contra de un grupo o de una medida [¡Qué prejuicio el mío! Pero es la costumbre a la que me han condicionado otras marchas]?

¿Acaso en esta marcha me pareció que las reivindicaciones políticas quedaron a un lado, porque ya existen ciertas garantías legales [matrimonio, reconocimiento de derechos, etcétera] e incluso una ciudad «gay friendly» como la Ciudad de México [de la cual son la mayoría de los asistentes]? ¿O acaso es difícil reconocer un discurso claro porque efectivamente hay una gran diversidad, desde quien no se interesa por las cuestiones legales y políticas y solo quiere pasar un buen rato bebiendo cerveza y cantando, pasando por quienes buscan salir del closet por un momento hasta quienes ya viven en pareja desde años y les da igual si es legal o no su matrimonio, pues simplemente se aman?

Es confuso todo este mosaico y a él se sumó otra baldosa más al juego del género y la aceptación de nuevos roles en una sociedad: las empresas. ¿A qué se debió que hubiera más asistentes en esta marcha? El año pasado se calcularon 200 mil asistentes, en esta ocasión 350 mil.

Foto: Xochiketzalli Rosas.

Un amigo me dice que un factor importante fue Facebook, con su banderita de «me enjotece» y toda su campaña a favor de la comunidad. El uso de las redes jugó un papel fundamental para hacer resonar los mensajes de la comunidad. También me comenta que el apoyo de las empresas fue indispensable.

De hecho, sus observaciones son acertadas y los especialistas del marketing lo saben, por ejemplo, el reporte del «Consumidor LGBT 2015», de Nielsen, empresa especialista en investigación de mercado, asegura que [el consumidor LGBT estadounidense, al menos] gasta 10% más en viajes de compras al año que el no LGBT; de la misma manera, una persona gay podría gastar más de 23% en boletos para conciertos que alguien hetero; y más en deportes y televisión. En casi todos los rubros el gasto es de dos cifras porcentuales más en comparación a los no LGBT.

¿Qué marca quiere perder semejante porción de clientes?, pienso mientras estoy en la parte detrás del Ángel de la Independencia. Veo al gran patrocinador de la marcha: Cabify. Pero también más marcas: Smirnoff, Google, Escándala, Uber, Prudence, Playboy y otros negocios locales como bares, sex shops.

Las personas miran hacia arriba emocionadas con la música, que sale desde los equipos de audio montados encima de los tráileres, y esperan que los regalos caigan del cielo: condones, cupones, trípticos informativos y comerciales.

Contingente de Uber. Foto: Lizbeth Hernández.

La música es tan fuerte como el calor, y de pronto opacan a esos cánticos que son comunes en otras marchas. Aunque sí se pueden escuchar algunas consignas en contra de la homofobia, pero suenan más fuerte todavía, a través de los altavoces, las felicitaciones a algún diputado, a algún funcionario, a una secretaría o un gobierno local.

A la par, los establecimientos aumentan sus ventas en quién sabe qué porcentajes, pero sin duda más que en un fin de semana regular. Los Seven Eleven y Oxxos no cierran sus puertas, no hay peligro de vandalismo, sólo en algunos casos aumentan su seguridad, pero continúan despachando cervezas a litros. Lo mismo los restaurantes que sirven alcohol para llevar [ilegalmente] en vasos de unicel. Todos bebemos cerveza mientras caminamos. Se sirve whisky, brandy, vodka y margaritas frente a la bolsa de valores. En la Zona Rosa las tiendas de conveniencia colocaron bocinas para aumentar el tráfico dentro de sus tiendas, donde edecanes te apoyan al llevar tu cerveza y otras bebidas. Promociones en refresco, promociones el hielo, promociones por litro, promociones por paquete, promociones por presentación.

Noche gay. Espectáculo gay. Música gay. Show de vestidas. Pelea de drag queens. Descuento especial para grupo gay, en bar gay.

Banderas multicolor, dildos de caramelo, vasos gay para beber como gay. Cuentas bancarias de un banco pro gay. Que viva el amor y que recorramos más kilómetros gratis a través de una aplicación para servicio de transporte, que apoya a los gay. Hashtags, aplicaciones, recomendaciones y servicios de internet gay. Frituras gay.

Lo gay ya despertó, lo gay es tendencia. ¿Lo LGBT le pertenece al mercado y a los políticos? Es la gran pregunta con la que salí al finalizar una marcha, diferente por el número de asistentes, distinta por el apoyo corporativo, pero igual de plana e indiferente por todo aquella comunidad que no está representada en el mercado o en la política central de nuestro país.

Foto: Xochiketzalli Rosas.

Más allá del arcoíris
[Texto: Lizbeth Hernández]

Una pareja de mujeres se abraza en una esquina del Zócalo. Se entregan a un beso mientras en el escenario —colocado a unos metros en la esquina de la Plaza de la Constitución y José María Pino Suárez— suena música pop. En este lugar se canta a la diversidad sexual, se trata de un concierto que marca el cierre oficial de la 39 marcha del Orgullo LGBTTTI en la Ciudad de México. A los costados de la pareja de mujeres caminan más personas. Jóvenes en su mayoría. Hay ánimo festivo. Hay inquietud y también hedor de cuerpos mojados y tufo de distintos alientos. La marcha ha sido considerada un éxito. En el templete instalado en el Ángel de la Independencia llegaron a decir que esta edición fue más concurrida que la de Nueva York. Lo cierto es que el desfile de personas ha parecido interminable. La música y los gritos se extendieron por toda la zona de Reforma y más allá. La Glorieta de los Insurgentes se atiborró al igual que la zona centro. Pese a la lluvia, gran parte de los asistentes siguió la marcha. Gradualmente se desparramaron por el Zócalo y por lugares de conveniencia, bares y antros ubicados en calles aledañas y en la Zona Rosa.

Son casi las ocho de la noche de este 24 de junio. El gris del cielo contrasta con los colores del arcoíris de las banderas que se ondean en distintos puntos del Zócalo, con los cuerpos vibrantes, cuerpos que se tambalean, cuerpos que se apretujan. De entre los grupos y contingentes de personas que veo bailar, sentarse, caminar, cantar o comer unos tacos de canasta, llaman mi atención algunas parejas, como la que vi en la esquina de Palacio Nacional y la Catedral. Veo cómo procuran su intimidad, cómo expresan sus emociones y/o cachondería. Son, pienso, momentos de apropiación del espacio público. Ignoro si cada una de estas parejas es consciente o no de lo que ha tenido que pasar en México para llegar a un momento así. Ignoro sus historias y no sé qué tan sencillo o fácil les ha sido asumir su homosexualidad, lesbianismo, transexualidad. ¿Qué les interpelará más: hablar de identidad, de preferencias o de disidencias sexuales?

Estas preguntas detonan otras que me hacen repasar lo que vi en esta marcha multitudinaria en la que ha sido notoria la influencia de las campañas surgidas hace un par de años en Estados Unidos #LoveIsLove y #LoveWins, las cuales cobraron fuerza particularmente tras la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en sus 50 estados [y en las que se notó más la mezcla entre lo emocional: la idea del amor y el apoyo de las marcas  a dichas campañas]; y sí, estas campañas que se han adoptado en varios países de América Latina han sido importantes para conectar a personas LGBTTTI y a heterosexuales con la importancia de la no discriminación [recordemos que en México, según la Enadis 2010, «cuatro de cada 10 mexicanas y mexicanos no estarían dispuestos a permitir que en su casa vivieran personas homosexuales»], pero, al mismo tiempo estas campañas e ideas del amor es el amor han invisibilizado otros aspectos muy relevantes. Es decir, sí, las personas LGBTTTI reivindicamos nuestro derecho de amar y/o estar con quien queramos, pero no es solo eso lo que pedimos —tampoco lo es casarnos, si ese es nuestro deseo y decisión, con quien elijamos—. No sobra decir que las demandas y preocupaciones de las personas LGBTTTI no son homogéneas, nosotras/os mismos no lo somos. Hay derechos laborales y sociales que aún no podemos ejercer plenamente, no vivimos lo mismo en la Ciudad de México que en Durango o en Chiapas [por ejemplo, en las zonas metropolitanas de León, Torreón, Guadalajara y Toluca, siete de cada diez personas están en desacuerdo y muy en desacuerdo con permitir la adopción a parejas de mujeres lesbianas]. Tampoco podemos obviar que hay discusiones que incluyen hablar de qué implica anteponer lo gay y mantener a lo lésbico y bisexual en zonas más opacas [«Tanto la militancia lésbica como lesbianas y bisexuales en lo personal tienen que volver a abrazar el feminismo, a menos que prefieran seguir quedando relegadas de facto en la marcha de las letras», opina Laura Lecuona]; de cómo se expresa la misoginia y el machismo entre las personas LGBTTTI y de la necesidad de no excluir ni obviar los conceptos de raza, clase y educación al abordar las problemáticas que particularmente enfrentamos [«A menor escolaridad se incrementa la intolerancia hacia las personas homosexuales»]; o de cómo los malos usos del término homofobia o crímenes de odio evidencian fallas y deudas del movimiento LGBTTTI: «El movimiento LGBTTTI mexicano no nada más ha fallado como generador de reportes sombra acerca de los asesinatos, lesiones y violaciones a los derechos humanos de las minorías sexuales, sino que ha sido cómplice de lavar en rosa el rostro del Estado mexicano para simular preocupación por el bienestar de nuestras comunidades. Además, al reforzar las políticas de identidad y el concepto de homofobia como miedo, se ha enfrascado en una guerra tribal entre las letras de LGBTTTI por invisibilización de su respectiva fobia específica. Nunca han entendido que se trata de hegemonía, la de la heterosexualidad como categoría política, y no de miedo y pánico a expresiones de género y orientación sexual. La homofobia no es únicamente un mecanismo censor del patriarcado para construir sociabilidad aceptable entre hombres, sino que también es fuente de homoerotismo [cualquiera que conozca o practique el lenguaje sucio gay sabe del potencial erótico del insulto homofóbico]», escribió el activista y artista Omar Feliciano.


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Camino sobre el corredor peatonal Francisco I. Madero. La fiesta del orgullo se mezcla con la vida sabatina de miles de transeúntes. Vuelvo a escuchar, lo hice muchas veces antes, el coro que dice «qué perra/ qué perra/ qué perra mi amiga». Quienes cantan sueltan risas cómplices y entonces reparo en que este día escuché casi o más veces este coro de la canción de La Mondra que otras consignas sociales. No quiero decir que una descalifique a la otra, cada quien marcha y proclama lo que quiere; insisto, las demandas y formas de apropiarse de esta marcha no son homogéneas, no tienen que serlo, pero justo en estos matices hay aspectos que pueden darnos indicios de lo que sigue y lo que no, de qué tan vinculada o fragmentada está la población LGBTTTI, por lo menos en la Ciudad de México, y cómo respondemos o responderemos a un contexto en el que, por un lado, hay un cobijo cada vez mayor de marcas y empresas [en esta marcha hubo grandes firmas transnacionales desfilando: Google, Cabify, Uber, Pemex] que apelan a la inclusión pero también a una lógica de mercado que ve en lo LGBTTTI un potencial lucrativo para nada despreciable; y por otro, a grupos de ultraderecha como lo es el Frente Nacional por la Familia pugnando porque se nos nieguen derechos ya ganados [aquí Estefanía Vela señaló cuatro errores básicos de este FNF].

También pienso en qué tanto estamos poniendo sobre la mesa la interacción entre la población LGBTTTI de distintas edades, ¿qué tanto saben las/os más jóvenes del movimiento, de las batallas culturales y sociales? ¿Qué tanto estamos pensando en las personas más longevas? ¿Qué tan claro tenemos las distintas violencias que nos impactan [no olvidemos que en 2016 la Ciudad de México fue el lugar donde más agresiones contra personas trans se registraron]?

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Entro al Marra 2.0, que se encuentra en la calle Filomeno Mata, en el Centro Histórico. La fiesta está en pleno. El calor de los cuerpos que bailan pronto enciende al mío. Son cuerpos en ebullición. La marcha es ahora un recuerdo. Un cúmulo de escenas variadas y algunas que parecen ser parte de un loop que se repite sin parar. Pronto el calor me obliga a salir. Camino hacia la calle de Regina. Una pareja de chicos se despide. Pienso de nueva cuenta en los gestos de las otras parejas que vi. Siento entusiasmo por ver que pueden mirarse, tocarse sin restricción, pero, pienso, estas expresiones hay que ubicarlas también más allá del arcoíris.

 

 

Imagen de portada: Xochiketzalli Rosas.


Redacción Kaja Negra
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