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Alborada con metronautas

29 Ago, 2017 Etiquetas: , ,

Desde muy temprano, el tsunami humano se abre paso en todas las arterias de la Ciudad de México y en el trayecto usted, yo, tú —metronauta— eres protagonista, conjugas todos los tiempos verbales, vives la vida y te trasladas a hacer lo que te corresponde, dice Emiliano Pérez Cruz quien nos lleva a recorrer esos vagones que nos muestran también aquello que odiamos, aquello que amamos, aquello que somos.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ CRUZ / FOTO: LIZBETH HERNÁNDEZ

Tempranito en la mañana: a paso calmo, quienes madrugan; rapidito, quienes sienten que se les hace tarde y aspiran a ser puntuales; rapidotote, quienes además padecen retortijones; en tropel, casi todos en las horas pico, arriban los metronautas de la Ciudad de México y su Área Metropolitana a la estación de su preferencia. Cuidado. No empuje. Antes de entrar deje salir: no corro, no empujo, no grito: ¡no mames, esto ya está hasta la M!

Se va metiendo la gente, viene de los pasillos, de los puentes desciende, quiere llegar la gente al andén: policías arrean con silbatazos, abundan mochilas: al hombro, a la espalda, al vientre; mochilas escolares o con las herramientas propias del oficio de cada cual [cuchara y plomada; garlopas, taladros, routers, voltímetros, bisturíes, libros…]. Ir al trabajo es como ir a la guerra.

Con miedo y todo, en las mañanas, en el metro: embestimos, empujamos, codazos, patadas, mentadas, de todo propinamos antes que llegar tarde. Ellas con lo necesario para maquillarse en el trayecto; ellos, avituallados a la pasadita: lleve su desayuno, diez varitos; sus galletas de avena, chocorroles… Café, tamales y champurrado o arroz con leche ya vaporizan sobre los anafres antes que la gota, chorro, caudal de metronautas se convierta en tsunami que desciende de autobuses, suburbanos, pecerdas, microbios, taxis, autos particulares que dejan a la esposa, el hijo, el vecino, en las cercanías de los paraderos.

Y a esa hora la música y los puestos de ropa ya son oferta de los pregoneros, creativos en su tono, su acento, en la manera como tienden al hipotético cliente la prenda, el C, y esto es cultura: surge, se crea, se recrea, esta en el cielo, la tierra y todo lugar; no se crea ni se destruye, sólo se transforma en el Sistema de Transporte Colectivo-Metro, por obra y gracia de los metronautas que como el oxígeno en vasos, venas y arterias, ingresan al convoy para poblar escuelas, hospitales, oficinas, talleres, centros educativos, calles y avenidas, centros comerciales, mercados, centrales de abasto. El metro nutre, da vida, traslada a los habitantes de la Monstruópoli y los esparce por toda la ciudad y su zona metropolitana, paso a paso a como dé lugar.

Ir al trabajo es como ir a la guerra.

En el ínterin, durante el trayecto, los metronautas ejercemos todo aquello realizado para vivir mejor. Escribió don Alfonso Reyes: «Pensemos que la realidad cotidiana, en sus mil embates, se empeña siempre en destrozarnos. Y reconstruyamos, con una voluntad permanente, nuestra unidad necesaria. Esta, y no otra, amigos míos, es la tarea de la cultura. La cultura es una función unificadora». Y la cultura se expresa con nuestros actos cotidianos desde que ingresamos al paradero.

Los que ocuparon asiento —ganado a pulso, nalgazo y empujón— se arrellanan y a la de ya completan el sueño, trunco desde las primeras horas del amanecer. El tsunami humano se abre paso en todas las arterias de la ciudad y en el trayecto usted, yo, tú —metronauta— eres protagonista, espectador, sujeto, objeto, conjugas todos los tiempos verbales, vives la vida y te trasladas a hacer lo que te corresponde para que tú y tu familia y los vecinos de la cuadra, la calle, la colonia, el delegación, el municipio, el estado, el país todo, palpiten con fuerza y vigor y nuestro ser total llamado Humanidad prosiga en este mundo y se manifieste creativo, productivo, em-pren-de-dor.

La bronca es entrar, si a la hora pico nos remitimos; pero una vez dentro del vagón y estratégicamente ubicados para nuestra seguridad, todo irá sobre rieles, nada alterará el trayecto, como por lo común acontece, y advertimos al estudiante acabando la lectura e incluso pergeñando apuntes y notas. Los novios se miran y entregan a los placeres del picorete salivón y en los descansos, entre beso y beso, comentan las novedades del naciente día.

En un asiento individual, la doña experta en tejido extrae sus agujas y la bola de estambre y va a duro y dale para que la bufanda en ciernes alcance el largo deseado. Muchos han aprendido a dormir de pie. Otros a dirimir, cabildear, cabulear, intercambiar experiencias laborales, afectivas, escolares, con el ánimo que da el fresco de la mañana y el calor que entre todos generamos en el vagón. Muchísimos, adustos y dormilones completan el sueño incluso de pie, y ni la brusquedad de los frenones los vuelve a la vigilia.

Y el lenguaje en el metro, aunque usted no lo crea, llega a ser gorjeo, aunque no faltan aquellos de humor espeso, de mírame y no me toques: si quieres ir cómodo vete en taxi, ¿por qué la haces de tox? Y durante el día escuchamos el español chilango y el español de todo el país y del mundo, porque turistas hay, y son gorjeos en muchos los idiomas, y hay español turístico [turindio, turista que medio mastica spanish], norteño, paquistaní, de Oaxaca, tlaxcaltexa, peruano, ñís, persa —si los tragos se pasaron—, mixe de la calle de López o mixteco, zapoteco, jarocho, náhuatl, o universitario, inglés de deportado o japonés y coreano de Tepis, o de albañilería, chakita, ñero, argentino, guanaco, norteño, y párele, que no acaba.

En horarios más relajados el vagón es sala de lectura. Leer inspira; la lectura potencia, incrementa el conocimiento, sirve para el esparcimiento, reflexión, disfrute, creación, placer, placer y más placer, dudas, inquietudes, afirmaciones, negaciones, ofrece, como el metro, multiplicidad de rutas.

En suma: leer es sinónimo de Crecer. Y vaya que se lee; la diversidad se expresa, también, en la lectura y uno se embebe en el diario matutino o vespertino; también con el Libro Vaquero, la novela de moda, los poemas, el álgebra, la gramática; y en los celulares los mensajes, el chateo, los «ya merito llego, voy en»: Panteones, en Chabacano, La Merced, Martín Carrera, La Villa, Zócalo, Patriotismo, Obrera, Eje Central, Guelatao, La Paz, Tepalcates, Chapultepec… O cualquiera otra de las 195 estaciones [subterráneas, 115; de superficie, 54 y elevadas, 26] con que cuenta la red en sus 12 líneas [2 férreas y 10 neumáticas].

El metro nutre, da vida, traslada a los habitantes de la Monstruópoli y los esparce por toda la ciudad y su zona metropolitana, paso a paso a como dé lugar.

La aristocracia cultural impone a los metronautas [y se mete un billete por «servicios culturales»] lo que la cúspide determina como cultura [expresiones artísticas] y por las instalaciones del sistema hemos visto a los fantasmas de Octavio Paz, María Félix, Efraín Huerta; metrogalerías, performances, Darwin apto para todas las especies, la Familia Burrón, Enrique Metinides y la Imagología de la urbe, el Túnel de la Ciencia.

Desde ahí mismo al sistema y sus usuarios se les mira con desdén: ahí viaja el lumpenaje, la naquiza, la raza, la chakaliza, la burocracia de base, el comerciante del ambulantaje, el student de la escuela pública, sobre la marcha desayunando para no perder tiempo. Y aún así y no pocos Odian el metro/ sueñan tener un auto/ circulan a 10 km por hora/ el sueño: pesadilla/ botan el auto/ suben al vagón/ desprecian a los metronautas que arriban desde la madrugada para insuflar vida la ciudad y cultura en su diario recorrido. Aguas.

 



Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz

Escritor y periodista. En 1979 fue nombrado por el Edomex cronista honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl. Su más reciente libro de relatos: Ya somos muchos en este zoológico, Fondo Editorial Estado de México, 2013. En Twitter: @perecru





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