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Algo novedoso

20 Nov, 2015 Etiquetas: , ,

Ernesto conoció a Giovanna en su infancia. Llegó a su colonia para abrir una estética. Para todos fue como la piedra en el zapato; para él alguien fascinante.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ PERALTA / ILUSTRACIONES: MARCO VERAZALUCE

La conocí durante mi niñez, cuando todas las tardes, junto a mis primos y amigos nos dedicábamos a gastar las suelas de nuestros tenis Converse andando la apenas pavimentada colonia donde nacimos. Caminábamos de un lado a otro, con las bolsas del pantalón llenas de mugre y piedritas que el río arrastraba y alisaba hasta quedar tan suaves como las cortinas de terciopelo de mi abuela. Cazábamos lagartijas rojas y pájaros chanate distraídos que reposaban en los cables de la luz, hasta que una piedrita los mandaba directito al suelo y levantaban una minúscula nube de polvo. Tirábamos dos o tres para venderlos, junto con un par de botes viejos de leche Nido llenos de lagartijas rojas, en el puesto de hierbas y menjurjes de la colonia vecina, donde las señoras compraban lo necesario para hacer sus trabajitos: un amarre, un mal de ojo, una protección.

Mi primo Fernando fue el primero en conocerla. Llegó corriendo y nos interrumpió mientras decidíamos quién se metería al terreno del anciano don Pepe a robarse unas naranjas de los árboles.

–Vamos rápido: tengo que enseñarles algo –nos dijo agitado, mientras se sobaba el costado de la barriga e intentaba llevar aire a sus pulmones.

Le seguimos sin chistar, ansiosos por saber que había encontrado. Comúnmente era el encargado de localizar cosas nuevas en la colonia, objetos y lugares que se convertían en nuestro distractor durante días, hasta que aparecía algo novedoso. Él nos llevó a las afueras a ver la carrocería de un auto que unos policías habían desvalijado y abandonaron hasta que el sol y el polvo y los gatos callejeros lo oxidaron. Ahí pasamos tardes enteras jugando, metidos entre fierros viejos y un par de asientos que no le pudieron arrancar. Pero pronto lo cambiamos, centramos nuestra atención en la cripta familiar que habían olvidado cerrar en el camposanto y que nos gustaba visitar para contarnos historias de espanto y sentir cómo los pelitos de los brazos se erizaban a causa de la oscuridad y el eco de nuestras voces al interior del mausoleo.

Cruzamos la iglesia y la primaria, dimos vuelta en la esquina de la panadería y subimos corriendo a toda prisa hacía el norte, nos detuvimos en la cancha de frontón abandonada.

–Escóndanse rápido. Agáchense –nos ordenó–. Miren, ahí está. No se asomen mucho porque los va a ver.

Nos asomamos por un agujero en la pared y la vimos acariciar el cabello de una mujer. El local era un pequeño lugar decorado con llamativos espejos en todas las paredes y un par de sillas giratorias en donde atendía a los clientes. Sus manos enormes me impactaron, también sus labios orondos y el maquillaje que le abrillantaba la cara. Movía las manos de forma delicada mientras realizaba pequeños cortes en el cabello de su clienta.

–¿Quién es? –preguntamos.

–Acaba de llegar a la colonia –respondió Fernando–; mi mamá se corta el cabello con ella.

–Ha de medir como dos metros, y tiene los brazos más fuertes que los de mi papá –dijo sorprendido Memo.

–Vamos a acercarnos más –insistí.

Nos asomábamos por el pequeño boquete en la pared sin atrevernos a abandonar nuestro lugar. Portaba un largo vestido blanco con un escote enorme en la espalda y un par de tacones apenas visibles por la caída del vestido. En su cuello largo y fuerte cargaba un collar de oro que se complementaba con un par de pendientes amplios en forma de argolla.

–¿Es hombre o mujer? –preguntó Memo, sorprendido, sin dejar de mirarla.

–Eso no se pregunta –dijo Fernando–. Mi mamá dice que eso no se pregunta, que es una falta de respeto.

–¿Por qué o qué? Yo nada más quiero saber si es niño o niña. ¿Qué tiene eso de malo?

Yo insistía en acercarnos. Me sentía hipnotizado por aquella persona cuyo cuerpo me recordaba a mi maestro de educación física, pero que pretendía moverse con la delicadeza y elegancia de la realeza. Aquél día regresamos a casa sin emitir palabra. Caminamos pateando una botella vacía de refresco, hundidos en nuestros pensamientos, evocando la imagen de aquel personaje recién llegado a la colonia.

giovanna

Durante la cena mi mamá habló de ella:

–Se llama Giovanna –dijo–, es diseñadora de belleza. Estudió en los mejores lugares. Hubieran visto lo guapa que dejó a Norma. Seguro que su esposo no la reconoce.

Pero mi padre engullía sus alimentos en silencio, notoriamente molesto por la charla que intentaba entablar mi madre.

–Ella vivía en la capital, pero se cansó de trabajar con artistas y gente famosa, así que se vino a esta pequeña colonia –continuó mi madre.

–Bueno, ya estuvo, ¿no? –gritó mi padre–. Deja de hablar de ese puto, nada más de escucharte me da asco; además, el niño está aquí en la mesa y tú hablando de ese indecente.

El silencio se apoderó de la casa. Mi madre se sentó a comer y yo no pude dejar de pensar en las palabras de mi padre. ¿Qué era un puto y por qué daban asco? ¿Por qué a mi padre le causaba tanta molestia escuchar a mi madre hablar de cortes de cabello y tonalidades de esmalte para uñas? Un puto indecente… Aquella noche no pude dormir.

Al otro día, después de la escuela, me reuní con mis amigos.

–¿Vamos otra vez? –preguntó Fernando. Todos sabíamos que se refería a visitar el negocio de Giovanna.

–Yo no voy –contestó Memo–: ayer mi papá me prohibió acercarme. Mi hermana le contó que nos vio espiando por el agujero del frontón y me agarró a cintarazos. Todavía me duelen las nalgas.

–Mi papá dijo que era un puto indecente que daba asco –comenté sin levantar la mirada.

–¿Qué es un puto indecente? –preguntó Memo, el más pequeño entre nosotros.

–Mi abuela dice que es alguien que no es hombre, pero tampoco mujer. También dice que eso lo castiga Dios –contestó Alberto.

En la escuela, el mercado, el kiosco, la panadería, la lechería, los abarrotes de don Pepe; en cada esquina de la colonia se repetía aquella frase: ¡Puto indecente! Las mujeres aceleraban el paso al transitar frente al negocio, sin voltear siquiera la mirada. Los hombres pasaban en sus autos tocando las bocinas y, de vez en vez, arrojaban huevos o cualquier desperdicio contra los cristales del local. La prohibición que limitaba a los niños a no acercarse al negocio de Giovanna provocó que se convirtiera en un reto, en una manera de aventurarse a transgredir las órdenes familiares, así que durante las tardes la pared del frontón abandonado, ubicado frente a la estética, se llenaba de escuincles haciendo fila para mirar a través del boquete.

Para nosotros había perdido la gracia. Fernando exploraba la colonia en busca de algún distractor; Memo y Juancho intentaban afinar su puntería lanzando rocas contra los chanates o algún perro con poca suerte que se atravesaba en su camino, pero siempre fallaban; y yo seguía pensando en las palabras de mi padre.

El negocio fue a menos. Durante semanas Giovanna se sentó en una de las sillas giratorias y miraba hacía la calle mientras se fumaba un cigarro. Sostenía el pitillo con dos dedos, elegante, altiva; daba un par de fumadas y dejaba salir el humo poco a poco; después suspiraba profundamente y el desasosiego de sus ojos se mezclaba con el humo. El local permanecía cerrado por periodos cada vez más largos: un día, dos, tres, una semana; y cuando de nuevo la cortina se levantaba, ahí estaba Giovanna, sentada en la silla giratoria, con la pierna cruzada y el cigarro acentuando la mirada afligida.

Mi madre me llevaba a diario a la primaria. En el trayecto pasábamos frente a la estética, que a esas horas mantenía la cortina baja. En el acero podía leerse: LARGATE DE AQUI PUTO INDECENTE, teñido con letras rojas. Me sentía mal por aquellas letras marchitas.

Ese día mi madre me dejó en la puerta de la primaria y se marchó a casa. Encontré a Fernando, Memo y Juancho jugando en la banqueta.

–Los niños de sexto quieren ir a aventar piedras al negocio del puto en la tarde –comentó el pequeño Memo. Todos lo miramos sorprendidos.

–¿Por qué le dices puto? –inquirí.

–Pus así le dicen todos, también mi mamá y mi abuela.

–¿Y ya sabes qué significa? –preguntó Fernando.

–Pues no, pero todos le dicen así.

–Entonces cállese –dije–, que usted tiene unas orejotas y no le gritamos ¡orejón!

Escuchamos la chicharra que anunciaba el ingreso a la primaria y nos levantamos. Al acercarme a la puerta me detuvo el profesor de Ética, el maestro Alfonso:

–A ver, venga para acá. ¿Qué no sabe que debe venir a la escuela con el pelo corto? Mire nada más como viene: con ese greñero, como niñita –me decía mientras me jalaba del cabello. Me lastimaba, pero no me quejé, sólo lo miré fijamente–. ¿Dónde está su mamá? Usted no puede entrar así a la escuela.

–Allá afuera –contesté.

–Pues se me sale y regresa al rato con el cabello corto.

Mi madre se había marchado, así que caminé a casa. En el trayecto pensé en lo mucho que detestaba a mis profesores, se comportaban igual que mi abuela y mi padre, igual que toda la gente de la colonia. Crucé la calle y me di cuenta que pasaba frente a la estética de Giovanna. La cortina estaba levantada y ella limpiaba los vidrios con un trapo. Me quedé paralizado frente a ella, mirándola. La veía mover rítmicamente el trapo de arriba a abajo. Usaba un vestido azul bastante feo que exhibía sus enormes pantorrillas. Son como las de Hugo Sánchez, pensé.

–¿Qué quieres aquí, escuincle? ¿Qué se te perdió? –me gritó desde atrás del cristal. Su voz resonó hipnotizante. Era como si la voz de mi madre se hubiese fundido con la de mi padre y entonces se convertía en un sonido devastador, inentendible, confuso. Poseía los tonos dulces de mi madre y la violencia y amargura de la voz de mi padre.

–¿Puede cortarme mi cabello? –pregunté. Me miró sorprendida y abrió ligeramente el cancel de vidrio.

–¿Qué quieres? –preguntó.

–¿Puedes cortarme mi cabello? –insistí casi involuntariamente.

–¿Y tu mamá?

–No está, pero al rato viene por mí.

Me invitó a pasar. Me sudaban las manos y sentía un ligero temblor en las rodillas. No lograba saber qué me daba más terror: estar frente a ese ser que tanto me asombraba o pensar que mi padre se volvería loco al enterarse que había estado ahí. Me senté en el sillón giratorio y clavé la mirada en la punta de mis zapatos, que colgaban del asiento.

–¿Cómo te lo corto? –me preguntó. Levanté la cabeza y la miré a través del espejo detrás de mí. Usaba un perfume que me recordaba el aroma fresco y dulzón de los muebles de madera en la casa de mi tía.

–Como sea –contesté–, es para la escuela.

converse lagartijas

Colocó sus enormes manos sobre mi cabeza e imaginé que si quisiera podría apretarla y hacerla explotar como una papaya. Pero su tacto era suave. Guiaba las tijeras y la máquina de afeitar de manera tierna, como un ligero masaje que me conducía a relajarme y de pronto cabecear adormilado.

–¿Tienes sueño? –me preguntó.

–No –contesté apenado.

–¿Cómo te llamas?

–Ernesto.

–¿No te doy miedo, Ernesto?

–No, pero creo que a mi papá y a mi abuela sí. No me dejan estar aquí. Dicen que eres un puto indecente –le respondí mientras me rasuraba las patillas. No se sorprendió. Siguió arreglando mi cabello calmada, disfrutando de su trabajo.

–¿Y tú crees que soy eso?

–No sé qué significa.

–Significa que a la gente no le gusta que me vista como mujer.

–¿Eres mujer?

–¿Tú que crees que sea?

–No sé, no me importa.

–¿Te gusta leer, Ernesto?

–Casi no, me gustan más las películas. ¿Por qué?

–Scott Fitzgerald decía: “Antes de criticar a nadie, recuerda que no todo el mundo ha tenido las ventajas que has tenido tú… No juzgar es motivo de esperanza infinita”.

–¿Qué significa eso?

–Nada, sólo que es bueno que no te importe. Ya está listo tu cabello.

Pagué y me despedí. Ella me regaló una decena de dulces y me sonrió hasta que di vuelta en la calle de la panadería. No regresé a la escuela. Fui a la biblioteca a buscar aquel nombre que había mencionado pero no encontré nada. Me marché a casa y toqué la puerta. Mi abuela abrió y me miró sorprendida.

–¿Qué haces aquí? Deberías estar en la escuela.

–Me dejaron salir temprano, abuela –le dije mientras le besaba la mano como mi padre me había enseñado desde pequeño.

–¿Quién te cortó el cabello? –preguntó.

–El señor Arturo, el de la peluquería del mercado.

–Qué bueno, hijo, no vayas a ir con aquel degenerado. Te puede hacer algo y nosotros ni enterados.

–Sí, abuela –le dije y me marché a mi cuarto.

Mi padre se enteró que Giovanna me había cortado el cabello; el señor Arturo, el de la peluquería del mercado, se lo contó. Se enfureció tanto que amenazó con quemar el negocio y denunciarla ante la policía por abuso infantil. Yo no sabía tampoco qué significaba aquello. En la escuela me apodaron el Novio, por ser el novio de Giovanna; pero no duró mucho y pronto todo volvió a la normalidad.

Un día la cortina de la estética no se levantó más. Durante años se quedó vacía, con las letras rojas cada vez más tenues lacerando el paisaje. Años después abrieron una cantina que permanece hasta este día.

Siempre imaginé que Giovanna se había marchado a una colonia donde la gente sí dejaba a los niños cortarse el cabello con un puto indecente. Mis amigos nunca me preguntaron qué había pasado aquel día, así que seguimos jugando como hasta entonces, en algún rincón de la colonia, a la espera de descubrir algo novedoso.



Emiliano Pérez Peralta
Emiliano Pérez Peralta
Geógrafo. Caminante eterno. Pessoa le guía: "No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo". Escribe y sobrevive. En Twitter lo encuentran como: @Emilixxx.



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