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Anorexia y Bulimia: el precio de convertirse en Princesa

01 Ene, 2012 Etiquetas: , ,

Las historias de Tiza y Tamara.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS

Esa mañana, Tiza se levantó con la idea de convertirse en princesa. Encendió su computadora. Escribió en el buscador de internet: “Ana y Mia”, y en cuestión de segundos se desglosaron infinidad de blogs. Una gran gama: Mis amigas Ana y Mia, Cómo perder peso, Ana y Mia. Trucos para ser una princesa de porcelana, de España, Venezuela y México. Ana y Mia por todos lados.

Consultó varios, uno la fue llevando a otro. Buscaba la manera de sentirse mejor. Ya no aguantaba el rechazo de su padre; la indiferencia. Tampoco los comentarios que, siente, la alejan de cumplir sus sueños: ser cantante y, al terminar la prepa, estudiar Comunicación. Entre broma y broma, se ha convencido de que sus 70 kilos la hacen lucir “muy gorda”.

En esos blogs encontró a otras princesas. Jóvenes de 17 a 26 años, principalmente, que viven preocupadas por su peso e imagen; que quieren ser delgadas sin importar las consecuencias. Que construyeron en la red espacios para expresar sus miedos, inquietudes y, sobre todo, contactar a otras como ellas, mujeres que hallaron en la anorexia y la bulimia la mejor forma para conseguir una figura envidiable.

Así, los grupos que se declaran Pro-Ana y Pro-Mia se han convertido en los principales escenarios en internet, no sólo para encontrar la manera de bajar de peso, sino también para atacar y ofender a las personas con sobrepeso, incluso las redes sociales como Facebook y Twitter han sido utilizadas con este fin.

Tiza dejó de comer y se atascó de información, de cientos de consejos para adelgazar, de ideas sobre cómo cambiar su apariencia para desaparecer el bulto que apenas sobresale de su abdomen; para eliminar las caderas anchas que mira con repulsión frente al espejo, porque asegura que no combinan simétricamente con sus piernas y se ve “cerda”.

No está segura si se convierte en Ana o en Mia. En la anorexia nerviosa, Ana, que la hará sufrir un miedo intenso por ganar peso y la obligará a dejar comer porque sentirá que llegará a ser una persona obesa. O en la bulimia nerviosa, Mia, que la hará comer menos y le provocará problemas gastrointestinales, presión baja y alteraciones en la piel por tanto vomitar.

Cualquiera que sea su elección, ahora padece algún trastorno alimenticio, los cuales, de acuerdo con la Clínica de Obesidad y Trastornos de la Conducta Alimentaria del Instituto Nacional de Nutrición, se presentan por la elevada insatisfacción corporal, temor a subir de peso, depresión y baja autoestima.

“Estoy muy enterada de todas las consecuencias de serlo… y no me gustaría morirme”, comenta; pero tampoco sabe si continuará buscando a la amiga que mejor le convenga; sólo ha empezado a seguir los tips y las dietas de ambas.

La única meta: convertirse en princesa

Tiza continuó revisando los incontables blogs, grupos y comunidades en portales de internet y en Facebook que se declaran Pro-Ana y Pro-Mía, que siempre la recibían con el mismo mensaje de bienvenida: “Si te sientes ofendid@ al leer sobre estos temas por favor abandona ahora. No nos interesan tus comentarios…”.

No se ofendió porque quería encontrar a alguien con quién intercambiar anécdotas, dietas, consejos. Con quién vivir la misma desesperación por bajar un gramo más. No se asustó cuando vio cómo las princesas de los blogs defienden su estilo de vida. Se sintió aliviada de encontrar en esos espacios un lugar para expresar el miedo a su imagen, el pánico a engordar, la ansiedad que la consume, y las mismas palabras que rebotan en su interior: “Estoy gorda”, “Fea, gorda; fea, gorda”.

Mordió fácil el anzuelo. El día en que sus compañeros de la escuela elogiaron a su amiga porque se veía muy delgada, Tiza se sintió incómoda y no dudó más: empezó a buscar la manera de perder peso.

Un buen día decidió seguir el consejo de un blog: tomar agua con jugo de limón en ayunas; al mismo tiempo, inició la dieta de los puntos. Le dieron una tabla con los nombres de ciertos alimentos, cada uno con un determinado valor de puntos, los cuales podía comer, pero al final del día la suma de alimentos no debía ser menor a 70 ni mayor a 100.

Lo hizo un par de días. Se sintió feliz por los resultados, sintió que su cadera, esa que tanto odia porque la hace lucir “muy ancha”, se redujo. Pero también se sintió insegura por el daño que se provocaría.

Recordó el proyecto que hizo en la escuela: varias encuestas a la plantilla estudiantil de su preparatoria para detectar los casos de bulimia y anorexia, para después ofrecer charlas para los alumnos y los padres, y brindarles ayuda profesional.

“Estas enfermedades nos lastiman, hay chicas que en los mismos blogs lo dicen, porque nos sentimos culpables de comer. Las reglas de una princesa son claras: si eres Ana, no tienes que comer nada a menos de que te sientas demasiado débil, y para Mia, tienes que vomitar para eliminar los pecados de la comida”, platica la joven de 18 años.

Para ver si tienen remedio

Tiza, al igual que todas las Anas y Mias, le gustaría ser como las princesas de la televisión, de las caricaturas, de las películas. Quiere ver el antes con una imagen de una mujer desbordando grasa por cada parte de su cuerpo, y el después con una imagen de una mujer esbelta, con una cintura de Barbie, delgada…  porque siempre habrá un antes y un después.

Para lograrlo, dice que no basta con no comer, también se necesita memorizar infinidad de frases que le darán fortaleza en la carrera para alcanzar la meta de menos kilos.

“Jamás bajes la cabeza, tu corona podría caerse”, “Nada sabe tan rico como ser delgada”, “La resignación es el suicidio cotidiano”, “El placer de la vida se encuentra en hacer lo que las personas te dicen que no puedes realizar”, “Tengo kilómetros que caminar y promesas que cumplir antes de irme a dormir”, “La grasa frita no puede mentir, su verdad está escrita en tus piernas”, “Prefiero sentir llena el alma y no el estómago”, “Tomaste una decisión NO VAS A PARAR, el dolor es necesario, sobre todo el dolor del hambre, eso te asegura que eres fuerte y puedes soportar cualquier cosa”…

Ideas que la impulsaron a agregar a su cuenta de Facebook una de las tantas cuentas a favor de Ana y Mia: Princess Pro Ana y Mia. Cumplió con los requisitos: subir una foto de cuerpo entero para ver si tenía remedio. Ella subió varias, con diferentes ángulos, para que fuera aceptada.

Uno deja de comer porque está muy lleno o muy vacío

Después  se inscribió a la Carrera de los kilos. Sólo tenía que mandar su edad, peso y estatura. Aún espera a que la anoten en la lista con las que va a competir y le expliquen la dinámica para lograr ser una princesa. Pero se siente confundida, no sabe qué hacer, a quién acudir o si debe continuar.

Cada día adelgazar. Cada día morir

Así como hay innumerables sitios en la red a favor de la bulimia y la anorexia, también los hay en contra. Diversos grupos expresan su inconformidad con los blogs que fomentan los dos trastornos que se presentan en 95% en las mujeres. Padecimientos que afectan a 2 millones de personas en México. Cada año se presentan 20 mil nuevos casos. Tan sólo en México, de acuerdo con la Secretaria de Salud, se estima que entre 0.5% y 1.5% de la población general padece anorexia y 3% bulimia.

Basta de Pro-Ana y Pro-Mia es un grupo de Montevideo, Uruguay, que a través de Facebook ha creado una red de apoyo para escuchar y alentar a las personas que padecen cualquiera de estas dos enfermedades para que logren combatirlas. Por su parte, El mundo de Ana y Mia es un sitio web español que se encarga de explicar y profundizar en las consecuencias y realidades de cada una de las dieta, tips, medicamentos y adelgazantes que proponen los sitios Pro-Ana y Pro- Mia; además de brindar información sobre la bulimia y la anorexia.

Sitios que también aparecen cuando se teclea en el buscador: “Ana y Mia”, pero que, quizá, muchas ignoran. Porque, como Tiza, “quiere sentirse aceptada, que no es la única loca. Uno deja de comer porque está muy lleno o muy vacío”.

A las 12 de la noche Tiza apagó su computadora. Ya tenía mucha información, dietas, tips. Aún medita qué hacer con ellos. Ya no está tan segura de querer ser princesa. “¿Qué día es hoy?”, se pregunta. Está iniciando el último mes del año, y con él se vienen todas las fiestas y “toda la comida jamás imaginada”. Varias ideas le punzan la cabeza: “Tengo que hablar con mi madre, quiero que me ayude”, “¿Tendré que visitar a un  psicólogo o a un nutriólogo?”, “¿Mi peso es normal?”, “Hoy ya comí, después de dos días de ayuno, me costó trabajo, pero lo hice”. Su día de búsqueda terminó.

Temptation. By Danielle Helm. Flickr-(CC BY 2.0)

Tamara le pidió al dentista que le quitara las muelas traseras para adelgazar su rostro. Él se negó porque eso generaría el efecto dominó: se irían cayendo los demás dientes. Le argumentó que su rostro era delgado y que estaba loca. Ante la negativa, no se dio por vencida. Acudió después con otro médico, pero para que le redujera el busto. Odiaba sus pechos, “eran grasa en su máxima expresión”. Ninguna negativa fue suficiente. Durante tres años intentó imposibles.

Justo hace dos años, cuando Tamara tenía 21, la Bulimia y la Anorexia se convirtieron en parte de su pasado, y también en una serie de secuelas que, actualmente, la acompañan a diario: no puede subir ni bajar de peso porque modificó su metabolismo de tal manera que se ha estancado. Todo el tiempo le duele el estómago. Aún le desagradan sus 48 kilos porque la ropa no le ajusta.

Ahora tiene 23 años. Es optometrista y diseñadora en una empresa de software. Y dice estar consciente de cómo se destrozó. Aunque reconoce que todo sucedió en un instante. “De la noche a la mañana ya estás enferma”.

Y es que, de acuerdo con la Guía clínica para los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) 2010del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente, la anorexia y la bulimia son un problema de salud mental pública, porque hasta hace unos años en México parecía existir el consenso no explícito de que este problema era minoritario, y atenderlo resultaba frívolo frente a padecimientos como la desnutrición o la esquizofrenia; con lo que se justificaba la poca demanda de atención a los TCA. Sin embargo, en la última década aumentó el número de pacientes, lo cual devino en nuevos centros de atención, públicos y privados. Tan sólo la Clínica de Trastornos de la Conducta Alimentaria, fundada en 1996 por dicho instituto, atiende un promedio de 250 casos de TCA al año con un enfoque interdisciplinario.

En el anochecer

La oscuridad empezó a consumirla. Estaba en su último año de la preparatoria. Siempre había sido delgada, pesaba 55 kilos, y entró a trabajar como edecán en una agencia de modelaje. Pero al encontrarse ahí, se dio cuenta que los rangos, los eventos y la paga los asignaban de acuerdo con la delgadez. Tamara quería subir de puesto, así que se propuso bajar de peso.

Sus compañeras le aconsejaron qué hacer: algunas que usara drogas; otras que tomara pastillas. Ella optó por tomar laxantes y por vomitar. Se las ingenió para encontrar la mejor manera para expulsar todo, cuánto tiempo tenía que hacerlo después del atracón y en qué posición debía colocarse.

Empezó con la bulimia. El segundo trastorno de la alimentación mejor caracterizado, según especialistas de la Facultad de Medicina y del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán –en el Vol.65 de la revista Medigraphi–, ya que en esta enfermedad la persona sufre episodios de atracones compulsivos, pero la preocupación por no ganar peso la lleva a conductas compensatorias de control como la provocación del vómito y un uso excesivo de laxantes y diuréticos.

Al poco tiempo decidió que prefería no comer y mantenerse con tés y, de pronto, una paleta. Abandonó a Mia.

De acuerdo con la dietóloga del IMSS Tania Guadalupe Ortiz, sólo se vomita el 40 y 50% de lo que se consume en el atracón, y por eso las jóvenes no sienten que bajen de peso. Optan por ayunos prolongados para conseguir una fatiga extrema que las haga dormir continuamente para saltarse las horas de la comida; asimismo, comen dulces para recuperar las calorías y prevenir los desmayos.

Así, se cobijó con Ana. Y la convirtió en su mejor amiga durante tres años. Un TCA considerado una grave enfermedad psiquiátrica que se caracteriza por la incapacidad de mantener un cuerpo saludable en relación con el peso, aspecto que se convierte en una obsesión y una insatisfacción permanente con la delgadez alcanzada y la forma de los cuerpos; por lo que se desarrollan conductas como realizar dietas exageradas, purgas, ejercicio excesivo y ayunos.

Tamara no tardó en mentirle al mundo. “Ya comí, gracias”, “es que me hace daño”. Tenía pena de que la vieran comer, y cuando no podía esconderse sólo probaba pedazos pequeños y después tomaba laxantes. E inició con las pérdidas. De los 18 a los 21 estuvo así. Para contrarrestar la ansiedad de comer, empezó a fumar mucho. Una cajetilla diaria. Lo menos que llegó a pesar fueron 45 kilos, pero quería bajar más. Se volvió malhumorada y mentirosa. Sus padres nunca se enteraron del problema. Varias amigas le retiraron su amistad. “Decían que les dolía verme así”.

Incluso buscó relaciones destructivas. Tuvo una novia que también tenía anorexia. Quería alguien con quien compartirlo todo. Hasta que entró en depresión. Lloraba en las noches. Se drogó para adelgazar y para animarse.

Porque, como menciona la psicóloga Rosa Chávez Cárdenas, el dolor activa el sistema químico del cerebro, libera dopamina (neurotransmisores que causan adicción), activando el sistema de recompensa igual que en la adicción a la cocaína; así, las jóvenes que padecen este tipo de enfermedades se autoagreden o infligen distintos grados de dolor.

Por eso, ni cuando se le cayó el cabello, ni porque se había descalcificado, se detuvo. Tenía gastritis crónica y anemia –que la llevaron a estar hospitalizada una semana; donde la mantenían con sueros y vigilaban que comiera. Fue sometida a varios estudios para descartar una úlcera, y un posible cáncer.

“Seguí con mi necedad de ser más delgada. Dejé la agencia de modelos al salir del hospital, pero seguí cinco meses más con Ana. No quería recuperarme. Sentía que estaba bien”, relata Tamara.

En el sueño: la coronación

Embelesada, durante tres años sus días se repitieron. Empezó a meterse en Internet a foros Pro-Ana y Pro-Mia. Y comenzó a levantarse a las 5:30 de la mañana. Se pesaba desnuda y hacía ejercicio durante una hora. Su desayuno: un vaso grande de té verde. Rumbo a la escuela compraba un café sin azúcar. Diario se proponía una meta: cada vez sentir menos hambre y pensar lo mínimo en comida. Cuando sentía ansiedad por ver a alguien comiendo, fumaba o tomaba agua para llenarse.

A veces le ofrecían algo de comer. Nunca lo comía, aunque lo aceptara. Porque al llevarlo a su boca, veía su pulsera roja, ésa que se encarnó en su muñeca derecha. Ese recordatorio de que estaba prohibido comer. Que la identificaba como Ana. Porque las Mias la usaban morada.

Al regresar a casa, abría el refrigerador, buscaba queso panela, cortaba una rebanada y la dejaba sobre la mesa. Se metía en su cuarto, se cambiaba y se pesaba de nuevo. Después se preparaba un café. Metía el queso al microondas para deshidratarlo. Y eso era su comida.

Prendía su computadora y hacía la tarea. Mientras se tomaba el café se dedicaba a Ana: ver fotos, platicar con jóvenes iguales a ella en los distintos blogs. Luego salía con su novia. Tomaban té y fumaban para calmar el hambre. Se criticaban y contaban lo que habían comido. Cuánto pesaban. Compartían los tips que acababan de descubrir.

De vuelta en casa, se pesaba una vez más. Tomaba fotos de su abdomen y de nuevo a la red. Les platicaba a las Anas lo que había hecho, cuánto pesaba, cuánto medía y cuál era su meta: “39 kilos y peso 46”. Les mostraba sus fotos, sobre todo en las que lucían sus huesos. “Amaba mis huesos: los del cuello, las costillas, porque eran una forma de saber que no había grasa en mí”.

Siempre estaba en carreras: por una o dos semanas no comía absolutamente nada; tenía que decir cuánto pesaba cuando empezó y cuánto bajó al terminar. Quien ganaba se convertía en la princesa de la semana. Tamara se coronó ocho veces.

“Me sentía súper grande, súper bella, súper admirada. Era el ejemplo a seguir. Egolatría al mil. Nadie era más que yo. Era padre sentirte admirada por todas las chicas y que te dijeran ‘Wow eres una súper princesa. ¿Cómo le haces? Yo quiero ser como tú’”.

Entrada la noche, leía el betseller Abzurdah de Cielo Latini, una joven argentina que se volvió famosa tras publicar sus experiencias con la anorexia. Y de nuevo se pesaba, para después revolcarse en la cama, intentando dormir. Padecía de insomnio. El hambre no la dejaba conciliar el sueño. Cuando de plano se sentía muy débil se tomaba una bebida energizante. Gastó mucho dinero en pastillas para adelgazar. Y también en revistas donde veía a sus modelos y actrices favoritas.

Y siempre quiso más. Nada era suficiente. Ni todas las coronaciones de princesa que recibió ni la admiración de otras Anas. Siempre quería adelgazar más. Perder más grasa, tener más hueso. Quería que el sueño no terminara.

En el amanecer

El destello de luz llegó cuando los padres de una amiga la llamaron para que se despidiera. Ya no le quedaba tiempo. Su amiga tenía los órganos destrozados, ya no podía respirar normalmente, su corazón apenas palpitaba. No podía sentarse porque le dolía el roce con sus huesos. Ya no tenía cabellos, ni menstruaba. Ana y Mia la habían llevado a la muerte.

–No dejes que mi muerte sea de gratis– le dijo unas horas antes de morir.

A Tamara le retumbaban sus últimas palabras. Que saliera. Que aprendiera algo. Que no fuera tonta, y fuera muy feliz. No quería terminar como ella. Quería acabar la universidad. Quería adelgazar, pero no morir. Y abandonó a sus amigas Ana y Mia.

De pronto, le pareció que, como empezó, todo terminó en un instante. Se alejó completamente de los foros. Le dio su computadora a una amiga para que le bloqueara los sitios. Cambió de celular. Tiró la báscula a la basura. Una amiga comenzó a acompañarla al doctor. Después lo hizo sola. Fue un proceso difícil dejar ese estilo de vida. Visitó al psiquiatra porque necesitaba medicamentos para dormir. Tamara padeció algunas de las principales secuelas de estos trastornos. Comía como podía, poco a poco, porque su cuerpo rechazaba el alimento. Le dolía el estómago y el cuerpo, y tenía migrañas.

Aunque, de acuerdo con la terapeuta familiar Rosa Chávez, también se puede sufrir de “anemia, inflamación del esófago, úlceras, infecciones de la garganta. También se afecta al sistema hormonal por lo que inhibe el ciclo menstrual y, como consecuencia, la reproducción; al sistema óseo que se va desmineralizando. En los dientes, caries o pérdida de piezas dentales. En la psique, la memoria, el sueño, la seguridad y la confianza en sí mismo”. Por eso, recomienda un tratamiento que abarque las causas bio-psico-emocionales y espirituales. La terapia familiar sistémica; la meditación, yoga, cualquier deporte o ejercicio físico.

Porque la recuperación y rehabilitación fueron parte de un proceso doloroso. Hubo mucha pérdida. Tamara tuvo que enfrentarse a ella misma. A sus abismos, sus miedos. Y caminar firme para aceptarse. Adaptarse. Aprender a manejar los ataques, la desesperación.

“Cuando estuve enferma sabía que estaba mal y que podía hacerme daño, pero no me importaba, sólo quería estar más delgada y bella. Todo lo sabía, pero no me importaba realmente. En cuanto a los demás, pensaba que ellos no sabían lo que sentía; aunque, por otro lado, pedía a gritos que me ayudaran, ya no quería estar enferma. Quería llamar la atención de mis padres”, comenta.

Por eso recibió un tratamiento con diferentes especialistas: un doctor general, un gastroenterólogo, un nutriólogo, un psicólogo y un psiquiatra. Al respecto, la nutrióloga Tania Ortiz comenta que un tratamiento multidisciplinario es la mejor opción, ya que la paciente debe ser evaluada desde diferentes perspectivas para saber cómo proceder. En la parte alimenticia se debe empezar con la concientización del paciente sobre las consecuencias de que no coma y qué les espera, como la desnutrición y la descompensación de vitaminas y proteínas. Para después proporcionar un plan de alimentación de acuerdo con sus padecimientos, peso y estatura, para que el paciente retome por sí solo su alimentación.

Aunque Tamara ya no deja de comer ni se provoca el vómito, sabe que la lucha continúa. Hace unos meses se encontró a una modelo de la agencia en la que trabajó. “Tamara, qué descuidada estás. Deberías ponerte a hacer algo”. Sintió que le dijo gorda, pero no permitió que eso le afectara, no quería retroceder.

A veces, al recordar lo que vivió se siente desconsolada. Por lo que perdió, por lo que no pudo hacer porque fueran a ver que no estaba flaca. También porque, asegura, los foros Pro-Ana y Pro-Mia nunca desaparecerán. “Entre más les dices, más lo hacen. Te ciegas y no importa nada. Si no quieres ayudarte, no habrá poder humano que lo haga”. Cuando se recuperó intentó acercarse a algunas de sus ex amigas y la tacharon de traidora; algunas la felicitaron por salir, pero también le pidieron que no se metiera con ellas.

Y así se levanta todos los días. Con un amanecer incierto. Pero con ganas de no caer de nuevo. “Muchas chicas no salen porque duele más salir que seguir, y entonces, tienen la idea de que mejor así, porque no me duele nada y estoy más flaca. Es triste recordar lo que viví. Ana o Mia, ¿qué importa? Me comí a mí misma”.

Imagen de portada: Eating Disorder by Johanna Albert-Flickr-[CC-BY-NC-SA-2.0] 
En interiores: Temptation by Danielle Helm-Flickr-[CC-By-2.0]


Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas

Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com





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