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Aquixtla y la memoria

26 Ene, 2016 Etiquetas: , ,

Un breve relato fotográfico que recoge la memoria de Aquixtla, un pequeño pueblo al norte del estado de Puebla.

TEXTO Y FOTOS: CÉSAR PALMA

Voy a contar un poco de la historia de Aquixtla a través de una niña [y de unas fotos]:

En Aquixtla, como en cualquier otro pueblo de México, la vida avanza lento: las mañanas inician con el canto de las aves y las noches terminan cuando la última oración se eleva hasta el cielo.

Aquixtla es más o menos próspera. No es que ya tenga un McDonald’s o un cine como el que tanto deseaba Caliope cuando por primera vez pisó esta tierra. Tampoco es que Aquixtla haya terminado perdiendo la batalla ante la explotación del espectro radioeléctrico [en el centro del pueblo apenas hay señal de internet y celular: adentro, en las entrañas del monte, se sigue respirando la vieja tranquilidad], pero hay cierto bienestar, hay rostros animados, sonrientes y no cabizbajos como el campesino que nada tiene.

Cuentan que el ascenso económico se dio cuando algunos habitantes tuvieron la iniciativa de poner un invernadero para cultivar tomate. La comunidad se rió, hubo incredulidad y tomaron el asunto como una ocurrencia: estaban abandonando la siembra de maíz por tomate y dejando de lado la principal actividad económica, la alfarería. Sin embargo, el control de la temperatura, el sistema de riego, jornadas menos extenuantes y mayor tecnología pronto se convirtieron en billetes. Los invernaderos comenzaron a brotar en cada espacio que tenían las familias. Hoy el paisaje de Aquixtla se muestra como un tapete de casitas de techo blanco; no hay arado, no hay yuntas, sólo algunos tractores y fosas donde se almacena el agua para el riego.

Una prosperidad que Caliope no halló cuando llegó al sitio donde sus abuelos la arroparían junto a sus padres. Huían del desempleo y la pobreza que se cernía sobre la población en México durante el 94. Si bien en Aquixtla no encontrarían más bienestar, por lo menos hallaron más tranquilidad, mucho espacio y menos necesidades que satisfacer.

La casa que los padres de Caliope llegaron a ocupar es una vivienda de siete habitaciones encallada entre los cerros, a seis kilómetros del centro del pueblo. La única manera para llegar ahí es a través de un camino de terracería que se eleva hasta donde la niebla arropa a las casitas durante el invierno. Los primeros meses no fueron problema, el coche de su papá, un Mustang, la llevaba y traía a la escuela. Eventualmente lo vendieron y Caliope debía descender todo ese camino a pie para llegar a clases. Doce kilómetros de subida y bajada a diario que le hacían sonreír con ironía cuando en la tele pasaban reportajes de indígenas caminando tres o cuatro kilómetros para llegar a las aulas.

Pero ese camino fue esculpiendo una figura –no sólo física– que Caliope no conocía de sí misma: la niña regordeta que llegó de la ciudad comenzó a adelgazar. Los gritos y berretas de quien exige algo con los pulmones se perdían en la inmensidad del paisaje; aprendió a disfrutar del silencio y a pedir menos: la montaña de juguetes que acumulaba año con año dejó de crecer, pero en su lugar acumuló una colección de mascotas silvestres: conejos, borregos, puercos, víboras, tarántulas, sapos y otras alimañas. Su olfato sensible se deleitó con el aroma de las rosas de su abuela y del inagotable bosque que crecía detrás de la vieja casa. La vida rural y la pobreza le arrebataron los viejos hábitos, pero formaron nuevos.

Desde las alturas del cerro Caliope vivió una época triste, pero maravillosa. Vio Aquixtla a la distancia, pero muy de cerca. Conoció sus secretos, sus mentiras y verdades excepcionales. Aún cuando vivió en una época muy distinta a la que muestran estas fotografías, es posible ver e imaginar las historias que están detrás de cada una.



César Palma
César Palma
Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com



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