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Así se ama a una mujer

06 Feb, 2012 Etiquetas: ,

El amor materno no se limita a nuestra niñez, ni a nuestros cuidados. Puede ir más allá.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS

Abraham detuvo asustado la mano que insistentemente se deslizaba sobre su entrepierna.

–¿Mamá? –Le tembló la voz.

Margarita no emitió palabras. Se enderezó y con medio cuerpo sobre el muchacho de 15 años comenzó a besarle el pecho. Dejando un hilito de saliva, estampó sus labios; uno tras otro, marcó los besos.

–¿Por qué me estás be…? –Lo calló con un diminuto mordisco en el labio inferior.

–Ahora que te estás convirtiendo en un hombrecito, debo enseñarte muchas cosas, hijo.

Abraham se pegó a la pared. Entumió el cuerpo. Trató de cerrar el acceso de las caricias inquietas de su madre. Fue inútil. La mujer de 35 años había entrelazado sus piernas a las de él.

–Relájate –le repetía con el ruido caliente que expulsaba de la boca. Mientras le revolvía con las uñas largas los nacientes vellos del pubis y resbalaba la lengua por el pecho y los brazos.

Abraham soltó el cuerpo. Cerró los ojos. Recordó cómo disfrutaba de sus cariños. Amaba el momento del baño. Cómo con suma delicadeza, su madre le limpiaba los genitales. Las cosquillas que sentía. Ahora experimentaba una sensación similar, pero más intensa. Le explotaban las fibras de la piel con cada lengüetazo, con cada caricia.

De pronto, nada. Pausa. Abrió los ojos. Miró el movimiento calculado del cuerpo macizo que se le había montado. Admiró la lentitud en que se deshizo del camisón, dejando descubiertos los pechos redondos y grandes. Salivó al ver el pezón color durazno saltado. Ya la había visto desnuda, pero esta vez quiso tocarla. No, no, es mi madre, se dijo.

–Tócame –le contestó ella como si hubiera escuchado sus gritos mudos.

Margarita agarró la mano del adolescente. Le chupó la yema de los dedos y se los restregó entre los senos. Abraham tuvo una erección, y ella sonrió. Le suplicó que no detuviera los toqueteos apresurados y toscos. Mientras, ella se frotó sobre la creciente virilidad de su hijo. Le tanteó los hombros y delineó la cintura. Le apretó el hueso de la pelvis, y disfrutó la contracción del adolescente.

–Ven –susurró y se recostó con las piernas abiertas.

Abraham miró a su madre como nunca. Quería sentirla cerca, parte de él. Siempre había pensado que era una mujer hermosa; sus amigos continuamente se lo decían. Pero, ni cuando ella descuidaba su privacidad y se desnudaba frente a él se había sentido así, con ganas de no detener el placer de las caricias. Ni la niña más bonita de la secundaria le había enchinado así el cuero.

Miró su erección y se avergonzó. Iba a huir, pero su madre lo tomó por la cintura y con las uñas le bajo los calzoncillos. Atrapó con fuerza la verga erguida; empezó a acariciarla con armonía. Abraham se retorció. Creyó que desfallecería y se dejó caer sobre el cuerpo ansioso de su madre.

Lo abrazó.

–Entra –le ordenó. Abraham abrió los ojos. Sabía de lo que le hablaba su madre, pero no sabía cómo. La miró aterrado.

Margarita se movió ligeramente la braga. Agarró el pene de su hijo y se lo embadurnó en su vulva que escurría. Abraham se contrajo y soltó un quejido. Encontró la cavidad y entró despacio. Temía lastimarla.

–Sólo muévete como el cuerpo te lo dicte –apenas pronunció.

Estaba tan excitada, que al sentir la ternura e impaciencia de su hijo, de inmediato le vino el orgasmo.

Abraham enloqueció con los gritos de su madre y la expresión de su rostro: los ojos entreabiertos, la saliva escurriéndole por las comisuras, a la par que se mordía el labio inferior.

No supo cómo su cuerpo agarró el ritmo cadencioso que le propuso la cadera de su madre. Le gustaban los pellizcos en las nalgas, las succiones que lo dejaban marcado. Sentía que algo le iba a explotar, como si fuera a orinar, pero con una intensidad descomunal. Una presión satisfactoria se lo tragaba. Empezó a respirar rápido, a contener los ruidos de placer. Intentó frenarse, contenerse.

–Disfruta las cosquillas en tu verga. ¿Las sientes? –Tras el callado sí del muchacho continuó: –¡Qué delicia! Déjalas explotar. Báñame.
Estalló. Y no dejó de moverse. Soltó el peso de su cuerpo sobre la mujer que le había dado la vida y acaba de quitarle la virginidad. Empezó a temblar y a reír a cargadas. Posó la cabeza en el hombro de su madre. Se miraron.

–Así se ama a una mujer, hijo.

Imagen de portada: Mother by Alejandro (Lì Delfos)-Flickr-(CC BY-ND 2.0).


Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas
Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com




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