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Ayotzinapa: dos periodistas frente a la “verdad histórica”

28 Jul, 2015 Etiquetas: , ,

John Gibler y Esteban Illades son dos de los periodistas que han buscado reconstruir lo ocurrido en Iguala. Explicar el contexto. ¿Qué contrastes con respecto a la “verdad histórica” de la PGR han encontrado? ¿Cómo su trabajo nos puede ayudar a comprender la relevancia de lo que ha pasado y lo que no en México desde aquella noche? Estas son un par de entrevistas con ellos.

TEXTO Y FOTOS: LIZBETH HERNÁNDEZ

Una mujer da un paso adelante para separarse momentáneamente del grupo de personas que está en un templete frente al Hemiciclo a Juárez. Se acerca al micrófono. Lanza una pregunta. Un cuestionamiento que ella y quienes la acompañan han repetido constantemente:

—¿Dónde están nuestros hijos?

Ella es la madre de uno de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos desde el 26 de septiembre de 2014 tras los ataques en Iguala, Guerrero. Hoy, 26 de julio, en la que ha sido la catorceava Acción Global por Ayotzinapa en la ciudad de México, ha marchado junto con otros padres, madres y compañeros de sus hijos. Han exigido a la Procuraduría General de la República (PGR) “reabrir la investigación”. Las demandas van dirigidas también a Enrique Peña Nieto, a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) y a otras organizaciones en defensa de estos derechos, a quienes los familiares de los 43 piden “que demuestren hasta dónde pueden verdaderamente hacer” por sus hijos. Son ya diez meses.

10meses en el antimonumento

Imágenes de la marcha a 10 meses de los hechos en Iguala.

Días antes, el 23 de julio de este 2015, la CNDH presentó un informe preliminar sobre el estado de la investigación del caso. En la presentación de dicho informe la Comisión dice:

“México no es el mismo después de Iguala. Los hechos ocurridos entre la noche del 26 y la tarde del 27 de septiembre del año 2014, en la región de Iguala, Guerrero, forman por su naturaleza el más grave conjunto de violaciones a los Derechos Humanos –además de un cúmulo de crímenes de todo orden–, de cuantos haya memoria reciente en el país. En los hechos, seis personas fueron privadas de la vida, 43 más fueron desaparecidas forzadamente y otras 33 sufrieron heridas, en un capítulo ominoso de la vida nacional frente al cual las investigaciones no ofrecen todavía una respuesta concluyente por estar en curso”.

La Comisión elaboró 32 observaciones, entre las que se incluyen: la integración de fichas de identificación de perfiles de identidad de los estudiantes desaparecidos; que la PGR continúe con las acciones de búsqueda y no descarte ninguna línea de investigación; que se recaben y amplíen declaraciones de los policías ministeriales, estatales y federales, “y de elementos militares” destacamentados en Iguala y Cocula, y realizar una reconstrucción formal de los hechos.

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Hay muchas preguntas por responder. ¿Qué pasó realmente la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre?, ¿por qué se los llevaron?

John Gibler y Esteban Illades son dos de los periodistas que han buscado reconstruir lo ocurrido en Iguala. Explicar el contexto. ¿Qué tuvo que pasar o qué condiciones hubo para que se dieran estos hechos? Ambos han buscado respuestas.

Gibler es un periodista independiente. Se graduó en la London School of Economics. Colabora en distintos medios mexicanos e internacionales, es autor de To Die in México: Dispatches from Inside the Drugs War (City Lights, 2011) y Tzompaxtle: la fuga de un guerrillero (Tusquets, 2013), entre otros. Vive en México desde 2006.

Illades es editor de la revista Nexos. Obtuvo la maestría de periodismo en la Columbia University. Ha colaborado en medios como Reforma, Miami Herald y Chilango. Este mes publicó La noche más triste (Grijalbo, 2015).

10 meses en el hemiciclo

Imágenes de la marcha a 10 meses de los hechos en Iguala.

Ambos periodistas han publicado ya una crónica con la reconstrucción de los hechos Los desaparecidos (Gibler), La noche más triste (Illades). Ambos han ampliado sus investigaciones. Illades a través, principalmente, de revisiones de los expedientes de la PGR y la procuraduría guerrerense. Gibler a partir de reporteo directo en Iguala, Cocula y la Normal de Ayotzinapa, y de testimonios de sobrevivientes y testigos de aquella noche.

¿Qué ha implicado esto? ¿Qué contrastes con respecto a la “verdad histórica” de la PGR han encontrado? ¿Cómo nos pueden ayudar a comprender la relevancia de lo que ha pasado y lo que no en México desde aquella noche?

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La noche más triste

El 1 de enero de este año la revista Nexos se publicó La noche más triste, una crónica basada en datos y declaraciones oficiales contenidos en los expedientes de la investigación en curso de la PGR; la compilación de entrevistas que habían dado estudiantes normalistas y testigos de los hechos y la revisión de información publicada en medios locales de Guerrero y nacionales. Días después, el autor, Esteban Illades, recibió un tuit que decía: “Para mí la noche más triste fue la de Casino Royale, después de eso entendí que nada va a cambiar”.

Eso marcó el inició de la extensión de su trabajo documental, publicado ya como un libro: La noche más triste (Grijalbo, 2015). Éste, dice Illades, lo escribió “para buscar entender las causas y motivos que hicieron posible que 43 personas pudieran desaparecer sin dejar rastro; para entender qué sucedió y cómo, y para no olvidarlo”.

Es 23 de julio. Esteban me recibe en la redacción de Nexos. Me cuenta que se enteró de los hechos de Iguala el 27 de septiembre. Recuerda que los primeros días no había información clara. Abundaban rumores, como aquél difundido por un periodista que dijo que el gobierno estaba negociando la liberación de los estudiantes, porque los tenían secuestrados.

Illades se preguntó: ¿cómo desaparecen 43 estudiantes? Eso lo llevó a buscar información de Iguala “y encuentro muchísimos focos rojos. Ya al empezar a ver la historia de Iguala pues entendí la magnitud de lo que había pasado. Cómo sí están las circunstancias dadas para que sucediera un evento de tal magnitud”, dice.

La noche más triste consta de siete capítulos, que bien pueden ser siete piezas de un rompecabezas: La mecha, en donde aborda el contexto del inicio de la guerra contra el narcotráfico; La pólvora, en el que aterriza las condiciones socieconómicas que atraviesa Guerrero, el registro de los movimientos sociales que ahí se han gestado y el papel de las escuelas normales; El cerillo, que refiere al perfil de José Luis Abarca y María de los Ángeles Pineda; La noche, la reproducción de la crónica publicada en Nexos; El Terco, sobre Felipe Rodríguez, uno de los acusados por supervisar la quema de los 43 estudiantes; El fuego, una entrevista con el doctor John DeHaan, experto en química forense y profesor de la Universidad de California en Davis y La distancia, sobre lo que pasó con los familiares de los estudiantes y la PGR.

—¿Por qué partir de ese enfoque, el del narcotráfico? —le pregunto.

—En Guerrero el narcotráfico es de suma importancia. Guerrero antes era el principal productor de mariguana, ahora estamos hablando de que es el principal lugar para cultivar amapola, que después es opio, que después es morfina, heroína. El narcotráfico juega un papel central en la economía guerrerense, que es uno de los tres estados más pobres del país, y para muchos el tráfico de droga, los cárteles, son la salida. Para mí era central, dado el contexto de Iguala, dado que lo más probable que haya sucedido es que los miembros de Los Guerreros Unidos, el cártel que controlaba el municipio, pensaran que los estudiantes eran narcotraficantes,  (independientemente de que no haya nada de evidencia para vincularlos con eso), entonces, empezando con que el narcotráfico juega ese papel central, y dado que hemos vivido los últimos diez años una guerra contra el narcotráfico que todavía no tiene fin, no vemos para cuándo termine, yo creo que es inevitable hablar de eso para poder dar un contexto inicial de qué es lo que sucedió.

A lo largo de estos meses se ha discutido y señalado que en Iguala “fue el Estado”. Illades ofrece una interpretación:

—Muchas veces tendemos a pensar al Estado como el gobierno federal, como si fuera estrictamente el presidente el que ordenara todo esto, o si fuera la SCJN, o el INE, pero el Estado tiene muchas vertientes. Podemos hablar de un Estado, de estructura a nivel municipal. En Iguala sin duda fue el Estado a nivel municipal, fue un Estado corrompido, un Estado invadido, controlado por el narcotráfico. Estamos hablando, yo creo, del primer caso en la historia de México donde se puede comprobar (ya ni siquiera hablamos de vínculos entre gobierno y narcotráfico) ya estamos hablando del narcotráfico controlando al gobierno. A ese nivel es el Estado. A nivel estatal, digamos a nivel Guerrero, también es el Estado por omisión, no es posible que José Luis Abarca, por ejemplo, tuviera una averiguación previa abierta de 7 mil fojas en la que se le acusaba a él directamente de haber matado a Arturo Hernández Cardona, un opositor; que hubiera otra investigación sobre la muerte de Justino Carbajal, otro opositor, en la que se le vinculaba también a él y que nadie hiciera nada, que él se mantuviera en el cargo al año de que sucediera eso. Entonces a nivel estatal hablamos de una omisión, sin duda. Y a nivel federal yo lo que podría aventurar en este caso es decir: más que el Estado, es el país. Estamos hablando del país en una situación en la que no vemos cómo salir de esta guerra contra el narcotráfico, en la que no estamos teniendo una discusión seria sobre qué queremos hacer, cómo enfrentar este problema. Ahorita la única respuesta que se está dando es la misma que se dio en el sexenio anterior con Felipe Calderón, de un combate frontal a  través del Ejército y la Marina hacia el narcotráfico.

—Ahora, hablando en términos de investigación, ¿qué tan fácil fue para ti acceder a los expedientes de la PGR?

—La verdad todo esto fue muy complicado. Todo esto fue trabajo de fuentes. Yo lo primero que hice, antes de tener acceso a los expedientes, tanto a los del estado de Guerrero como federales, fue juntar todo lo que habían dicho los estudiantes. Porque, a fin de cuentas, creo que lo importante y que hay que recordar es que toda la información que tenemos hasta antes de las 12 de la noche, que es cuando ya se llevan a los estudiantes de Iguala y se los llevan al basurero de Cocula, en todo lo previo, son los estudiantes, los sobrevivientes, quienes han dado esa información. La idea fue tratar de corroborar qué decían unos, qué decían otros. Donde encontraba coincidencias, pues decir: eso tal vez sí sucedió. Ya después toda esa información la contrasté con lo que tuve acceso de los expedientes locales y federales. Algo que me sorprendió mucho de esta investigación fue que también la información que estaba recabada ahí [en los expedientes] era la misma que habían dado los estudiantes porque eran ellos los que habían declarado. La gran parte de esta historia hasta su desaparición es lo que saben los estudiantes y lo que vieron ahí. Ya en lo posterior tenemos sólo los testimonios de los detenidos. Esos obviamente hay que tomarlos con mucho cuidado porque en México existe una larga historia de conseguir información de maneras… pues decirlo abiertamente: de tortura. Y entonces esa es la única información que tenemos al respecto. Y en eso es en lo que me puedo basar para decir: tal vez sucedió esto después de que los estudiantes fueron llevados al basurero de Cocula.

—Ahora que hablas de los expedientes, ¿en qué calidad estaban? Lo pregunto porque he hablado con la familia de Julio César Mondragón y ellos denunciaban, su abogada denunciaba, que algo que también ha limitado la eficacia de la investigación es que hay muchos cabos sueltos.

—Sin duda, empezando porque la PGR no atrajo los homicidios de la noche anterior. En el caso concreto de Julio César Mondragón es la fiscalía del estado la que está investigando. Lo está investigando como si fuera un hecho aislado, como si no estuviera relacionado con la desaparición de los otros 43, y la muerte de las otras cinco personas esa noche. En el caso de Julio César Mondragón también es ridículo que digan, meses después en un reporte de autopsia, que fueron animales los que se encargaron de quitarle la piel de la cara. Yo he visto las fotos, puedes ver el cuerpo de Julio César, ves la cara, ves cortes perfectos, no estás viendo cortes que haga un animal. Este tipo de cosas son increíbles, que la PGR no atraiga ese caso. Y que no diga: vamos a tomarlo junto con esto. Problemas hay muchos. Sin duda el principal es esto: que hay más declaraciones que evidencia física. A mí, por ejemplo, me falta saber qué fue lo que sucedió con los restos metálicos, la ropa de esa noche. Los desaparecen, pero cuando van al basurero después, que incluso llevan a medios de comunicación, no se encuentran tapaduras, no se encuentran hebillas, no se encuentran cadenas, nada de eso. Y creo que tiene que ver con que la investigación primero se hizo a nivel local, el gobierno federal dijo “nosotros no nos vamos a involucrar, este es un asunto local”. De hecho Enrique Peña Nieto dijo “esto es un hecho aislado”. Y no fue sino hasta diez días después que la PGR atrajo el caso. En todos estos programas de televisión te lo dicen: “las primeras 48 horas son vitales”. Si tú llegas diez días después y te tomas un mes en dar con el lugar donde supuestamente los desaparecieron estamos hablando de casi mes y medio en donde pudieron pasar muchas cosas. Entonces quedan todos esos cabos sueltos de cómo desaparecieron los estudiantes.

—Entonces ¿coincidirías con esto que se dice del desaseo en la integración?

—Sí. Yo díría que tiene un punto bueno la investigación, que es que se hizo. Muchas veces ni empezamos por ahí, que se haya hecho la investigación. Sin duda tiene grandes problemas. Los peritos argentinos lo han dicho varias veces. Todavía falta que ellos publiquen o presenten su reporte final. Pero sí, es muy fácil compartir lo que están diciendo ellos, por ejemplo, ellos [los forenses argentinos] no tuvieron acceso cuando la PGR descubre los supuestos restos de los estudiantes; los forenses argentinos, los peritos no estaban ahí, ellos ya ven los restos presentados en una mesa. Ellos no tuvieron acceso a muchas cosas. Falta, por ejemplo, y lo dejaron muy claro, evidencia física que vincule los restos del río con el basurero, porque lo único que tenemos son los testimonios de los detenidos diciendo: nosotros hicimos esto y después nos llevamos los restos al río.

—Otro factor muy importante y que ha sido uno de los temas que han denunciado los familiares de los 43, como la familia de Julio César Mondragón, es el contexto de desaparición forzada. En tu investigación das cuenta de ello, pero, ¿cómo embonar el narcotráfico, el funcionamiento del Estado a nivel local y la desaparición forzada?

—Pues todo eso te lleva a una sola palabra que es impunidad. O sea, estamos hablando del caso de Rosendo Radilla en los setenta, desaparecido, [cuyo caso] tuvo que llegar hasta la Corte Interamericana para que se declarara desaparición forzada. Estamos hablando de los vuelos de la muerte que señala Laura Castellanos en México Armado. Guerrero fue pionero en esta cosa horrible de aventar personas vivas desde aviones militares. Estamos hablando del gobierno, también de militares, de Caballero Aburto a finales de los 50, cuando se dispara abiertamente contra manifestantes. Estamos hablando de Aguas Blancas. Estamos hablando de toda una historia detrás. Ahora, desaparición llama la atención también como lo que es: una desaparición forzada. Estamos hablando de secuestro, de secuestro agravado, que es lo que se les ha imputado como delito a los detenidos. La versión oficial [para estos cargos] ha sido que porque el secuestro agravado tiene más pena que desaparición forzada, pero también hay que recordar que desaparición forzada implica vincular al Estado. En este caso lo que no queda duda, al ver la participación de José Luis Abarca y la de su esposa, de la policía municipal, al ver la evidencia de cómo la policía se llevó a los estudiantes en patrullas y se los fue a entregar a un grupo criminal, [es que] estamos hablando de un claro caso de desaparición forzada que no se está llamando como tal.

Un elemento clave en La noche más triste es la entrevista que hace Illades a John DeHaan para abordar, desde una perspectiva especializada, las dudas sobre lo que pudo ocurrir o no en el basurero de Cocula. Illades explica que recurrió a él al ver que había versiones diametralmente opuestas sobre la factibilidad de que los cuerpos de los estudiantes pudieran haber sido quemados en el basurero: “mi interés fue buscar a alguien que supiera del tema, yo necesitaba a alguien experto en cuerpos, en calcinación e incendios. Volteé a Estados Unidos, encontré a John DeHaan, cuyo texto sobre incendios y escenas de crimen es el texto que más se lee allá. Hablé con él sobre cómo podría llevarse a cabo este tipo de cremación. Aunado a esto, el hecho de que DeHaan tiene un interés puramente científico, ni para un lado ni para el otro”.

—A diez meses de los hechos, ¿cómo ves tú el desarrollo de la investigación? ¿Cuál es tu lectura sobre cómo se siguen organizando los padres y qué está pasando con la sociedad civil?

—A diez meses la sociedad civil estamos viendo que se está desinflando la protesta, yo creo que el punto más alto fue el 20 de noviembre, cuando hubo cien mil personas manifestándose en la ciudad. Han habido más casos, Ostula, Apatzingán…el foco se ha ido volteando a otros lados. También el desgaste de tener que lidiar con una catástrofe cada semana. Cada semana tenemos algo distinto. Los padres, pues los padres también han tenido desavenencias con otras organizaciones. En parte se entiende, porque los padres, salvo los de Alexander Mora Venancio, que es el único resto que logran identificar, pues no tienen cuerpos que enterrar. Ellos no tienen la certeza de que los restos que presenta la PGR sean de sus hijos. Entonces pues cuando uno, yo no he estado en ese caso, pero cuando uno no sabe dónde está su familiar, no encuentra ningún camino para encontrarlo, por eso también vemos la exigencia, muy válida, de investigar al Ejército. Y podemos ver incluso cosas como que los familiares pegaron una cartulina dirigiéndose al líder de Los Rojos, el cártel rival, pidiéndole ayuda a él. Es tal la desolación ante la falta de resultados que uno empieza a buscar soluciones por otros métodos.

—¿Y en general del país? Has comentado que es sumamente factible que ocurra otra noche como la de Iguala, ¿cómo hacer una contención?

—Sí, lo primero poner atención sobre el tema, no tratarlo como hechos aislados. Ahora que publiqué el libro varias personas me han dicho: “pero por qué escribes esto, esto pasó hace diez meses, ya es algo que está prácticamente resuelto”. Pero no se puede olvidar, no se puede meter en el cajón como antes se metió Casino Royale, como se ha metido San Fernando. Creo que el primer paso es seguir recordando, y vincular todo esto, decir que todo esto es parte de algo más grande. Y eso usarlo para discutir, creo que todo el fallo de las manifestaciones es que no se avanzó al decir “fue el Estado”, es decir, sí, se comprobó a nivel municipal, a nivel estatal omisión, pero ya nunca hubo una exigencia posterior, decir “ok, qué queremos hacer con esto, cómo hacemos para que el Estado no lo vuelva a repetir”. Esta es una discusión que no estamos teniendo. A nivel federal el presidente reaccionó con un decálogo de propuestas, que algunas ni siquiera tenían que ver con seguridad, y que luego no se siguió, muchas de ellas están atoradas en [las cámaras de] diputados y senadores, pero no estamos teniendo una discusión sobre las drogas en México, sobre la seguridad en México, ni sobre la educación. Esto sucede en Guerrero, uno de los tres estados más pobres del país, un estado con niveles de escolaridad muy bajos, con niveles de salud muy bajos, con cosas tan sencillas como drenaje que no se tiene en muchos lados, en estas condiciones se dan espacios para que el narcotráfico florezca. Entonces, si el narcotráfico sigue siendo un negocio muy lucrativo, (estamos hablando de ganancias de miles de millones de dólares al año), y en Estados Unidos no se está haciendo nada por contener, por replantear esto, pues en México vamos a seguir recibiendo la carga más fuerte de todo esto. Y entonces las cosas seguirán igual. Mientras no nos pongamos a discutir, no sólo como sociedad, también como gobierno qué podemos hacer para evitar que esto suceda.

—A nivel personal, ¿qué te movió, qué cambió en ti hacer esta investigación?

—Muchas cosas, yo a la fecha sigo incrédulo de que puedan desaparecer 43 estudiantes en una ciudad de 110 mil habitantes. Me removió, independientemente de lo que mucha gente ha dicho de ellos, que “se lo buscaron porque robaban autobuses”, pues no, nadie se busca nada como esto. A mí me ha dejado impresionado que esto pueda suceder.

—¿Cuál fue el mayor reto que enfrentaste?

—El mayor reto fue encontrar el punto donde se unían las versiones y qué se podía dar por cierto, porque muchas cosas han variado. Proceso que tiene una versión distinta a lo que dice la PGR, pero también lo que dice la PGR no se puede tomar por cierto porque venga de una autoridad. Y pues quedan muchas preguntas por responder. Y que mientras no respondamos no se puede hablar de una verdad histórica en este caso.

—¿Algo que creas importante que un lector de tu libro tome en cuenta?

—Creo que lo más importante dentro de todo es que yo no estoy haciendo este libro con el propósito de defender a nadie, ni de apegarme a una versión ni nada. Yo lo que estoy haciendo aquí es encontrar la mayor cantidad de información posible, verificable, y tratar de explicar lo que sucedió. Yo le diría a la gente que esté interesada en el tema que lea el libro con una mente abierta y después saque sus conclusiones sobre si la información ahí presentada le parece interesante o relevante.

10meses Hasta encontrarlos

Imágenes de la marcha a 10 meses de los hechos en Iguala.

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Los desaparecidos

La noche del 26 de septiembre de 2014 John Gibler estaba reunido con una colega de Ciudad Juárez y otro de Nueva Orleans. Platicaban sobre los medios y los movimientos sociales, sobre #YoSoy132 y la percepción de éste. Para argumentar que, si bien #YoSoy132 aportó a la discusión pública, no es que otros jóvenes en otros momentos no hicieran algo significativo en cuanto a lucha social se refiere. Gibler contó a sus colegas la historia de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”.

A la mañana siguiente, Gibler se enteró de los hechos en Iguala. “Fue un golpe, se me quitó el aliento. Era casi un llanto seco”, cuenta. Días después, el 2 de octubre, al ver que no llegó ningún contingente de los normalistas a la marcha y que eran pocos los estudiantes que denunciaban el ataque que se había realizado, decidió ir a la Normal de Ayotzinapa.

La última vez que John Gibler había estado ahí fue en marzo de 2006, cuando la caravana de La Otra Campaña pasó y se hospedó en la escuela. Ahora era octubre de 2015. El periodista llegó a la cancha de la escuela. Notó que no había gente externa apoyando. Vio que en una mesita chiquita habían colocado un par de imágenes religiosas, un par de flores y unas velas. Era el primer altar dedicado a los 43. En los meses posteriores éste se transformaría hasta estar conformado por las butacas vacías, con los bordados hechos por el colectivo H.I.J.O.S México. Alrededor de la cancha había personas sentadas. Personas sencillas, humildes, dice, en grupitos, hablando en voz baja. Eran los familiares de los estudiantes.

Gibler estaba parado ahí. Solo. Con su libreta y grabadora en la mano. Los miraba. Inició un diálogo interno:

—Mi chamba es acercarme y hablar con ellos, mi chamba es preguntarles cómo se sienten, qué pasó —se dijo, pero—: en ese momento todas esas preguntas me parecieron la cosa más violenta del mundo, aún la pregunta más humana, más sencilla, ¿cómo te sientes?, que es una pregunta necesaria, urgente, de compasión, me pareció la pregunta más violenta posible. “¿Cómo te sientes?”, ¿cómo se van a sentir? Ahí estaba parado y dije: no puedo o no quiero. En este momento rechazo ser periodista. Yo sé que la chamba del periodista es ir y hablar con ellos pero no. Porque no encuentro la manera sin ejercer una violencia involuntaria.

Gibler atravesó la cancha. A su paso respondió el saludo a quienes se atravesaron en su andar. Buscó a representantes del comité de lucha de la Normal y se presentó formalmente. Solicitó permiso para entrevistar a los sobrevivientes, “yo ya sabía cómo funciona el Estado y cómo funcionan los medios, y a quiénes iban a silenciar”, dice.

Por eso eligió hablar con los sobrevivientes, quienes se convirtieron en el eje central de su trabajo:

—Al principio fueron días muy intensos y pesados porque ese mismo día [en el que él llegó a Ayotzinapa] dijeron que encontraron fosas en Iguala. Reporteamos este hecho. Regresamos, ahí estuve en el Palacio de Gobierno, cuando [autoridades locales] dieron conferencia. Y después el exgobernador Aguirre dijo que iba a recibir a los familiares. Todos los reporteros se fueron a mandar sus notas. Yo me quedé, en eso salió un señor enojadísimo y me vio parado con una grabadora y una libreta y se me acercó. Empezó hablar. Había otro colega con una cámara de video. El señor nos ve y empieza a contar que lo habían sacado de la reunión porque se puso a enfrentar al gobernador. Fue el primer padre con el que platiqué, Mario González Contreras.

En diciembre de 2014, John Gibler publicó en The California Sunday Magazine, “Los desaparecidos”, una crónica detallada sobre los hechos de Iguala. Su trabajo se basaba en entrevistas con sobrevivientes, con  periodistas locales que presenciaron la segunda balacera registrada esa noche y con otras personas. Todos los testigos posibles.

Para lograr el acercamiento con los estudiantes que sobrevivieron a los ataques, Gibler pidió al comité de la Normal que organizara una reunión para que él pudiera presentarse con todos y decirles lo que quería hacer: contar su historia.

—Nos juntaron, fuimos al auditorio. Me presenté ante todos y la gran mayoría se animó a platicar conmigo. En unos tres días entrevisté a los primeros catorce, que fueron la base del reportaje de “Los desaparecidos”. Yo quise hacer algo documentado, algo bien —Gibler recuerda que en ese momento no había información precisa—: datos básicos de esa noche los tenían mal casi todos los medios y no sólo los medios, también centros de derechos humanos, los propios abogados. Hablaban de cuatro camiones de estudiantes. Eran cinco. El quinto camión fue atacado por policías, muy probablemente federales, debajo del puente ya para salir de Iguala.

La falta de datos precisos, dice Gibler, “contribuyó a la campaña de desinformación de la Procuraduría del estado de Guerrero, y después de la PGR. Y aquí me adelanto tantito, yo sí creo que la PGR es culpable de una desaparición forzada administrativa. Desde Murillo Karam para abajo, quienes participaron en la supuesta investigación, lo que hicieron fue no buscarlos, no investigar y montar una versión absurda para calmar el escándalo político. Para mí ellos son culpables de desaparición forzada administrativa, ellos desaparecieron a los chavos con sus plumas, con sus informes, con sus conferencias de prensa”.

Tras la publicación de “Los desaparecidos”, Gibler siguió reporteando en Guerrero. Desde octubre a la fecha ha entrevistado a veintiséis sobrevivientes y a más de diez testigos (periodistas, maestros). Poco a poco empezaba a platicar con los padres. Simultáneamente ha ido a Iguala y a Cocula, “he entrevistado a los trabajadores municipales del basurero, [ellos] dijeron muy claramente que ellos tiraron basura ahí los días 27 y 28 de septiembre, no había semejante fogata, no había semejante masacre. Ellos fueron a la 1 de la tarde del 27 de septiembre a tirar basura, y estaba verde y mojado. Y así tan fácil se tumba toda la ‘verdad histórica'”.

La entrevista con John Gibler ocurre este 24 de julio. Estamos en un café en la colonia Roma:

—¿Cuáles han sido los mayores retos para ir comprendiendo qué pasó esa noche? Aparte de eso, supongo que también en estos meses has pensado en qué permitió que eso sucediera, porque se necesita un contexto para tratar de entender mejor, ¿no? ¿Cómo ha sido este trabajo para ti?

—En primer lugar, al principio era entender qué pasó en lo más básico, ¿dónde los atacaron?, ¿a dónde se habían ido antes?, ¿a qué hora llegaron a Iguala? Todavía me acuerdo que en octubre había mucha desinformación, [decían] que ellos sí habían llegado a Iguala a las siete de la tarde y que estuvieron boteando en el evento de… Así decían periodistas de Iguala, con toda la confianza del mundo. “Sí, sí, ellos andaban boteando por acá”. Y yo les preguntaba: “oye, ¿tú los viste?” y respondían “no, bueno, yo en lo personal no, pero todos dicen”. Y les respondía “ah, entonces no te creo nada”. En esta historia he buscado a la persona que vio algo directamente y lo voy contrastando con otras personas. Una de las principales dificultades es que fue un operativo muy grande, los atacaron en varios lugares de la ciudad en un periodo largo de horas. Entonces era ir buscando los tiempos, los lugares. Al principio, por ejemplo, cuando yo llegué a la Normal yo no sabía de los otros dos camiones de normalistas: el Estrella Roja y Estrella de Oro. No sabía que hubo un Estrella de Oro rodeado de policías debajo del puente donde se llevaron a todos los normalistas. No sabía que catorce jóvenes estaban en el Estrella Roja y que policías del barrio, policías municipales y también federales, los corretearon, les dispararon pero los catorce lograron esconderse y sobrevivir. Al principio era muy confuso […] En segundo lugar, la principal dificultad es la maquinaria de la impunidad y la desinformación. Desde el primer día ya tienes plumas pagadas sacando “que los normalistas tenían amapola en uno de los camiones y que ese camión iba para Tamaulipas”, semejante mamada, perdón, pero uno va investigando y no hay corridas a Tamaulipas a esa hora. No hay ningún testigo, de los más de cien de esa noche, ningún testigo que diga “lo policías bajaron bultos del camión”. Nada. Sacaban la versión de que el alcalde de Iguala había apostado contra Los Avispones y que realmente querían masacrar a Los Avispones y no a los normalistas, eso se publicó. Desde el primer día tienes la desinformación, que no es puro chisme. No lo creo, son cosas que se filtran a los reporteros y que ellos publican pensando “ah, pues es mi contacto en el Cisen, es mi contacto en la fiscalía”. También el hecho, no solamente de plumas pagadas, también el hecho de que tienes una maquinaria de Estado que desde el primer día se encarga de confundir y no de buscar, de ocultar el tamaño de los hechos, de controlar un escándalo y no de buscar ahora sí la verdad de qué sucedió. Uno va así solito contra toda esa maquinaria, y bueno, lo único que tuve es el compromiso, los compañeros, toda la red de periodistas locales solidarios que te van pasando información, te presentan compas. Y por supuesto la voluntad de los sobrevivientes de contar lo que ellos habían vivido. En tercer lugar, en cuanto al contexto, es nefasto. Yo trabajé varios años en un libro que publiqué el año pasado (Tzompaxtle: la fuga de un guerrillero)  sobre un desaparecido, en ese entonces joven indígena guerrillero, que fue desaparecido en Zumpango del Río, trasladado a diferentes cárceles clandestinas, distintos centros de tortura y que logró fugarse ya dándose cuenta que había estado en una base militar y regresó a la clandestinidad y muchos años después contó su historia. Muchos me preguntaban: “¿y a tí por qué te interesa esa historia de los 90?” Bueno, de por sí es una historia increíble, una historia intensa, es de las pocas experiencias desde dentro de la desaparición forzada que sobrevive y cuenta, y hay mucha información urgente ahí de cómo opera el Estado cuando lleva a cabo una desaparición forzada. Y por otro lado, yo dije, en el 96 cuando desaparecieron a este compañero había menos de 20 desaparecidos registrados en el país, en el 2011-2012, cuando yo estaba reporteando la historia había unos 20 mil. Y para mí no son cosas aisladas, no es un accidente o que digas “no, esto no tiene nada que ver con la contrainsurgencia, esto es el contexto del narco”. No, ni madres, no hay una ruptura entre los años de contrainsurgencia y los años de una supuesta guerra contra el narco. Hay una continuidad más bien. Y mi investigación fue un esfuerzo de explorar e indagar sobre la naturaleza de esa continuidad. Entonces, la violencia ejercida en Iguala el 26 y 27 de septiembre fue como el acto ejemplar de la evidencia de esa continuidad, de esa conexión entre violencia contrainsurgente y del narco. Y aquí tienes la unión de lo que supuestamente son esas dos vertientes separadas. Tienes una Normal donde hay una historia constante, ininterrumpida de represión de Estado. Y tienes a policías que simultáneamente son narcos. Tienes a un kilómetro y 600 metros [del lugar del ataque] la base militar, que durante los ataques (en un tiempo más o menos de cuatro horas) no salen a ayudar, pero en diez minutos que llegan unos estudiantes con un herido de bala grave a una clínica privada, a los diez o quince minutos llega una patrulla del ejército, entran cortando cartucho, tomando control del lugar para que, cuando llegue el médico, saquen a todos los chavos sin brindarles primeros auxilios a un joven que estaba al borde de la muerte, con un balazo en la cara. Entonces, ¿cuál es el contexto? El contexto es de, no solamente un Estado que mata, son estructuras de Estado que están completamente ya encargadas del crimen organizado, ya no hablamos de corrupción, corrupción suena como que hay unos dos o tres, lo raro son los que no participan, y también los hay. En la investigación que he hecho también hay muchas historias de policías de Iguala que fueron asesinados y sus familiares sospechan que justamente no querían entrarle al grupo especial de narcopolicías de Iguala que les decían Los Bélicos. Tenemos entonces una situación donde a nivel internacional, bajo el mando de los gringos, del gobierno estadounidense, hay una llamada guerra contra el narcotráfico, que [el narcotráfico] no es otra cosa que el régimen que da estructura a un mercado de drogas ilegales, que con el éxito y el crecimiento asombroso de ese mercado se ha expandido a incluir ya lo que podríamos llamar nuevos necromercados, tomando la influencia del concepto de la necropolítica del teórico camerunense Achille Mbembe, quien tiene un ensayo que se llama Necropolítica. Ahora el control sobre la vida y la muerte es un negocio. Ese es el contexto. Eso ya estaba consumado, para que una noche puedan asesinar, torturar, mutilar, desaparecer masivamente a tantas personas, en un operativo estilo militar, [que duró más de] tres horas, [y abarcó] por lo menos cinco lugares diferentes: el zócalo, Juan N. Álvarez con el Periférico, el puente, frente al palacio de la fiscalía del estado, Los Avispones en Santa Teresa. A Julio César Mondragón lo paran, no sabemos exactamente dónde, corriendo de la balacera a la medianoche. En todo ese tiempo, todos esos lugares, no solamente que no llega ninguna autoridad a proteger, a investigar, no, cada autoridad que llega dispara y mata. Bueno, dispara, mata, o en el caso de los militares que llegan a la clínica, hostigan, regañan y no ayudan. Lo que da testimonio del grado de fusión entre funciones contrainsurgentes y funciones mercantiles empresariales de la muerte, lo que se llama el narco, es el hecho de que después de todo, con la rabia, con el dolor, con el escándalo, con la indignación, aquí en México y en países por todo el mundo, el Estado se encarga de ocultar todo y no a atender hechos de horror y brutalidad sin dimensión.

—¿En tu investigación has conversado con personas que hablen de la participación que tuvo el ejército esa noche? Porque es uno de los puntos que se ha mantenido como en duda, ¿qué es lo que realmente hizo o no hizo el ejército esa noche?

—De los sobrevivientes el único testimonio sobre militares que tengo [es] a partir de los normalistas y un maestro y el doctor de la clínica. Todo lo demás son preguntas, son dudas, son sospechas. Otro registro directo [sobre la presencia] del ejército es cuando llegan los periodistas de Chilpancingo, más o menos a la 1:30 am, y ven que había militares en la calle, en la esquina del Periférico y Álvarez y de eso hasta hay fotos. Para mí la ausencia del ejército es un hecho contundente. Cuando pasa algo que amenaza al Estado ves cómo responden. Un contraste, Peña Nieto hasta la fecha no ha ido para allá [Iguala]. Hasta canceló un viaje a Guerrero. En primeras entrevistas dijo: “no me compete a mí”. Contrasta esto con lo que pasó en la masacre de los periodistas de Charlie Hebdo, en cuestión de menos de una hora los más altos funcionarios del estado francés estaban en la calle donde hicieron los ataques, ellos percibieron los ataques como una amenaza al Estado y respondieron. Ve el caso de México y de Iguala, “no, que no me compete, que no cancelo mi viaje, que no voy”. Los hechos hablan. El ejército no salió aunque estaban baleando, rafagueando, para mí eso es muy claro, no salen por una orden. Quién dio esa orden y por qué. Y qué responsabilidad revela ese no actuar. No sabemos si hicieron cosas de las cuales aún no hay testimonios directos. Por ejemplo, [falta saber quiénes eran] los tres hombres vestidos de civil que llegan encapuchados y dispararon con armas largas, ráfagas contra todas las personas que estaban ahí en el Periférico en la calle Álvarez. Uno de los testigos me dijo que tenían, según él como porte militar, eran más altos fornidos, tenían el cabello corto, no llevaban casco, pero no llevaban ningún uniforme. Otro de los sobrevivientes que logró ver a los tres constataba que iban vestidos de negro, que no llevaban casco, que tenían metralletas. Él me dice cosas que son muy curiosas. Este compa dice: dispararon al aire, después bajaron las metralletas a la altura de la cintura y empezaron a rafaguear y subiendo las armas. Eso para mí muestra una lógica de dispersión […] El reclamo de que se investigue al ejército es un reclamo necesario, urgente, hasta obvio, ¿por qué no salieron? Investigar a la policía federal, a la policía estatal, todos […] Han salido muchas versiones, en la prensa y todo, basados en los expedientes, que a mí en lo personal todavía no me convencen. Yo no he revisado los expedientes, mi investigación ha sido cien por ciento a base de entrevistas, algunos documentos que ya los han filtrado a los medios y los han publicado a los medios sí los he revisado.

—Según tu investigación, ¿había modo de que los testigos identificaran quiénes eran Los Bélicos, o  Los Guerreros Unidos?, estos últimos son el eje por donde se han ido la PGR. Lo que tú has investigado, ¿qué matices tiene con esta versión?

—Pues lo principal es que para mí sobre la versión que han dado no hay ninguna prueba, es la especulación solamente, o una versión basada en la tortura de quienes están detenidos, [dicen] “es que quien detiene a los jóvenes es la policía municipal y se los entregan a sicarios de Los Guerreros Unidos”, para mí ese punto de entrega no está confirmado y además es sospechoso, porque para mí los policías son Los Guerreros Unidos o son a los que les dicen Los Guerreros Unidos, no hay diferencia, si ya los tienen rendidos, si ya los tienen en sus patrullas, para qué los van a entregar. Ahí como que es otro momento de descontrol, o de potencial descontrol. Algo que también es importante, hablando con muchos de los sobrevivientes, no con uno o dos, yo ya llevo 26, es que muchos de ellos aunque tenían miedo en diferentes momentos, son chavos bravos, ellos se enfrentaron muchas veces, gritaron, intercambiaron palabras con los policías, no es que al instante se rindieron, los chavos son bravos. Para mí no es creíble que iban todos dóciles cuando se los llevaron en las camionetas. En lo que he investigado, ese grupo de Los Bélicos simultáneamente eran policías y crimen organizado, hay testimonios sobre ellos llevando a cabo desapariciones forzadas conjuntamente con la policía estatal. Tengo un testimonio de una joven desaparecida que dice que un comandante de la policía estatal mandó a Los Bélicos a sacarla de su casa a balazos, y hay testigos. Entonces, Los Bélicos simultáneamente eran como el grupo de élite de la policía y del crimen organizado, pero funcionaban dentro de un contexto y de una colaboración abierta. Eso ya llevaba desde hace dos años, eso empezó antes de Abarca, empezó con el anterior alcalde. Entonces, para mí una de las cosas que la versión del Estado intenta sostener es el gran mito de una supuesta distinción entre estructuras del Estado y estructuras del crimen organizado, cuando son como dos sectores de una misma industria que ya se fusionaron dentro de la misma empresa.

—En tu investigación, ¿qué tantos elementos tienes sobre la intervención de Los Abarca?

—Yo me he estado enfocando en los sobrevivientes, lo que vieron. Por otro lado, en el caso del contexto de Iguala pues hay muchísimos testimonios sobre la familia de Los Abarca participando en toda la estructura del crimen organizado y también está registrada la buenísima relación que tenía Abarca con el ejército, con el Batallón 27, hasta le cedieron un terreno para construir sus Galerías Tamarindo. Eso está muy documentado. Tanto de los Abarca como parte de una estructura, pero, también, no solamente como una estructura del gran cártel, una estructura de las corporaciones policíacas y militares de la zona. Siempre lo que quiere el Estado, el Estado gringo también, es mantener ese gran mito de que la guerra contra las drogas es una guerra de policías contra narcos y que son dos bandos. No es decir que no pelean, pero pelean diferentes factores dentro de una industria, por control.

—A diez meses de estos hechos, ¿cuál es tu principal lectura, qué falta por responder, en algún momento se resolverá plenamente qué pasó?

—Lo inmediato, pues todavía los estamos buscando, no sabemos dónde están. No sabemos qué pasó después de que se los llevaron. En cuanto a cómo resolver, pues obviamente no se resuelve ese dolor infernal de toda la gente que está buscando a la gente que quieren. Para mí lo que sucedió el 26 de septiembre no es un error dentro del mundo contemporáneo capitalista y llamado democrático, es un síntoma de cómo funciona ese mundo y ese sistema. Y resolver, pues, para como hacia adelante, para futuras generaciones, suena cursi pero requerimos un cambio total […] La noche del 26 es infinitamente terrible porque no es un hecho aislado, es un hecho que logró doler e indignar a millones de personas, pero no fue el primero y si no luchamos de una forma muy intensa no va a ser el último.

—Hablas de la estrategia mediática, fuera de eso, de lo que se da a conocer de las marchas, ¿tú cómo observas a las familias?, ¿crees que se está gestando un movimiento?

—De las familias, de los hombres y mujeres que yo he visto luchar solamente me atrevo a decir que los respeto infinitamente, que no puedo imaginar lo que sienten, lo que implica para ellos venir a la ciudad de México cada 26 y marchar, lo que implica para ellos regresar a sus casas y ver los cuartos vacíos de sus hijos, lo que implica para ellos preparar una cena y no saber si su hijo está comiendo, lo que implica para ellos acostarse en la noche, enfrentar el silencio de no haber visto a su hijo en diez meses, lo que implica para ellos agarrar un periódico y leer las mentiras que publican con todo el respaldo del gobierno y del Estado, y a pesar de todo eso que siguen. Es una fuerza infinita.

—Empezamos la entrevista hablando sobre cómo recibiste la noticia, ahora quisiera terminar con cómo te transformó profesionalmente y personalmente esta investigación.

—Todavía no sé. Me está transformando. No tengo la distancia como para mirar y decir, “ya no soy así”. Siento que se me está transformando, sería imposible entrar en una experiencia así y no cambiar de alguna forma o no ser impactado profundamente. Me ha impactado profundamente. Sólo que me impactó, no tengo palabras para expresarlos.

¿Algo que quieras agregar?

—Que a nosotros, nosotras, que no tenemos hijos desaparecidos, que no nos rindamos al lujo de que no nos importe, o como dice Cristina Rivera Garza, de no dolernos. Que el dolerse, como se titula un libro de Cristina, tiene que ser parte de nuestro propio compromiso, nuestro andar político y andar cotidiano.

10meses 43 (1)

Imágenes de la marcha a 10 meses de los hechos en Iguala.

 ___

En torno al caso Iguala aún queda mucho por precisar. La versión de la PGR, presentada por el entonces procurador, Jesús Murillo Karam, el 27 de enero de este año, se ve cada día menos sólida.

En los próximos meses, rumbo al primer aniversario de los ataques y de la desaparición forzada de 43 estudiantes y el asesinato de seis personas más, se espera que el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) presenten su informe. “A ellos sí les vamos a creer”, han dicho los padres. Falta también que la PGR atienda las solicitudes del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) nombrado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para investigar el caso Ayotzinapa. Y habrá que dar seguimiento a lo que haga o no la Procuraduría a partir de las observaciones de la CNDH.

De momento, para los familiares de los 43, en palabras pronunciadas el 26 de julio pasado por Felipe De la Cruz, su vocero, una cosa es clara: “su verdad histórica se convirtió en la mentira histórica del país”.



Lizbeth Hernández
Lizbeth Hernández
Directora de Kaja Negra. Periodista e investigadora freelance. Los temas que más le interesan son: movimientos sociales, derechos humanos, feminismos, agenda lgbt+, arte y cultura pop. Escribe sus ideas y apuntes en Medium. Se la vive entre la sabrosura y el desasosiego. En Twitter e Instagram: @abismada_ Correo: lizbeth@kajanegra.com




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