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Bajo el cielo protector

05 Oct, 2017 Etiquetas: , ,

¿Estamos dispuestos a buscar entre nuestros propios escombros? A veces, dice Enrique I. Castillo en la nueva entrega de #CanCerbero: «preferimos escapar de lo que nos aflige, sin detenernos a pensar que no hay escapatoria posible porque aquello de lo que huimos vive dentro de nosotros mismos», una reflexión que provocó el cielo chiapaneco y las palabras de Paul Bowles en El cielo protector.

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO

Viajo con amigos. Vamos en un taxi de Ocosingo hacia San Cristóbal de las Casas. Debe ser cerca de la media noche. No charlamos porque el cansancio nos tiene rendidos. Recargo la cabeza en la ventanilla. Me esfuerzo por no dormir porque no conocemos al conductor y nunca está de más desconfiar de la bondad humana. Bajo un poco el cristal y el frío inunda el interior del auto. Miro hacia el cielo y encuentro un espectáculo al que estamos desacostumbrados quienes vivimos en la Ciudad de México. Un cielo transparente, atiborrado de estrellas. No hay nubes que estorben la visión. Los colores van de puntos blancos, mezclados con diversos tonos de azul, hasta destellos escarlata. Y detrás de esto, un negro absoluto. Al ver esa profunda oscuridad, paso del goce y el asombro a una inquietud que no puedo explicarme. Observo un poco más pero hay dentro de mí una agitación de la que no podré deshacerme durante el resto del camino.

El encuentro entre lector y escritor –un libro– tiene que ver con un deslumbramiento. Ya sea por la forma de narrar del autor, la arquitectura del libro, el entramado o que al leer aquellas líneas se abren mundos nuevos o nuevas formas de concebir esta vida. O simplemente porque habla de aquello que ya conocemos pero con una perspectiva diferente. Si el libro provoca en quien lo lee cierta paz o atisbos de felicidad es el mejor indicio para dejarlo y no volver a él. La lectura, la que prefiero, es la que remueve las entrañas. También los temores pueden unir a un lector con un libro.

Tiempo después de aquella visión me encontré con Paul Bowles y El cielo protector. Desde el inicio deja en claro que esa novela es un viaje, uno hecho con lentitud, sin prisa por ir de un lugar a otro. Se trata de desplazarse a otro ritmo. Un ritmo interior. Es la búsqueda de algo que no está afuera sino dentro de los personajes.

El libro revivió en mí la inquietud que experimenté bajo el cielo chiapaneco. Port, uno de los personajes, dice a su esposa Kit, mientras observa un cielo de otras latitudes:

–Sabes –dijo Port, y su voz sonó irreal, como ocurre después de una larga pausa en un lugar perfectamente silencioso–. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que es algo sólido, allá arriba, que nos protege de lo que hay detrás.

Kit presiente algo ominoso en lo dicho por Port. A pesar de ello le pregunta qué es lo que hay detrás. Él contesta:

–Nada, supongo. Solamente la oscuridad. La noche absoluta.

También los temores pueden unir a un lector con un libro.

En esas palabras no hay nada que por sí solo erice la piel. Lo que da al diálogo un aspecto casi de terror es el haber sido pronunciado en la silenciosa soledad del desierto, y en medio de la soledad de dos almas que creen conocerse pero que no están sino iniciando el camino del autoconocimiento. Es el pensar que todo lo que existe más allá de nuestra vista y de nuestro entendimiento, que podría traducirse como la vida misma, está a punto de aplastarnos. Y que entre esa amenaza y nosotros sólo hay un cielo transparente y sólido, aunque algo endeble, que nos protege.

Kit, Port y un amigo de éste, Tunner, enfrentan las inclemencias del desierto africano y las condiciones adversas de los poblados a los que llegan, sin embargo, lo que más daño hará en ellos es el confrontarse con el desierto que llevan en el interior. Contra eso no hay defensa, no existe un cielo que pueda protegerlos. En eso no difieren de cualquier otra persona.

Todos estamos en un constante y accidentado viaje, en la búsqueda por descubrir quiénes somos. Descubrimiento que llega demasiado tarde. Aunque pocas veces estamos dispuestos a buscar entre nuestros propios escombros. Preferimos escapar de lo que nos aflige, sin detenernos a pensar que no hay escapatoria posible porque aquello de lo que huimos vive dentro de nosotros mismos. La oscuridad, la noche absoluta que veía Port más allá del cielo protector era un reflejo de su miedo interno.

Todo viaje, sea hacia afuera o hacia adentro, debería llevarnos a descubrir nuestros temores. Sólo así, frente a ellos, es como podemos empezar a saber quiénes somos.

Imagen de portada: Cielo nocturno  by Welmwe Wilmes. Flickr-[CC BY-NC 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres.

Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar





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