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Bajo la mezclilla

13 May, 2013 Etiquetas: ,

Sales de la chamba y esperas en la esquina más cercana. En ti crece el debate: emprender camino al barrio o ceder ante los retortijones que escandalizan tu estómago y amenazan con desbordar tu calor interno en plena avenida.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ PERALTA

Sales de la chamba y esperas en la esquina más cercana. En ti crece el debate: emprender camino al barrio o ceder ante los retortijones que escandalizan tu estómago y amenazan con desbordar tu calor interno en plena avenida. Suspiras y secas tus manos sobre la mezclilla decolorada de tu chamarra, al tiempo que dibujas una sonrisa forzada para ocultar tu gesto desesperado. Acompasas tu falsedad con un silbido arrítmico, intentando olvidar el escalofrío que te pone las rodillas temblorosas y la piel de gallina. La gente no te mira, tampoco tú los miras. Cada ser camina con la vista fija y los sentidos perdidos, ignorando el mal oliente hedor proveniente del Mercado de Sonora y del perfume barato de las putas de circunvalación (combinación curiosa). También ignoran tu silbido y tu pendeja sonrisa y los cláxones y las mentadas de madre y al vendedor de discos (¡bien baratos!) del Buki. Caminan mecánicos, quizá anhelando -como tú- llegar a casa; quizá deseosos de un televisor nuevo o una familia distinta por que la que tienen ¡como chinga! O, seguramente, perdidos en invisibles lágrimas e hirientes tristezas, devenidas del mal amor que provoca una dama interesada: ¡quizá, quizá, quizá! Al final nada te hace diferente a ellos, solo esa sensación que te inunda y aterra desde lo más profundo de tu lombricienta panza. Resistes.

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La noche comienza a caer y tú sigues plantado en la misma esquina. “Chingado horario de invierno”, piensas. A las seis en punto los autos se ponen de acuerdo y pintan de rojo la avenida hasta donde alcanzas a registrar con tu cansada vista: “Ahí está Congreso de la Unión. También la Venus, la delegación”. El verde de los semáforos desaparece cada dos minutos y los autos no avanzan, pero la noche y el ruido y las putas de perfume mal oliente prosperan. Tu estómago da tregua y cede un momento, sales de tu letargo y te cuelgas del estribo del primer micro que encuentras. ¡Súbale, súbale! ¡Aigropuerto, Zara-goza, todo derecho hasta Panticlán! ¡Súbale al avión, súbale!  ¡Va directo! Avanzas hasta el fondo del camión y aprovechas la distracción del chofer para no darle ni un quinto. Encuentras un lugar -mejor dicho, medio lugar- junto a una obesa veinteañera que te mira de reojo y sacude su rechoncho trasero sobre el asiento, anhelando desistas en el intento de sentarte a su lado: “¡Lo siento, damita (¿o marranita?), pero estoy en trabajo de parto!”. La gorda suspira molesta, casi bufa al sentir tu presencia. Te aguantas y no te levantas, pues sentado el más grande de los sentires humanos aminora. Colocas las manos sobre tu estómago y te sorprende la fiesta que traes por dentro. Te preocupas, bajas la cabeza e intentas dormir al tiempo que piensas: “¡pinche gorda!”

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El chofer busca vías alternas. Vira intempestivo en cada esquina. Entra a contraflujo retando al chofer de un trolebús que se frena evidentemente acostumbrado. La gente se levanta y grita molesta ante el cambio de ruta: ¡Esta no es tu ruta, ojete! ¡Bajan, bajan! ¡Ya me pasó, yo bajaba en la otra esquina!  Pero tú ni te inmutas, tienes otros problemas. La dama de excesivo peso se acostumbró ya a tu presencia. Ahora se entretiene jugando, a distancia, con una niña que gesticula. Afuera se escuchan las sirenas de una ambulancia. La ruta alterna funciona; eso te alegra e incluso olvidas los 100 kilos que juegan ridículamente a tu lado. El chofer cambia de carril constantemente, evitando ciclistas y taxistas mal dormidos. Pero, ha vuelto, ahí está de nuevo esa sensación que te oprime las tripas y hace sudar tus manos maltrechas.

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Tus intentos para dormir y olvidarte del malestar no prosperan. El sudor ha vuelto, lo mismo que el dolor intenso en el vientre, tus piernas tiemblan. La gorda, tu compañera de asiento, ahora duerme recargada en la ventana.  A pesar del atajo, afuera las cosas no mejoran. La ciudad es caótica. Piensas en tu hijo y de pronto te invaden un doloroso recuerdo y la inconfundible sensación de culpa. Recuerdas la vez que él llegó de la escuela, apenado e inundado en lágrimas temerosas, con las manos metidas en los bolsos y su suéter azul marino rodeándole la cintura y las nalgas. “¿Qué tienes?”,  le preguntaste. No contestó, pero tu nariz detectó la respuesta en el fétido aroma que desprendía, él lloraba. Entonces, lo golpeaste como si con cada golpe buscaras eliminar el agrio aroma que traía metido hasta en la mochila. Cuando acudiste a la primaria, atendiendo al citatorio que el director había enviado, te enteraste de lo ocurrido: tu hijo interrumpió la clase tres veces continuas. A pesar de la insistencia no pudo salir al baño pero, a cambio, recibió la amenaza de una reprimenda futura. Por ello se sentó y no habló más durante buena parte del día. Cuando la clase terminó le permitieron ir al baño, pero hacía un buen rato que había dejado de ser necesario. Ahora, sentado junto a la gorda que dormita y mientras oyes al chofer que se desgañita, comprendes que tu hijo no lloró por sus pantalones sucios, tampoco por los regaños de su profesor normalista, mucho menos por las burlas y apodos que de su grupo surgían; lloró, sin duda, porque de ti recibió gritos y una paliza en lugar de protección.

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No puedes más, es inevitable. Has dejado de preocuparte por las apariencias y ahora te retuerces en tu sitio. Tu compañera de asiento se despierta. Intentas liberar presión pero no puedes; es un privilegio que se te ha negado. A tu alrededor todo se ralentiza: la gorda que escucha música con sus audífonos puestos, la niña que antes jugaba y ahora chilla, la dama de rojo, un albañil, algún estudiante. Suspiras y cuentas: “uno, dos y tres; uno, dos y tres”, pero ya nada te tranquiliza.

Los autos no se mueven aunque las luces de los semáforos cambian de color, ya no huele a puta ni a pescaderías. El chofer grita y se baja de forma intempestiva; abajo lo espera el conductor de la pipa que desde hace rato les venía siguiendo. Se escuchan mentadas de madre, golpes. Un martillo cae sobre el parabrisas. Te quedas tranquilo, inmóvil y con la mirada perdida. Pujas. El calor de tu panza ahora nutre por dentro tu pantalón de mezclilla. Nadie te mira, todos están pendientes del chofer que resiste en el suelo la chinga de su vida. Te paras discreto y te bajas del microbús en busca de alguna zona escondida. Tu aroma inunda la avenida, de la misma manera que las luces de los autos iluminan de esquina a esquina. Tiemblas, al tiempo que te amarras la chamarra a la cintura. Piensas en tu hijo y decides caminar a tu guarida, estás cerca. Lloras sin levantar la vista, pero la gente no te mira. Quizá te huelan, pero hoy no saben que traes tu vida embarrada bajo la mezclilla.  

Imagen de portada: passengers by Xristoforos aka Shooting...-Flickr-(CC BY-SA 2.0).


Emiliano Pérez Peralta
Emiliano Pérez Peralta
Geógrafo. Caminante eterno. Pessoa le guía: "No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo". Escribe y sobrevive. En Twitter lo encuentran como: @Emilixxx.




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