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Barrabás, la estrella de este calvario

28 Mar, 2016 Etiquetas: , ,

Para José la Semana Santa importa sobre todo por un personaje: Barrabás, quien representa para él una emoción que golpea su memoria cuando se pone la máscara y lo interpreta durante la representación de la Pasión de Cristo, en Santiago Cuautlalpan: el vínculo con su tradición familiar.

TEXTO Y FOTOS: EMILIANO PÉREZ PERALTA

Por la fiesta, solía el gobernador conceder al pueblo la libertad de un preso, el que ellos quisieran.
Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Así que, viéndolos reunidos, les preguntó Pilatos:
–¿A quién quieren que les suelte, a Barrabás o a Jesús, el llamado Mesías?
–A Barrabás.
–¿Y qué hago entonces con Jesús, el llamado Mesías?
Respondieron todos:
–¡Crucificadlo!

Mateo: 27

¡Culeros, culeeeeeeeros, culeros! gritan los niños, sin dejar de correr detrás de los soldados romanos. Los milicianos, relucientes cascos dorados encumbrados por penachos rojos sobre la cabeza, luchan por mantener controlado al recién aprehendido. Ocasionalmente voltean y confrontan a la turba, pero claudican y de nuevo corren. Lanzan algunos gritos y se cubren el rostro con sus aterciopeladas capas rojas, ansiando evitar los huevos crudos y los pedazos de naranjas que los niños lanzan contra ellos. ¡Culeros, culeeeeeeeros, culeros!

El torso desnudo del hombre de barbas largas y anárquica cabellera reluce bajo el faro nocturno en que se ha convertido la luna llena de marzo. El hombre resiste, jala una y otra vez las cuerdas que le aprisionan los brazos. Los flagelos, empujados por los tozudos brazos de los soldados, retumban al impactarse contra su espalda, en un intento por contenerle; pero aguanta el castigo y jala de nuevo las cuerdas que le aprisionan. Un par de soldados tropiezan y sus armaduras resuenan al impactar el concreto. Las risas, los chiflidos y las burlas brotan de la multitud que les sigue. Los niños les rodean y gritan: ¡Culeros, culeeeeros, culeros! Lanzan un par de huevos. Los soldados se ponen de pie y corren nuevamente detrás de sus compañeros, que sufren para contener al forajido.

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La luna se posa sobre la parroquia e ilumina las torres del campanario. Fuera del templo, sobre la enorme explanada del pueblo, los soldados van de un lado a otro arrastrando al hombre que ha corrido toda la tarde y aún así les resiste y les convierte en pesadilla la marcha al calabozo donde habrá de pasar la noche.

¡Agárrenlo bien! gritan los centuriones. ¡Agárrenlo, no se les vaya a escapar!

La prisión está cerca. Medio centenar de niños rodean a los soldados. Los flagelos revientan una y otra vez sobre el enrojecido lomo del hombre barbado. «¡Culeros, culeeeeros, culeros!». Los huevos manchan las capas y resuenan contra los cascos. Entre golpes y empujones logran contenerlo. Lo empujan al interior de la celda que lo abrigará durante la noche, a la espera de ser sentenciado. «¡Culeros, culeeeeeros, culeros!».

___

¡José, José… no chingues, José, pérate tantito! grita un regordete hombre vestido como soldado romano y, desesperado, amenaza con lanzar su casco.

No es José, cabrón le recrimina su compañero.¡A-c-u-é-r-d-a-t-e! ¡Es Barrabás! Órale, apúrate, que ya se nos volvió a pelar.

Entonces manotea y señala al hombre que corre delante de ellos: ¡Pérate tantito, pinche Barrabás!

Media docena de soldados más se les unen y preguntan:

¿Qué pasó? ¿Para dónde corrió?

Alguien señala al hombre que a lo lejos, cargando una enorme canasta de mimbre, socarronamente les mira. Su pecho, henchido, sube y baja agitado, mientras decenas de chiquillos, algunos montados en bicicletas, motonetas y hasta patines diablo lo rodean. Los niños lo miran. Lo admiran. Algunos, ocasionalmente, reúnen valor y le palmean la sudorosa espalda en señal de respeto y orgullo. Barrabás los mira, sostiene su canasta llena de dulces y vuelve a correr.

Los hombres vestidos como soldados romanos se sientan bajo la palmera que está afuera del deportivo y comparten una botella de agua. Barrabás se aleja calle arriba.

¡No mames, corre harto; pinche José… digo, Barrabás!

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Mientras atravieso el pequeño jardín de la propiedad, un perro me sigue y se acerca lo suficiente para olisquear mis botas. La puerta está abierta. Desde el interior, una voz me invita a pasar, así que cruzo el vano y espero un par de segundos a que mis ojos se acostumbren al cambio de luz. «Toma asiento. Ahorita sale. Ya casi está listo». Sonrío y asiento con un movimiento leve de la cabeza. Me reconforta sentarme en los sillones, bajo la sombra, alejado del inclemente destello solar exterior que calienta tanto el chapopote de los caminos que la suela de mis botas se adhiere bajo mis pasos.

Desde mi asiento puedo ver el interior de una de las recámaras de la vivienda. Sentado en la cama, frente al enorme espejo de la cómoda, José ajusta el pequeño cordel de su máscara y la calza sobre su rostro una y otra vez hasta que parece sentirse cómodo. Aquel pequeño cordel tendrá que mantener la máscara en su lugar durante todo el día; deberá ser lo suficientemente resistente para que al correr seguido y alentado por niños y adolescentes, hombres y mujeres mayores, señoras con niños en brazos se mantenga en su rostro.

Afuera de la casa los niños comienzan a aglomerarse. También llegan familiares y amigos. Esperan con ansias el lugar desde el cual José iniciará su recorrido caracterizado como Barrabás, el controvertido personaje bíblico puesto en libertad, a petición popular, por Poncio Pilatos en lugar de Jesús, quien moriría en la cruz.

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Sale del cuarto y me saluda. Escucho su voz brotar detrás del antifaz. Asiente una y otra vez cuando le pregunto si está listo para iniciar el recorrido. Toma su celular y escribe un par de mensajes en sus redes sociales. Después se acerca a su familia y se despide. Un par de fotografías para el recuerdo y se dirige hacía la puerta…

Nos encontramos en una reunión un par de días antes. Me contó que interpretaría a Barrabás en la representación de la Pasión de Cristo, en Santiago Cuautlalpan, un pequeño poblado a orillas del municipio de Texcoco, internacionalmente famoso por ser uno de los tres mayores productores de trofeos y artículos para la premiación en el mundo. Le pedí que me permitiera acompañarlo.

¿Por qué elegir ser Barrabás?, le pregunte aquel día. Los recuerdos brotaron y me habló de su infancia. Recordó la emoción que sentía año con año al llegar Semana Santa y esperar que Barrabás, popularmente identificado como un ladrón, saliera a hacer su recorrido. Lo seguía por cada calle del pueblo mientras aquel personaje llenaba su canasta de mimbre con los artículos que «hurtaba» de los negocios locales [algunas veces donados por los propietarios, otras –las más– tomadas sin permiso. Horas le tomaba a otros participantes, caracterizados como soldados romanos, capturarlo. Sin embargo, en aquellos años, su mayor emoción al ir tras Barrabás provenía de saber que quien portaba la máscara era su abuelo. Con el tiempo, la ilusión de caracterizar al mismo personaje que hiciera aquel importante hombre en su vida, se hizo presente.

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___

Barrabás recorre cada calle del poblado; el sonido de sus pisadas rebota sobre el concreto y se pierde entre los gritos y risas de los niños que lo siguen. La gente de la comunidad se asoma a la ventana, salen a la puerta y lo miran correr de un lado a otro. Entra en las tiendas de abarrotes cargando su canasta y obtiene una bolsa de frituras, un refresco, un paquete de pan dulce. En las recauderías recibe naranjas y manzanas. Atraviesa la puerta de la ferretería y un par de papelerías, y sale con la canasta llena de dulces. La gente ríe y toman fotografías desde los balcones de las casas altas. Los más pequeños se asombran al ver al hombre que corre de esquina a esquina, cargando su canasta de mimbre rebosante de mercancías.

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Barrabás se detiene un momento y gira la cabeza buscando a los soldados que lo han perseguido desde casi medio día. Por ahora los ha perdido. De la canasta extrae una botella de refresco de tres litros; se levanta la máscara y bebe largamente de la garrafa. Hace una señal y un par de compinches se acercan; habla con ellos y da algunas instrucciones. La comitiva reúne a los niños y uno a uno reciben algún producto de la canasta: un dulce, una fruta, un refresco, un panqué con pasas… De nuevo la canasta se vacía. La gente que los mira celebra el acto. Barrabás suspira y comienza a correr de nuevo; detrás de él los niños.

___

A las nueve de la noche, en la plaza principal del poblado, la masa se reúne. Hay más gente que de costumbre. De la parroquia comienzan a salir los feligreses que asistieron a misa. Algunos se detienen frente a los puestos de elotes y esquites y se asoman a la enorme tina hirviente para elegir la mazorca más tierna. La multitud crece y convive entre puestos de fritangas, pan de pueblo y micheladas. Algunos juegos mecánicos han sido instalados a la orilla de la plaza, pero lucen vacíos, carentes de niños. A cambio ofrecen sus luces neón que resplandecen junto al intenso brillo de la enorme luna de marzo.

¡Ahí viene, ahí viene! crece el murmullo.

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De entre las calles que conducen a la plaza principal emerge la figura del hombre con el pecho descubierto. Tras de él una docena de individuos ataviados con ropajes romanos, cargan en las manos flagelos y algunos metros de lazo. Barrabás cruza entre el puesto de tamales y se abre camino a través de la muchedumbre que grita sorprendida cuando algún soldado está a punto de alcanzarlo. Medio centenar de niños desfilan tras ellos e intentan estorbar la captura. Barrabás va de un lado a otro y, al sentirse cercado, corre hacía una alta barda al costado de la iglesia y la trepa de un salto. Los soldados lo miran sorprendidos, brutalmente cansados a causa de la ininterrumpida persecución a lo largo del día. El hombre brinca al otro lado de la barda y de nuevo los soldados y el creciente grupo de niños corre a encontrarlo por las calles aledañas.

 

Casi lo agarran comentan las familias que asisten como espectadores, y de nuevo vuelven a la compra de alimentos y bebidas ofertados en la plaza.

Pocos minutos después los gritos reaparecen. «¡Ahí viene, ahí viene!». Barrabás corre sin soltar su canasta y cambia de dirección de manera brusca, causando que un par de soldados se estrellen de frente. Los niños lo siguen. Otro soldado se asoma detrás de un puesto de fritangas y lo toma por la cintura; Barrabás logra zafarse y cruza entre los juegos mecánicos; evade a un par de perseguidores, pero falla al cambiar de dirección y se estrella contra las sillas voladoras. Ahí termina su larga carrera. Los soldados se abalanzan sobre él y rápidamente atan manos y brazos. Comienzan a flagelarlo. Los niños olvidan la teatralidad del evento y gritan desesperados ante la captura del ídolo: ¡Culeros, culeeeeeros, culeros!  Alguien carga huevos crudos y los lanza contra los soldados romanos. Barrabás resiste, jala las cuerdas y va de un lado a otro; los romanos sufren y jalan con más fuerza al preso. Le contienen y toman camino rumbo a la prisión, vigilados por centenares de ojos que les miran cruzar la plaza principal del poblado. Barrabás es azotado una y otra vez intentando menguar su infatigable arrastre. A cada golpe, a cada retumbar sobre el lomo hirviente del hombre el grito crece: ¡Culeros, culeeeeeeeros, culeros! La gente abuchea a los soldados uniformados de rojo y dorado; el pueblo clama por la liberación del sedicioso y construye la antesala al día de mañana, cuando será presentado ante Poncio Pilatos, quien se lavará las manos y permitirá al pueblo decidir entre liberar a Barrabás o a Jesucristo. Por hoy, la persecución ha terminado.



Emiliano Pérez Peralta
Emiliano Pérez Peralta
Geógrafo. Caminante eterno. Pessoa le guía: "No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo". Escribe y sobrevive. En Twitter lo encuentran como: @Emilixxx.



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