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Jorge Barrios, pintor

12 Nov, 2015 Etiquetas: , ,
Jorge Barrios pinta para ser y entre sus trazos vamos, viajamos. Su participación en exposiciones colectivas e individuales
se incrementa conforme la solidez y cotización de su obra crece. A propósito este texto sobre cuatro de sus cuadros.
TEXTO: EMILIANO PÉREZ CRUZ / IMÁGENES: JORGE BARRIOS

Jorge Barrios 1

Guerreros y naguales

Los recuerdos de la infancia asoman, asombran. La infancia: territorio que el que se pregunta frecuenta para recibir lo que le ofrece y ha preservado, para que lo utilice, plasme, reinvente y cause asombro entre quienes entren en contacto con la nueva realidad creada por él.

El territorio de la infancia permanece fresco y con abundancia de elementos que, quien lo habitó, fue atesorando: primeros colores, luminosidades, iridiscencias, sonidos, aromas, formas, leyendas, sensaciones, percepciones, escenarios, tradiciones, relaciones entre él y los mayores y el entorno y los sentimientos que irradiaban.

Del territorio de la infancia en Tlaxiaco, Oaxaca, irrumpen en la tela colores de siluetas sobre arenas, sobre amarillo y rojos e intensos y variados azules y vírgulas que no sabemos qué dicen pero cómo expresan, tanto como los amarillos oro-oro-oro.

El territorio de la infancia lo colmaron pláticas de sobremesa, historias que se escuchaban de los padres y se repetían entre los niños, sublimadas con asombro y agregados que entre todos hacían, mientras el resplandor del fuego los iluminaba y lo atizaban con leños: chisporroteaban y lanzaban al cielo estrellado miles de chispas que volaban como mensajes al universo, para que éste los respondiera con más sorpresas, hasta que la voz de la madre convidándolos al descanso y al sueño desperdigaba al grupo de chamacos y a la carrera cada cual enfilaba hasta su hogar.

En la infancia nos encomendamos a los dioses y emprendemos el camino. El de la vida. Como aquel al que le dio mal de luna, vamos afectados por lo que cuando niños nos causó asombros primeros. Lo que de la naturaleza nos sorprendía, lo que de ella se decía, de sus misteriosas manifestaciones: de los seres mágicos –naguales– que, con forma de animales, podían transformarse en personas y protegernos o causarnos daño.

Todos tenemos un nahual, nos vincula con el mundo, nos protege. Viene despacio, siempre, desde el territorio de la infancia. Desde la niñez, cuando la oscuridad nos pasmaba y las noches de luna se llenaban de cantos, risas, rondas, juegos de la tribu heredados; el día regalaba sorpresas a cada instante: amaneceres multicolores, de zanates disparados desde su negrura emplumada, desde los árboles hasta el aguamarino cielo que los desperdigaba hacia los maizales; de vagancias y extravagancias, alelamientos y temores, burlas y bromas y melancolía desde la lluvia, el frío, cadencia en las templadas mañanas, desde los azoros derretidos durante mediodías que escaldaban y hacían vibrar el horizonte.

Tardes de tareas cumplidas, con pláticas que derivaban inquietas hacia cada cosa y acto nuevos que nos inquietaban, causaban dudas, generaban rotundas aseveraciones, culpas, sorpresas, picardías, burlas… enmascaramientos para ser rudos o técnicos luchadores que a su nagual se atienen para salir victoriosos, aclamados, con el cansancio y la satisfacción lograda a dos caídas de tres sobre un ring de tules entretejidos para no rasparse las rodillas y ganarse pescozones maternos.

Jorge Barrios 2

Códice mixteco

Un buen mezcal en la cabeza aluza, si no vemos claras intenciones en los zanates ni en su escandelara de a todas horas; insaciables, aterrizan sobre los sembradíos, dirimen, se querellan, definen, contradicen, luego acuerdan, celebran, conjeturan sobre sucesos, plantean quehaceres, en el presente agitan las alas para enfatizar, y vuelven al verde abrigo de las copas de los árboles.

Los negros zanates concitan sentimientos encontrados; suelen no hacer caso, y grandilocuentes vuelan hasta el pleno y nuevamente se enzarzan en soliloquios que se tornan alharaca, ruidero, encono, negociación y finalmente concordia.

Emprenden el vuelo y desaparecen buen tiempo, el necesario para que cada quien haga sus deberes sin asociarlos al mal agüero, y la calma reine, aromatizada por las emanaciones de la panadería, del establo, de las cocinas todas del caserío, donde la brisa mece la ropa limpia, y reina un sinfín de acciones que paren a las risas y las discusiones y los requiebros amorosos y los cantos y oraciones. Es la vida, que se desliza en cada resquicio y aquí se nos queda acurrucada: en lo que nombramos memoria, si bien se acuerda uno, y que se abre a la menor provocación sólo para recordarnos que antes fuimos inocentes y hablamos de hechiceros, bolas de fuego que surcaban los cielos, nubes de formas que los vientos moldeaban a su antojo, historias de aparecidos que nos visitaban en sueños, nomás por haberlos convocado; traían hechiceros que preparaban brebajes para el amor o para el odio, para recibir los favores o perder la buenaventura, y se iban luego tan campantes, tan como ellos son: puro corazón, manantial de sentimientos.

Mucho eso atestiguan aún los zanates y lo desperdigan por todos los rincones a donde se vuelan los recondenados; y sus hembras acurrucadas sienten que el calor de los venados (que al pie del árbol descansan echados) asciende por los troncos  y convida tibia tersura que hace florecer al campo y lo llena de campánulas, girasoles, mastuerzos, hueledenoche, floripondios, geranios, malvones, rosas de castilla que se enredan en los portales y buscan hueco entre las bugambilias, donde los chupamirtos multiplican polluelos iridiscentes, que también se llamarán colibríes.

A los zanates les llega la hora con el atardecer. La hora de guarecerse de quién sabe qué, pero que los tiene en el güiri güiri buen rato aún, hasta que el caserío todo se hunde en la penumbra, con escasos cacareos y más aromas dulzones y menos ruidos; si acaso, recién nacidos exigiendo la chichi que enseguida acalla sus reclamos de calor materno, que presurosa acude.

Jorge Barrios 3.

Cambio de casa

Trasijada, como ausente, la perra camina la tarde al fondo y alarga su sombra para medirla con la del corcel o centauro, al que cabalga un ave de bicolor especie, venida de sitios donde la humedad reverdece y la fauna es tan diversa que faltan números para contabilizar las especies.

“Mira hacia allá, no para acá. Hacia allá es más distinto, debes conocerlo. Los distintos allá viven. Se entienden bien. Suelen vestir tan distinto que diversos sastres son cada quien, y todos tan de acuerdo. Mira hacia allá.”

La perra tiene mirada agotada, inundada de espejismos: le circunvolucionan y traslucen los entresijos con chichis de perra enjuta, apasada, en el mero pellejo sostenida, como emplastada al paisaje, proyectada con cierta pena porque la miran sin saber que ha criado, y nadie la acompaña ya: sola suele transitar pedregales y tecatas de llanos con harta sed, terregosos, pardos, implantes del desierto sin osasis ni datileros que endulcen el gaznate.

Caballo, coralillo, trasijada, ave: a todos llegan los murmullos en idiomas melodiosos, con raspaduras, virutas, cenefas, ramilletes, de líneas duras o garigoleadas que describen hazañas por suceder o acaecidas, en tiempos que huelen a lejanía, en veces salobre, en veces escaciada en aromáticos bosques o tránsfuga de las montañas, donde el viento hiela cimas y abismos, pedregales y brotes de agua que in crescendo se crecen en crecidas avenidas, y cuevas donde la oscuridad fluye por las noches para que los seres se guarden: porque siempre es necesario guardarse para que al cerrar los ojos nuevas y refulgentes realidades se dibujen sobre los párpados desde aquí, al infinito y llenando hoquedades con tantas y tantas visiones, que cual más divisa y luego olvida.

Sombras nada más, y la fuente de las que emanan: fuente de fuertes ancas y ausente de herrajes las pezuñas, la crin tupida y la cola: cascada que mantiene la vertical, da realeza, porte, apunta al suelo donde las huellas desaparecieron para que las rutas se reinventen, vayan a todos lados con el centro aquí y ahora, flotando en el tiempo de caballo, coralillo, trasijada, ave, y hombre centauro que en su rostro deja flotar la satisfacción.

Jorge Barrios 4

Ensueño

Agraves asuelan él paisaje, futuro de néctares que el fermento por la levadura generarán delicias o pesadumbres si la embriaguez… Si el viejo de la jícara indujo a una no es ninguna. Y ninguna son todas y la del estribo, desde el cual se atisba ya el destino, enunciado, anunciado con mezotes en floración y ciervos ya venados, que venadean para seguir en este mundo sin sobresaltos.

Agua de las verdes matas trastumba, ojo avizor, la mente en cuatro pies para conservar el equilibrio, y tente alas de cigarra nunca en silencio, por si falta hiciera emprender el vuelo y dejarse atrás como cuadrúpedo para mejor sostén; agaves asuelan el paisaje.

Uno, y otro tras otro que no se miran pero tienen presencia: majestuosos y nobles magueyes, dijo Novo que hacen gimnasia y aquí flotan y florean y se embriagan embriagando al que lo desee, si de mezcal es, con alucines de pilón y levitaciones, qué alegría, risa: brisa que despeina espigas y despliega bienestares que arman relajo y relajan; si el vuelo diera inicio en vuelo lateral, tomarías vuelo desde esa testa mientras otros velocistas se aprestan y todos contentos, porque agaves asuelan el paisaje y son pasaje con ida y vuelta a un ensueño que… qué regocijo. Ya vamos.

Aunque no lo parezca, ya vamos pian pianito: a que te confundo, mundo; a que todo es distinto según el cristal con que se mire, mira: no hay cielo y en él estamos; así estarías, estamos en el camino, rumbo indefinido. Eso está claro. Ya somos lo que vendrá. Una ilusión, una esperanza, un soñarse con alas para volar, si falta hiciera.

Ya vamos hacia los sueños, todos marchan hacia allá. Una marcha no en vapores, no etérea, no con tamo al paso: en flotación perenne, suspendidos cada quien, flora y fauna, minerales y un rostro infante, el de la testa humana que se sueña en tránsito hacia un tiempo suspendido en vivos colores de una tierra, de una infancia que pervive, que no se olvida y ahí permanece y transita por la eternidad. Somos incertidumbres que navegan hacia certezas; para no quedarnos sin ellas y ser…

Imágenes: Jorge Barrios, pintor y grabador, nació en Tlaxiaco, Oaxaca. Estudió Comunicación Gráfica en la UAM-Azcapotzalco y en la Escuela
Nacional de Pintura, Escultura y Grabado "La Esmeralda". Reside en la Ciudad de México desde la adolescencia, a donde arribó para estudiar 
electromecánica.


Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz

Escritor y periodista. En 1979 fue nombrado por el Edomex cronista honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl. Su más reciente libro de relatos: Ya somos muchos en este zoológico, Fondo Editorial Estado de México, 2013. En Twitter: @perecru





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