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Bicicleta marciana

19 Oct, 2017 Etiquetas: , ,

A Ray Bradbury no le bastaba la realidad, por eso vivió el mundo desde otros lugares, nos cuenta Luis Aguilar, quien en esta entrega de #CanCerbero explora también la afición del escritor de ciencia ficción por el ciclismo.

TEXTO: LUIS AGUILAR

Cuando la realidad no basta, el hombre busca diferentes salidas, algunas se encuentran en el arte o las drogas, quizá la religión o incluso el suicidio, con el hombre nunca se sabe; sin embargo, si tu nombre es Ray Bradbury, optas por separarte del mundo a través de la ciencia ficción o bien, viajar a Marte y mejor si lo haces arriba de una bicicleta.

Dentro del incontable número de estrellas que han existido en Los Ángeles, California, principalmente a partir del siglo XX, se suma la presencia de Ray Bradbury quien, pasado el año 1930, llega a esa prometedora ciudad proveniente del discreto Illinois. Forjó su carrera vendiendo periódicos en las esquinas a la par que batallaba con sus pesadillas nocturnas y a través de los repetidos intentos fallidos por publicar cuentos en revista pulp, principalmente, debido al gusto que sentía por dicho género, parecía que ahí encontraba salida a sus terrores y la mejor manera para expresarlos. No fue sino hasta el año 1950, con poco más de 30 años de edad, cuando vio publicado su primer libro, Crónicas marcianas.

Su férreo carácter constantemente lo llevaba a extrapolar un estricto orden en su vida diaria, creía que las cosas funcionaban sólo si se hacían como indicaban las instrucciones, sin embargo llevar eso a su vida diaria, donde no existen una serie de indicaciones, lo fueron sumiendo poco a poco en el aislamiento. No se caracterizó por su enorme cantidad de amigos. Él encontró en la bicicleta el vehículo correcto para vagar por calles angelinas. Optaba por montarse en ella y recorrer lugares que su mente convertía en universos anacrónicos, de tiempos mezclados llevando la realidad fuera de lo que llamamos normalidad; en cada persona encontrada a lo largo de sus paseos, veía seres explotando sus capacidades intelectuales o sus deseos por sentirse amado, se topaba con individuos que de un momento a otro se descubren líderes y, conforme se ven inmersos en el contacto humano, se vuelven atroces por no llegar a acuerdos, lastimando a quienes consideran no estar a su nivel a pesar de que sean personas que aman o previamente los ayudaron. Todo esto lo capturaba con el poder de su tinta. La realidad no le bastaba y con cada pedaleada ejercida sobre su nave espacial de dos ruedas que jamás despegó, se alejaba más de la Tierra, consumida por una raza humana que a lo largo de su historia ha destruido de una u otra manera las cosas que la protegen.

Él encontró en la bicicleta el vehículo correcto para vagar por calles angelinas. Optaba por montarse en ella y recorrer lugares que su mente convertía en universos anacrónicos, de tiempos mezclados llevando la realidad fuera de lo que llamamos normalidad

No hay registros que nos hablen acerca de una competencia ciclista en la que Bradbury –el mejor escritor de ficción marciana que la humanidad haya conocido- participó. Prefería competir contra sí mismo por recorrer más calles montado en su vehículo mientras veía el ir y venir de la gente, aprovechaba esa templanza para tranquilizar su ímpetu de escribir por escribir. Para un hombre que redactaba un cuento por semana, era necesario ordenar correctamente sus pensamientos y tomar inspiración de cualquier texto que encontrara, sin importar el género, decía que de esta manera un escritor puede tomar ideas. Si eso no es disciplina, no sé qué lo sea.

Encontró en la ciencia ficción y el humor negro el espacio adecuado para explayarse, en la lectura la vía para obtener ideas y retos para plasmarlo en sus textos, y junto con su bicicleta, halló senderos de tranquilidad, quizá intensos, pero supo echar mano de éstos y entregarnos escritos que pasarán a la posteridad.

La vida y su macabra ironía le extendieron su contrato en la Tierra con el fin de que siguiera escribiendo sobre la raza humana, obligándolo a vivir hasta los 91 años, separándolo de la bicicleta debido a su vejez. Se alejó de sus paseos para volverse un testigo encerrado en sus cuatro paredes donde ni su imaginación conseguía darle alivio. A pesar de esto, su genio creativo continúo empujando. Si algo sabía Ray Bradbury, era no quedarse callado.

Tal vez hoy lo veamos simplemente como un escritor gracioso, en lo particular lo considero uno de los mejores, pero eso no importa, será el tiempo quien nos dirá si se adelantó a su época o su imaginación resultó errónea. Aquí está la injusticia para la ciencia ficción, ya que al tomar trozos de la realidad, inevitablemente se intentará comprobar, tarde o temprano, si sucedió lo que se escribió. Por lo pronto no queda más que seguir disfrutando de su legado literario que se extiende más allá de la ciencia ficción, Fahrenheit 45, tocando terrenos de novela negra, Memoria de crímenes, o novela de infancia, El vino del estío, escritas con su característico humor negro e imaginar que pedalea en un universo que ni él mismo imaginó.

Imagen de portada: Spacebike 2000  by Andy Mudrak. Flickr-[CC BY-NC 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres.

Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar





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