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Burla para la mala esposa

01 Jul, 2015 Etiquetas: , ,
Escena tras escena El juicio de Viviane Ansalem retrata cómo
la protagonista “es culpable” de que su matrimonio no funcione
por no hacer su mejor esfuerzo por crear “un hermoso hogar judío”
para su esposo, quien se negará rotundamente a darle el divorcio
por el cual Viviane se presenta ante la corte. Pero no tendrá más
aliado que su abogado, pues incluso las mujeres que declaran a su
favor se ven traicionadas por su enraizada mentalidad ortodoxa.
Y el público que observa la película ríe de aquellas circunstancias.
TEXTO: ANDRÉS BORCHÁCALAS

A lo largo de toda la función se escucharon carcajadas. Desde que empezó hasta que terminó el público se mantuvo alegre. La gran comedia del año, según se podía inferir, era El juicio de Viviane Ansalem.

Hoy es muy común escuchar que el feminismo no es necesario, que las feminazis son demasiado radicales, por un tema que no tiene relevancia. Incluso yo, por momentos, he creído que hay veces que hemos pasado al punto de hablar de la violencia contra las mujeres para hablar de violencia a secas, pues cualquiera (hombre o mujer) es capaz de violentar al otro. Sin embargo, El juicio de Viviane Ansalem es un excelente ejemplo de que todo esto no es cierto: la lucha por los derechos fundamentales de las mujeres sigue siendo algo no sólo vigente, sino también necesario.

La película empieza con un cuadro muy sencillo: una mujer israelí, frente a una humilde mesa en un cuarto de paredes blancas, sin decoración alguna, pide el divorcio a su marido, quien está frente a otra mesa. Un hombre viejo preside el caso con otros dos hombres viejos, todos con su kipá bien puesta. El marido, a pesar de no haber vivido con su mujer por ya varios años, se niega a darle el divorcio. Los venerables jueces culpan a la mujer de ser mala esposa y la obligan a regresar a su casa durante varios meses antes de siquiera considerar su caso. Viviane quiere renegar, pero la callan. Por ser mala esposa.

Y así va toda la película. Escena tras escena se va retratando cómo ella tiene la culpa de que su matrimonio no funcione por el simple hecho de no hacer su mejor esfuerzo por crear un hermoso hogar judío para su apático esposo, quien prefiere saltarse toda audiencia que pueda sin ser arrestado. Lo que dura el filme Viviane no tiene más aliado que su abogado, pues incluso las mujeres que se presentan al estrado a declarar en favor de Viviane se ven traicionadas por su propia mentalidad ortodoxa, donde las esposas deben ser atentas con su esposo, cuidar a los hijos, amar a su cónyuge y darle todo de sí, pues deben estar agradecidas de tener un hombre que las respalde y las quiera, y sólo ayudan más al argumento del esposo y de los jueces que a Viviane.

El absurdo de las leyes israelíes se vuelve más imposible de creer conforme las escenas pasan: el caso que expone Viviane se vuelve aún más y más fuerte a todas luces y la disposición de los jueces disminuye y buscan el menor de los pretextos para invalidar su petición, en pos “de la familia”. Escena tras escena, audiencia tras audiencia, no podía sino sentirme desamparado por la mujer que sufría en la pantalla. Imaginé cómo me sentiría yo si me viera enredado en una burocracia en la que no tuviera poder alguno; sentir mis deseos al alcance, rozarlos con las yemas y verlos desaparecer frente a mis ojos. Una sensación de desamparo me embargaba cuando veía que toda la situación se volcaba sobre ella, en contra de ella, porque ella era la culpable de no sentirse amada.

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Y, sin embargo, la gente se reía cada que el juez dictaba algo en contra de la mujer, o cuando se mostraban los meses que habían pasado entre audiencias. Rieron cuando se presenta una mujer con su esposo a testificar, y él no permite que ella se quede sola en el salón y se postra detrás de ella, como guardián, para dar las respuestas que van dirigidas a su esposa. Ríen cuando aparece el hermano del esposo para defenderlo como su abogado. Se sueltan a carcajadas cada que el marido titubea y le niega el divorcio. Les parece hilarante que, después de cinco años de juicio, el hombre se arrepienta de último momento y no le dé el acta de divorcio a su mujer, quien debe hacer todo un ritual para que el divorcio sea válido. Y todo esto parece una comedia de Hollywood en la que sólo faltaban los chistes.

Me gusta pensar lo siguiente: ellos se reían por sentirse incómodos, porque en realidad su manera de abordar la tremenda realidad, donde la mujer es incapaz de obtener su libertad si el comité de viejos honorables, y su marido, no se la otorgan; que ese mismo comité no presiona al marido a darle el divorcio por piedad a la mujer, sino por hastío de llevar tantas audiencias. Que se reían porque les parecía absurdo que en algún lugar del mundo esto pueda seguir sucediendo (y que no sea lo peor que sucede). Pero lo más probable es que no, que reían porque lo encontraban chusco, lejano, como si la violencia institucional de género no existiera en México, porque “somos un país de leyes avanzadas”. Pero no lo somos por el simple hecho de que, a pesar de que las leyes existen, la mentalidad sigue siendo la misma: la víctima es la culpable. Es culpable por no ser más accesible, por vestirse como se viste, por no cumplir los deseos del esposo, por ser mujer.

La problemática de la película se reducía a una terrible premisa: la mujer no tenía derecho a pedir el divorcio porque no era su lugar pedirlo. Como mujer, ella debía recordar que su lugar era el de un ser que debe acatarse a todas las órdenes que cualquier hombre le diera, especialmente si era su esposo. Que su deber era hacer feliz a su hombre, y que ese simple hecho debía darle la felicidad a ella. Pero el público no veía lo terrible de esta falta de libertad, sino lo risible de la situación, de una lucha que parece absurda. El público reía porque no se sentía involucrado en el problema.

Cuando la película terminó salí pensando en dos cosas: la ligereza con la que el público se tomó la problemática de la película, y en la esperanza de que ninguno de ellos tenga que verse forzado a pasar por un juicio o proceso burocrático en nuestro país, donde veo por completo posible que algo así le suceda a cualquiera de nuestras mujeres. A cualquiera de nosotros.

Trailer oficial:

 

Imagen de portada: fotograma de la película.
En interiores: cartel oficial.


Andrés Borchácalas
Andrés Borchácalas
Del autor se dice que borchacalea en los sueños ajenos hasta cansarlos.




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