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Carne de ansiedad

25 Oct, 2018 Etiquetas: , ,

La ansiedad es una bestia que no da tregua, dice Israel en este relato íntimo, donde da cuenta de la rabia, la voracidad y el pánico que experimenta. El insomnio, la inapetencia y el silencio; esa sensación que carcome todo a su paso.

TEXTO: ISRAEL G. CASTRO

Para Aidee y Sara

 

  1. Todo fue veloz

Según la rae, la ansiedad es un estado de agitación, inquietud o zozobra del ánimo. Una angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis, y no permite sosiego a los enfermos. Tiene razón. Sin embargo, quien aquí escribe descubrió que la ansiedad no se trata de un estado, la ansiedad es una bestia que mastica todo eso que no se toca porque vive de la piel hacia dentro, no ataca al cuerpo, se traga el alma. Ahí radica su poder.

La bestia me atacó a fines de noviembre del 2017. Aquel sábado todo era normal, después de cenar en familia tomé un baño y me fui a dormir, eran las diez de la noche. Los latidos de mi corazón me despertaron, dejé la cama y entré al baño, el pecho me dolía y el sudor me empapaba el cuerpo, me sentía mareado. Al salir vi a mi esposa de pie, a media sala, se había levantado: «¿Qué tienes?», preguntó. «Me siento mal», le respondí.

Todo se volvió borroso, el dolor en el pecho, el sudor frío acompañado de los acelerados latidos del corazón, caí. «Un infarto. ¡Ya valió madre!», pensé.

Ingresar al hospital por el área de urgencias es morir un poco, pero no recordar cómo llegaste ayuda mucho. Mi esposa dice que tomamos un taxi y entré caminando, no puedo asegurarlo porque no lo recuerdo. La hoja de ingreso declara que iba con arritmia y la presión arterial en estado crítico [se declara consciente, escribió el médico, y aún no sé si tal declaración es cierta]. Me quitaron la ropa y me pusieron una bata veinte tallas más chica, como no había camas disponibles, me invitaron a congelarme en unas bonitas bancas de metal. El ISSSTE es un lugar surrealista, pero la vida no me ha dado para probar un nosocomio particular.

La enfermera tenía un tatuaje en el antebrazo, era un estetoscopio cuya manguera formaba un corazón que terminaba juntado las olivas con el diafragma, lo vi mientras conectaba el suero a mis venas. Ella era afable, conversamos sobre tatuajes mientras me daba agua para pasarme las pastillas que me recetó el médico. La enfermera reía conmigo mientras pasaba el líquido de una jeringa por el punto de inyección que la manguera del suero llevaría a mi cuerpo. Me contaba algo cuando tuve que interrumpirla con un tajante: «Me siento mal», porque el medicamento de la segunda inyección me provocó una reacción.

Le arrebaté la jeringa mientras balbuceaba otro «me siento mal», y me levanté de la silla arrancándome la aguja del suero. La enfermera, la sala, los pacientes y todo lo que veía se hizo borroso. «¡Voy a morir!», grité y ella me dijo que iba por el médico, estaba eufórico y mareado, quería correr, gritar, golpear, hacer algo, cualquier cosa, pero sólo daba traspiés. No recuerdo más.

No sé cuánto duró el mal viaje al que me mandó el medicamento. Cuando volví en mí estaba parado en un rincón del cuarto hospitalario, sujetando el tripié porta suero con ambas manos, como si fuera una lanza o un palo. Cuatro enfermeros me rodeaban, atrás de ellos había tres enfermeras asustadas, los otros pacientes me observaban atónitos. La doctora estaba frente a mí diciendo: «El medicamento te hizo reacción, te provocó un ataque de pánico. Me puedes firmar una responsiva e irte a tu casa, pero no te lo recomiendo. Déjame ponerte un anti-ansiolítico y vemos si te doy de alta». Acepté el trato, supongo, porque el recuerdo es nubloso.

Puedes viajar a cualquier parte del mundo y regresar con fotos y recuerditos. Puedes hacer introspección, irte a tu interior y volver lleno de paz. Y un medicamento que tu cuerpo rechaza puede mandarte a las insondables tierras de la chingada, bajo los efectos de un ataque de pánico y regresar sin un recuerdo y sin paz, con los nervios hechos mierda. Ocupe de nuevo la silla hospitalaria y traté de recordar lo que hice, pero fue inútil, jamás pude hacerlo.

«¿Eres militar o estás en la Marina?», me preguntó un hombre conectado al suero y con oxígeno en la nariz.

«Soy empleado», respondí, sin comprender la pregunta.

«Entiendo», dijo. «Estás en servicio».

No contesté nada, pero él prosiguió. Era un policía judicial retirado, perdió familia y casa en el temblor de septiembre, no le quedaba nada ni nadie. Poco a poco, su voz se hacía más lejana, mis párpados querían cerrarse, pero un presentimiento me impedía hacerlo. Al fondo de la calma que me invadía, un estado de alerta me hacía desconfiar del sueño que sentía como el sopor etílico que invita al olvido. Me mantuve en duermevela, tenía miedo de dormir y no despertar, no pregunten por qué.

La ansiedad es una bestia que no da tregua. Es rabia, voracidad, pánico. La ansiedad se enardece cuando intentas calmarla. Es insomnio, inapetencia, silencio. La ansiedad carcome todo a su paso. Es miedo, angustia, desesperación. La ansiedad llora, vomita, orina y defeca tragedias imaginarias que se hacen reales en la mente del que la padece.

Un enfermero llevó a una señora de la tercera edad, estaba en silla de ruedas, se quejaba de un dolor en el abdomen, le pusieron suero y una inyección. Al poco rato vi que se arrancaba la aguja del suero una, dos, tres veces. Al principio las enfermeras le pedían de manera amable que no lo hiciera y volvían a conectarla, pero la señora no escuchaba o no entendía. Las enfermeras se impacientaron y le hablaron a un enfermero que entró a la sala y le amarró las muñecas a los apoyabrazos y el tronco al respaldo de la silla.

«A ti te intentaron amarrar», me dijo el judicial retirado. «Pero te pusiste cabrón y no pudieron, los cuatro enfermeros te la pelaron».

No supe qué decir, la afirmación me pareció increíble, pero en ese momento comprendí las miradas de los otros pacientes y el cuchicheo de las enfermeras. No soy un hombre violento, me da pena imaginar lo que hice, pude disculparme, pero no dije nada.

Me dieron de alta a las ocho de la mañana, en ese momento inició la debacle.

  1. Piedad, ansiedad

Dos días después regresé al hospital, otra vez en la madrugada y otra vez con la presión arterial alta.

Esa noche sólo me dieron una pastilla que coloqué bajo mi lengua, luego me dieron otra, pasadas las cuatro de la madrugada me tomaron la presión y me mandaron a casa. No funcionó.

Esa misma tarde fui de nuevo a urgencias, me sentía muy mal: dolor en el pecho, mareo, sensación de náusea, angustia y pánico. Me atendió un médico que después de checar los números del tensiómetro ordenó realizarme un electrocardiograma, después me reveló el diagnóstico: «Lo que tienes se llama ansiedad. Seguramente la padeces desde hace mucho, pero la reacción que te provocó el medicamento la disparó, y la ansiedad te está provocando hipertensión… preocupante. Voy a remitirte a tu clínica para que te den cita con el psiquiatra».

Me fui a casa con una caja de metoprolol y los nervios hechos trizas.

La ansiedad es una bestia que no da tregua. Es rabia, voracidad, pánico. La ansiedad se enardece cuando intentas calmarla. Es insomnio, inapetencia, silencio. La ansiedad carcome todo a su paso. Es miedo, angustia, desesperación. La ansiedad llora, vomita, orina y defeca tragedias imaginarias que se hacen reales en la mente del que la padece. Nadie puede ayudar a un ansioso en trance porque el presentimiento de la muerte lo vuelve un cuarto sin puertas ni ventanas. No hay diálogo o llanto que alivie su pesar.

«La cita en psiquiatría queda en marzo», dijo la señora de la ventanilla. Diciembre apenas iniciaba, el ISSSTE es inefable. Pensé hablarle a Paola, una amiga neurocirujana que conoce a varios psiquiatras, pero dado el descontrol de la presión opté por ver a la cardióloga que trató la hipertensión de mi mamá.

«¿Qué tienes?», me preguntó cuando entré a su consultorio.

«No lo sé», respondí desesperado. Había perdido cinco kilos en semana y media, no podía dejar de mover las piernas, tenía las manos crispadas, me costaba articular palabras, no podía llevar un diálogo.

Algún tiempo pensé el concepto de la muerte y busqué respuestas de Platón a Cioran, de Philippe Ariès a Erwin Rohde, de Rulfo a Louis-Vincent Thomas. No lo menciono por presunción, lo digo porque la idea de la muerte se filtra en la cabeza del ansioso, pero no como concepto, en la ansiedad se piensan maneras concretas de morir.

Existe la muerte por traumatismo: te caes en una borrachera, tienes un accidente en vehículo, tal vez un resbalón mientras tiendes la ropa. Está la muerte por enfermedad: la diabetes se complica, un día te da cirrosis hepática o te detectan cáncer de cualquier tipo. Y hay otras más emocionantes: Un marido te encuentra con su mujer y te obsequia un balazo, un asaltante te hunde el puñal, alguien te envenena.

Existen muchas formas de morir, y no importa cuál te toque, todas te dan dos opciones: el crematorio o un hoyo en la tierra. Eso no me preocupaba, pero no podía dejar de pensar en mi hija. «No puedo morir, no ahora», me repetía esta frase una y otra vez.

Al principio pensaba en el infarto. La idea de quedarme solo con mi hija me llenaba de pavor, no quería morir delante de ella. Luego le fui temiendo a todo: el hogar, la calle, el trabajo. Terminé recluido en casa, las vacaciones decembrinas me ayudaron, pero enero llegaría y volver a la cotidianidad laboral me daba terror. Dormía gracias al medicamento que me recetó la cardióloga, mi presión estaba más o menos controlada, los días eran casi normales, pero las tardes y las noches se materializaban en pesadillas y pánico, los domingos me angustiaban tanto, que a cierta hora de la noche encendía el boiler y tomaba un baño para llorar bajo la regadera. Lloraba mi próxima muerte, mi lamentable estado, mi soledad y aislamiento, la impotencia de no poder llevar una vida normal.

A finales de enero fui a mi tercera cita con la cardióloga. Después del electrocardiograma y de revisar mis otras tomas de presión dijo: «Todo está bien».

Yo respondí con un rotundo «¡No!». Aún no tenía paz y ya no soportaba ese estado de alerta.

«Te puedo recomendar un psiquiatra», dijo. «Aunque te va llenar de medicamentos y será peor si te vuelves dependiente. Mejor prueba con la psicología y el ejercicio. Si no ves progreso, me llamas y vemos. Puedes estar tranquilo, tu corazón está bien y la presión cederá completamente cuando calmes la ansiedad, trata de relajarte».

Llegué a casa con la ansiedad a tope, traté de dormir, pero la melatonina no surtió efecto y comenzaba a ponerme hipocondríaco, sudaba e hiperventilaba. Era medianoche y estaba a punto de pedir que me llevaran al hospital; en lugar de hacerlo, hurgue en un rincón olvidado del closet hasta encontrar el par de tenis que usaba para correr cuando practicaba boxeo, me los calcé y salí a la calle.

Imagine el cuadro: Una fría noche de enero, faltando quince minutos para la una, un hombre en bermuda y playera corre como loco por las calles de Tláhuac. Corrí cuarenta minutos, aunque no para estar en forma, huía de mi ansiedad y sus demonios.

Llegué a casa empapado de sudor, abrí la puerta y encontré a mi esposa sentada en el comedor, lo primero que hizo fue preguntarme a dónde demonios había ido. «A correr», respondí. «Son las dos de la madrugada con nueve minutos. ¿Estás pinche loco?».

«Creo que sí», le dije. La abracé y nos fuimos a dormir, estaba exhausto y por primera vez en mucho tiempo, tranquilo.

  1. Hacer un trato

La ansiedad me llevó a cometer actos que tienen el consuelo de la reparación: Una noche elimine un libro de cuentos y una novela, con algunos clics mandé al diablo tres años de labor de escribano. En el trabajo padecí varios descuentos por llegar tarde, manejar resultaba imposible y viajar en metro era una odisea, a veces me bajaba cada dos estaciones para tranquilizar a la bestia que me devoraba por dentro, el trayecto que hago en noventa minutos lo hacía en tres o cuatro horas. Los fines de semana me recluía en casa a llenar las horas con monólogos internos, tratando de razonar conmigo, negando suposiciones absurdas. Mis relaciones familiares se deterioraron a una velocidad pasmosa.

Fui al psicólogo con esperanza, pero sin ganas. La terapia me aburría, nunca pude estar cómodo en ningún consultorio. Sin embargo, correr me resultaba liberador, la ansiedad terminaba exhausta y me permitía hacer una vida casi normal, sus ataques se volvieron intermitentes y débiles. Cuando el ansioso encuentra remedio para su mal, no prevé consecuencias, ignora que el remedio puede causar daño. Después de tres semanas de correr entre cuarenta y cincuenta minutos diarios, logré acumular agotamiento, tuve que dejar de hacerlo por unos días.

Era domingo y manejaba sobre Periférico, mi esposa e hija me acompañaban, cuando sentí el llamado ansioso, ignorarlo resultó inútil. Estacioné el auto y supe que todo estaba perdido: la ansiedad se había instalado en mí de nuevo.

Al ver mis niveles de presión en el tensiómetro, mi esposa quiso llevarme al médico, le di un rotundo no como respuesta. Estaba cansado de la situación. Salí de casa y caminé un rato sin rumbo fijo, articulando pensamientos fatales y absurdos en mi cabeza, en algún punto tomé un microbús sin saber a dónde me llevaba. De pronto estaba afuera de la estación del metro General Anaya, hablándome en voz alta, la gente me miraba, alguien se acercó a preguntarme si estaba bien. «Magnífico», le contesté. Recordé que a unos pasos de la estación del metro está la cantina «La hija del general», no lo dudé un momento, recuerdo haberme dicho que hacía una bella tarde para morir.

Ordené una cerveza y sin más preámbulos dejé de hablarme, me puse a platicar con la maldita ansiedad, no podía seguir así.

Después de once llamadas perdidas de mi esposa y cinco cervezas logré hacer un trato con la bestia. Pagué la cuenta, hablé a mi casa para decir que todo estaba bien y abordé el metro. Al llegar al edificio que habito vi que Juan, mi vecino, estaba en su taller limpiando una moto. Nos saludamos y charlamos un rato, me ofreció la moto que limpiaba, una Islo modificada a café racer con un motor de 150cc, hecha especialmente para mí. Acepté la compra y subí al departamento. Mi mujer me observó un rato, luego preguntó dónde chingados me había metido. «Compré una moto», le dije, «la voy a pagar poco a poco». «¿Es en serio?», respondió. Abracé a mi hija y me sentí vivo, más vivo que nunca, pude echarme a llorar, pero no soy ese tipo de hombre. Mi esposa me observó. «Ya pasó», le dije, tomé un baño y nos fuimos a dormir.

La ansiedad me obligó a correr, al principio para huir de ella y ahora para someter sus intenciones. La ansiedad me llevó a comprar una moto para recordar lo que significa estar vivo y saber que en cualquier parpadeo puedo despertar del sueño de la vida. Algún domingo, a eso de las seis de la tarde, la ansiedad llama a mi puerta y le abro, dejo que se instale en el sillón, que me muestre su inventario de fatalidades y me dé una dosis de angustia. La dejo que haga lo que quiera hasta las nueve o diez de la noche, meriendo con mi hija, la llevo a su cama y le doy un beso para que se duerma, luego veo un rato la tele, acompañado por mi mujer, nos lavamos los dientes y nos metemos a la cama, en este punto la ansiedad tiene que irse, hicimos un trato y tengo muchos defectos, pero soy un hombre de palabra.

 

Imagen de portada: Page 189 of «Household stories from the collection of the bros. Grimm». 
[1914]-Flickr-[Sin restricciones de derechos de autor]


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