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Juchitán, los días tras el sismo

13 Sep, 2017 Etiquetas: , ,

El sismo de magnitud 8.2, ocurrido la noche del 7 de septiembre pasado, transformó de golpe a la región del Istmo de Tehuantepec. En Juchitán, uno de los municipios oaxaqueños más afectados, la población se organiza e intenta hacer frente a la situación. No es sencillo. El sismo ha dejado tras de sí derrumbes, escombros y también ha sacado a la luz problemas y miedos más profundos como lo describe Afonso Brevedades en esta serie de crónicas.


Collapse. No Go. Zona desastre
[TEXTO Y FOTOS: AFONSO BREVEDADES ]

Rondar el sur de Juchitán, sobre Francisco I. Madero, exige hacerse el valiente al ver las casas derrumbadas, las paredes completamente cuarteadas y la gente —sobre todo la gente— formando corros en medio de la calle. Conversan, lloran, rezan y después en medio del silencio lanzan una carcajada colectiva. Prestos a las circunstancias, unos amigos y yo hemos formado las Brigadas del café, que después de la larga jornada repartiendo víveres o instalando cocinas comunitarias, nos acercamos a los campamentos y ofrecemos café caliente y galletas. Conversamos un poco con ellos y seguimos calle arriba hasta encontrar otro campamento y así hasta que se nos acaba la infusión.

La madrugada de ayer [12 de septiembre] fue singular, a las 00:10 hubo una réplica que cimbró el valor recuperado de mis vecinos en las últimas horas y nuevamente anduvieron pavorosos. No quisieron volver a sus casas para dormir, decidieron quedarse ahí, en la calle, uno muy cerca del otro. Ahora no hubo risotadas, se dedicaron a pedir perdón de pecados propios y de aquellos que por falta de devoción olvidan hacerlo. Creo que en este segundo grupo estaba incluido el cronista, que en más de dos ocasiones fue interpelado por una señora que le reclamó la falta de creencia, pues de cierta forma el ateísmo –mi ateísmo– coadyuvaba al desastre, según ella. Era de madrugada, todo era posible.

Unos buscaron cobijo en pequeños catres, otros sobre la banqueta fría, unos más —entre ellos yo— nos sentamos y nos abrazamos a nosotros mismos para adquirir calor y equilibrio. Las luces se fueron apagando poco a poco y de pronto comenzaron a llorar los perros —los perros también lloran, me aclararon los vecinos—, miraban hacia la tremenda oscuridad de la barranca del río. Ahí estaban los canes, corrían hacia el sur ladrando furiosamente y regresaban llorando. No había nadie, pero sí estaba alguien. Y ahí llegó el primer momento impactante de aquel momento, al unísono las mujeres del campamento comenzaron a rezar: «Jesús, eres el único poderoso, aleja a ese maligno de nosotros». Sus voces de rezo eran un susurro, vi la hora y era cerca de la 1:30 de la madrugada. Mi piel se erizó.

Tres de ellas tenían entre sus brazos a un San Judas Tadeo, al que hacían mirar hacia la barranca, donde se supone estaba el espíritu maligno que nos vino a visitar esa noche. Entonces pienso en aquello que no creo pero que de cierta forma me asusta, comienzo a sentir miedo. Maura, una de las oradoras, ha leído algo en Facebook y decide compartirlo en voz alta: «Una camioneta blanca con una lona azul anda robando niños». Nuevamente el miedo, nuevamente las oraciones, nuevamente a pedir perdón. Son las 2:30 de la madrugada y se preguntan quiénes pueden ser. «Son los salvadoreños», dice una de ellas con una seguridad que no termino de comprender de dónde la saca, pero lo dice y lo repite muchas veces y de pronto todos ahí saben que fueron los salvadoreños. En ese momento ya no sé quién me da más miedo.

Así luce Juchitán. Foto: Afonso Brevedades.

Calle Francisco I. Madero, Juchitán, Oaxaca. Foto: Afonso Brevedades.

Supongo que la madrugada encubre el valor —con esto quiero decir que nos pone a prueba y nos descubre cobardes, en el fondo creo que es lo que somos realmente—, no lo deja salir, o permite su emergencia por chispas, por palabras que suelen ser mentiras. Nos alcanzan las primeras tres horas del 12 de septiembre, cuatro días después de la fatídica noche del terremoto en Juchitán, y se encienden los aparatos de sonido. A través de ellos anuncian lo mismo que en Facebook, repiten que hay una camioneta blanca robándose a los niños —no dicen que sean salvadoreños—, que la gente no se duerma —vaya recomendación— y que tengan a sus pequeños muy cerca, que no los pierdan de vista. Ante eso comienzan los primeros balazos. «Qué bueno», dice una señora del campamento, «para que los salvadoreños sepan que estamos armados y no les vamos a permitir que se roben a nuestros niños», agrega arremetiendo contra los centroamericanos. Y como si todo Juchitán la hubiera escuchado, comienzan los balazos, por aquí, por allá, acullá, a diestra, a siniestra. Aquello fue una guerra sin un enemigo claro y definido.

A las 2:45 de la madrugada, según mi reloj de pulsera, un aparato de sonido solitario como casi todos en las madrugadas de este año, dice que es mentira aquello de que volverá a temblar como la noche del terremoto, que lo han desmentido las autoridades, en este caso la Marina mexicana. Este acto, estas simples palabras, tranquilizan a las señoras del campamento. Los hombres, créanme, estaban dormidos, sólo los balazos los despertaron. Yo no podía seguir en ese círculo humano que por momentos lograba minar mi voluntad, la misma que me ha acompañado a otras zonas nada agradables. Pero esa noche, esa maldita noche, sentí miedo, ese corro me hizo creer lo que ellos quisieron creer. Con esto quiero decir que desde que toqué tierra en Juchitán sabía que vine a sentir lo que la gente estaba sintiendo y lo conseguí.

La historia de esa noche estaba cerrada, registré cada instante en mi bitácora de viaje. Esto que cuento —que delata al cronista— es la mínima parte de lo minutos que fueron eternos. Supuse que lo mismo estaría pasando en los otros campamentos, sobre esta calle hay por lo menos cuatro o cinco. Me puse de pie y caminé hacia el norte, quería respirar un poco de aire, pero la descubrí contaminada de un polvo con sabor a terremoto. La calle era una penumbra y en las noches es cuando más me falla la vista por mi hipermetropía, pero aun así me tocó andar con un dejo de desesperanza en el pecho. Creo que me decepcioné de mí mismo, o creo que esta es la única manera que tengo de contar las cosas. Ya quería que amaneciera. La maldita noche hace de las suyas con las mías, mis esperanzas. Volví al campamento porque en una pared me encontré con un letrero que creí era el diablo, cuando mi debilitada vista lo descubrió aceleré el paso todo despavorido:

COLLAPSE. NO GO. BIRTAMX. 11/9/17.

Vi el reloj y eran las 4:30 de la madrugada. Ya no pude dormir, en dos horas iría a repartir víveres con mis amigos.

¡No se mueran nunca!

Juchitán, Oaxaca, 13 de septiembre de 2017.

Las réplicas son el recuerdo de aquella noche
[TEXTO: AFONSO BREVEDADES / FOTOS: FRANCISCO RAMOS]

«¿Por qué Dios nos manda tantas réplicas, pues?», se pregunta una señora de más de sesenta años con su acento del sur de Juchitán. «¿Acaso fue tan grande nuestro pecado como para que nos mande tantas réplicas?», vuelve a indagar y yo no tengo respuesta para ella. «Ya hemos pedido perdón y nada que paran los temblores. ¿Hasta cuándo estaremos así?», llora y siento que espera algunas palabras de mi parte: «No creo que sea pronto, señora», le digo y su llanto aumenta. La abrazo y justo en ese momento el mundo comienza a moverse.

Suman más de tres mil réplicas desde el día del terremoto en Juchitán: unas más fuertes que otras, otras de las que ni siquiera se enteraron los juchitecos. Las réplicas les rondan el cuerpo y cuando pasa cualquier camión grande y se mueve un poco la Tierra la gente grita en zapoteco «Está temblando, corran, está temblando otra vez». Entre tanto escombro y miedo no se sabe hacia dónde hacerse, pero hay que correr hacia alguna parte.

Yo he sentido al menos diez movimientos irregulares del planeta en esta región, los he contado, he registrado el lugar y la hora: «Campamento Esquipulas, 14:15. Réplica. Las mujeres comienzan a rezar y los hombres resguardan a los niños»; «Ixtaltepec, 9:20. Réplica. El carro se movía de un lugar a otro y por un instante pensé en bajarme»; «Campamento Ignacio Nicolás, 15:38. Réplica. La gente gritó que estaba temblando. Busqué la calle Libertad para resguardarme, para cuando llegué dijeron que ya había pasado». Y así sigue el registro en mi bitácora. Cada una de las réplicas son aterradoras por el mismo movimiento, pero sobre todo por la forma en que la gente las experimenta: hablo de sus rezos al unísono, de sus gritos de perdón y piedad, de sus rostros desencajados, de sus llantos que se escuchan a la distancia. Las réplicas van minando poco a poco las esperanzas que los juchitecos van encontrando día con día.

«¿Y por qué es que hay tantas réplicas, pues? ¿Qué no ya tembló?», vuelvo a escuchar ese acento de provincia. «Sucede que la Tierra se sale de su lugar y tiene que volver a acomodarse, y cuando hace eso pues vuelve a temblar, pero menos fuerte», trato de ser esquemático con las manos en mi explicación. «Pero espanta igual, xha», dice sonriendo y eso me alegra un poco. «La señal de que Dios ya nos perdonó va a ser cuando un día ya no haya réplicas», externa mirando hacia el cielo. Eso no ha sucedido, por día se registra una cantidad sorprendente de movimientos telúricos en todo el Istmo.

Un biólogo de Tehuantepec me dice lo que piensa: «Yo creo que esto le está pasando a Juchitán porque se ha portado muy mal. Se ha vuelto una ciudad con mucha inseguridad, con mucha injusticia, con mucha gente que le hace mal a los que son inocentes». No le respondo nada cuando me pregunta lo que yo opino. Unos minutos después anuncian por Facebook que hubo una nueva réplica, pero no la sentí. Nadie de los que estaba conmigo en ese momento tuvo conciencia de ella. «¿Sentiste el temblor?», me preguntó Claribeth, la hermana de mi amigo poeta Nelson Guerra, en cuanto me miró llegar al centro de distribución de insumos de las cocinas comunitarias promovidas por el pintor Francisco Toledo, allá en la Séptima sección. Le respondo que no y ella se sorprende porque se supone que fue muy fuerte y no pudo haber pasado desapercibido por nosotros.

Que la Tierra se mueva no es nada agradable, pero que diariamente suceda después del terremoto más poderoso de los últimos cien años multiplica el miedo. En los campamentos donde se establecieron las cocinas comunitarias la gente se queda a dormir en las calles por dos razones, una porque sus casas ya no existen, y dos porque una réplica puede pillarlos en plena madrugada y eso les da un pavor que describen con un «Ni Dios lo quiera, no quiero vivir otra vez un temblor dentro de mi casa». Y es que el mundo se mueve en las mañanas, en las tardes, en las noches y en las madrugadas. No hay escapatoria y el único lugar seguro parece ser la intemperie.

Pero en las noches y en las madrugadas las calles se vuelven inseguras, los ladrones toman por asalto los campamentos y se llevan los víveres o les quitan a los damnificados las pocas pertenencias que lograron rescatar de sus casas colapsadas. Ante esto se hacen guardias nocturnas portando armas de fuego, navajas, piedras, palos y machetes. «Que se asomen si son tan chingones», dice un chico que quizá no pasa de los once o doce años.

Entre las réplicas y los ladrones, a los juchitecos les gira el mundo que se niega a dejar de moverse de forma irregular. «¿Y esos ingratos no saben que estamos sufriendo?», me pregunta la señora de más de sesenta años. «No», le digo, «creo que no son buenas personas», agrego y ella afirma con la cabeza. «Ni adentro ni afuera de la casa estamos seguros», dice decepcionada. «Y luego que por aquí no llega la ayuda que está mandando la presidenta Gloria Sánchez», reclama y me pregunta si sé algo al respecto. Le digo que no, pero le sugerí que se acercara a las cocinas comunitarias y me prometió que lo haría próximamente.

Hasta el momento que escribo esta crónica se han instalado treinta cocinas comunitarias y se abastecen de insumos cada tres días. La gente come gratis. Trabajé directamente con el equipo de Francisco Toledo en Juchitán durante una semana y en ese tiempo pude ver el gran esfuerzo físico y emocional que implicó semejante empresa: identificar los lugares estratégicos, explicarles en qué consiste cocinar en colectivo, advertirles que el protagonismo político no es el objetivo de la ayuda brindada [eso causa una sospecha en los damnificados], que ninguno de los que estábamos ahí era el responsable de financiar las cocinas: «Nosotros únicamente estamos haciéndoles llegar la ayuda que Ta’ Chico les está enviando desde Oaxaca», externa Nelson Guerra en su lengua madre.

Caminando sobre el Callejón del encanto hacia el sur de Juchitán para repartir algunos víveres a las familias afectadas nos tocó una réplica. La gente que por ahí andaba se detuvo, esperó a que la Tierra dejara de moverse, y cuando eso sucedió retomó su andar. Era como si el mundo se hubiera detenido un instante, aunque en realidad se había movido más de la cuenta. Aquello se está volviendo algo cotidiano, algo que será parte de sus vidas sin saber cómo hacerle frente más que aceptándolo hasta que un día definitivamente se vaya, mientras tanto les toca acomodarse al movimiento interminable. Los chicos con los que yo estaba en la repartición de víveres hicimos exactamente lo mismo que el resto de la gente: «Una réplica», dijo uno de nosotros. «Así es», lo secundé. Después seguimos con la tarea que nos habían encomendado.

Las réplicas se están convirtiendo en el recordatorio de lo que sucedió aquella fatídica noche del 7 de septiembre. No les deja olvidar que lo peor ha pasado porque algunos creen que en realidad lo peor está por venir, al menos así lo anuncian en el Facebook. Un mototaxista me dijo «Ahora hay que esperar el que viene para el 25». «¿A qué te refieres?», le pregunto desde la parte posterior de la unidad. «Pues en el Facebook dicen que el 25 de septiembre va a venir una réplica de la misma magnitud que el terremoto», me explica, al parecer resignado por el ineludible hecho. Y este rumor se está propagando a una velocidad virtual acelerada, y nadie lo detiene, así que se alimenta a cada minuto, en cada celular, en cada juchiteco que comparte la información.

Después de las nueve de la noche se cierra el paso a cualquier carro, mototaxi o motocicleta, incluso a cualquier extraño a la cuadra que ronde a pie por ahí. Usan los mismos materiales que antes sostuvieron erguida una casa colapsada para tapar el camino. Palos y machetes en mano, silbatos agudos en la boca, pistola al cincho y lámparas de alto alcance para anunciarle al campamento más próximo que todo está en orden. «Ey, levántense, ya les toca el relevo», dice uno de los que hace guardia. «Ese es mi yerno», señala al que no termina de despabilarse y toma su puesto de centinela; aparece con un arma de fuego en la mano derecha y revisa que esté cargada, luego se lo enfunda en la cintura. «Ese otro flaquito es mi sobrino. Está chico todavía, pero quiere hacer guardia», me explica. «La cosa es que estemos al tiro, porque si nos apendejamos vienen y nos chingan», mientras dice esto no me mira, lo noto extraviado. «Luego las pinches réplicas que no paran», se queja y cuando le pregunto si las cosas serían diferentes sin las réplicas me responde que sí, «porque cuando llueve en las noches nadie duerme, ahí estamos pegados a la pared sobre las banquetas para no mojarnos. Luego los niños se están enfermando y no hay medicinas para ellos», su mirada se vuelve más huraña que al principio, me despido y me voy.

«Gracias a Dios hoy no ha habido réplicas», dice una señora que su casa no tuvo mayores daños, pero de cualquier forma prefiere dormir en la calle con el resto de los vecinos que se quedaron sin hogar. De pronto la Tierra empieza a moverse y pide perdón por lo que acaba de decir unos segundos atrás: «Padre mío, perdona mis palabras. Que se haga tu voluntad, Dios mío», dice y junto a otras personas nos resguardamos en la mitad de la calle Francisco I. Madero. Ahí parece que estamos seguros. Es un movimiento fuerte, pero se detiene de inmediato. Algunos niños comienzan a llorar y las madres los abrazan y les dicen que ya ha pasado, que todo está bien.

Me recuesto sobre una hamaca y comienzo a sentir un cansancio extremo, miro mi reloj de pulsera y casi son las dos de la madrugada, un día después de que una supuesta camioneta blanca anduviera robando niños a la misma hora en diferentes colonias de la ciudad. El día ha sido muy largo y decido quitarme las Trotadoras –quiero decir mis botas que ya están dando las últimas batallas–. Me prohíbo cerrar los ojos y prefiero revisar el Facebook: nueva réplica y al parecer no la sentí. Cabeceo y en esos momentos temo que la Tierra moviéndose me sorprenda inconsciente. A la mañana siguiente lo primero que me preguntan es «¿sentiste la réplica en la madrugada?», les digo que no y sin más inicio mi nuevo recorrido por las calles de Juchitán.

Juchitán, Oaxaca, 16 de septiembre de 2017.

Este texto lo publicamos de manera conjunta con la revista Yaconic.

Ciudad temblor
[TEXTO: AFONSO BREVEDADES / FOTOS: FRANCISCO RAMOS]

1

El cronista teme seguir avanzando, le han dicho que la ciudad ya no es la misma desde la última vez que estuvo aquí. «¿Cuánto puede cambiar un lugar en dos semanas?», piensa mientras verifica la carga de batería de su grabadora. Le han advertido que la maquinaria pesada ya hizo lo suyo, aquellas casas fracturadas y a punto de caer ya no están, en su lugar uno encuentra el espacio que es nada.

Algunas esquinas han dejado de cumplir su cotidiana función. Aquella pared azul con amarillo que indicaba que restaban dos cuadras para llegar al centro ya no está, entonces el cerebro se confunde. Uno estaba acostumbrado a la ventana abierta desde donde se veía el reloj de aquella casa, a la viejita tomando el fresco en la banqueta mientras esperaba las pascuas o la muerte, al letrero que anunciaba vendimias y a la vida que estaba toda ahí, revuelta con el sonido del perifoneo, el ladrido del perro, el mototaxi a toda velocidad… pero uno no se acostumbra al crujir de la Tierra, al vaivén del árbol y del poste de luz que indica que está temblando.

Hoy las calles están amputadas de sus esquinas y por más que nos gritan que por ahí no, sino más bien por aquí, uno no las puede escuchar.

El cronista camina con paso lento, no se quiere perder de nada porque aquello que no pueda registrar en su bitácora de viaje lo tendrá que guardar en su memoria. Pero la memoria ahora está confundida. «Mierda, ¿era más allá o aquí me toca girar a la derecha para llegar a la casa de Francisco Ramos?», se pregunta mientras mira a su diestra y no hay nada, ahora mira hacia su izquierda —su siniestra habría que decir—, ahí debería estar una casa pero en su lugar queda un pequeño remolino que no es más que la mezcla de basura, polvo y dolor. Decide virar y no se equivoca, pero a punto estuvo y la única explicación es que es la primera vez que le toca caminar su pueblo y pensar mientras camina. «Las calles le decían a uno por dónde seguir», dice en voz alta pero nadie lo escucha, «pero hoy las calles están amputadas de sus esquinas y por más que nos gritan que por ahí no, sino más bien por aquí, uno no las puede escuchar», sigue diciendo el cronista sospechando que este sería un buen inicio para el cuento que echará frente a su computador cuando vuelva a su ciudad de exilio.

2

Tras una breve estancia en Santa María del Tule el cronista se embarca en una flota que lo lleva hasta Juchitán, Oaxaca. La madrugada en la Ciudad Temblor es fresca a esas horas. Los taxistas no llegan hasta La Populosa, no es que no quieran, es que las calles están cerradas por los campamentos y las guardias nocturnas. Una hora después el cronista resuelve el problema y ya está en el Jardín de la soledad, la noticia con la que lo reciben es que después de las tres de la madrugada tembló y el barullo no se dejó esperar. Desde esa momento sus anfitriones ya no pudieron cerrar los ojos, había pasado lo que ha venido pasando más de siete mil veces con aquella gente, prepararse para la siguiente réplica.

«Ya estamos acostumbrados a que tiemble, pero cuando llega a cinco punto cinco es que da miedo», dice la anfitriona mientras le sirve tamal de elote cubierto con crema y queso al visitante.

Dos punto uno, tres punto seis, cuatro punto cinco, seis punto ocho. Son los registros en magnitud anunciados post facto, pero ella dice que los de cinco punto cinco son los que la asustan, los otros que están por debajo no, y es que dependiendo de la magnitud del registro son los sonidos, los sentimientos, los gritos, los ruegos, los miedos y los retumbos. En el Facebook aparece el informe del Sismológico, sin embargo se ha vuelto cotidiano que después de una réplica la gente comience con sus pronósticos —se adelantan, que por eso son pronósticos—, «ese fue de cinco punto cinco por lo menos», dice una vecina, «no, de seguro fue de cuatro o cuatro punto cinco porque no sonó la pared de mi casa, esa es la señal cuando es más de cinco puntos», refuta otra vecina. En eso se les va la charla mientras están reunidas en la cocina comunitaria número cuarenta y tres, justo al final de la calle Francisco I. Madero.

3

El fotógrafo Francisco Ramos celebró la noche anterior su cumpleaños con la mesura que exige el mal tiempo, externa que sus colegas y amigos no se fueron de ahí sino después de la una de la madrugada, sin embargo aparece en el corredor de su casa —de la que fuera su casa porque un dinosaurio metálico la ha convertido en polvo y escombro— fresco y renovado, dispuesto a los siguientes doce meses. Cronista y fotógrafo se encaminan hacia el sur de La Populosa, han anunciado la demolición del templo de la Santa Cruz de los pescadores y los dos quieren ser testigos.

La banda de música de viento de Don Pepe Morales ameniza la estancia de los refugiados de uno de los albergues financiados por el gobierno federal, éste se encuentra frente al templo de los hombres de mar. Se escucha melancólicamente Dios nunca muere y más de uno transmite en vivo con su celular. Los representantes del gobierno dicen que dan comida, cobijo y atención médica a por lo menos mil quinientos damnificados nada más en aquel lugar. El cronista escribe en su bitácora de viaje de inmediato, sospecha que es un buen dato. En el costado sur del gran albergue se encuentra un stand de la UNICEF, ahí hay un par de mesas rodeadas por niños de diferentes edades, algunos pintan, otros dibujan, algunos más conversan entre ellos y cuando se percatan que la chica con chaleco azul se acerca a ellos retoman alguna actividad que parecía haber quedado pendiente.

La banda de música de viento de Don Pepe Morales Foto: Francisco Ramos.

Más al sur, como quien dice detrás del stand de la UNICEF, hay muchas casas de campaña de gran dimensión en la que duermen los oficiales sin uniforme. El cronista se sorprende de la cantidad de catres de dormir y los tendederos donde cuelgan las prendas lavadas de los marinos. «¿Por qué tantos militares concentrados en este lugar?», se pregunta y supone que es menester ante los mil quinientos damnificados que anunciaron hace unos momentos. Un tipo de cerca de dos metros despegados del suelo le dice al chismoso narrador que aquella es una zona restringida y tiene que retirarse de inmediato. El cronista —de por sí breve en la estatura— intenta sacar su grabadora para entrevistar al castrense pero éste vuelve a insistir en que abandone aquella zona —ahora el oficial acompaña su aviso con el ceño fruncido—.

El lado este del albergue está ocupado por el templo de los pescadores —ya lo van a derribar— y al pie está una gran bodega de resguardo que sigue recibiendo víveres por indicaciones del ejecutivo federal, y muy cerca de ahí el grupo de Don Pepe Morales tocando al son de los metales. En el lado norte está el micrófono que repite constantemente que el gobierno del presidente de la república sí cumple con lo que promete. El cronista duda de esta afirmación pero no tiene con quien discutir el punto, el fotógrafo hace lo suyo entre la multitud.

4

El titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transporte, Gerardo Ruiz Esparza, llegó acompañado de un nutrido equipo que solo estaba parado alrededor de él, sus colaboradores no hacían nada, o quizá hacían de todo sin que nadie se diera cuenta. Con él traía casas de campaña y «muchos víveres», dijo, prometió que si no alcanzaban iría por más. El cronista se encuentra a la distancia y no alcanza a escuchar lo que una mujer con camisa blanca y logos del gobierno federal le dice al secretario, pero él sonríe y le responde animado a ella. Mientras tanto un sacerdote lleva a cabo la última misa con el templo en pie, dice que en la biblia el mesías dijo que todas las iglesias terminarán caídas, «no quedará piedra sobre piedra», pero con eso —afirma después el prelado— la iglesia se renovará junto con sus feligreses. Éstos, a juicio del cronista, estaban más interesados en la repartición de las casas de campaña y los víveres oficiales. Sin embargo les toca esperar, necesitan escuchar que esta entrega es un compromiso más que ha cumplido el presidente Enrique Peña Nieto, lo repite otras dos veces la mujer que le habla insistentemente al secretario.

«Pero si a esa señora ya le dieron, por qué le dan otra vez», reclama la esposa de un pescador en su lengua madre, en zapoteco. Le explican que la entrega es simbólica, que a todos les va a tocar. «Es que no la conocen a esa señora», vuelve a externar su molestia pero ahora lo hace en español.

El secretario se dirige hacia el templo y la banda de Don Pepe Morales entona La última palabra. Los rostros casi blancos que acompañan al cuestionado secretario se asombran al ver a las mujeres con los ojos llorosos, ellas se secan las lágrimas con la enagua, ellas se tapan el rostro al primer contacto de la maquinaria pesada con el techo de su templo, ellos les toman fotos a ellas. Al otro lado el fotógrafo dispara su cámara y revisa en la pantalla el resultado, vuelve a disparar y repite el proceso, al parecer tiene la imagen que estaba buscando.

Maquinaria en operación. Foto: Francisco Ramos.

Una mujer observa cómo una maquinaria remueve escombros en su templo. Foto: Francisco Ramos.

Doce con quince: primer contacto de la bestia de metal contra el concreto; doce con veinte: una mujer decide inclinar la cabeza para no ver lo que está sucediendo. El ambiente se llena de polvo, pero también de un olor fétido que incluye la mezcla de tripas de pescado y agua encharcada desde hace varios días. El cronista siente mucho calor y busca entre la polvareda al fotógrafo, éste se ha mezclado con la gente y de vez en vez pone el ojo y lanza el disparo que captura el instante. La gente se repliega porque el polvo avanza vorazmente, las madres cargan a sus hijos en sus brazos, los colaboradores del secretario cuestionado por el famoso socavón en la autopista que va a Cuernavaca desaparecen, también desaparece el secretario.

5

El cronista y el fotógrafo —al combo se sumaron Lólo y Héctor, historiador y también fotógrafo respectivamente— se suben a un mototaxi y se dirigen al Hotel Central. Al fotógrafo le han donado algunas lonas —vitales por estas fechas en Juchitán— y es ahí donde tiene que pasar a recogerlas, ha decidido enviarlas a Chicapa de Castro. Estableció contacto con una amiga radicada en aquel pueblo y a cambio pide el testimonio de quienes las vayan a recibir. Tras recoger lo donado, deciden dirigirse hacia el mercado —ese lugar que antes era el parque y que ahora está lleno de estrechos pasillos y puestos de comida—, al combo le ha sorprendido el hambre en medio del ajetreo y decide comprar pechuga de pollo, arroz rojo, plátano frito, tamales de elote, queso y crema. La casa del historiador es el punto de encuentro.

El cronista sabe que algo le falta a la ciudad, sospecha que no es el único que pierde el norte entre calles con espacios vacíos y esquinas ausentes de materialidad. «¿A ustedes no los traicionan las coordenadas?», le pregunta al combo y éste responde que sí, casi al unísono. Uno dice que ayer lo vivió en carne propia; otro que por momentos lo experimenta pero logra reubicarse de inmediato; el fotógrafo advierte que se debe a que la gente en este lugar confía más en las referencias físicas que en los códigos postales: «Sigue derecho por donde está la casa de Na’ Toña, ahí das vuelta rumbo al árbol de chicozapote», diría cualquier juchiteco al que le preguntaran por una dirección. El cronista supone que con el tiempo el nuevo código de ubicación se construirá en la vida cotidiana, la misma gente de aquí se encargará de ello. Mientras tanto tiene que volver a la casa de sus anfitriones y sabe que tiene que caminar la calle Francisco I. Madero hasta que ésta tope con el Jardín de la soledad.

A las cuatro con cuarenta minutos la hamaca en la que descansa el visitante se eleva y cae, el techo de lámina suena estrepitosamente… se trata de una réplica. Seguramente fue de más de cinco puntos en magnitud porque desde aquel lugar se escuchó el crujir de la pared de la vecina. «Mierda, entonces es cierto», dice el cronista en cuanto se pone de pie para buscar el espacio abierto. Le habían contado que hay un rugir de la Tierra y de pronto aparece el «chicotazo que te avienta si no estás agarrado de nada». En breve regresará a su ciudad de exilio, se encontrará con su estudio vacío de compañía, pero antes de eso le tocará la oscuridad de La Populosa porque se ha ido la luz —¿adónde se va la luz cuando dicen que se ha ido?—. Y de pronto, cuando su reloj de pulsera marca las siete con dieciocho minutos vuelve a retumbar, se trata de un sonido que no se sabe de dónde viene pero todos sospechan que emerge desde abajo de la Tierra, del inframundo, o de la pared de la casa de la vecina, qué más da.

Juchitán, Oaxaca, 9 de octubre de 2017.

 

Imagen de portada: Calle del Istmo de Tehuantepec tras el sismo del 7 de septiembre. 
Foto: Andalusia Knoll [@andalalucha]
Este contenido se actualizó el 12 de octubre cuando integramos la tercera crónica.


Afonso Brevedades
Afonso Brevedades
Escritor y psicólogo. Tiene por oficio escribir las historias que otros le cuentan: hace crónicas. Padece dromomanía: viaja y escribe, «ese es el cuento de todo esto», dice.



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