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Cómo deshacerse de su colchón

09 Jul, 2014 Etiquetas: ,
El colchón revela parte de nuestra vida: alegrías, encuentros, discusiones…
De ahí la desesperación al no hallar la manera de desaparecer ese cadáver que tanto sabe de nuestro pasado.
TEXTO: EMILIANO PÉREZ CRUZ /
ILUSTRACIÓN: LIZBETH HERNÁNDEZ

Por la calle camina el hombre de los colchones viejos. Empuja su carromato por las calles de la ciudad y municipios mexiquenses que le rodean. Unas veces lleva sombrero, en otras ocasiones la gorra de estambre que le evita pasar el peine por la cabellera hirsuta.

—¡¡¡Colchones, fierro viejo que venda!!! —pregona y dirige la voz hacia las ventanas de casas y departamentos, por donde asomará el rostro de alguna ama de casa o de la secretaria doméstica que le indicará:

—Espéreme tantito, ahorita bajo.

Ese ahorita puede prolongarse varios minutos porque, ¿cómo hacerle para que las vecinas no se den cuenta de la operación de compra-venta? O más bien, cómo evitar las miradas indiscretas que en el colchón pueden leer la mitad de nuestra vida, la de la noche, quizá la única que nos pertenece y no deseamos exhibir.

—Lo que menos quiero es que me dé dinero. Conque se lleve este vejestorio me doy por bien servida, pero, ¿lo envuelvo con una sábana? ¿Cómo lo bajo si en las escaleras apenas cabemos yo y mi alma?

A lo que más se le teme es al qué dirán:

—¿Ya vieron el cochinero sobre el que dormían los vecinitos? Si lo envuelven, es que así estará el pobre colchón…

Y sí, así estaba: no en balde pasaron los años y sobre él se dieron grandes encuentros y desencuentros amorosos, discusiones de: ¿me quieres, no me quieres, mucho, poquito, nada?; concepciones acerca del mundo, de la realidad y de la historia…

Contrario a las intenciones modernizadoras que quisieran el fin de la memoria, el colchón revela —a su simple paso de la vivienda al carromato—: micciones infantiles y hasta adultas, huellas de ciclos mensuales, sudoraciones y hazañas del niño que no pudo llegar a tiempo al baño; resortes que en condiciones de uso normal quizá no hubiesen saltado; la desvaída tela original, y hasta agujeros donde alguna vez hicieron su nidito de amor los ratones.

Por eso la angustia, la desesperación al no hallar la manera de desaparecer ese cadáver que tanto sabe de nuestro pasado, de las conversaciones a deshoras, cuando los hijos duermen a pierna suelta, iluminados por el resplandor de la televisión a la cual la pareja no atiende, pues se encuentra enfrascada en convergencias y divergencias propias de la vida conyugal.

—¡¡¡Colchones, fierro viejo que venda!!! —insiste una y otra vez el hombre del carromato y mientras la gente acude él fumando espera.

Si se lo solicitan, junto con su chalán acude hasta la habitación de donde será expulsado el viejo colchón. A su lado, recargado en la pared, el nuevo inquilino espera relumbrante, envuelto en una capa de plástico que el ama de casa le conservará hasta que el desgaste la anime a quitárselo:

—De unas buenas mojadas ya salvaste al colchón nuevo…

Entre el chalán y el comprador de colchones viejos hacen malabares para bajar al que tan buenos servicios brindó, al que se fue amoldando al cuerpo de sus dueños hasta brindar un acogedor nicho testigo de mil y una batallas oníricas y libidinales.

Las vecinas atestiguan el paso del coloso en desgracia, y cuchichean quién sabe qué, aunque por si las moscas, la dueña arroja, sin destinataria específica, una frase:

—Así como está de manchado, está más limpio que muchas conciencias…

Alguna respondona no se contendrá para replicar:

—Pues serán la divina envuelta en huevo, pero mi conciencia no lleva manchas de agua de riñón.



Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz

Escritor y periodista. En 1979 fue nombrado por el Edomex cronista honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl. Su más reciente libro de relatos: Ya somos muchos en este zoológico, Fondo Editorial Estado de México, 2013. En Twitter: @perecru





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