Recomendamos

Complicidad en el Vaticano, fragmento de «El imperio financiero de los Legionarios de Cristo»

08 Feb, 2016 Etiquetas: , ,

Reproducimos un fragmento de El imperio financiero de los Legionarios de Cristo del periodista Raúl Olmos, que la editorial Penguin Random House comparte con los lectores de Kaja Negra. Este libro detalla cómo durante décadas esta congregación forjó estrechos vínculos con personajes clave del poder político, empresarial y mediático para lograr multimillonarios ingresos.

TEXTO: RAÚL OLMOS

Ante una corte de 300 mujeres consagradas, fieles a su servicio, Marcial Maciel presentó públicamente en Roma a su hija, que acababa de cumplir 18 años de edad.

—Oye, Normita, ven —la llamó al estrado—. Ven, hija, a bailarme lo que me bailaste el otro día.

Sin remilgos, la adolescente corrió a la tribuna, y ante el regocijo de su papá bailó una jota española. La gracia de Normita despertó espontáneos aplausos de las llamadas esclavas de Maciel, que aquel día se habían reunido para celebrar a su jerarca y amo.

Al terminar su actuación, la muchachita fue a abrazar a Maciel, y en vez de sólo saludarle con una reverencia de respeto —como hacían todas las consagradas— se le echó al cuello, lo besó en la mejilla y se colgó de su brazo izquierdo. El líder legionario sonrió con cinismo. Una vez más mostraba con descaro un doble rostro. Con una seña le pidió a su hija que se sentara encima de la mesa, de espaldas a todas las consagradas, mientras le sobaba las manos.

Aquel gesto hizo arquear decenas de cejas de las asistentes al convivio y levantó murmullos. Las esclavas del Regnum Christi veían escandalizadas que la chiquilla rompía con todas las reglas de sumisión ante su superior.

El más extrañado era el sacerdote Rafael Moreno Portillo, el único varón que estaba presente en la reunión. Sin perder un segundo, agarró la cámara fotográfica que había llevado consigo para tomar las imágenes del recuerdo, y se acercó a la mesa principal para captar aquella escena insólita, de la jovencita encaramada en la mesa de honor, enlazada a la mano del jerarca.

Días antes de este episodio, el padre Moreno —quien fungía como el secretario particular de Maciel— había visto por primera vez a Normita en una fastuosa reunión que se había realizado en el centro de estudios superiores de los legionarios en la Via degli Aldobrandeschi, al oeste de Roma, a escasos 10 minutos del Vaticano.

La reunión se realizó el 26 de noviembre de 2004, justo el día que Maciel cumplió 60 años de ordenación sacerdotal. Al convite llegó Normita, acompañada de la familia de Maciel. Con ella iba, además, una señora, a quien nadie identificaba.

—¿Quién es esa muchacha? ¿Es una nueva consagrada? —preguntó intrigado el padre Moreno a una de las coordinadoras del ala femenina del Regnum Christi.

—No, no —respondió enfática la coordinadora—. Es la hija de una gran bienhechora que me recomendó el padre Maciel.

Normita y su misteriosa acompañante permanecieron junto a Maciel durante toda la reunión. Nadie sospechaba que aquellas dos mujeres eran la hija y la mujer del sacerdote a quien ese mismo día Juan Pablo II había exaltado como ejemplo de amor y bondad.

«Sus sesenta años de vida sacerdotal, reverendo padre Maciel, han estado señalados por una significativa fecundidad espiritual y misionera», le escribió Juan Pablo II, en una carta leída por el arzobispo Leonardo Sandri, sustituto de la Secretaría del Estado Vaticano, en una misa especial celebrada en la basílica de San Pablo Extramuros en Roma.

«No puedo olvidar el servicio que usted ha prestado en estos años a la Santa Sede, que se ha valido —en varias ocasiones y de diversos modos— de su generosa y competente colaboración», agradeció Juan Pablo II a Maciel.

Nadie sospechaba que aquellas dos mujeres eran la hija y la mujer del sacerdote a quien ese mismo día Juan Pablo II había exaltado como ejemplo de amor y bondad.

Con el papa en la bolsa y su corte de súbditos entregada ciegamente a él, Maciel podía hacer y deshacer a su antojo. Podía incluso retar a la Iglesia, presentándose en la propia basílica con su mujer y su hija.

Nadie lo cuestionaba. Su poder parecía no tener límite.

Testimonio de los sobornos sacros

Durante décadas Maciel había aceitado las bisagras para abrir sin rechinidos las puertas del Vaticano. Con sobornos camuflados de regalos y donativos se había ganado el favor de la más alta jerarquía católica. Y, como bien se lo hizo ver Juan Pablo II aquel 26 de noviembre de 2004, la Santa Sede se había valido en diversas ocasiones «de su generosa y competente colaboración», que se traducía en el obsequio de millones de dólares.

El dinero no se entregaba directamente a Juan Pablo II. Esa tarea mundana la asumía quien fuera su secretario personal, el cardenal polaco Stanislaw Dziwisz. Exlegionarios atestiguaron cómo en 1995 el emisario papal recibió un millón de dólares de manos de Maciel y en otra ocasión tomó 50 000 dólares de una familia rica de México a la que el sumo pontífice le había oficiado una misa.

Durante décadas Maciel había aceitado las bisagras para abrir sin rechinidos las puertas del Vaticano. Con sobornos camuflados de regalos y donativos se había ganado el favor de la más alta jerarquía católica.

Rafael Moreno Portillo, quien durante 18 años trabajó como secretario particular de Maciel, fue testigo de cómo se realizaba la entrega de donativos y regalos a los jerarcas de la Iglesia católica:

—Simplemente era ganarse el favor de los que él consideraba líderes, desde el papa, los nuncios, cardenales —reconoció el sacerdote, quien desde el año 2006 fue retirado de Roma y enviado al exilio a Brasil, por miedo a que denunciara los detalles de la doble vida que llevaba su pastor.

—En la práctica resultaba un soborno —aceptó el padre Moreno, y de inmediato intentó matizar—, pero no era de una función de decir: ahora yo tengo en mente una acción negativa, sino una acción incluso positiva.

Y para intentar explicarse, cuenta dos casos en los que Maciel recurrió al pago de favores:

—En el caso de la autorización de la Santa Sede para que fuera construido el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en un lugar estratégico, pues se utilizó la potencia política del Vaticano, en concreto del secretario de Estado [Angelo Sodano], para que moviera las aguas ante la alcaldía de Roma para que autorizara la construcción en un terreno que era agrícola, para convertirlo en un terreno civil [sic]. Y luego para que por lo menos pudieran darle el título de ateneo pontificio, si no de universidad pontificia. Entonces en ese sentido no es soborno, sino es el ganarme yo con la atención, porque invitaba al cardenal, le tocaban y le daban una gran atención al papa. Cuando vino a México Juan Pablo II, Marcial Maciel le organizó todo el viaje. Entonces todo eso no es sobornar, es ayudar. Para aumentar su prestigio delante de la Santa Sede, entonces sí [Maciel] le facilitó [el dinero] que le consiguiera muchos favores.

—¿Y ese tipo de atenciones usted las atestiguaba? —le pregunté al padre Moreno.

—Claro. Yo me di cuenta de que efectivamente, de repente, Maciel le mandaba algún regalo, sea de una típica canasta muy bien adornada al cardenal, y al otro cardenal y al otro cardenal en navidades. Y tal vez un chequecito a don Stanislaw Dziwisz, que era el secretario personal de Juan Pablo II, o al cardenal Angelo Sodano. ¿Cuánto? Yo no lo verifiqué, pero posiblemente no le iba a dar 10 pesos. Entonces, un chequecito…

—¿Eso pasaba directamente por él?

—Si no era Maciel el que lo autorizaba, no salía nada a nadie. Él tenía un gobierno y dominio de todo, total. No se movía una mosca.

—¿No delegaba?

—Sí delegaba en el sentido: hazlo. O delegaba así: a fulano de tal cuando llegue Navidad le das un cheque de tal o le das este regalo, no te descuides para mantener una buena relación.

—¿Ese dinero se entregaba como donativos?

—Sí. Se suponía que dándole a un cardenal o a un obispo un dinero, iba a hacer buen uso de ese dinero. Pero una cosa es dar sobornos y otra dar regalos para mantener una buena relación.

___

En los más de 20 años que residió en Roma, el padre Rafael Moreno Portillo había cruzado decenas de veces la plaza de San Pedro para acudir a atender asuntos administrativos en el Vaticano, en representación de la Legión de Cristo. Conocía de memoria la ruta que va de la Via Aurelia, al poniente de la capital italiana, donde tenía su despacho, hasta la Via della Conciliazione, el acceso principal de la sede papal.

Pero aquel miércoles 19 de octubre de 2011 el habitual cruce de la plaza tuvo un significado distinto en su vida. Sus pasos lo encaminaban a la revelación de la red de complicidad que Marcial Maciel había tejido dentro del Vaticano. Con su confesión aspiraba a liberarse de la culpa que cargaba desde que en el año 2003 se enteró de los detalles de la doble vida del fundador de la Legión de Cristo. Llegó a la plaza de San Pedro alrededor de las 8:30, y con paso firme se dirigió al palacio pontificio, donde residía Benedicto XVI. Subió al tercer piso y pidió hablar con el secretario particular del papa. Al filo de las nueve de la mañana, monseñor Georg Gänswein lo recibió en su oficina, y de inmediato el sacerdote mexicano mostró las pruebas que llevaba consigo, que incriminaban a Angelo Sodano, exsecretario de Estado de Juan Pablo II, y al cardenal esloveno Franc Rodé, quien durante siete años se desempeñó como prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada.

Rafael Moreno Portillo, quien durante 18 años trabajó como secretario particular de Maciel, fue testigo de cómo se realizaba la entrega de donativos y regalos a los jerarcas de la Iglesia católica.

De aquella reunión —que no duró más de media hora—, Georg Gänswein anotó en una hoja, en letra manuscrita en alemán, las revelaciones del sacerdote, que se sintetizaban en nueve líneas. El breve apunte menciona que el padre Moreno había intentado informar desde el año 2003 a Juan Pablo II de los abusos de Marcial Maciel, «pero no se le escuchó ni creyó» y acusaba en concreto a Angelo Sodano y al cardenal Velasio de Paolis, delegado pontificio de los legionarios, de no haberlo atendido para exponerles las pruebas que poseía.

Los detalles de la reunión quedaron en secreto y Gänswein sólo los compartió con Benedicto XVI, quien desde un año antes [en julio de 2010] había decretado la intervención de la Legión de Cristo.

Tras revelar los pecados de su jerarca, el padre Rafael Moreno volvió a su exilio en Brasil, a donde lo habían enviado sus superiores desde el año 2006, cuando Benedicto XVI retiró a Maciel del sacerdocio, tras comprobar que era un criminal pedófilo.

Para callarle la boca y mantenerlo alejado, el propio Maciel intervino para enviar a su exsecretario personal a trabajar en misiones de asistencia médica y evangelización en Saco de Mamanguá, un edén ubicado a tres horas de Río de Janeiro, con exuberante vegetación y playas vírgenes de agua cristalina. Se le relegó a la selva para evitar que atizara el fuego con sus denuncias.

En el año 2013 fui a Río de Janeiro a buscar al padre Moreno, para que me contara detalles del encuentro que había tenido con monseñor Gänswein. Quería conocer cómo había operado la red de encubrimiento de Maciel. Pregunté por él a los legionarios brasileños, y nadie me supo dar su ubicación. Cuando ya había perdido la esperanza de encontrarlo, una joven reportera, Luz Elena Escobar, me ayudó a contactarlo.

Tras revelar los pecados de su jerarca, el padre Rafael Moreno volvió a su exilio en Brasil, a donde lo habían enviado sus superiores desde el año 2006, cuando Benedicto XVI retiró a Maciel del sacerdocio, tras comprobar que era un criminal pedófilo.

La cita se pactó en un restaurante, con un amigo común de la reportera y del sacerdote. Al principio reacio a dar detalles de las revelaciones que había llevado al Vaticano, se empezó a abrir en el transcurso de la entrevista.

—¿A qué fue usted al Vaticano? —le pregunté directo.

—Fui simplemente porque me di cuenta que ya el padre Maciel estaba exhibiendo mucho a su hija y a la esposa. Y eso fue el problema principal. Yo no sabía nada de la pedofilia, no sé si otros superiores.

—¿Cómo se enteró usted de la esposa y la hija?

—Por un error de él. O sea, porque me di cuenta que había algo de gato encerrado. Entonces investigué un poco más, para estar seguro de que no estaba pensando mal. El caso es que él [Maciel] se dio cuenta que yo sabía, porque se lo dije claramente.

—¿Y cuál fue su reacción?

—Su reacción fue llevarme a convivir con su esposa y su hija.

—¿Se las presentó?

—Sí. Sin decirme aquí te presento a mi esposa. Me metió él a convivir con ellos. Yo traté de ayudarlos. ¿Por qué? Porque a mí me parecía que en aquel momento iba a ser un súper escándalo. Yo pensaba no sólo en los legionarios, sino en las mujeres, en las consagradas, el impacto. Yo ya sabía lo que significa para una hija darse cuenta de que su papá tiene otro u otra, de todo el trasfondo. ¿Qué fue lo que me movió el tapete mucho en mi interior? Que el 26 de noviembre de 2004 él cumplió 60 años de sacerdocio, y se organizó una mega reunión allá en Roma de legionarios, consagradas e invitaron a su propia familia. Entonces en la reunión de pronto veo entrar a la esposa y a la hija con los familiares. Luego, en otra ocasión, Maciel nombró a su propia hija secretaria de la máxima autoridad femenina de las consagradas, o sea, poniéndola en bandeja. Entonces, eso fue el último detonante para yo ir al Vaticano a exponer esto.

El sacerdote hizo una pausa, tratando de recordar los detalles y las fechas de la primera vez que acudió ante los jerarcas del Vaticano a denunciar la doble vida de Marcial Maciel.

—Ya estaba muy grave el papa Juan Pablo II, y fui con el cardenal Franc Rodé y le dije: «Aquí tiene las pruebas y si quiere yo lo llevo con la esposa y la hija» —me dijo Moreno mientras se frotaba la barbilla, concentrado en sus recuerdos.

—Cuando se presentó ante el cardenal Rodé, ¿llevó pruebas?

—Sí. Las fotos [de la esposa y la hija].

—¿Y qué dijo Rodé?

—Muy prudente me dijo: «Es un montaje». Le dije: «Eminencia, si quiere voy a la prensa y digo todo esto». Creo que él se puso de acuerdo con el entonces cardenal Joseph Ratzinger y mandaron justo en diciembre de 2004 a monseñor Charles Scicluna, que era un experto dentro de la Santa Sede para casos de análisis de sacerdotes, lo mandaron a hacer la investigación a fondo y verificaron que todo era cierto.

—Esto fue en 2004, ¿usted supo de la esposa antes que nadie?

—Sí. Se ha dicho que los que estuvimos ahí hemos solapado al padre Maciel, pero es que no sabíamos. Yo no solapé nada. Yo supe en los últimos momentos. Inclusive más de algún legionario piensa o ha pensado que fui amante del padre Maciel. Bueno, pues que piensen. Hasta puede ser lógico que por eso estaba yo de secretario, porque estaba solapando y estaba yo de amante del padre Maciel.

—¿Y alguna vez hubo alguna insinuación sexual del padre Maciel hacia usted?

—Así como tal, explícitamente, no. Hay por ahí un caso medio peligroso que es muy difícil de probar, por eso no quiero sacarlo adelante, porque nada más daría pie a puras especulaciones, porque no hay ningún agarre. Pero yo digo: explícitamente así, nada. Si fuera eso, yo creo que hubiera explotado antes. Hubo un hecho muy particular que yo lo entendí después de que [el padre Maciel] se refería a eso [a una insinuación sexual], pero que en el momento ni entendí de qué me estaba hablando.

Sí. Se ha dicho que los que estuvimos ahí hemos solapado al padre Maciel, pero es que no sabíamos. Yo no solapé nada. Yo supe en los últimos momentos. Inclusive más de algún legionario piensa o ha pensado que fui amante del padre Maciel.

—¿Habló del caso de la esposa de Maciel sólo con Rodé?

—Primero hablé con Rodé. Luego, durante el capítulo general de los legionarios, realizado en 2005, vi que Maciel mantenía todavía la misma relación y se atrevió a ser tan claro que llevó al hotel más cercano de la curia generalicia a la propia esposa. Yo pensé: «Entonces pasado mañana la va a meter a su cama, ahí mismo dentro del instituto de la Legión en Roma».

—¿Y Maciel llevó a su esposa a la casa de los legionarios?

—Sí, sí, la encontré dentro de la institución, dentro de la curia generalicia de los Legionarios de Cristo, ahí metió pie, como antes ya había metido pie en la reunión familiar en el Centro de Estudios Superiores de los Legionarios en Roma. Entonces, durante el mismo capítulo general llamé al cardenal Rodé y le dije: «Hay que hacer algo». En pocas palabras le pedí: «Deme autoridad sobre el padre Maciel». Y me dijo: «No, esto ya es cuestión del superior general». Le dije: «Eminencia, cómo del superior general si el superior lo ha puesto el padre Maciel, por pura presión, puro dedazo tipo PRI, del viejo PRI».

—¿A Álvaro Corcuera?

—Sí, a Corcuera, lo puso él. Lo impuso como superior general de los legionarios. Eso es clarísimo. Entonces habiéndole impuesto, le dije: «Eso no va a funcionar». Y de hecho no funcionó.

Cuando el cardenal Rodé confirmó que las acusaciones contra Maciel eran ciertas, intervino para evitar su reelección como superior de la Legión. Sin embargo, eso no le restó poder. Así lo recordó el padre Moreno:

—El mismo cardenal que prácticamente le había dado carta verde hacía días al padre Maciel para que todavía siguiera en el gobierno, entendió eso [el riesgo del escándalo por la esposa y la hija] y ya le prohibió que se reeligiera. Pero eso permitió que manipulara todo el capítulo general para que fuera la elección del padre Corcuera en el año 2005.

___

Nacido en la ciudad de México en 1946, Rafael Moreno Portillo se ordenó sacerdote legionario el 24 de diciembre de 1975 y la mitad de su vida religiosa la dedicó a atender a Maciel en su casa en Roma. Cuando el padre acudió por primera vez al Vaticano a denunciar a su patriarca, Maciel todavía tenía pleno poder en la Legión e influencia con Juan Pablo II, con quien se mantuvo cercano hasta su muerte en abril de 2005.

La primera vez que el padre Moreno deslizó ante los jerarcas del Vaticano sus sospechas de la doble vida de Maciel fue en 2003; al año siguiente tuvo pruebas de que su superior estaba casado y que tenía una hija; en 2005 consiguió la evidencia contundente: un examen de ADN que confirmaba la paternidad, la cual llevó al cardenal Franc Rodé y al secretario de Estado del Vaticano, Angelo Sodano.

La última vez que acudió a denunciar a Maciel fue el 19 de octubre de 2011. Para entonces su exsuperior ya tenía tres años y nueve meses de haber fallecido. Pero su testimonio sirvió para evidenciar que los personajes más cercanos al papa Juan Pablo II habían encubierto al fundador de la Legión de Cristo.

—¿Qué pruebas llevó al Vaticano?

—Tuve acceso a la hija, que fue una prueba para poderme mover en definitiva. En determinado momento la hija me permitió tomar una prueba de sangre y también tuve la oportunidad de tomársela todavía al padre Maciel, y llevarlas a dos laboratorios especializados para que hicieran la prueba de ADN. Ahí está una hija y está muy complicado que haya sido obra del espíritu santo. Por lo tanto, esa era una prueba absolutamente evidente. Comprobadísimo. Además, llevé al Vaticano fotografías muy comprometedoras, en las cuales [Maciel, su esposa y su hija] estaban muy cerca en circunstancias muy peculiares.

La última vez que acudió a denunciar a Maciel fue el 19 de octubre de 2011. Para entonces su exsuperior ya tenía tres años y nueve meses de haber fallecido. Pero su testimonio sirvió para evidenciar que los personajes más cercanos al papa Juan Pablo II habían encubierto al fundador de la Legión de Cristo.

—¿A quién le entregó las pruebas?

—Una copia al cardenal Rodé y luego volví a entregárselas en un disco al secretario personal del papa Benedicto XVI [monseñor Georg Gänswein], pero una vez que ya habían condenado [a Maciel]. Yo les di una calidad de pruebas superior e incontrovertible, que fueron las fotografías y el examen de ADN.

—¿Y Benedicto XVI actuó?

—Después actuó. Yo creo que cuando todavía era cardenal no podía actuar, porque el papa Juan Pablo II estaba muriendo. No podía emitir una condena, sobre todo a un sacerdote y tanto menos a un fundador, sin que lo autorizara el papa.

___

Cuando Maciel se enteró de que su doble vida había sido denunciada ante el superior de las congregaciones en el Vaticano, trató de identificar al delator.

—Pues entonces dijo: «Aquí el único que sabe algo y que habló fue Rafael Moreno». Y ya entonces se dedicó a decir que yo estaba trastornado, que no hicieran caso de lo que decía. Yo creo que previendo que yo iba a hablar con todos —recordó el sacerdote.

—¿Y lo movió?

—Fue por lo que yo terminé en Brasil.

—¿Lo exilió?

—Él me exilió a Brasil. Y llegando a Brasil justamente me impidió que yo entrara en contacto con las gentes que trabajaban los Legionarios de Cristo. Se enteró el padre Maciel por parte del padre Corcuera [en aquel entonces superior general] de que yo era el que había hablado, eso se lo dije se supone bajo secreto pontificio, confidencial. Pero se vino a saber y sabiéndolo el padre Maciel me mandaron lo más lejano posible, a Brasil.

—¿Qué le dijeron?

—Corcuera me dijo: «Salga usted cuanto antes». Pero yo creo que me vio tan en shock, por lo que estaba pasando… Me mandaban desterrado a aprender un nuevo idioma a los 59 años… ¿Qué había hecho mal en la Legión para que me marginaran? El padre Corcuera me vio tan confundido, que me dijo: «Acompáñeme a Tierra Santa». Y lo acompañé. Y ahí en Tierra Santa fue la última llamada del padre Maciel.

—¿Le llamó? ¿Y qué le dijo?

—Me dijo cínicamente: «¿Cómo está, padre Rafael?» «Pues muy bien, no se preocupe; ¿qué tal está usted?» Hablaba como si no pasara nada. Pero después se quedó más preocupado y ya supe, porque me lo confesó el padre Álvaro, que lo había regañado el padre Maciel porque todavía cuando regresé de Tierra Santa, coincidió con la muerte de Juan Pablo II y la elección del papa Benedicto XVI. Cuando Maciel me vio en Roma todavía, se quedó tan «shockeado» que ya no se atrevió ir a la ceremonia, por temor a que ya supiera alguien de su doble vida y que ya lo cogieran ahí en caliente.

Antes de irse exiliado a Brasil, el padre Rafael Moreno buscó jugar una última carta y acudió ante el secretario de Estado, Angelo Sodano, a presentar sus pruebas. Pero se topó con pared.

___

Angelo Sodano, el decano del Colegio Cardenalicio, fue durante décadas el más encumbrado aliado y protector de Marcial Maciel. Ató lazos con los legionarios desde que Juan Pablo II lo nombró nuncio en Chile a finales de los años setenta, en plena dictadura de Augusto Pinochet. Desde esa posición auxilió a la congregación mexicana a abrirse paso en tierras andinas. Luego, cuando en 1991 asumió la Secretaría de Estado del Vaticano, sirvió como tapadera del criminal pedófilo, quien lo recompensaba con generosos sobornos simulados de donativos, regalos o contratos.

En 1991, cuando Sodano fue nombrado cardenal, Maciel le organizó un banquete para 200 invitados; a veces, cuando acudía a visitar a los legionarios, le daba obsequios de 10 000 o 50 000 dólares. También hizo contratar a un sobrino del alto prelado, Andrea Sodano, para la construcción de la universidad legionaria en Roma. Aquella convenenciera relación llevó al cardenal a desoír las acusaciones contra Maciel, como la que en 2005 intentó exponer el padre Rafael Moreno, acerca de la triple identidad del fundador de los legionarios, quien con nombres falsos se había casado con dos mujeres y había procreado cuatro hijos.

—En 2005 fui a ver si me recibía el cardenal Sodano para presentarle las pruebas —recordó el padre Moreno—. El mismo padre Álvaro Corcuera, que era el superior general, me dijo: «Yo lo acompaño»; él mismo hasta de chofer la hizo. Fue de pantalla de chofer —evocó con ironía.

—¿Y los recibió Sodano?

—El secretario de Estado nos hizo esperar sentados afuera de su despacho. Después de más de una hora salió el secretario particular y nos dijo: «El cardenal está ocupado, si tienen alguna cosa la pueden dejar aquí». Y claro, yo llevaba una bomba que eran las pruebas de que había algo especial entre el padre Maciel y esa señora.

—¿Se negó a recibirlo?

—Sí. Ahí fue donde se me empezaron a abrir los ojos. Seguramente el cardenal le dijo al padre Corcuera: «Mira, Alvarito, tráete aquí al padre Rafael, lo entretienes, lo hago como que lo voy a ver y de una forma diplomática le digo que no tengo tiempo; deja lo que tú tienes, ya te atendí, te permití entrar hasta el tercer piso del palacio pontificio, tú trágate eso, ya te sentiste muy importante». Fue un terrible error creer que se iba a eliminar la cosa por no recibirme.

En 1991, cuando Sodano fue nombrado cardenal, Maciel le organizó un banquete para 200 invitados; a veces, cuando acudía a visitar a los legionarios, le daba obsequios de 10 000 o 50 000 dólares.

En el transcurso de 2010 el padre Rafael volvió a aportar sus pruebas contra Maciel a una comisión investigadora nombrada por Benedicto XVI, la cual integraban los obispos de cinco países: el mexicano Ricardo Watty, el español Ricardo Blázquez, el chileno Ricardo Ezzati, el estadounidense Charles J. Chaput y el italiano Giuseppe Versaldi.

—¿Qué le dijo a los obispos que investigaron a la Legión de Cristo?

—La persona que me entrevistó fue el actual arzobispo de Santiago de Chile, el cardenal Ezzati, que fue a quien le asignaron el territorio de Brasil. Yo le dije: «Le voy a ahorrar tiempo», creo que mi conversación no fue más de media hora, porque yo le dije aquí está, en síntesis, por escrito. Fueron unas tres o cuatro páginas donde le dije lo que a mí me parecía del padre Maciel y de la institución.

En el escrito, el padre Moreno expuso los abusos y desviaciones al sacerdocio de parte de Maciel, los cuales atestiguó cuando fue su secretario personal.

Decepcionado, el padre Rafael cree que sus denuncias han servido de poco, porque los legionarios críticos —como él— han terminado relegados de la congregación.

Y de esta crisis interna atribuye su parte de responsabilidad al Vaticano.

—Lo que yo más he percibido de grave error del padre Benedicto y del papa actual Francisco es que yo no he visto que se meta con los legionarios —afirma convencido—. ¿Qué le costaba al papa haber perdido media hora para reunir a los Legionarios de Cristo y haberles dicho: «Estoy aquí contigo, sigue adelante, eres alguien, sigue como sacerdote, vamos a ver cómo arreglamos esto»? Pero no… Han pasado nueve años en los cuales el papa permitió que a los que criticaban los machacaran. Entonces muchos de los legionarios y consagradas que han sido críticos, la solución ha sido mandarlos fuera. ¡Para afuera, porque eras crítico y arréglatelas! Eso es lo que me parece más grave: que han dejado salir a 50 líderes legionarios por haberse distanciado de ciertas prácticas, de ciertas formas de ejercer la autoridad.

Las varias vidas de Marcial Maciel

En la calle Marqués de la Ensenada, en el centro de Madrid, está el acceso a un edificio desde el cual es posible disfrutar algunas de las más bellas vistas de la capital española. A escasos metros se aprecia la Plaza Colón y el Teatro Fernán Gómez; más allá la Biblioteca Nacional, el Ayuntamiento y el Palacio de Buenavista, y todavía más a lo lejos la Puerta de Alcalá.

El edificio de tan privilegiada vista se llama Centro Colón, y la dueña de dos departamentos se llama Norma Hilda Baños Torres, una mexicana originaria de Acapulco que llegó a España en la década de los ochenta, del brazo de un supuesto ejecutivo de la petrolera Shell, que se hacía llamar Raúl o José o José Raúl Rivas Torres.

Norma Hilda conoció a Raúl Rivas en 1977, cuando era apenas una adolescente de 16 años y él ya un hombre maduro de 57. Ella no proviene de una familia rica; sus hermanos son de clase media en Acapulco, uno es médico en el ISSSTE y otra tiene un pequeño restaurante y hotel de clase económica en Pie de la Cuesta.

En España, Norma Hilda prosperó gracias a su marido, que ostentaba el falso nombre de Raúl Rivas, pero en realidad se llamaba Marcial Maciel Degollado, el fundador de la Legión de Cristo.

La pareja procreó una hija, a la que bautizaron con el nombre de la mamá, Norma Hilda, y la registraron con el apellido apócrifo del papá: Rivas.

En su papel de falso ejecutivo petrolero, Maciel contribuyó a que su esposa e hija forjaran una fortuna en inmuebles, valuados en 10 millones de euros. El dinero que aportaba no provenía, por supuesto, de su falso empleo en la Shell, sino de la Legión de Cristo. Maciel desviaba fondos de los donativos que recibía la congregación religiosa, para sostener a su mujer en España. Además de las propiedades que tienen en el edificio Centro Colón, las dos Normas poseen otros cinco departamentos y tres locales comerciales en Madrid y en Sevilla.

En España, Norma Hilda prosperó gracias a su marido, que ostentaba el falso nombre de Raúl Rivas, pero en realidad se llamaba Marcial Maciel Degollado, el fundador de la Legión de Cristo.

En México Maciel tenía otra falsa identidad, la de Jorge Alberto González y Rodríguez, la cual ostentaba con una segunda esposa que ahora reside en Cuernavaca, y con la que tuvo otros tres hijos.

El padre Rafael Moreno Portillo, quien durante casi dos décadas estuvo al servicio de Maciel como su secretario particular, conoció de primera mano detalles de las dos familias.

—Maciel tenía dos esposas. ¿Usted también sabía de la segunda?

—Sí. Por la primera esposa y por la hija fue como supe de la segunda esposa, que vive en Cuernavaca.

—¿Y la conoce usted?

—No.

—¿Solamente a la de España?

—Sí, solamente a ella, porque yo creo que la de Cuernavaca  cuando se enteró de que Maciel era sacerdote fue cuando lo mandó a volar. Ya no tenían una relación tan fuerte. Sé que mató una relación o supongo que mantuvo una relación discreta, política, con su esposa de Cuernavaca por razón de sus hijos. Porque sí quería mantener eso.

—¿Los hijos que Maciel tuvo con dos mujeres se conocieron?

—Sí. Me acuerdo inclusive que una vez fuimos a Denver y estando ahí Maciel me dijo:«Espérame aquí». Se fue y quiso ir a una cierta parte; después supe, por su hija, que había estado su medio hermano en Denver y sí, se conocieron entre ellos. Alguna vez salieron juntos. Organizó el padre Maciel tours durante el verano que él desaparecía y que se llevaba a toda la familia y se llevaba a sus hijos de Cuernavaca. Ya no me consta que haya llevado juntas a las dos esposas, sino a los hijos con la esposa que tenía en Madrid, que conoció en Acapulco. A quien le tengo mucho respeto, es una gran persona. La respeto a ella y a su hija.

—¿Por qué?

—¿Qué culpa tuvo ella y su hija? Fue engañada, porque el padre Maciel tenía doble pasaporte. Entonces él se casó con el nombre de José Rivas Torres, luego ella descubrió que era sacerdote. Él le contó siempre que era un grande manager, que era un grande ejecutivo de la Shell, y que si así quería aceptar el paquete, tenía que estar mucho tiempo ausente, y que nada más podrían verse de vez en cuando porque tenía que estar viajando continuamente.

Según el padre Rafael Moreno, la riqueza de Norma Hilda Baños se debe a que aprendió las habilidades empresariales de Maciel.

—El padre Maciel enseñó a su esposa a ser manager, no le dejó millones, ella hizo…. O sea, con la experiencia del padre Maciel, ella fue asesorada por su esposo. Que una persona tan capaz haya podido hacer dos o tres millones de dólares, me parece nada cuando el padre Maciel logró hacer 300, 400 o 500 millones de dólares en instituciones educativas.

—Por el hecho de haber levantado ese imperio educativo, ¿cómo ve a Maciel? ¿Como un religioso o como un empresario?

—Como un empresario. En la práctica no vivía como nosotros; él como religioso no lo vivió, entonces era un empresario. Lo que le interesaba era que se mantuviera y se incrementara la capacidad institucional de la Legión de Cristo.

—¿Lo benefició a él su papel de empresario?

—Lo benefició desde el punto de vista del éxito personal, ver que estaba teniendo éxito, ver que mucha gente lo reconocía. El señor era recibido desde presidentes, era recibido por el papa como una persona excepcional […] Entonces el que le servía, lo iba llevando ahí, el que no, lo iba desechando.

Como un empresario. En la práctica no vivía como nosotros; él como religioso no lo vivió, entonces era un empresario. Lo que le interesaba era que se mantuviera y se incrementara la capacidad institucional de la Legión de Cristo.

Tras 18 años de convivir cotidianamente con el fundador de los legionarios, el padre Rafael percibió en él cierto grado de locura.

—Yo creo que el padre Maciel definitivamente estaba mal de la cabeza. Para mí, tenía una disfunción mental, algo parecido a los grandes dictadores, tipo Mussolini, más como Hitler, no digo Stalin, porque no fue sanguinario, sino más bien Napoleón, Alejandro Magno, gente que quiere ser grande, y que por eso se creen ya dioses. Entonces él quiso armar una organización fuerte para el servicio de la Iglesia. Entonces pues muy realista, con dinero baila el perro, sin dinero no baila, pero no era el dinero, sino las instituciones […] Pasaba de su convivencia con la esposa a celebrar la eucaristía, como si fuera la cosa más normal. Entonces estaba mal de la cabeza.

Imagen de portada: Penguin Random House. Fotografía del autor: María Isabel Padilla Ortiz.


Raúl Olmos
Raúl Olmos

Periodista especializado en investigar redes de corrupción. Trabajó en el diario Reforma y durante 12 años fue director editorial y de investigación del diario am, de León. Sus reportajes se han publicado, además, en Emeequis, Proceso, Aristegui Noticias, Animal Político y El Financiero, entre otros medios. Ganador del Premio Nacional de Periodismo 2009 en la categoría de reportaje; en 2014 se convirtió?en el primer mexicano en la lista de ganadores del prestigiado Premio Latinoamericano de Periodismo de Investigación y obtuvo menciones honrosas en las ediciones 2010, 2015 y 2016 del mismo certamen. También ha sido reconocido en el Premio Alemán de Periodismo, en el Premio Internacional de Solidaridad con los Refugiados y en el certamen Rostros de la Discriminación. Actualmente es investigador en la organización Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad y colabora con periodistas de 11 países de América Latina y África en el proyecto Investiga Lava Jato, que busca esclarecer el gigantesco caso de corrupción internacional surgido en Brasil. Sus anteriores libros se titulan El saqueo [2014] y El imperio financiero de los Legionarios de Cristo [Grijalbo, 2015].





Artículo Anterior

Tocata, fuga y apañón

Siguiente Artículo

Cardenio, por el monte deambula ido de la mente





También te recomendamos


Más historias

Tocata, fuga y apañón

Unos tiras traían a la colonia paniqueada, pero un día sonaron las trompetas y la caza empezó. TEXTO: EMILIANO PÉREZ...

05 Feb, 2016