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29 Mar, 2014 Etiquetas: ,

El calor de un vagón del Metro puede hacer que a cualquiera se le suba la temperatura, inclusive que algunos caigan en la tentación del pecado.

TEXTO: ALDO JARILLO RAMÍREZ

–No sé si sea por el calor, pero me siento mojada, hermana, húmeda por dentro –dice de forma contenida y mordiéndose el labio inferior la joven monja, de no más de 15 años, a la hermana mayor, mientras una gota de sudor resbala por su frente.

Su respiración es lenta, pero marcada. Fuerte.

Se escucha con violencia el entrar y salir de aire. Ella tiembla.

Sin voltear a verla y apretándole la mano, la hermana mayor asienta.

–Cierra las piernas –le ordena–, aprieta y cierra las piernas, ya vamos a llegar.

***

Son las dos de la tarde. En su mayoría son jóvenes quienes suben y bajan en cada estación. El Metro va lleno. El calor es insoportable. A una joven pareja con mochila al hombro parece no importarle. Sin pudor, se besan, se acarician sobre y por debajo de sus cortas faldas. Ríen. Mientras, la monja mayor trata de no ver lo que ocurre frente a ellas.

Otra estación. Más personas. Menos espacio. Debajo del hábito blanco y liso de la joven monja, la temperatura sube. Por fuera, el calor aumenta.

La delatan su parpadeo lento y esa pequeña pero marcada sonrisa que deja ver sus blancos dientes. El pecado del deseo, como hasta ahora lo conocía, se hace presente.

Con una mano se sostiene de la monja; con la otra, acaricia suave y lentamente el pequeño rosario que tiene enrollado entre los dedos vírgenes, sin rastro de barniz.

Con cada beso, lo aprieta; con cada caricia, lo suelta.

***

El tren se detiene a mitad de camino, en el centro del túnel. Las luces del vagón se apagan. Todo es oscuro.

Además del llanto de un bebé, hay murmullos y cuchicheos, risas y quejas.

Los besos de la joven pareja persisten. Se perciben en la oscuridad. El contacto entre labios y saliva produce un sonido particular, siempre acompañado por más risas, junto con el sentir del aliento tibio proveniente de esa boca cercana de quien se besa.

Las mochilas, ahora en el piso, y la pausa en la marcha del tren dejan libres los brazos. Las caricias se convierten en abrazos. Los sacos bordados con el escudo escolar y las corbatas teñidas de colores pardos se aflojan. Los botones son desabrochados. Entre el roce, las pieles y sus tonos se funden. El tronar de los besos y las confesiones discretas que el silencio general en el vagón dispersa, y el viento comparte, resuenan en los oídos sin perforar de la joven monja.

Ya no tiene tiempo de acariciar el rosario, sino de apretar las piernas.

***

–El sonido puede ser también excitante, ¿verdad? –le susurra al oído la monja mayor al mismo tiempo que le suelta la mano.

–Relájate. Relájate y escucha –le aconseja mientras le da unas palmaditas en el brazo.

Sorprendida, la joven monja voltea a ver a su compañera de afiladas facciones y tez maltratada que, en medio del anonimato de la obscuridad, disfruta el momento con los ojos cerrados.

El aire provocado por un tren que marcha en sentido contrario refresca el vagón. La leve brisa que entra por las ventanas apacigua por unos instantes el interior del hábito.

Una de las jóvenes de falda percibe la mirada vouyerista. La monja sostiene la mirada, sin vergüenza. No pierde detalle de aquella escena.

***

Las luces se encienden. El tren reanuda su marcha. Llega a la estación indicada.

El abrir de puertas otorga un respiro. Los pasajeros toman una bocanada de aire para poder seguir dentro del tren o, como en el caso de las monjas, bajarse.

Nuevamente, la monja mayor toma de la mano a su acompañante para caminar juntas y no perderse en el tumulto de la salida.

Ya en la puerta, gira frente a ella. Con ambas manos y la mirada fija a los ojos, la toma por los hombros sin importarle el revuelo de la gente alrededor. Sacude a la joven que, ensimismada, no responde al primer llamado.

–¡Escucha!, una mujer no puede llegar a ser una buena monja si no le ha otorgado al pecado un instante –le confiesa sonriente mientras le seca el sudor de la frente con su hábito, de por sí ya sudoroso, para unos segundos después aventarla de regreso al vagón quedando la puerta cerrada entre ellas dos.

El tren reinicia su marcha.

–¡Puedo llegar a ser una buena monja! –le grita desde adentro mientras se aleja.

–¡Amén, Valeria! –le responde con aire de complicidad.

–¡Amén!

Imagen de portada: Monja by r2hox-Flickr-(CC BY-SA 2.0).


Redacción Kaja Negra
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