Recomendamos

Correr para no perder los brazos

20 Ago, 2013 Etiquetas: , ,

Él siempre se está yendo. Honduras, en general, no se pasmará por un ciudadano menos. Osman es uno de los miles de migrantes que pasan por México en su camino a Estados Unidos en busca de otra vida.

TEXTO Y FOTOS: CÉSAR PALMA

Desde niño, Osman siempre se está yendo. Parece que nació para correr. La ciudad de donde viene se fundó hace apenas unos centenarios. Ahí, los primeros habitantes se asentaron bajo un árbol, según la historia local. Uno exuberante, lo suficientemente grande para acurrucarse en su sombra cuando el sol caribeño caía con violencia; clima ecuatorial como en las historias del realismo mágico. Los nativos de La Ceiba eran indios afrocaribeños, expulsados de otras regiones, que encontraron confort en esa parte de Honduras.

Con el tiempo fue creciendo, exportaron plátano, mucho plátano a Estados Unidos; algunos millones de toronjas y de piñas al año. También sus playas, hermosas como todo el Caribe, dieron la cara para atraer cruceros y cualquier cosmopolita ávido de tostar la piel y gastar algunos dólares, aunque principalmente euros. No es una ciudad pobre, ni siquiera fea, pero ya no hay trabajo, cuenta Osman. La actividad económica se ve reducida a unas pocas opciones y es un pastel pequeño como para repartirse entre la población. 

La vida no se suaviza ni un poco, aun cuando el mar es una gran menta y la lluvia es cálida. “La pobreza frustra a la gente”. A veces sólo se come arroz y por un kilo se están abofeteando entre vecinas. “La gente está muy seria, porque se están preocupando por el dinero”. No es para menos, Honduras se encuentra en los últimos lugares de desarrollo económico. Cuenta con una población de 7.755 millones (2011) –según el Banco Mundial– de la cual, 67% vive en pobreza, por ello están colocados en los primeros lugares de miseria en  America Latina y el Caribe. 

La pobreza es uno de esos estímulos que hacen a las personas largarse de su terruño, botar las pocas pertenencias y lanzarse a donde se promete una mejor vida, incluso si eso supone morir en el intento. Los hondureños lo saben. Osman lo tiene claro aunque no piensa de esa manera todo el tiempo. Lo que hará en las próximas semanas es, en todo caso, un camino lleno de adrenalina que valdrá la pena para cuando esté en Houston, Laredo o donde sea que le acomode el Tío Sam.

Osman se va y a nadie parece importarle. Sus hijos lo ven de manera intermitente, a su esposa, en todo caso, le interesa una parte de las remesas, sus padres saben que es una decisión sensata (escapar de la miseria) y Honduras, en general, no se pasmará por un ciudadano menos. Incluso cuando avance los más o menos 900 kilómetros para llegar a la frontera de México-Guatemala será un migrante más de los miles que pasan anualmente. La Ceiba no dejará de ser hermosa, pero Osman tendrá que hacer un esfuerzo físico y emocional muy por encima de las capacidades de cualquier persona.

Antes de contar cómo Osman corrió por Centroamérica vale la pena saber que la violencia en Honduras es uno de los problemas que más afectan a la población. Las variantes van desde ataque entre pandillas, secuestro, extorsión hasta problemas con tintes trasnacionales como el narcotráfico. Tienen un país con poco más de millón y medio de armas de fuego en una población de apenas 7.5 millones de personas. El plomo es la nueva vía de negociación entre narcotraficantes, bandas y asaltantes. No hay mucho margen de actividades para obtener una vida digna antes de cargarse con un arma. Mensualmente mueren alrededor de 75 jóvenes de manera violenta; todos menores de 23 años. Osman está a dos años de salir del promedio, pero si no lo hace, estadísticamente es más probable que le claven una bala que adquirir un empleo bien remunerado. Osman mejor corrió.

 &

Hubiera sido una gran epifanía que Osman supiera que tendría que correr varias veces en su vida. Algunas por diversión, deportivamente, por hambre o para no perder alguna parte del cuerpo. De cualquier forma, todas las carreras han sido motivadas por fuerzas potentes que si bien en el momento le hielan la sangre, después son recuerdos que le hacen sonreír – a lo mejor de nervios o por la fortuna que ha tenido -. 

La primera vez tuvo que escabullirse, junto a sus amigos, lejos de las vacas. Tomaron el riesgo por unos sorbos de leche. Brincaban las cercas para aferrarse hasta las ubres. Siempre alguien vigilaba mientras los demás colocaban el balde y Osman aplicaba la mejor técnica para sacar toda la leche que pudieran en la menor cantidad de tiempo. El nerviosismo estaba descontrolado mientras la leche salía exquisita y caliente. 

Una vez lleno, corrían sin voltear para atrás, no importa lo poco o mucho que se desparramaba del balde, debían salir de aquel lugar sin ser vistos. Fuera del peligro la leche quedaba repartida. La carrera era rápida, no había posibilidad de ser alcanzado porque un niño es mucho más ágil que un granjero ausente. La vaca es otra historia, pero no hay muchas vacas persiguiendo niños.

 

Osman

Si le preguntas a Osman sobre el robo, sin chistar dirá que hurtar comida no es algo indigno, ni siquiera es vergonzoso, es la consecuencia lógica del hambre y podredumbre. Quitar unos litros de leche a una vaca va en dirección opuesta a secuestrar o arrebatar pertenencias a punta de pistola. Luego, no todos siguen saqueando lácteos o huevos, optan por llevar el crimen a una escala más fructífera, secuestran (por distintos motivos, pero todo tipo de personas: activistas secuestrados por más de una treintena de personas, abogados, estudiantes, periodistas)  trafican con droga, o se asocian a una pandilla.

Entonces, la policía tiene que frenar esa intentona de la población por tener dinero, comienzan a patrullar sin mucho éxito debido a la corrupción; el gobierno considera que los más capacitados para contener el crimen es el ejército. En el primer semestre del 2013 ha habido una reducción de los homicidios en Honduras, no obstante, sigue siendo la capital mundial del homicidio con “con 7.172 muertes y una tasa de homicidios del 86,5 por cada 100.000 habitantes.” Corre, Osman, corre. 

&

Hasta este punto, Osman ya ha recorrido buena parte de Centroamérica con una pequeña mochila, la menor cantidad de ropa, dinero sólo para pequeñísimos bocados y pasajes de autobús. Guatemala es bastante sencillo de cruzar, es un paso concurrido por miles de migrantes al año, todos saben cuál es el camino, y si llegase a desviar la ruta, sin ningún problema alguien le orientaría. En dos días se atraviesa en camión. “Es muy pequeña Centroamérica, todos conocen la ruta, el mismo camino para todos”. 

No hay manera de perderse suponiendo que te pegas a un grupo de hondureños, porque todos se mueven en conjunto para cruzar la frontera México-Estados Unidos. Ellos encabezan el segundo lugar de migrantes indocumentados en la primera potencia económica. De hecho, en los últimos diez años el número de migrantes mexicanos detenidos ha disminuido mientras que la población hondureña crece.  

Pero algo pasa mientras los kilómetros van reduciendo la distancia hacia la frontera con México. Esa hermandad latinoamericana de la bibliografía histórica y política se va diluyendo ¿Por qué? Osman no lo sabe, pero sí ha escuchado bastante por la radio y televisión. Que en México te van a secuestrar –como si en Honduras no–, que están los Zetas – ¿y en Honduras no?–, que podrías terminar en una fosa arrumbado y fotografiado para rellenar una portada de periódico. Bueno sí… pero más arriba “Hay oportunidades, hay más trabajo, puedes hacer muchas cosas, además yo sé trabajar”.

En perspectiva, la narrativa escalofriante de México no es lo suficientemente poderosa para mitigar la ola de migrantes. Es uno de los infiernos a los que se ha de descender, pero salir de ahí casi garantiza un porvenir materialmente completo. Todas las garantías individuales y derechos humanos parecen cristalizadas en algún punto de los 9.83 millones de Km2 que forman los Estados Unidos. O no, pero en cualquier caso, el abismo de bienestar en gigantesco en comparación con la Honduras hambrienta y violenta. 

Una vez en México hay que desembolsar dinero, 100 dólares.

Osman llegó a Palenque, Chiapas, con mucha hambre, pero confianza desbordada por acercarse cada vez más, un tanto más a Estados Unidos. Observó el ambiente, tentando el terreno antes de jugarse un brazo, una pierna o la vida subiendo al tren. Eso es lo que Osman hace, bajar la velocidad y contemplar los alrededores. “Porque te das cuenta cuando alguien te va a robar; su cara, su ropa, la manera de hablar, de actuar”.

Esas señales se identifican cuando convives cerca de delincuentes. “En Honduras hay mucha pandilla. Se pican por todo, se tiran balazos”. Es como si el lenguaje del crimen no aceptara traducciones, es universal. 

Osman

En la zona donde abordaría el tren había siete tipos reuniendo a las personas que pensaban subir. Intimidantes, pero con los nervios calmados, hacían la misma rutina de siempre: pedir dinero, y  si no resuelven los migrantes pagar, algunos golpes o machetazos.

Ese día supo que esos siete le iban a sabotear todo el plan para tomar el tren. Insistieron con los 100 dólares. La mayoría pagó sin chistar, un peaje contemplado desde la salida de sus pueblos natales. Otros mostraron mayor reticencia, temiendo lo peor, pero al final dieron el dinero. Osman no quiso. Una sorpresa para todos; la pandilla de siete no lo pensó dos veces y agitaron los machetes para amenazarlo. 

Si no corría o pagaba los 100 iba a perder un brazo, la pierna, más horripilante aún, la cabeza. El valor o la imprudencia le hicieron correr sobre los pastizales directo a la selva. Con la mochila a cuestas corrió durante cientos de metros hasta convertirse en kilómetros. Saltó cuatro cercos, probablemente de un ejido a otro. Su capacidad aeróbica estaba muy por encima de ellos, mientras estuvo en la universidad jugó con el equipo de futbol, y sin saberlo esa capacidad de transportar oxígeno con rapidez le salvó la vida.

Cuando terminó la carrera volteó hacia atrás y ya no se veían los tatuajes acechando entre los árboles, ni el filo de los machetes. Fue una fracción de segundo cuando los vio otra vez. No había opción para correr, ya lo habían visto. Adelante sólo había un río de aguas negras, saltó sin pensarlo dos veces. Nadó unos instantes en la hediondez con el riesgo de una infección. Nadó durante algunos minutos como lo hizo alguna vez en el paraíso caribeño que es La Ceiba.

&

Cuando llegó a la Ciudad de México no se quedó pasmado, sino surgió en él una curiosidad infantil. Tenía ganas de caminar para allá, examinar la capital, revisar su opulencia y miseria. La regla de oro: observar. “Soy una persona que observa mucho, primero”. La primera aproximación arrojó pocos resultados, se dio cuenta que no había dónde obtener dinero. No había anuncios solicitando cocineros especialistas en comida del mar, tampoco albañiles o electricistas. 

Desde el principio supo que sería difícil obtener un trabajo aquí por más que ofreció sus manos. Se acercó a una tienda de abarrotes y no lo dejaron barrer, en un semáforo lo quitaron porque estaba ocupado por otras personas, en los camiones vio una solución provisional como muchos otros. Fue honesto y contó su travesía en breves enunciados, ahí sacó unas monedas. Le acercaron jugo y una manzana. Después de algunas horas consiguió un poco de dinero, luego algo inesperado pasó. 

“Se acercó a mí, me dijo si no quería tomarme un baño y comer algo”. Chaparrita, bien formada, caderas grasosas, pero bien colocadas, una mexicana a quien no se le podía decir que no. “Está bien”. De pronto una escalada de confianza. Lo abordaron en un semáforo. Sin mayor explicación. La oferta le pareció irresistible, pensó que se trataba de activistas que ayudan a las personas en la calle. Pudo haber sido cualquier cosa. El hecho fue que una mujer atractiva lo invitaba a reponerse con alimento y  hospedaje. Cuando lo piensa en retrospectiva, Osman considera que fue algo imprudente, pero las fantasías suelen corromper la racionalidad.  

Entró a una habitación agradable, la chica le mostró el lugar brevemente y le presentó a una señorita más. Qué clase de suerte podría regalar a dos mujeres amables, un buen plato de comida y una ducha con agua caliente. Todo parecía perfecto como para pensar las probabilidades y posibles efectos de estar pasando tiempo ahí. Un chispazo de razón sobrevino cuando todo ya había pasado, cuando incluso había tenido el mejor sexo en semanas. “Tenemos necesidades”, me dijo Osman, convencido del irrefrenable impulso sexual que no tiene calendario ni mide circunstancias, o así lo hacía ver.

Tomó sus cosas para largarse pronto. Todo lo que le habían dado algún precio debía tener. “No sé quién más podía estar ahí o llegar… me doy cuenta de las cosas, salí corriendo”. Todo fue un episodio gracioso, pero peligroso, meditó después. Un hondureño en México alimentado, aseado y cogido sin costo extra es una fantasía que más rasgos de pesadilla podría tener.

Corre, Osman. 

 &

“Ahora estoy viviendo en un albergue, hay como locos, pero sólo no me acerco y ya”. Probablemente es un país de locura, pero debe cruzarlo para instalarse en cualquier ciudad. Piensa viajar con un perfil bajo, no aparentar ser un inmigrante más. Observar y correr cuando sea necesario. Su proyecto es llegar a la frontera con Estados Unidos en los próximos días, entrar rápido, estar en México la menor cantidad de tiempo posible. Una vez allá las preocupaciones son menores. Por ahora más vale andarse con cuidado porque los peligros son muchos. 

Saber hablar inglés es lo de menos. Tiene la fortaleza y el espíritu para no preocuparse por lo que deja atrás. Y tampoco parece preocupado por lo que hay en el norte del país, antes de la frontera; por ejemplo, Tamaulipas. “Se escucha mucho en la televisión sobre el narcotráfico, pero voy a ser más inteligente”. 

Charlamos con detalle y mayor extensión que este texto, me contó sobre Veracruz y el Estado de México también, pero de repente se incomoda un poco. Se pone dubitativo, probablemente piensa que no debió haber contado tanto. Me observa de arriba a abajo, lanza miradas felinas a la izquierda y a la derecha. Termina abruptamente toda la conversación, se nota agitado. Creo que su corazón se agitó como si hubiera corrido. En realidad caminó lento, se alejó algunos pasos de mi, subió a otro camión y me observó desde la ventanilla. 



César Palma
César Palma
Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com




Artículo Anterior

Te encuentro, Rodríguez

Siguiente Artículo

Seis perros negros





También te recomendamos


Más historias

Te encuentro, Rodríguez

Es probable que "Sugar Man" se reprodujera en su iPod unas cinco veces más. O diez, quién sabe, pero salí de ahí (estimadamente...

16 Aug, 2013