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Crónicas de una mujer pequeña

22 Oct, 2017 Etiquetas: , , ,

Una de las cosas que duelen cuando se termina una relación amorosa es lo que se queda de uno con el otro: secretos, debilidades, sueños; un trozo se queda con el otro y uno ya no regresa completo a su sitio, relata Aydeé Bravo en estas líneas que se vuelven una reflexión y, a la vez, una confesión.

TEXTO: AYDEÉ BRAVO / ILUSTRACIONES: RICARDO CHÁVEZ

En el centro del caos

Tres

Me siento un poco triste. Terminé una relación. Uno habla de relaciones y piensa en relaciones amorosas de pareja y está en lo cierto. Generalmente las relaciones que impactan son amorosas, y en ellas intervienen únicamente dos sujetos. Por eso todas las relaciones amorosas son de pareja. El otro y uno, uno y el otro. El otro puede ser el novio, el amante, la amiga, el hijo, la madre, el perro, el gato, el socio, el profesor, la roomie; sólo varía la intensidad del amor.

Cuando una relación amorosa se termina intempestivamente, uno se pregunta qué es lo que ha hecho mal y lo sabe perfectamente, así como sabe también perfectamente qué es lo que ha hecho mal el otro. Pero uno siempre se hace tonto y se justifica y sufre demasiado porque si no lo hiciera quizás la vida no tendría el mismo sabor. Uno entiende todo y al mismo tiempo no entiende nada, y eso hace que uno llore y se sienta vacío y estúpido y tremendamente solo.

Mucho tiempo culpé a los demás cuando una relación amorosa se terminaba. Pensaba: ah, los otros. Ellos son los que siempre se equivocan, los que tienen pésimos sentimientos y no reflexionan nunca. Son los otros los que me lastiman. Y tenía razón al pensar eso. Pero lo que no tomaba en cuenta es que yo era parte de los otros y que sólo los observaba desde una fracción de mí misma. En realidad yo soy los otros y los otros son yo. Y aceptarlo es doloroso. Pero, ¿qué le vamos a hacer?

Me siento un poco triste, porque terminé una relación amorosa y porque siempre estoy triste. Es decir que me duele cuando algo termina, pero cada vez menos porque permanezco en estado de dolor. Porque ya tengo casi 35 y han sucedido muchas rupturas en mi vida. Ahora creo que lo único razonable que puedo hacer es acumular mi relación rota con las decenas de relaciones que he iniciado y se han quedado a medio camino. La verdad es que no me importa tanto, porque creo que nada importa tanto, a menos que estés en peligro de muerte, claro. Entonces creo que todo adquiere una importancia tremenda, que cosquillea y llena al cerebro de esas sustancias que hacen que uno sienta de todo al mismo tiempo. Sé que uno siempre está en peligro de muerte, pero me refiero a cuando el peligro se vuelve muy evidente. El caso es que como en mi vida casi no hay de esas situaciones, lo único que pienso cada día es que nada importa demasiado.

Yo salgo de casa, le digo a mi gata que la amo y tomo el camión para ir al trabajo, y ahí miro cada día escenas muy parecidas entre sí. A veces pasan cosas extraordinarias como ver a alguien muy feo o muy bello. Después del camión abordo el metrobús y una vez pasó que una japonesa o china, no sé, se quedó atorada en las puertas del metrobús en la estación Fuentes Brotantes. Iba con otras tres chicas japonesas, o chinas, no sé, y cuando se quedó atorada todas gritaron en su idioma oriental y se escuchó hermoso. Sus vocecitas eran como las de esas caricaturas de anime, que por cierto ahora no me gustan nada. En fin. Al escuchar las voces me reí y me puse a recordar que cuando era pequeña, de edad, miraba una caricatura que se llama Gigi, en la que una niña se convierte en adulta para solucionar problemas. Entonces yo quería ser adulta. Ahora me gustaría encontrar esa magia y que fuese a la inversa: transformarme en niña para arreglar los problemas, porque creo que cuando era niña era fuerte. Aguantaba las idas al hospital, las burlas y golpes de mis compañeritos y los abandonos de mi madre. Y aun así soñaba, leía como poseída y escuchaba mucho tiempo a Tchaicovsky, bailando, imaginándome como una ejecutante de ballet profesional. Ahora sólo tengo fuerza para creer que nada importa demasiado y que nada tiene mucho sentido.

Hay personas que quieren trascender. Quieren que sus nombres sean recordados y tienen un ego del tamaño del cielo, pero lo disfrazan de otras cosas. Esa gente es modelo para los demás y alguna vez lo fue para mí. Ahora esa gente es la que menos me importa. Empeñada en trascender, en un mundo sin sentido. No puedo imaginarlos renunciando a sus nombres, dando su dinero a los mendigos o ayudando a los demás, sin que otro se entere.

Es difícil aceptar a algunos otros, para mí. Quizá porque me parezco mucho a ellos o ellos se parecen mucho a mí y entonces la convivencia se convierte en un exceso de mí misma y eso es insoportable. No sé. Quizás porque seriamente repruebo sus actitudes y no me da la gana tenerlos cerca de mi vida. Tal vez sea que le he perdido el gusto a que otros me lastimen, porque descubrí que para lastimarme me basto sola.

Una de las cosas que duelen cuando se termina una relación amorosa es lo que se queda de uno con el otro: los secretos, las debilidades, los sueños. Uno se desprende como un bistec cuando se fríe con poco aceite en un sartén sin teflón: se queda un pedazo pegado. Así se siente cuando se termina: un trozo se queda con el otro y uno ya no regresa completo a su sitio. Tal vez por eso las cosas me importan cada vez menos, porque soy cada vez menos. Es decir, que he dejado tantos trozos pegados por ahí que ya me falta mucha piel en el alma y por eso ya no soy tan sensible. Quiensabe. Lo cierto es que me siento un poco triste. Terminé una relación.



Aydeé Bravo
Aydeé Bravo

Diseñadora de gráficos, escritora amateur, artesana de libros, promotora de proyectos culturales underground. Contacto: aydemi@hotmail.com





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