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Cuando la modernidad mexicana alcanzó el cielo

12 Sep, 2018 Etiquetas: , ,

La Torre Latinoamericana se convirtió en símbolo de la modernidad mexicana, pero su valor va más allá, pues ha superado duras pruebas como lo han sido los sismos de 1957, 1985 y 2017. Por eso es ya un ícono arquitectónico y testigo de las transformaciones de la Ciudad de México. Ricardo Cruz nos cuenta su historia en esta entrega de #CiudadÍntima.

TEXTO: RICARDO CRUZ GARCÍA

CUANDO LA CIUDAD DESPERTÓ, LA LATINO TODAVÍA ESTABA ALLÍ. Había pasado el sismo y la torre permanecía erguida y prácticamente sin daños. Aquel jueves el ingeniero Zeevaert estaba en su oficina, en el piso 25, con su hijo. De repente sintió un movimiento lento que pronto se intensificó. Dejó su asiento y se dirigió a la ventana del costado sur. Vio el sacudimiento y la oscilación de los edificios: el colapso de la cafetería Super Leche y de los niveles superiores del inmueble Atlas. El terremoto no cesaba; al contrario, la intensidad parecía aumentar. Miró ahora rumbo al poniente y lo mismo: el cine Alameda y el Hotel Regis caían como gigantes con pies de barro. Volteó y observó cómo algunas pesadas losas de concreto volaban como hojas al aire, al tiempo que el asfalto se levantaba al igual que las olas del mar y las vigas de acero parecían de chicle.

El sismo pasó y el despacho de Adolfo Zeevaert estaba casi intacto: sólo se movió uno que otro cuadro y cayeron algunas cosas. Las personas que laboraban en la Torre Latinoamericana comenzaron a bajar por las escaleras, mientras algunas comentaban que sólo se había sentido «un gran movimiento», pero nada grave. El recuento de los daños arrojó dos ventanas del piso 34 que habían perdido su apoyo, un tubo de agua roto y los cables del elevador enredados. Apenas pasaban las 7:30 de la mañana del 19 de septiembre de 1985 y la torre de 44 pisos había resistido el peor sismo de la historia moderna de la Ciudad de México. Sin embargo, en torno a ella todo era polvo, ruinas, caos y desastre.

Actualmente, la emblemática Torre Latinoamericana, en la histórica esquina de Madero y Eje Central Lázaro Cárdenas del centro de la capital, lleva más de seis décadas de mantenerse en pie, pese a que la ciudad se hunda o luego de vivir, apenas en septiembre de 2017, un sismo similar al de aquel 1985, pese a que casi todo alrededor se desmorone.

Título: Faustino Mayo y albañiles en la estructura de la Torre Latinoamericana. Colección: Nacho López, Autor: Nacho López. Fecha de toma: 10-1951. Proceso: Negativo de película de seguridad.

Una esquina con historia

Al ingresar a esta imponente estructura de vidrio y metal se siente el peso de la historia. Nada más hay que recordar que un día de hace siglos aquí estuvo parte del llamado «jardín zoológico» –o «vivario» [lugar de vida], como ahora lo llaman los arqueólogos– de Moctezuma II, un espacio donde el emperador mexica tenía la Casa de las Aves con especies de los más diversos tipos y la Casa de las Fieras con sólidas jaulas que albergaban jaguares, pumas, lobos y coyotes, entre otros animales, de acuerdo con el testimonio del conquistador español Hernán Cortés, quien relató que en Tenochtitlan había estanques de agua dulce y de salada con «todos los linajes de aves» de estas tierras, así como un sitio para personas albinas, enanas o con alguna deformación.

El cronista soldado Bernal Díaz del Castillo también se asombró de ese sitio donde se podían apreciar desde águilas reales y quetzales hasta buitres y halcones, además de un serpentario o «reptilario». Asimismo, oyó decir que a los animales salvajes se les daban hombres sacrificados como comida, e incluso que decenas de españoles muertos a manos de los mexicas habían ido a parar a sus fauces. Aparte, cuando todas esas especies rugían, aullaban, chillaban, trinaban o «silbaban», aquello «parecía un infierno».

Años después de la caída de México-Tenochtitlan en 1521, a los franciscanos –primeros frailes que llegaron a estas tierras– se les concedió el predio que incluía dicha esquina y más tarde ahí se levantó el convento de San Francisco, cuyo templo principal fue dedicado en 1716. Para ese tiempo, el conjunto religioso era uno de los más importantes y de mayores dimensiones en Nueva España.

El convento franciscano destacó por su lujo y riqueza. Albergaba valiosas joyas y bellos óleos de reconocidos pintores novohispanos; reliquias, objetos sagrados y muebles finamente decorados, como la sillería de caoba y el atril de ébano que lucían en el coro del recinto. Contaba con once capillas, entre ellas la de Balvanera –que en buena parte aún sobrevive sobre la calle Madero– y la de la Tercera Orden, donde siglos después se erigiría la Torre Latinoamericana.

Al conjunto se ingresaba por el enorme atrio que daba a la calle de San Juan de Letrán [hoy Eje Central]. Por ese mismo sitio entraría el torbellino de la Reforma a mediados del siglo XIX, cuando se promulgó la ley de desamortización de las propiedades en manos de corporaciones civiles y eclesiásticas, además de abrirse la vía Independencia [actual 16 de Septiembre], con lo cual se dividió el enorme convento y se partió el jardín principal. Fue el inicio del fin del grandioso recinto que por siglos le diera nombre a la calle de San Francisco.

La fragmentación y venta a particulares de los predios que ocupara el antiguo convento, así como la demolición de la mayor parte de sus templos y espacios religiosos, con el paso del tiempo daría lugar a una nueva fisionomía urbana en la que esta esquina sería primordial, en especial porque estaba a un costado de la popular plaza de Guardiola, que a finales del siglo XIX permitía pasear bajo la sombra de los perros y leones de bronce que desde lo alto vigilaban la lujosa residencia de la familia Escandón, así como admirar la armonía de los cientos de mosaicos de la Casa de los Azulejos.

En un domingo cualquiera de aquellos años, por este lugar se podían cruzar vendedores ambulantes, mujeres enrebozadas con sus hijos agarrados a sus floreadas faldas, damas de pesados vestidos y hombres de frac y sombrero de copa alta, al lado de rancheros en sus briosos caballos y miembros de la élite porfirista en carretas o coches de alquiler, cuyo sitio se encontraba justo en dicha plaza.

Seguros La Latino Americana

Para inicios del siglo XX, en lo que fuera el convento franciscano se habían erigido el templo Expiatorio Nacional de San Felipe de Jesús, el Hotel Guardiola y, en la esquina que nos ocupa, un edificio comercial con varios negocios, entre ellos una tienda de modas, así como oficinas.

Cuando aún no se vislumbraba el huracán revolucionario, el 30 de abril de 1906 nació la Compañía de Seguros La Latino Americana, con el respaldo de reconocidos miembros de élite financiera porfiriana, entre ellos el gobernador del Distrito Federal, Guillermo de Landa y Escandón; el distinguido abogado Pablo Macedo; Julio Limantour, hermano del secretario de Hacienda, de nombre José Yves; el empresario minero y también antiguo ministro hacendario José de Landero y Cos; así como los hermanos Tomás y Óscar Braniff. Este último fungiría como el primer director de la nueva institución que ofrecía seguros de vida.

Aunque la compañía surgió con un fondo inicial de 5 mil pesos, cuatro años después aumentó su capital a 500 mil, en buena parte gracias a la expansión de su clientela y de sus actividades. Sin embargo, en esos días la revolución maderista se asomaría en el escenario histórico y al poco tiempo la aseguradora vería afectadas sus operaciones y sus ganancias.

Pasados los vientos de guerra, en 1930 La Latino Americana volvió a pensar en grande. Para entonces la esquina de la ahora denominada Madero con San Juan de Letrán lucía un edificio art déco, el cual en septiembre de ese año fue adquirido por la compañía. Más tarde, con la expansión de los negocios de la aseguradora, se proyectó levantar allí un «paquidermo» de concreto y acero de 27 pisos, pero pronto el plan cambió con miras a rasgar el cielo.

El sueño comenzó en 1948. El año anterior se había demolido el viejo edificio y ahora se pensaba en construir el más alto rascacielos de México y Latinoamérica. Para entonces, el consejo consultivo de la empresa estaba integrado por algunos descendientes de sus fundadores, como Miguel S. Macedo y José A. Escandón, además de Ricardo de Irezábal y Teodoro Amerlinck. Ellos coincidieron en modificar el proyecto original y convocaron al ingeniero Adolfo Zeevaert como director de obra y al arquitecto Augusto H. Álvarez como encargado del diseño, aparte de integrar a Eduardo Espinoza y Alfonso González, y como consultores a Leonardo Zeevaert [estructura] y Nathan M. Newmark [proyecto antisísmico].

Eran tiempos en que la modernidad urbana se veía como el motor del mundo y representaba la máxima aspiración para muchos países. México era gobernado por Miguel Alemán [1946-1952], mientras que en la capital mandaba su primo Fernando Casas Alemán. En esos años la «región más transparente» empezó a transformarse radicalmente con grandes vías para automóviles como Anillo Periférico y Viaducto, y con espacios arquitectónicos como el conjunto habitacional Nonoalco-Tlatelolco o Ciudad Universitaria.

Fotografía anónima. Camión recogiendo escombros. Al fondo, la Torre Latinoamericana, septiembre, 1985. AGN.

¿Por qué no se cae la Latino?

Para la edificación de la Torre Latinoamericana, por supuesto, había un terrible obstáculo: la alta sismicidad de la zona. Esto llevó al ingeniero Leonardo Zeevaert a hacer estudios del subsuelo y pruebas tanto en el sitio donde se levantaría el rascacielos como en sus alrededores, incluida el área de la Alameda. Su proyecto de cimentación consistió en clavar 361 pilotes de concreto con fundas de acero que llegaran a 33 metros bajo tierra sobre el nivel de la banqueta. A esa profundidad se encontrarían con la capa de arena compacta que pudiera resistir las alrededor de 24 mil toneladas de peso de la construcción.

Aparte, a 13.5 metros, sobre los pilotes, se pensó en asentar un grueso cimiento de concreto en forma de cajón, lo cual permitiría que la torre «flotara», como si fuera el casco de un barco, entre el agua y la arcilla que componen el manto freático. Allí se dispondrían los sótanos. Lo anterior se complementaría con un sistema hidráulico que posibilitara la inyección de agua bajo la cimentación, con el fin de generar una fuerza de empuje en caso de que fuera necesario frenar alguna inclinación de la torre. También se consideró una losa movible en la planta baja, la cual podría descenderse para contrarrestar el conocido hundimiento de la ciudad y hacer que quedara de nuevo al ras del suelo.

Para erigir un enorme esqueleto de acero al que los terremotos hicieran lo que el viento a Juárez, Leonardo Zeevaert tuvo la asesoría del estadounidense Nathan M. Newmark, considerado uno de los padres de la llamada ingeniería sísmica y quien siempre se mostró orgulloso de su trabajo en la Latino. El que fuera el único extranjero entre profesionistas egresados de la UNAM, precisó los modos de vibración del futuro edificio en caso de un temblor. Por su parte, el ingeniero Eduardo Espinoza supervisó los cálculos estructurales y el montaje adecuado del armazón.

Bethlehem Steel Corporation, uno de los mayores fabricantes de acero en el mundo y que había suministrado esa materia prima para la construcción del famoso Empire State en Nueva York, fue el proveedor de la Latino, aunque en un principio la compañía estadounidense reprochó que la obra tuviera elementos mecánicos de diseño demasiado elevados. Pese a ello, la elección de un tipo de acero ligero y resistente permitió que la torre pudiera ambicionar picarle el ombligo al cielo.

Augusto H. Álvarez enfrentó el inmenso desafío de proyectar el diseño arquitectónico bajo la consigna de realizar una fachada sólo de vidrio y aluminio, así como mantener los acabados y muros interiores separados de la estructura, condición importante dentro del proyecto antisísmico.

Entre los «detalles» que dieron aún más realce a la construcción, estuvo la colocación, al rojo vivo y a alturas que a muchos harían temblar, de miles de remaches que tuvieron la función de amarrar el esqueleto de acero; el uso de doble cristal, dividido por aire seco –el que no contiene vapor de agua–, en la fachada como aislante térmico y acústico; o el recubrimiento de las columnas con fibra de vidrio contra incendios. También aquí, por primera vez en la historia mexicana, se instaló un sistema hidráulico totalmente con tubería de cobre. En suma, se trató de un portento ingenieril y arquitectónico que desde su edificación se convirtió en un orgullo nacional.

Título: Gente observa incendio en la Torre Latinoamericana. Colección: Archivo Casasola. Fecha de toma: 23-05-1953. Proceso: Negativo de película de seguridad.

«Pasos en el cielo»

El sol cruza las viguetas y rebota en los cientos de remaches. Luces, destellos y sombras se fusionan con el crucigrama de acero a más de cien metros de altura. Arriesgando el físico, agarrándose con uñas, dientes y sus pies en temblorina, los fotógrafos Faustino Mayo y Nacho López habían subido por una escalera marina hasta el piso 32, el último de la Latino en ese momento, donde «solo con alargar el brazo podía acariciarse a aquella nube». La vista desde las alturas valía el vértigo, pues había que retratar al rascacielos que no sólo ponía a México un paso más cerca de la modernidad, sino que era un símbolo de ella.

Ese fotorreportaje apareció en la revista Mañana del 27 de octubre de 1951 bajo el título «Pasos en el cielo», junto con un texto del periodista Carlos Argüelles. A pesar de que apenas se estaba armando, la torre ya impresionaba por su magnificencia. En la cima, el viento cruzaba ferozmente la estructura de hierro y la Ciudad de México se veía como «de juguetería».

Mayo y López estuvieron más de dos horas entre aquel «esqueleto del progreso», hasta que se les terminó la película fotográfica. Mientras tanto, entre el asfalto y la banqueta de San Juan de Letrán, varios transeúntes miraban, unos con curiosidad, otros con morbo y algunos más con ansiedad, hacia el cielo a pesar del sol radiante, con tal de ver a aquellos intrépidos artistas de la luz o a los trabajadores que caminaban tranquilamente por viguetas entre las cuales apenas cabía un pie.

Considerados más osados que los famosos hombres mosca, para muchos «mirones» la arriesgada labor de esos «peatones celestiales» era «algo que espantaba». Al descender, los fotógrafos confesaron que había sido una experiencia que no deseaban repetir nunca. Sin embargo, los constructores todavía estarían allí hasta 1956.

En 1954 en ese sitio también se filmó Dos mundos y un amor, de Alfredo B. Crevenna. Protagonizada por el galán Pedro Armendáriz como el arquitecto Ricardo Anaya, en uno de sus pocos papeles de hombre urbano, y la actriz de origen polaco Irasema Dilián como su mujer Silvia, la película retrata la capital de medio siglo con la Latino como uno de sus orgullos, al grado que la dama hornea un pastel con una inconfundible torre de cartón como remate para celebrar el nuevo trabajo de su pareja en una moderna y espectacular construcción en el centro de la ciudad. El filme incluye interesantes escenas de las obras y se ha dicho que a Armendáriz le daba pavor y hasta le agarró la temblorina en las rodillas cuando rodó en las alturas en medio de andamios, columnas y viguetas.

Lo que sí es que este tipo de situaciones eran parte del clima de la época, en el que la modernidad urbana, anclada al progreso y al desarrollo industrial, representaba un ideal a seguir tanto para el gobierno mexicano como para una parte significativa de la sociedad. Al estar influida de manera determinante por la tendencia arquitectónica estadounidense de construcción de rascacielos y en especial por el Empire State neoyorquino, la Latino pronto se volvió emblema de aquellas aspiraciones.

La capital «deja atrás el provincianismo» o «donde antes vivían los aztecas se levanta hoy una metrópoli moderna», eran el tipo de frases a las que acudían numerosos diarios y revistas de la mitad del siglo XX. Para muchos, sin duda se trataba de una extraordinaria transformación, un periodo de transición entre el «México viejo» y el que tiene «alma de acero».

La Latino era emblema de valores considerados propios de una sociedad moderna, como lo higiénico y lo racional, al igual que una expresión de liderazgo económico regional. Pero también fue blanco de críticas por evidenciar la influencia del modelo de progreso estadounidense en México, además de abonar al caos citadino que ya era preocupante en aquellos años.

Pese a todo, para marzo de 1956 los trabajos ya estaban terminados y la torre fue inaugurada el 30 de abril siguiente, en el cincuenta aniversario de la aseguradora. Una inversión aproximada de 55 millones de pesos, poco más de 181 metros de altura [139 de construcción y 42 de la antena], 44 pisos, tres sótanos, 916 escalones, 55 toneladas de tubería de cobre y más de 24 mil como peso total del edificio, además de miles de metros cuadrados de vidrio y aluminio, daban forma al enorme rascacielos que alcanzó récords a nivel mundial: fue el primero con una fachada totalmente de cristal, el sexto más alto del planeta y el que tenía los elevadores más rápidos.

De pie… entre las ruinas

La Torre Latinoamericana inició su existencia como el edificio comercial más importante de México al alojar a su compañía propietaria en los pisos 4 a 8, mientras que la famosa dulcería Larín ocupó parte de la esquina de la planta baja. Todos los espacios se pusieron en alquiler, aunque la respuesta no fue muy alentadora, pues los precios hacían honor al rascacielos y muchos los consideraron altos, aparte de que aún existía temor de habitarlo y se pensaba que podría ser en extremo riesgoso en caso de algún incendio o un sismo, de modo que eran numerosas las personas que ni de chiste pensaban pasar su vida a ese nivel del cielo.

Durante los ocho años que duró la construcción, el ingeniero Adolfo Zeevaert estuvo pegado a las obras con el objetivo de estar presente cuando ocurriera un sismo de gran magnitud y observar cómo afectaba al edificio. Se obsesionó a tal grado que no salió de vacaciones en ese tiempo. Y aunque en ese periodo no tembló, en mayo de 1954 en el piso 42 inició un incendio que, para su fortuna, no pasaría a mayores, luego de que la cimbra para la losa ardiera y causara alarma entre los transeúntes y cientos de curiosos que vieron la llegada de los bomberos, quienes finalmente apagaron el fuego.

Tras ser inaugurada la torre, parecía que el peligro había pasado. Sin embargo, el último fin de semana de julio de 1957 unos amigos convencieron a don Adolfo de emprender un acapulcazo y le hicieron pensar que no podría haber un sismo en esos días. Pero llegó el domingo 28 de ese mes y en la Ciudad de México, a las 2:43 de la madrugada, la tierra se alzó y el Ángel de la Independencia rodó por los suelos: un fragmento de cabeza por aquí, otro de ala por allá, una parte del brazo más acá, cachos del cuerpo semidesnudo de la Victoria por todos lados.

Zeevaert regresó a la capital y comprobó que, a pesar de que la urbe tenía graves afectaciones, la Latino seguía en pie y apenas había sufrido daños. Entonces, lo que para muchos fue una terrible tragedia, para el rascacielos significaría el inicio de su éxito: varios de los inquilinos de los inmuebles dañados en el centro de la ciudad se cambiaron a la torre, que ahora mostraba su mayor fortaleza al brindar un alojamiento seguro. Ese mismo año, el Instituto Estadounidense de la Construcción de Acero le otorgó el premio al mérito por ser el edificio más alto que había sido expuesto a una enorme fuerza sísmica sin sufrir «el más ligero daño», con lo que demostró el «ingenio y competencia» de quienes lo planearon y lo «fuerte e integral» que es «la moderna construcción de acero». De esta forma, tener un espacio allí ahora era motivo de prestigio.

A la postre, la cimentación y la estructura ideadas principalmente por mexicanos servirían de modelo para muchas edificaciones y nuevos reglamentos de construcción en zonas sísmicas del mundo. Años después, su eficacia quedó demostrada de nuevo el 19 de septiembre de 1985, cuando Zeevaert salió ileso al encontrarse en su oficina de la Latino.

Se cuenta que aquel «jueves negro», Porfirio Callejas, uno de los encargados de mantenimiento, había ascendido a lo más alto del rascacielos para pintar la antena. En esta arriesgada labor se encontraba cuando empezó a sentir la oscilación, primero suave y luego brusca, producida por el terremoto. Lo único que pudo hacer fue abrazarse con todas sus fuerzas a aquella punta de la torre como si estuviera despidiéndose del amor de su vida. Igual espanto sufrieron muchos otros inquilinos, como el elevadorista José Díaz Godínez, a quien la «zarandeada» lo agarró a mitad del edificio, mientras se encontraba en el ascensor 3.

Después de la tragedia, la Latino demostraba que había llegado para quedarse. Y así lo confirmaría también en los pasados sismos de septiembre de 2017.

Fotografía de Nacho López. Vendedor de pan con la Torre Latinoamericana al fondo, 1957. Secretaría de Cultura.INAH.SINAFO.FN.MX

Crisis y renacimiento

En medio de la fría y negra noche, el viento roza sus cuerpos. Las diminutas sombras de los automóviles y las borrosas luces amarillas parpadean en el fondo. Están en el punto más alto de la torre y la tragedia se asoma entre sus ojos. Las escaleras que llevan a la antena de telecomunicaciones dan paso a la escena: un joven pretende suicidarse porque se enteró de que tiene sida, mientras una chica intenta hacer lo mismo porque su pareja le fue infiel. Parecen dispuestos a cumplir su cometido, hasta que el deseo brota: los brazos y los labios ceden al placer y los malogrados suicidas deciden tener un último acto carnal antes de irse de este mundo.

Desde ese momento, tener sexo en la cima de la Latino dejó de ser solo un sueño, al menos en el cine. Daniel Giménez Cacho y la bella Claudia Ramírez protagonizaron aquella célebre secuencia en Sólo con tu pareja [1991], la ópera prima de Alfonso Cuarón, en la que hace mancuerna con Emmanuel Lubezki en la fotografía. En esos años, la aseguradora pasaba por una época de crisis que había provocado detrimentos al rascacielos y la disminución de sus inquilinos, aparte de que la película recordaba otro problema que había enfrentado: los escándalos suscitados por los pocos [1962 y 1971] pero traumáticos suicidios de los que había sido escenario.

La Latinoamericana, Seguros de Vida [nombre compuesto que adoptó de manera oficial a partir de 1958] se acercaba al siglo XXI con el orgullo de ser propietaria del único edificio moderno en el primer cuadro del Centro Histórico de la capital, aunque desde 1972, con la construcción del World Trade Center en avenida Insurgentes, había dejado de ser el más alto de América Latina y ahora ya no era aquel espacio privilegiado que engalanaba la esquina de Madero y Eje Central.

Pero vendrían tiempos mejores: en 1997 el Instituto Nacional de Bellas Artes lo catalogó como edificio monumental representativo de una época y prohibió modificar el diseño estructural de su fachada, incluida la singular disposición de las franjas azules y el aluminio [1]. Y en 2002, nada menos que el empresario Carlos Slim invirtió en la Latino y adquirió los primeros siete pisos –que hasta ese momento habían sido propiedad de la aseguradora– y colocó allí oficinas del banco Inbursa, en el marco del proyecto de rescate y rehabilitación de inmuebles históricos en el centro capitalino.

A 62 años de su creación, la Torre Latinoamericana está en espera de una remodelación más profunda. Mientras tanto, las duras pruebas que ha superado demuestran que podrá mantenerse como un ícono arquitectónico de la Ciudad de México por muchos años más.

 

[1] Fabiola Hernández Flores, “Torre Latinoamericana: 50 años. Restauración de un testigo”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, v. XXXIII, n. 98, UNAM-IIE, 2011, p. 201.

 

Imagen de portada: La Torre Latino by Eneas de Troya. Flickr-[CC BY 2.0]


Ricardo Cruz García
Ricardo Cruz García
Escritor, editor e historiador de la prensa mexicana. Es profesor de la FES Acatlán de la UNAM y se dedica a la divulgación de la historia. Obtuvo el premio a la mejor tesis de licenciatura sobre la Revolución mexicana, otorgado por la UNAM. Colaborador en diversas publicaciones impresas y electrónicas, es jefe de redacción de la revista Relatos e historias en México y autor de Nueva Era y la prensa en el maderismo (UNAM-IIH, 2013).



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