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Cuando la realidad supera a Hitchcock

19 Mar, 2014 Etiquetas: , ,

El peligro es inexistente, pero Cinthya vive un terror descontrolado. Y no, no es una historia de Alfred Hitchcock.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS /
FOTOS: PERLA MIRANDA/ ILUSTRACIONES: HUGO CRUZ

Sus ojos son los culpables, ella lo reconoce. Su terror se posa en la desesperación que siente al mirarlas, en lo que imagina que podrían hacerle, como dejarle las cuencas oculares vacías. Si cerrara los ojos lo enfrentaría, dejaría de crear nuevas rutas para evitar el cruce con alguna de ellas. En esa escena aventaría a las aves de distintos tamaños y especies que la rodean en aquella pequeña habitación ―en la que nadie puede resguardarla o salvarla―, podría repeler las plumas que rozan su cuerpo, volvería mudo su trinar y se acercaría al ave que, cerca de la puerta de salida, conserva la llave que abre aquella puerta.

Sólo con los ojos cerrados.

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Cynthia nunca ha tocado a un ave. No ha sentido la suavidad de una pluma ni las cosquillas que puede causarle. Tampoco ha sido atacada por alguna. No hay un suceso traumático con la especie que ella recuerde y con el que pueda explicarse por qué le aterran.

Sin embargo, María Lourdes, su madre, sí recuerda con exactitud el estremecimiento que experimentó su hija la primera vez que tuvo una de cerca. Ella la llevaba en brazos, y la pequeña apenas tenía un año. Iban pasando por un local donde vendían pollos recién nacidos; las crías se cobijaban bailoteando y piando debajo de la incandescencia de un foco. De pronto, Cynthia los miró y de inmediato se le coló un frío en el cuerpo que contrajo sus músculos; le dio escalofrío ver aquellos animales. Su madre la sintió temblar en sus brazos y se extrañó, no comprendió la reacción de su hija. En ese momento, no supo que esa acción se replicaría durante años.

En cambio, Cynthia recuerda su primer miedo cuando tenía tres o cuatro años, cada que iba con su madre al mercado algo la paralizaba al acercarse al pasillo de los animales en cuanto veía algún ave, incluso las más diminutas.

“Es con cualquier ave; me da miedo todo: las plumas, los picos, los sonidos. Hace unos meses se metió a la casa un pajarito, de esos chiquitos que andan volando en los árboles, y mis amigas lo vieron y me avisaron. Y yo de inmediato exigí que lo sacaran de la casa. Todos me decían que era muy pequeño que no me iba a hacer nada; pero yo me tuve que esperar afuera hasta que lo sacaron”.

Así empezó a esquivar cualquier contacto.

Sus pájaros

Cynthia todo el tiempo vive su propia película de terror. Su descuartizador o muerto viviente es el ave que le tensa el cuerpo, provocando los nervios que se apoderan de ella y el temblor de su cuerpo que le anuncia un ataque que no sucede. En cada escena la tensión es distinta de acuerdo con el tamaño del ave; mientras más grande es peor. Pero el patrón siempre es el mismo: “No poder evitar la sensación de querer huir”.

Vivir una vida así no es divertido, dice, después de cargar durante 25 años con el mismo miedo; aunque ahora entre risas relata cada una de las espantosas escenas de su película. Siempre las más intensas se desarrollaron durante su infancia.

Corte A: El regalo maldito.

Su madrina de bautizo le regaló un canario ―“¡vaya regalo!”, se ríe jovial de la ironía― al que atendía su madre, porque ella sólo podía observarlo a la distancia, sintiéndose segura por las rejas que la alejaban de él. Una ocasión el canario se escapó y toda la familia le pedía a Cynthia, quien para entonces tenía ocho años, que les ayudara a recapturarlo porque el gato podría matarlo. No pudo ayudarlos.

“¡No! ¡Que se lo coma el gato!”, respondió aterrada y dejó atrás el regalo que la había acompañado su infancia.

Corte A: El jardín de los pavos.

La belleza le costó muy cara. Aquel día se había tatuado una sonrisa en el rostro; nada la había perturbado. Pero en las horas previas a la celebración de la fiesta de 15 años, el encanto se acabó. A Cynthia la llevaron a arreglar a la casa de una tía, para llegar tenía que cruzar un patio repleto de guajolotes. Al saberlo, de inmediato se negó a pasar por ahí, el rostro se le desencajó; suplicó por una alternativa, pero no había otra forma de llegar. Aterrorizada tuvo que cumplir con la petición que le hicieron: “cierra los ojos y nosotras (sus primas) te guiaremos”.

ornitofobia

Ella accedió, pero aún con la visión ennegrecida, escuchó las patas pisando las hierbas, destrozándolas con el pico, se concentró en el cloqueo del ave, en el nudo que se les deshacía en la garganta con cada sonido que emitían; ubicando dónde estaban y qué tan cerca de ella. Los nervios la vencieron al sentirlos cerca y con desesperación se encaminó con velocidad a la puerta de la casa para dejar atrás a los guajolotes y a sus primas. La sorpresa fue tal, cuando por más que jalaba no podía abrir, la chapa estaba dañada y mientras más forcejeaba, la puerta más se trababa. La ansiedad se incrementó a tal grado que los gritos se confundían con el cloqueo de los pavos, y la fuerza de sus manos se incrustó en los brazos de una de sus primas. “¡Abran, abran! ¡Por favor!”. No le importaron los moretones y si no llegaba bella a la fiesta, sólo quería escapar de aquel jardín.

Y aun así su peor pesadilla, la que no sabe definir con exactitud, no se ha cumplido. Piensa, incluso, que la película Los pájaros de Alfred Hitchcock no se compara con la propia, porque cuando la vio en la sala de su casa, acompañada de su madre y con la luz del mediodía, no cerró los ojos, no tantas veces como pensó.

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―¿Cómo descubres que es una fobia?

―Investigué en internet para saber qué era lo que me estaba pasando. Conforme pasaban los años mi miedo no desaparecía. Me di cuenta de todo lo que no podía hacer: estar en el parque, actividad que me encanta hacer, porque tenía que mirar hacia todas partes, cuidar donde sentarme, lejos de un ave o de los patos. Todo el tiempo diciendo: “no puedo ir por ahí”; tampoco puedo ir al zoológico. No tener una vida normal porque no podía ni caminar por donde estuviera un ave pequeña.

La curiosidad de saber lo que le pasaba surgió en sus clases de Psicología en la secundaria, donde definieron lo que era una fobia.

“Un miedo intenso y persistente a objetos o situaciones claramente definidos; donde la exposición al estímulo fóbico provoca casi invariablemente una respuesta inmediata de ansiedad. El diagnóstico es correcto sólo si este comportamiento de evitación, miedo o ansiedad de anticipación en relación con el estímulo fóbico interfiere significativamente con las actividades cotidianas del individuo, con sus relaciones laborales o sociales, o si la existencia de esta fobia provoca un malestar evidente”, describe el médico Rodrigo Ramírez, del Instituto Nacional de Psiquiatría.

Cynthia sabía que cumplía con los requisitos; por eso inició la búsqueda y escribió en el explorador de internet lo único que sabía: “miedo a las aves”. Y lo descubrió.

Ornitofobia.

ornitofobia

Ésta es “un tipo de fobia específica −se trata de una fobia dentro del grupo de la zoofobia (miedo a los animales)−, que consiste en un miedo anormal e irracional hacia las aves. Este miedo no es poco común, y se deriva de la imagen amenazante y más oscura de algunas aves como el cuervo o los buitres (…) Puede causar palpitaciones cardíacas, sudor, nerviosismo y comportamiento evasivo en aquellos que la sufren”, define Ramírez.

Para Cynthia resultó un alivio conocer el nombre de lo que le pasaba; que no era algo raro, que no era un miedo cualquiera, porque en la escuela se burlaban de su situación; lo normal, le decían, era el temor a las arañas, las serpientes, “cosas que sí te hagan daño”. Por eso en un principio no le gustaba contarle a nadie su película; le daba pena; pero también era cuando más tenía que enfrentar los cuestionamientos en las excursiones, cuando evadía sitios donde revoloteara algún ave. Fue con el tiempo, de conocer mejor a las personas, que le daba confianza decirles lo que le pasaba y decir que “tenía ornitofobia” y de inmediato responder los cuestionamientos curiosos. En la actualidad, es muy difícil que las personas que la rodean no sepan lo que le ocurre.

Sabe que su sentimiento es irracional, la definición le dio un poco de calma, mas no la solución.

Un miedo que se va descubriendo

Cada enfrentamiento con las aves le fue mostrando la intensidad de su temor ante el contacto: que libres o enjauladas el pavor no amaina; que la tensión disminuye cuando las ve volando, pero se triplica cuando están en su camino, porque siente que se dirigen hacia ella y la van a picar.

También le fue creando astucias para evitarlas: siempre crear nuevas rutas donde sabía que no encontraría alguna, aunque el trayecto fuera más largo o tardado; el uso de sus audífonos para no escucharlas. Patear el suelo o aventar una piedra para ahuyentarlas.

El psiquiatra Ramírez explica que la razón principal de que se presente cualquier tipo de fobia se debe a que “se presenta una hiperactividad de la amígdala cerebral −una estructura que se integra dentro del circuito límbico−, la cual regula las emociones y que clínicamente produce una sensación que va del malestar intenso hasta el pánico cuando el estímulo es evocado en la conciencia. El individuo experimenta un temor marcado, persistente y excesivo o irracional cuando se encuentra en presencia de objetos o situaciones específicos o, bien, cuando anticipa su aparición. El objeto del miedo puede ser la propia anticipación del peligro o daño inherente al objeto o situación”.

Expone que el nivel de ansiedad o temor suele variar en función del grado de proximidad al estímulo fóbico y al grado en que la huida se ve limitada. Además, “aproximadamente el 75 al 90% de las personas que padecen fobia animal o ambiental son mujeres”.

ornitofobia

Cynthia reconoce que a veces está tan atemorizada que no se da cuenta si se burlaban de ella; si las personas a su alrededor dicen: “miren ya está bien grande, va con su novio y le tiene miedo a las aves”. O la inversa, cuando hay veces en que va tan concentrada en una charla que al ir caminando cerca de una ni siquiera la percibe.

Por eso no se cansa de decir que sus ojos son los culpables. Y evita a toda costa los encuentros inesperados, los lugares donde vendan aves; además de siempre preguntar, al entrar a algún sitio, si hay alguna. Le avergüenza reconocer que los emplumados pequeños le dan miedo, por eso siempre se reprocha a sí misma su temor.

Para descubrir cada una de las situaciones que la ponen en peligro, Cynthia tuvo que tener muchas primeras veces.

Para saber que todas le dan miedo, sin excepción; pero principalmente los búhos, tuvo que ver al que estaba en la óptica a la que solía asistir; observar sus ojos grandes y redondos, y el que inflara su plumaje cuando sentía que alguien invadía su espacio. Sobre todo que girara la cabeza, siguiéndola con la mirada hasta que ella desaparecía.

O entender que puede llegar al punto de desvanecerse por el miedo. Como en la ocasión en que, a sus 19 años, había salido con una  amiga a dar la vuelta. A ella le encantó la idea de que fueran a un parque, se sintió segura porque su amiga sabía de su fobia y siempre la protegía. No recuerda de quién fue la idea de que fueran al zoológico, pero les pareció estupendo.

Cynthia ya había ido en su infancia a un safari y había tenido que ocultarse de las avestruces que andaban libres, así que no concibió mayor problema en ir a un lugar donde todos los animales estarían enjaulados. Y en realidad el gran problema se presentó cuando se acercaron al final del recorrido, después de ver a los monos, a los tigres y a las serpientes.

La salida del zoológico era por el aviario.

Cientos de aves de todos tipos y tamaños revoloteando y cantando detrás de las rejas.

El cuerpo de Cynthia de inmediato se frenó; los músculos tensos le impidieron moverse. La escena que imaginaba era espantosa.

“No, no puede ser”, se lamentaba. “¿Cómo voy a salir de aquí?”.

Cynthia no quiso que su amiga se perdiera el último trayecto, así que decidieron que ella la esperaría para después caminar sobre lo ya andado para salir por la entrada. Pero los nervios la traicionaron y en vez de esperarla en el pasillo indicado, de pronto, Cynthia se encontró frente a la jaula de aves más gigante que jamás imaginó que vería. Su cuerpo se paralizó; sus ojos se centraron en cada ave, en sus movimientos, en sus sonidos. Su mente la apresó, nada de su ser respondía. Palideció y la temperatura corporal bajó de súbito.

Nada podía sacarla del trance de terror. Cynthia sintió que no podría escapar, que estaba rodeada, hasta que su amiga a jalones la llevó hasta la salida. A la distancia fue que reaccionó.

¿Cómo superarlo? ¿Comiéndolas en caldo?

Cynthia no puede acercarse a una pollería porque los escalofríos la hacen sudar; cuando tiene que comprar pollo para que su mamá haga la comida, siempre lleva a alguien más para que se encargue y lleve la bolsa. Y aunque sí lo come, reconoce, no interviene en ningún momento del proceso en que es guisado. No puede presenciarlo. Cynthia encuentra la explicación al relatar una vivencia de cuando tenía ocho años:

“Una amiga de mi mamá nos invitó a su casa en Hidalgo. Cuando estábamos todos en la cocina, porque hacía frío e iban a cocinar mole, presencié cómo de un machetazo le cortaron la cabeza al pollo y éste salió corriendo. Pasó frente de mí sin cabeza. Entonces pensé: ‘Ni cortándole la cabeza se muere’; por eso me da cosa y me da miedo que al cocinarlo se vaya a mover”, narra reviviendo la escena, gesticulando su sensación.

―¿Alguna vez buscaste ayuda para sobrellevar la ornitofobia, para atenderla?

―Nunca busqué ayuda, porque me adapté a la normalidad del miedo. A veces cuando no podía salir por el miedo, llegué a pensar que a lo mejor sí necesitaba ayuda, pero aprendí a vivir con él.

―Entonces, ¿no has visto afectada o limitada tu vida por la fobia?

―De alguna forma sí, porque en lo que más me ha afectado es en no poder salir ni estar en los sitios que más gustan, como el parque. Sin embargo, a pesar de todo, sí tengo lo que quiero en mi vida. Me protejo alejándome y pensando que no va a pasar nada, que no van a atacarme. Yo misma intento tranquilizarme.

ornitofobia

Al respecto, el médico especialista en salud mental, Rodrigo Ramírez, explica que “debido a la aparición de ansiedad anticipatoria, cuando el individuo se ve en la necesidad de entrar en situaciones fóbicas para él, éstas suelen acabar siendo evitadas. Con menos frecuencia, el individuo se obliga a sí mismo a soportar la situación fóbica, aunque esto propicia la aparición de una intensa ansiedad”.

Por eso, Cynthia encontró en la evasión la mejor forma de sobrellevar la ornitofobia. Porque cuando era niña normalmente se alteraba y buscaba la manera de huir; pero conforme fue creciendo convirtió su fobia “en un miedo más razonado”, define, “pues busco la forma de escapar; encuentro otras alternativas. Antes pensaba que venían sobre mí; ahora yo misma me digo que soy más grande, que no pueden lastimarme y las evito, no las enfrento. Ese juego en el que tengo dos voces en la cabeza. Ahora escucho más a la parte racional para sobrellevar o contrarrestar el miedo, mejor que cuando era pequeña y no sabía cómo huir”.

Situación que se explica porque los adultos que padecen este trastorno reconocen que la fobia es excesiva o irracional, describe Ramírez, por lo cual el diagnóstico de fobia específica no puede asegurarse a no ser que estos temores den lugar a un deterioro significativo de las actividades del individuo.

―La convivencia con mis seres más queridos y cercanos sí se ha visto afectada. Porque hay veces que del miedo les aprieto muy fuerte la mano, se las he dejado marcada… ―reflexiona―; por eso me piden que lo enfrente, sobre todo con las aves pequeñas, porque definitivamente no me gustaría que si tuviera un hijo no pudiera llevarlo al parque o al zoológico. No podría decirle que no ame a las aves y fomentarle el miedo. No me gustaría eso para mi futuro. No quiero ver que toda mi vida le tuve miedo a las aves  y no hice nada para solucionarlo.

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La madre de Cynthia reconoce que una vez le dieron el consejo de que llevara a la pequeña a tocar los pollos para que enfrentara el miedo; pero la señora Lourdes tuvo desconfianza y se atemorizó de las consecuencias del enfrentamiento. “Al ver cómo se ponía de nerviosa, me daba miedo que se desmayara o que le diera un infarto por el terror que sentía”, relata.

Rodrigo Ramírez, quien forma parte de Bienestar Biopsicosocial ―una asociación civil conformada por egresados del Instituto Nacional de Psiquiatría―, sostiene que “las fobias son los padecimientos psiquiátricos más comunes en México y son tratables en todo momento, obviamente la respuesta terapéutica es más lenta y más difícil de curar cuanto mayor tiempo haya padecido los síntomas, por eso la detección temprana y la difusión de la información en salud mental es muy importante”.

Argumenta que uno de los mejores tratamientos para tratar las fobias es la terapia cognitivo–conductual (entrenamiento en relajación y estrategias de afrontamiento y exposición) por su eficacia para los síntomas ansiosos, así como diversos medicamentos también han sido de utilidad en la mejora de los síntomas de pacientes fóbicos graves, los antidepresivos, tranquilizantes. “Una vez que el paciente está más estable se puede iniciar con terapia de exposición o ‘desensibilización’, donde el sujeto es expuesto al elemento fóbico a fin de que exista un re-aprendizaje emocional donde el estímulo, en este caso las aves, ya no disparen el estímulo ansiogénico. Usualmente se puede iniciar con elementos de realidad virtual en ambiente controlado (por ejemplo simuladores o imágenes en dispositivos visuales) antes de exponerlo en forma definitiva a las aves reales”.

Cynthia dice que quiere conocer las distintas opciones para tratarse, pero sobre todo ser más valiente para enfrentarlo.

―Sentir que sea muy necesario. Sí me he sentido desesperada y cansada de sentir miedo. Más porque una vez, cuando estaba yo muy enferma, un ave me salvó la vida.

Y se sumerge en el recuerdo: con apenas 10 años, Cynthia se encontraba muy enferma sin razón aparente. Su madre estaba desesperada porque la pequeña no se recuperaba; por eso, después de recurrir a la medicina tradicional, decidió asistirse de otras alternativas. Entonces le hablaron a una persona que hacía limpias. En medio del ritual, le pidieron a Cynthia cerrar los ojos y ella obedeció; de pronto sintió las plumas de una paloma blanca que le recorría todo el cuerpo; mientras sentía terror, se le iba quitando la pesadez. No le dijeron qué era, pero ella lo escuchaba y lo sentía.

―Esa imagen es la que me impulsa. La que me dice que si cierro los ojos puedo enfrentarlo.



Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas

Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com





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