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Cuídate de los perros

12 Oct, 2017 Etiquetas: , ,

La pulcata y el tlachicotón, en contraposición a la cantina, porque ahí la atmósfera es de baile y risa, es lo que prefiere Gonzalo Trinidad y sobre lo que escribe en la nueva entrega de #CanCerbero, al ritmo de la pieza orquestal que aún no se compone Cumbia y circunstancia, para honrar a los parroquianos, veteranos reunidos bajo el techo de La paloma azul, en la colonia Portales.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA / FOTOS: EDGAR MATUTE

En los baños de La paloma azul se puede leer el anónimo: «Esto sí es vida y no la de perro que tengo en mi casa». Ellos, los que pueblan esta pulquería, son los perros de su casa. Si es que tienen. Muchos entran y salen a ratos, porque trabajan en la calle. De la calle vienen y a la calle van. Día tras día, persiguiendo la chuleta o simplemente rondando, como muchos de nosotros, ven pasar las horas hasta que es tiempo de volver a refugiarse en los adornados muros de la pulquería.

Se trata de hombres viejos, rucos, traqueteados —y uno que otro joven despistado, entre los que no me cuento. Seguramente viven solos. Y si no, como si lo hicieran, porque muy probablemente se han convertido en un estorbo. ¿No es así como los vemos? El inconveniente de los años acumulados. Los tratamos con desprecio. Son los malqueridos por los hijos, maltratados por los nietos, viudos, divorciados o simplemente solitarios. Y si están solos es porque se trata de la resistencia, los que han sobrevivido a esa perra vida que los dejó cojos, mastuerzos, turulatos, patizambos, miopes, silenciosos y apartados.

Pero atravesando las puertas batientes la historia cambia. Los meseros, más jóvenes que los parroquianos, bromean con los viejos. Uno de ellos, el más cábula, intenta arrebatarle su bastón a un venerable. Otro, diligente y taciturno, despacha los curados y los cacahuates para pelar. Un anciano cuyos zapatos ata con esos listones que usan las niñas para amarrarse la cola de caballo, prepara sus tacos de cacahuate, pápalo y salsa molcajeteada; el tarro de pulmón reposa a su derecha. Entra un hombre acompañado de una chica. De lejos se nota la diferencia de edades. Ella es hermosa, morena, de caderas exquisitas para sus aparentes diecisiete años. Una pareja, al fondo del recinto, se desgarra a besos.

Prefiero la pulcata y el tlachicotón, en contraposición a la cantina, porque aquí la atmósfera es de baile y risa. De rompe y rasga, diría mi abuelo. El único libro digno de este ambiente, el único que podría leer porque en él vida y literatura se encuentran en armonía, es el Satiricón de Petronio, «árbitro de la elegancia». Pero no se dejen engañar, maestro del escarnio y la sátira. Este elegante humorista describe una escena «no lejos de la celda del portero, estaba pintado en la pared un perro enorme, atado con una cadena, y encima, con letras capitales escrito: Cuídate del perro». Y continúa describiendo las paredes pintadas con escenas de un mercado de esclavos, donde su anfitrión, Cayo Pompeyo Trimalción Maecenatianus, ha sido retratado entrando victorioso a Roma escoltado por Fortuna y las tres Parcas. Y enseguida pienso en las semejanzas, pues La paloma azul, además de sus mosaicos renovados está adornada por un mural. En él destacan mujeres de generosos pechos, tlachiqueros, mercaderes, incluso un criollo sosteniendo el edicto del impuesto al pulque [1663-1810]; ¿por qué todo lo que alivia el sufrimiento en esta vida ha de ser objeto de renta y comisiones?

Cuídate del perro, dicta la sentencia en el hogar de Trimalción; lo mismo debería estar escrito en el umbral de la pulquería: Cuídate de los perros que habitan este lupanar, porque son los sobrevivientes de la ciudad. Alguien tendría que componer una pieza orquestal, algo así como Cumbia y circunstancia, a la manera de Edward Elgar inspirado en los versos de Shakespeare, para honrar a los parroquianos, veteranos reunidos bajo el techo de La paloma azul, en la colonia Portales, por si alguien gusta darse una vuelta.

Cuídate del perro, dicta la sentencia en el hogar de Trimalción; lo mismo debería estar escrito en el umbral de la pulquería: Cuídate de los perros que habitan este lupanar, porque son los sobrevivientes de la ciudad.

A pesar de todo, el acicate del orgullo inunda este abrevadero de libertinaje y risa. Que cada quien evoque a su profeta, Petronio, Rabelais o Sade, todos son bienvenidos. Siempre y cuando fluya el vino falerno mezclado con satirión, como cuenta el «árbitro de la elegancia». O el neutli con el que Tezcatlipoca trampeó a Quetzalcóatl. Estoy seguro de una cosa, mientras haya lugares como este, donde las costumbres se relajen y se pueda solicitar, al grito de los Xochimilcas, ¡pulque para dos!, habrá esperanza para los desgraciados de esta tierra.



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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar




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