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Narrar la descomposición del mundo

30 Nov, 2017 Etiquetas: , ,

La violencia es el signo de nuestro tiempo. Abrir los sentidos y pensarla no es fácil. Nos rebasa, nos desmorona. El escritor Curzio Malaparte nos lo ha mostrado así, nos cuentan los autores de Can Cerbero en esta entrega especial; porque, dicen, sabemos que no podemos contener a los muertos, pero sí podemos asomarnos a sus historias; buscar en ellas aquello que nos permita quizá imaginar algo distinto.


Kaputt
[Texto: Enrique I. Castillo]

Leer a Curzio Malaparte provoca abrir los sentidos. Imágenes de la guerra transcurren en la mente conforme pasan las páginas. No como si se tratara de una película. Es más bien como revivir recuerdos. Los de alguien más, sí, pero incrustados en nuestras cabezas. Y no son remembranzas de batallas cruentas y de violencia explícita, Malaparte habla de las ruinas humanas que acompañan a la guerra.

Leo Kaputt en una vieja edición. Va conmigo en mis trayectos diarios. Aguanta bien al principio. Después del segundo día comienza el desmoronamiento. El del libro y el mío. Su lomo empieza a despegarse. No me preocupa, si lo sujeto bien aguanta el ajetreo. A mí, un estremecimiento me recorre la espina dorsal cuando leo:

Salí al huerto, empujé la cancela y me senté junto al borde del camino, al lado del cuerpo de la yegua. La lluvia me mojaba la cara y se deslizaba por mi espalda. Respiré con avidez el olor de la hierba mojada, y en aquel perfume fresco y embriagador se difundía poco a poco el hedor blando y fofo de la carroña, venciendo también el olor del acero putrefacto, del hierro en descomposición y del metal podrido. Tenía la sensación de que la antigua ley humana y bestial de la guerra aventajase la nueva ley de la guerra mecánica. En el olor de la yegua muerta me encontraba como en una patria antigua y recobrada.

Es inevitable preguntarme dónde está mi patria. Tal vez en los miles de muertos y desaparecidos, en las mujeres que matamos todos los días. Somos el país de los cadáveres. Ríos subterráneos de sangre yacen bajo nuestros pies y ese líquido servirá para alimentar a nuevos seres, que nacerán sedientos. Esta patria huele a sangre.

Para el cuarto día, el lomo se desprende en partes, quedan expuestos los cuadernillos. Los hilos que sostienen las tapas comienzan a aflojar. Tal vez debería llevarlo a que mi amiga lo repare. Algo en mí se resiste. Ya empezamos este camino y abandonarlo ahora sería desleal. Este libro y yo llegaremos al final, aunque estemos a nada de rompernos.

Es imposible acallar la realidad. Para nosotros sería más sencillo si lográramos olvidar que la muerte ha hecho de nuestro país uno de sus lugares preferidos. Fingimos olvidar. Pero Malaparte nos dice que no podemos contener a los muertos:

Luchan en silencio con las uñas y con los dientes, no retroceden ni un solo paso, no abandonan la presa, no huyen nunca. Combaten hasta el fin con un valor frío y testarudo: riendo o haciendo muecas, pálidos y mudos, con sus ojos de locos en blanco abiertos de par en par.

Curzio Malaparte vivió las dos grandes guerras del Siglo XX. No es de extrañar que ocasionaran que sus libros sean descarnados, nacidos de su mirada quirúrgica y su escritura mordaz, a veces crítica, otras desgarradora y desesperanzada. Vio a Europa morir y después ser resucitada para al poco tiempo agonizar. En la guerra, dice él, nadie gana, ni siquiera los vencedores.

Escribió que el horror desatado con la Segunda Guerra Mundial no nació del odio, sino del miedo. El que tenían los alemanes. No a la muerte o al sufrimiento. Su miedo era a la vida, aquello que estaba vivo pero que no eran ellos: los débiles, los viejos, los niños. Si Europa les hubiera tenido piedad, dijo Malaparte, habrían sanado de su dolencia.

Pero carecemos de piedad. Existe, como la caridad, más en libros que en la vida. En Kaputt, Malaparte nos deja ver que el legado de esas guerras, la herencia de nuestros padres y la de nosotros, es el derramamiento de sangre. Y no hay de otra porque la violencia es inherente al ser humano. Y será ella, la violencia, el signo de nuestro tiempo.

Curzio Malaparte vivió las dos grandes guerras del Siglo XX. No es de extrañar que ocasionaran que sus libros sean descarnados, nacidos de su mirada quirúrgica y su escritura mordaz, a veces crítica, otras desgarradora y desesperanzada.

Han pasado más días y conforme avanzo en la lectura, el libro desaparece. Cada vez que sale de mi mochila pequeños pedazos de la portada y el lomo van a dar al suelo. La contraportada pende de los hilos. Cada página que pasa es un golpe de martillo que resquebraja algo en mí. Mis párpados yacen también en el suelo. Sólo me queda aguardar a que la noche nuble mi vista y cubra el espectáculo de nuestro mundo en descomposión.

 

Incluso el perdón es cosa sucia
[Texto: Luis Aguilar]

Como el descubrimiento del mar, como cuando se encuentra por primera vez el amor, el hallar a Malaparte marcó una fecha memorable en mi vida. Suele corresponder a la madurez donde se nos revelan escritores que atrevemos a nombrar enrevesados. Hace un par de meses terminé de leer La piel [1949], en una edición con una portada fuera de lugar, deja al descubierto a una pareja en medio de una ciudad en ruinas; uno supone que es debido a una guerra por los uniformes de ambos. Al tiempo que me fui sumergiendo en el libro, me encontré con un personaje devastado internamente en medio de una ciudad avasallada por la Italia de la posguerra, en medio de la liberación estadounidense.

El vehículo conductor de la historia es el mismo autor, Curzio Malaparte, quien debe lidiar con la ignorancia de soldados estadounidenses ––sin importar el rango–– que ven en Italia el país perfecto para vacacionar; son turistas en medio de la pobreza y aprovechan su condición de salvadores para dar rienda suelta a los deseos que en su país de origen serían señalados de forma negativa por una moral responsable de juzgar aquello que no les convenga.

Malaparte, nacido Kurt Erich Sucker, fue hijo de un doctor alemán de quien renegó al grado de cambiarse el nombre. Su madre le impidió tener contacto con mujeres diferentes a ella hasta pasada la adolescencia. Periodista espontáneo que no dudó en mostrar su apoyo al fascismo de Mussolini, del cual renegó años después y le consiguió el encierro, Malaparte conoció la bajeza humana en la primera guerra mundial donde participó como soldado. A su vuelta a Italia enamoraba mujeres con su deleitante vocabulario y tras hacerlas suyas, las botaba cual papel al cesto de basura.

Malaparte nos obliga a caminar junto a él entre escombros, prostitución, venta de niños y vírgenes, hambre y cobardía.

La piel es la explicación de todo lo que perdió cuando Italia fue dividida por nazis y americanos [como llama a los estadounidenses]. Usa la piel por ser el órgano del cual el hombre nunca escapa, es el peor de sus demonios ante lo que se niega a ver, oler o escuchar. Sencillamente no se puede negar a sentir a lo largo de todo su cuerpo.

Estaba cansado de ver matar gente. Desde hacía cuatro años no veía más que matar gente. Ver morir gente es una cosa, verla matar es otra. Se tiene la impresión de estar de parte de los que matan, de ser uno de ellos. Estaba cansado, no podía más. Ahora, la vista de un cadáver me hacía vomitar; no vomitar solamente de asco, sino de horror, de rabia, de odio.

Malaparte nos obliga a caminar junto a él entre escombros, prostitución, venta de niños y vírgenes, hambre y cobardía. Conforme avancé en la lectura, me di cuenta de mi deseo de seguir leyendo, es el morbo por descubrir dónde encuentran fin los límites del hombre cuando nadie lo detiene.

Un hombre es algo más triste y horrible que ese montón de carne podrida. Un hombre es orgullo, crueldad, traición, cobardía, violencia. La carne deshecha es tristeza, pudor, miedo, remordimiento, esperanza. Un hombre, un hombre vivo, es poca cosa en comparación con un montón de carne podrida.

Leer La piel es penetrar en una gran ciudad que desconocemos, o en la sombra de una batalla. Me reveló a un hombre decepcionado, lleno de vergüenza, negado a levantar la cara, pero no ofendido por el espectáculo de la carne humana deshecha, roída por los gusanos, sino por el de la carne humana en su triunfo.

Era la necesidad de odiar algo vivo, caliente, humano, algo que fuese nuestro, que fuese parecido a nosotros, que fuese de la misma raza que nosotros, que perteneciese a la misma raza que nosotros, que perteneciese a la vida.

Al cerrar La piel, cuando llegué al punto final de la novela, di por hecho que todo lo que el hombre otorga es cosa sucia, incluso el amor, el bien, el mal, todo. Incluso la muerte que el hombre brinda al hombre es cosa sucia. Incluso el perdón es cosa sucia.

Crecimos en la misma tierra
[Texto: Gonzalo Trinidad Valtierra]

Tomó el apellido del emperador Bonaparte y le invirtió lo Bueno por Malo, con la esperanza de sortear el destino del corso y tener un mejor final. Como si este cambio fuera suficiente para elevarlo por encima de su generación por el simple hecho de ser ficticio y punzante: Curzio Malaparte forjó una carrera literaria en las trincheras europeas. Todavía hoy, entre los lectores, es causante de quemaduras y malestares. No se trata de un autor complaciente ni blandito. Caer en sus manos es como caer en una cama de clavos, desde una altura considerable. Especialmente si la lectura de sus novelas se emprende bajo el sesgo del entretenimiento. No tienen nada de pasatiempo; mucho menos si se trata de Madre marchita —segunda obra póstuma, novela inconclusa entre la ficción y la autobiografía.

No fue suficiente la voluntad de Malaparte para terminar la hazaña de narrar los efectos de la guerra en un hombre [él mismo] que ha sobrevivido la barbarie, el aparente fin de la Historia. Los campos y ciudades arrasados por las bombas eran los despojos del Ángel de la Historia; la humanidad —o por lo menos los actores de la Segunda Guerra Mundial—, sin lugar a dudas, había cometido el peor de los crímenes. Las novelas-reportaje más famosas del autor, Kaputt [1944] y La piel [1949], narran la crudeza del combate. Ambas son impecables en términos de estilo, estructura y narración; un trabajo límpido, de una pureza espantosa cuando recordamos que estamos ante la poesía de la guerra.

Madre Marchita no se queda atrás en los aspectos estilísticos —de suprema importancia para el lector— que sostienen a sus dos antecesoras. La construcción de las imágenes recuerda la fuerza del cantero, el tallador, por su dureza. Sin embargo, aquí nos encontramos con la memoria y los despojos de un hombre transformado por lo que ha visto, por lo que ha hecho, y por lo que no pudo hacer en vísperas del combate. Una guerra de proporciones apocalípticas que concluyó con el fin de la esperanza, el día que los EUA liberaron al demonio de la energía nuclear en una isla del pacífico llamada Japón. Muchos fueron los filósofos, historiadores y novelistas que abordaron los efectos de la Segunda Guerra, conscientes de que se enfrentaban al final de una época plena de esplendores y promesas de progreso.

Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg en el frente Soviético, Hannah Arendt, Walter Benjamin, Albert Camus, entre los rebeldes y detractores de la guerra, se convirtieron en los críticos y narradores de las atrocidades del siglo XX. Y entonces, quizá se pregunten, ¿qué aporta Malaparte a una larga, larguísima lista de escritores memorables? Aporta una visión cáustica de la guerra, sin alardes filosóficos, pura y simplemente espeluznante por su materialidad. Por su cercanía a la muerte y el conflicto eterno que ésta sostiene con la vida. Muerte, vale la pena decirlo, impuesta a la vida por la vida misma de los hombres que han decidido hacer la guerra y exterminar al enemigo, aunque éste tenga rostro de mujer o niño.

No sólo es un testimonio que se empareja con lo mejor que he leído sobre la Segunda Guerra, Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer. También es una historia sencilla sobre un hombre que visita a su madre en vísperas de su muerte. Asimismo, se trata de una alegoría sobre Europa y el proceso de putrefacción que sufre antes, durante y especialmente después del conflicto. No deja de ser insólita la visión de Malaparte, quien se distinguió por sus trabajos anteriores, en esta obra que contiene los trazos de una novela maestra, que por desgracia no concluyó.

¿Qué aporta Malaparte a una larga, larguísima lista de escritores memorables? Aporta una visión cáustica de la guerra, sin alardes filosóficos, pura y simplemente espeluznante por su materialidad.

Tal vez se trataría de su mejor trabajo, pues al parecer sintetizaba su visión de Europa: la Madre Marchita sembrada de cadáveres y destrucción. Luego de dictar la muerte de Europa nos preguntamos, ¿qué sobrevivió de ella? ¿A qué le llamamos Europa? Y por qué debería importarnos el destino de un continente diminuto en comparación con Asia, África y América. Porque estamos ligados estrechamente los unos a los otros, como especie, como culturas, como seres humanos. Nos lo recuerda Malaparte extrañamente, cuando narra el nacimiento de un niño de entre los escombros. Su madre ha sido aplastada por el edificio derrumbado, pero sus piernas y vientre sobresalen. La criatura se abre paso de una rajadura en la tierra y por fin grita, llora. Entonces uno mismo sentencia, junto con Malaparte: Crecimos en la misma tierra.

 

Imagen de portada: ¡Crack! by Hersson Piratoba. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0]


CanCerbero
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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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