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Daniel Sada, un escritor excepcional

26 Mar, 2018 Etiquetas: , ,

Daniel Sada aprendió a tejer el verso con la prosa. Su carrera literaria lo llevó a recoger las historias de los pueblos del desierto.  En este texto, Román Guadarrama, autor invitado en Can Cerbero, nos habla de la puerta de entrada a la narrativa de este escritor.

TEXTO: ROMÁN GUADARRAMA

I

Es un lugar común decir que «todas las muertes son prematuras», pero la de Daniel Sada lo fue: murió a los 58 años, víctima de la diabetes. Novelista, poeta, cuentista, publicó durante más de cuatro décadas y al morir era considerado como uno de los grandes escritores mexicanos. «Orfebre del lenguaje», «escritor del desierto», «artista de la palabra», son algunas frases con las que la crítica literaria lo etiquetaba. El norteño dedicó sus mejores años a esbozar su universo imaginario, y en ello se le fue la vida.

Los críticos han dicho de él que tenía estilo, y vaya que lo tenía. Aprendió a tejer el verso con la prosa y le gustaba jugar con las formas métricas de la poesía. De su maestro Juan Rulfo aprendió que ser universal implicaba ser local; entonces se dedicó a recoger las historias de los pueblos del desierto, lo mismo que las voces regionales: neologismos, norteñismos, anglicismos, arcaísmos… Cargaba un cuaderno donde escribía las particularidades del habla local, y luego las utilizaba para recrear sus narraciones.

Al principio privilegió lo poético sobre lo narrativo; el verso se imponía sobre la historia,; es el caso de Lampa vida [1990] que fue escrita en endecasílabos. La obra se torna muy descriptiva y la trama se reduce al mínimo. No obstante, la fuerza poética del escritor es tan poderosa que saca adelante la novela. Nunca antes el desierto coahuilense había sido descrito así:

Brotes lucífugos desdoblan escenarios de tierra quemada. La luna en deshilacho de reflejos suscita los desastres y el librado desorden de los montes se aísla poco a poco hasta encontrar su noche. El cielo anda golpeado de centellas, resbala hasta los pies y la congoja de hombres sube apenas. Tal si fuera nascencia o griterío, tal si fuera un escorzo de alguna explosión de agua, la luna, negra piel, desnuda entre la bruma. [p. 16]

A partir de Albedrío [1989], el narrador rectificó y se concentró también en la historia; y junto a esta el ritmo de las imágenes acompañaba con un vals armonizado, cuyos pies no se enredaban y al girar construían mundos imaginarios. El lenguaje del escritor es desbordado, hiperbólico, barroco, donde despunta regía, como una luna llena, la poesía. Es en fin un lenguaje que el lector percibe distinto y que nos proporciona una sensación de extrañeza.

En año 2007 la revista Nexos lanzó una pregunta a escritores y críticos: «¿Cuáles son las mejores obras literarias de los últimos treinta años en nuestro país?» La novela Porque parece mentira la verdad nunca se sabe [1999] de Daniel Sada fue elegida. En esta obra maestra el literato había puesto en movimiento todas sus capacidades poéticas y narrativas. Es una obra de más de 800 páginas, configurada con un barroquismo lingüístico, que sigue los pasos de sus ídolos: Alejo Carpentier, José Lezama Lima, João Guimarães Rosa, Severo Sarduy… No se debería empezar a leer a este escritor por esta narración; es muy fácil perderse en esos nudos de historias, en ese río de imágenes que por momentos parece que no va a llegar a ningún lado. Lo mejor es empezar a leer sus cuentos y novelas breves: Una de dos [2002} y Albedrío [1989]. Esta última es, para mí, su obra más personal; en ella puso parte de su vida y de su ser. De ella hablaré más adelante.

II

Daniel Sada Villarreal nació el 25 de Febrero de 1953, en Mexicali. Vivió tres años en esa ciudad, y luego, junto con su familia, se fue a residir a Sacramento, Coahuila. Como su padre era ingeniero agrónomo, era cambiado de un lugar a otro. En Sacramento, Daniel vivió de los cuatro a los quince años, y el desierto de Coahuila determinó su universo imaginativo: la mayoría de sus narraciones sucede en ese paisaje. Después la familia se fue a vivir a Mante, Tamaulipas, y el 1972 se trasladó a la Ciudad de México. Muchos personajes del escritor son errantes: buscan el hogar y no lo encuentran; y los latidos de la nostalgia quedan palpitando en sus corazones.

Daniel Sada estudió en la Escuela de Periodismo Carlos Septién, donde fue alumno de Manuel Buendía, Vicente Leñero y Miguel Ángel Granados Chapa. En 1978 ganó una beca del Centro Mexicano de Escritores, y fue discípulo de Salvador Elizondo y Juan Rulfo. Allí escribió su primera novela Lampa vida [1980]. Sada contaba que mientras Juan Rulfo se concentraba en la creación de los personajes y en los avatares de la historia, Salvador Elizondo se enfocaba en el tejido del lenguaje literario. Rulfo era bastante duro y no daba alicientes al principiante; en cambio Elizondo era más condescendiente y bonachón. Ambos dejaron honda huella en su vida y su obra.

III

Elegí Albedrío [1989] porque es para mí su obra más personal. Escrita en octosílabos, como un corrido, cuenta la historia de un niño que harto de los deberes escolares, huye con los húngaros. Para esconderlo de los padres, los vagabundos lo disfrazan de la Enana Barbuda, una bruja cósmica, y lo ponen a actuar en escenarios improvisados. Sin embargo el chiquillo no tiene talento para la actuación y sólo hace el ridículo.

Con el paso de los meses, el mundo real le va matando los sueños, y la llegada de la pubertad le permite poner los pies sobre la tierra. A pesar de los fracasos, el chiquillo decide no regresar a casa; antes que ir a la escuela prefiere seguir en el viaje. Para Chuyito Montes, así se llama la criatura, el viaje es la vida misma, el placer de caminar por siempre. Chuyito es en realidad el niño que vive en todo húngaro y en todo hombre. La novela es una alegoría de la búsqueda del origen y del hogar.

Los ojos del chiquillo son los mismos del escritor: ojos trémulos, ávidos de explorar y conocer la realidad. Sabe que en esencia es un húngaro, condenado a recorrer los caminos del planeta; ese es su destino y no lo puede soslayar.

Albedrío es la novela que contiene la visión sadiana del mundo. Es la llave maestra o la puerta de entrada a una deslumbrante mansión narrativa. Asomarse a su mundo es acercarse a una visión muy extraña, a una perspectiva humana y poética de la realidad.

 

Román Guadarrama [1963]. Escritor y docente. Es Maestro en Letras por la FFYL de la UNAM. 
Ha publicado tres libros, y está por publicar su novela La otra cara de la moneda.

 



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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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