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Un deporte reservado para perros valientes

07 Sep, 2017 Etiquetas: , ,

El surf es un deporte duro. La fuerza de las olas puede ser avasalladora, pero hay seres embravecidos que intentan sortearlas una y otra vez. Uno de estos seres fue el escritor Jack London. Luis Aguilar nos cuenta más de cómo este escritor «estúpidamente señalado por su alcoholismo, testigo de la voracidad entre humanos» optó por la soledad que brinda el mar y el surf en la primera entrega de #CanCerbero, un blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida, que podrán leer a partir de esta semana en la Kaja.

TEXTO: LUIS AGUILAR

Existe una competencia mundial, sin reglas, donde los conocedores o practicantes no logran un acuerdo. Es un duelo sin tregua por decidir en qué playa del mundo se encuentran las mejores olas para surfear, un deporte que encontró su génesis en playas hawaianas reservado para la realeza, alejado de la competencia por montar esa jauría de olas.

Con el paso de los años, la práctica del surf dejó su exclusividad para extenderse hacia el resto de la sociedad. A pesar de ser un deporte duro, cualquiera es libre de tomar una tabla y echarse al mar; dentro de la cantidad de personas que han practicado este deporte, se encuentra un hombre embravecido de nombre Jack London.

Jack London fue un escritor que convirtió, como pocos lo han conseguido, una leyenda en vida de su nombre. Aferrado a su amor incondicional al mar, un hombre que compartía whisky por igual entre indigentes y alcohólicos de cantina; en su literatura es normal encontrar personajes con la vida a la contra, no importando si toman forma de boxeadores o perros. El destino le sonrió convirtiéndolo en el primer best-seller estadounidense, obteniendo, por lo menos, un millón de dólares como pago a sus primeras novelas.

Tras tener el mundo a sus pies y haber gastado varios miles de dólares generados por The Call of the Wild [El llamado de la selva], Jack London construye su invaluable Snark, un balandro que le serviría de transporte, hogar, taberna y espacio para dar rienda suelta a la lujuria que su esposa Charmain le inspiraba.

Jack London fue un escritor que convirtió, como pocos lo han conseguido, una leyenda en vida de su nombre.

Quizás obligado por la necesidad de cumplir los caprichos que brotaban de la sensualidad de Charmain, zarpó de San Francisco y hacia el año de 1907 llegaron a Hawai a bordo del Snark. Sin embargo siguen siendo desconocidos los verdaderos motivos que arrastraron a las cálidas playas hawaianas a un hombre obsesionado por los fríos de Alaska, las travesías náuticas hacia Japón; empático con el salvajismo de los perros y que vivió en carne propia los agridulces desencantos de la piratería.

Recién desembarcado de un intenso y largo viaje donde sorteó tempestades entre sexo y whisky, fue en la playa Waikiki donde contempló por vez primera a los surfers. A partir de ese instante tomaba forma un escrito que cambiaría la historia. La mirada de un hombre con ímpetu aventurero –con ganas de demostrarse que nada ni nadie está por encima de él- que tiene como aliado el arte de narrar comenzaba a afilarse. Su férrea personalidad le impedía mantenerse estático ante aquello que llamara su atención, registraba el mínimo detalle de ese deporte en su mente, y apoyado por el valor del estado etílico, lo llevó a tomar una tabla y meterse en las olas.

Como resultado el mundo le debe dos cosas a London. Por un lado, la escritura de Surf, A royal sport, ensayo donde se muestra el tipo de entusiasmo desenfrenado por un deporte reservado para perros valientes. El texto vio la luz por primera vez en Woman´s Home Companion en su edición de octubre de 1907.

«Aprendí a surfear gracias a varios ahogamientos. Empujado con la fuerza de una ola entraba a un caldero obscuro revolviéndome con el agua. Mis miembros y cabeza se torcían violentamente en distintas direcciones. No veía más que burbujas; unas pocas veces, puntos negros flotantes que conocía bien, los mismos que produce la hipoxia. Justo sacaba la cabeza para aspirar aire entre espuma antes de que la próxima gran ola me volviera a amartillar hacia abajo. Eventualmente me ahogaba un poco para llegar a disfrutar del correr de la adrenalina junto con ocasionales sustos y/o lesiones. Cuando salía del mar, observaba entre las olas como se alzaban hombres soberbios, mercurios marrones sobre vertiginosas cumbres con los pies enterrados en espuma revuelta de olas, dominando su ancha desolación para pelear contra poderosos monstruos».  

La segunda, que casi nadie quiere aceptar, y que London ni siquiera imaginaba, era que su ensayo incrustaría el surf en las playas californianas, un deporte que con el paso de los años, casi se ha vuelto emblema del estado. Si bien este pasatiempo que dejó de ser juego ha recorrido todo el mundo, en California se rompieron los límites del mar para llevar el surf al cine, música y literatura. En la actualidad atrae hordas enteras obstinadas a dominar sus olas.

Aprendí a surfear gracias a varios ahogamientos.

Me imagino sentado en la arena, escuchando el romper de las olas, observando el máximo punto de la cresta y su despiadado golpe azotando la arena. Ser testigo del infinito ejército de olas, la incontenible fuerza del mar a la contra; es una batalla perdida que no da tregua y a pesar de esto, existe un puñado de hombres dispuestos a arriesgarse. No basta el valor, hace falta dominar una técnica compleja en medio de una batalla de agua, viento, velocidad y la extrema soledad cuando se está en la cresta de la ola. Saber que incluso a los expertos del surf, el mar los atrapa como si fuera la mano de un Titán, celoso de que alguien pueda esquivar su furia, para lanzarlos despiadadamente hacia los arrecifes. Una faceta poco conocida de Jack London, un escritor estúpidamente señalado por su alcoholismo, testigo de la voracidad entre humanos y optando por la soledad que brinda el mar para describir su participación en el deporte del surf como: «entré al mar con mi tabla para luchar contra él, haciendo volar mis talones con la destreza y poder que reside en mi interior; iba al encuentro de los mayores rompimientos de olas, las dominaba y me deslizaba por sus lomos como lo haría un rey».

 

Imagen de portada: Old Time Surfers by Alan Levine. Flickr-[CC BY 2.0]

 



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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres.

Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar





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