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Desafiando al azar. El diario de un ludópata

13 May, 2013 Etiquetas: , ,

La historia de Carlos del Moral, un hombre que pasó por los infiernos de las máquinas y las fichas y ahora, ya rehabilitado, busca ayudar a quienes desafían el azar.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS / FOTOS: PERLA MIRANDA

La primera vez que Carlos del Moral Ehlers escribió una carta al gobierno federal fue en el año 2004. Le dirigió unas líneas al entonces presidente Vicente Fox. Sabía del problema que se avecinaba, luego de que el 17 se septiembre de ese año, en el Diario Oficial de la Federación se publicara el Reglamento de la Ley Federal de Juegos y Sorteos donde la Secretaría de Gobernación, encabezada entonces por Santiago Creel, autorizaba el sorteo de número electrónico (bingo) para permitir la operación de máquinas de jack, dados, póker y otros juegos de azar donde mediaran las apuestas y se empezaran a abrir las primeras casas de juegos por todo el país.

Carlos le pidió al primer mandatario panista que tomara en cuenta la ludopatía, pero enviaron su caso a Gobernación porque creyeron que se refería a los casinos clandestinos. Le dieron vuelta al asunto y no pasó nada. También le escribió a Marta Sahagún, a Vamos México, pero su carta se perdió y tampoco ocurrió nada.

Transcurrieron los años y no se dio por vencido, y en el gobierno de Felipe Calderón también lo intentó, no con una carta, sino solicitando una cita con el presidente. Y, de alguna forma, tuvo su oportunidad.

Estaba en un evento organizado por la Comisión Nacional Contra las Adicciones (Conadic), cuando vio que tres filas hacia atrás de donde estaba él, se encontraba Margarita Zavala, quien asistió en representación de su esposo. Carlos de inmediato brincó los obstáculos y de frente la abordó.

—Señora, la he buscado mucho y a su esposo, y no he podido tener contacto —le dijo agitado por la emoción, por la desesperación. —Quiero entregarle esta carta  —y sacó el documento que siempre cargaba—; por favor, es para que presten atención a las nuevas adicciones, como la adicción a los juegos de azar.

La primera dama aceptó la carta y, tras proporcionarle sus datos, le pidió que la contactara vía telefónica. Cuando lo hizo le pidieron que enviara un correo electrónico con la carta para el presidente; lo hizo y mientras esperaba respuesta, buscó al entonces secretario de Salud, José Ángel Córdova Villalobos, quien dos veces lo dejó plantado.

No esperó más al gobierno federal y se dirigió nuevamente con el comisionado del Conadic, Carlos Tena Tamayo, en un intento extra para ser escuchado y lograr algo contra la ludopatía, “la cual iba en ascenso por la proliferación de casinos en México”, les decía a todos aquellos que lo ignoraban.

Y entonces ocurrió la tragedia.

Carlos del Moral apenas pronuncia dos palabras y la recordamos. 25 de agosto de 2011. Monterrey. Tres treinta de la tarde, un atardecer nublado. Diez hombres estacionan un Mini Cooper, una Equinox, una GMS azul y un Sedan sobre avenida San Jerónimo, afuera del casino. Unos cuantos se muestran con armas largas; otros entran rociando gasolina: la esparcen en la sala de bingo, a la entrada del inmueble y provocan el fuego. Las garras del incendio se expanden, arrasan, y las nubes densas de humo con olor a quemado se llevan la adrenalina; mientras los responsables se van tranquilamente en sus cuatro automóviles.

En treinta minutos llegan los servicios de auxilio: bomberos, paramédicos, policías. E inician las versiones sobre los culpables: un grupo del crimen organizado, Los Zetas. Tristeza. Indignación. Las cifras de heridos y muertos cambian a cada minuto; de seis pasan a más de 70. El veredicto: 52 cuerpos sin vida, además de los dos que nunca nacieron, y 10 heridos.

—Casino Royale —suelta en una sentencia el hombre de 62 años—. Carlos del Moral sabía que lo del casino de Monterrey encendía el foco de la problemática; mostraba la primera cara de la moneda: la propagación de casas de juegos, la ilegalidad y las irregularidades; pero a su vez esa cara oculta que él conocía muy bien: el incremento de la ludopatía y el desconocimiento de ésta.

Pero ahí no empieza todo esto. No aún.

Carlos del Moral

El guiño

Entras al Bola 8 de Tlalnepantla. Son las siete de la noche de un sábado. No te piden identificación, hasta minutos después de que has cruzado el umbral, cuando te has topado con las máquinas de juego. Una mujer llama tu atención, tiene el cabello corto, rojo, apenas puedes ver su rostro; su postura está encorvada, casi recostada sobre la pantalla, donde con velocidad aparecen las imágenes, los premios, el dinero “digital” que se acaba en su tarjeta; el cenicero con cinco colillas consumidas entre el polvo grisáceo; no quita la mirada de su juego, no nota que estás a un escaso metro de distancia. 

Alrededor, varias mujeres y hombres (al menos 15 personas) se concentran en su respectiva máquina. La niebla del humo de cigarro te hace toser, la mayoría sostiene el pequeño tubo de nicotina con una mano y con la otra, un trago. 

Tantas luces, tantos colores, el ruido, te admiran. Caminas sobre la alfombra roja que absorbe cada pisada, recorres cada pasillo, miras las máquinas, los jugadores; el éxtasis, la felicidad, la ira… la tristeza. Ya varias meseras te ofrecieron una copa, un refresco, y te indican el camino a la taquilla para cargar tu tarjeta. No aceptas: no sabes que las bebidas son de cortesía. Tampoco sabes cómo jugar.

Al fondo de la sala rectangular miras una pequeña habitación cubierta de cristales, donde 20 máquinas permanecen intactas, como si nunca las hubieran tocado. Entras. Sala de no fumadores, dice en la puerta. No hay nadie, quien pasa por ahí se dirige a los sanitarios. Abordas a una mujer de cabello cano cuando sale del de damas. Le preguntas cómo se juega. En la explicación ella pierde 70 pesos en cuestión de segundos, te apenas, pero parece no importarle, sigue su explicación y te dice que si tienes dudas la busques, sabes que después la encontrarás. 

Decides cambiar de sala. Atraviesas la puerta contigua, ahí todo parece tan frágil con tantos cristales, y llegas al Bingo. Apenas unas 20 personas se encuentran en los sillones negros de piel alrededor de las mesas circulares distribuidas en la gran sala rectangular, que se ilumina con los tableros digitales que poco a poco alumbran los números del cartón de juego. Escuchas como los van cantando lento, 17, pausado, 22, claro, 66, y como todo lo demás no existe en el silencio de quienes van tachando los números en los trozos de papel. Nada los perturba, ni los cartoneros, hombres y mujeres, que se pasean entre las mesas con las tiras listas para las siguientes rondas. 

—¡Línea! — grita sonriente una mujer. 

—Han cantado línea— repite la voz-robot que suspende la lista de números para corroborar. De inmediato se acerca un cartonero a revisar, repite los números en un susurro, mientras coloca la mirada en el tablero con los números en rojo que ya han pasado y verifica el cartón. Asiente con la cabeza, y le entregan a la mujer 500 pesos, el valor de la línea en esa partida. El juego continúa hasta que un hombre grita “bingo” y le entregan los mil pesos prometidos al inicio. 

Te sientas en una mesa lateral, cerca de la entrada a la cocina, y percibes el aroma de algo frito. De inmediato un mesero te ofrece una bebida o un cartón en 10 pesos. “Hoy hay varios premios garantizados y partidas especiales”, anticipa tu pregunta. Le dices que esperarás la siguiente partida. Y miras, durante minutos, como los que llegan saludan con familiaridad a los que ya estaban antes de ti. Parecen amigos, piensas. 

E imaginas a Carlos cuando pisó por vez primera, como tú, un casino. En aquel julio de 1999, cuando en la Plaza Comercial Mundo E, en Ciudad Satélite, a unos 15 minutos de donde te encuentras, inauguraron la primera casa de juego en México: “Caliente. Juego de números”. Cuando su esposa lo acompañaba, y se empecinó en quitarse lo salado y sólo se repetía que tenía que ganar —porque su mujer ganaba y él no—, y no había día en que no fuera a tachar números en el cartón del bingo para empezar su carrera como jugador.

&

La segunda vez que lo visito, Carlos está sentado en la sala de la casa de su madre. Me cuenta de las cosquillas del dinero, el guiño de la adrenalina que experimentó desde muy joven, cuando apenas tenía 13 años.

—Ahí, ahí es donde empieza todo —afirma, mientras hace garabatos con las manos, y recuerda.

Iba a la secundaria por la tarde, de las dos a las siete. Su padre lo inscribió en un club deportivo que le quedaba a dos calles de la escuela. A las nueve de la mañana llegaba al deportivo para practicar frontón, actividad en la que empezó a destacar al grado de que un señor le pidió que fuera su pareja en las rondas en las que apostaban. Carlos aceptó, porque cuando ganaban, le daba una parte.

Con el dinero que ganaba en las apuestas y los dos mil al mes que le daba su padre, Carlos empezó a apostar y a faltar a clases, porque las partidas de frontón se cruzaban con el horario escolar. Hasta que su padre lo descubrió, y se enteró que por las innumerables faltas lo habían expulsado del colegio.

Su madre imploró por él para que le consintieran presentar los exámenes extraordinarios y pudiera pasar de año. Se lo permitieron y Carlos lo logró; pero en ese momento, los años sesenta, sus padres no vislumbraron un problema mayor. Consideraron “vago” a su hijo, una racha propia de la adolescencia. Para Carlos fue igual. No le prestó atención a su afición por las apuestas, los volados, los naipes. Ni cuando perdió en una partida de billar la esclava de oro que su padre le grabó con su nombre. Ni cuanto empezó a vivir a través del dinero.

Porque ya no hubo momento en que no jugara o apostara.

Del juego al fuego

Tendría 50 años de edad, cuando puntual, a las 12:45 de la tarde, llegaba al casino Caliente. Quería la comida de cortesía que servían de 1 a 4, y el primer cartón gratis que por abrir las partidas del día tenía un premio de mil pesos. Sabía que ya lo aguardaba una fila de 30 personas que al igual que él se desesperaban por entrar a jugar.

No había problemas con el horario, porque no tenía un jefe a quien rendirle cuentas, ni un checador al cual cumplirle; trabajaba de manera independiente como administrador, carrera que había estudiado. Aún faltaban un par de años para enfrentarse a sus clientes porque no cumplía a tiempo con la chamba y porque los anticipos se le esfumaban de inmediato.

Con o sin su esposa asistía al casino a diario. El juego se convirtió en su adicción, reconoce, como lo fue el alcohol, hasta acudir a un grupo de Alcohólicos Anónimos. “El juego va muy de la mano con otras adicciones. En una casa de juego verás a todos con cigarro y su copa”, asegura con esa voz fuerte y grave que lo caracteriza.

Y empezó a buscar más lugares donde jugar bingo, que era lo que prefería, porque en esos años en México aún no proliferaban las máquinas. Así conoció el Yak de Pabellón Cuauhtémoc, el cual solía visitar con regularidad porque, recuerda, tenía los mejores premios, los más dotados. “Tenían el premio acumulado. Una vez tuvieron uno de 3 millones 750 mil pesos; pero había de 2 millones o uno. Ahora no pasan de 50 mil o 60 mil pesos”.

No titubea en cada aseveración, en cada confesión. De pronto se le arruga el rostro, se acentúan las marcas de los años en la frente, saltan los diminutos bultos de piel que se encuentran en sus mejillas y dice:

—Fui ludópata, y sufrí la pérdida de mi familia, de mi matrimonio, de mi patrimonio, de la fe en mí mismo, y gracias a eso me convertí en un activista — y me mira de frente.

Y es que la ludopatía es una enfermedad y no un vicio como muchos consideran. Tampoco es un padecimiento nuevo, este trastorno fue reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y catalogado en su Clasificación Internacional de Enfermedades en el año 1992. Por su parte, la Asociación Americana de Psiquiatras (APA, por sus siglas en inglés) la denominó como juego patológico y la ubicó, en la versión revisada del Manual Diagnostico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-IV-R, por sus siglas en inglés), en la categoría de trastorno del control de los impulsos que altera la vida personal, familiar y profesional de quienes la padecen. Sin embargo, en el DSM-V, que se publicará en este año, se integra a la ludopatía a la clasificación de las adicciones, por las similitudes en la expresión clínica, las causas y tratamiento con las adicciones a sustancias psicoactivas.

La APA en su DSM-IV caracteriza a este padecimiento con cinco o más de los siguientes síntomas: preocupación por el juego, necesidad de jugar con cantidades crecientes de dinero para conseguir el grado de excitación deseado, fracaso repetido de los esfuerzos para controlar o interrumpir el juego, inquietud o irritabilidad cuando se detiene éste; el juego se utiliza como estrategia para escapar de los problemas, después de perder el dinero se vuelve otro día para intentar recuperarlo, se engaña a los miembros de la familia, se cometen actos ilegales como falsificación, fraude, robo para financiar el juego, se han arriesgado o perdido relaciones interpersonales, de trabajo.

—Pero hay quienes ni siquiera conocen la palabra. No hay cifras concretas de cuántos lo padecen en México porque no les interesa, dicen que 4 millones, pero no hay una estadística bien medida. Ni en el sector salud mexicano existen campañas de prevención de la adicción del juego. Siendo que por cada enfermo hay por lo menos 10 personas afectadas, principalmente la familia, y esta adicción es la que más se relaciona con las tendencias suicidas. El paciente ludópata es muy especial, inteligente; por eso es importante preparar a los profesionales de la salud mental sobre la enfermedad—sentencia Carlos.

Del Moral cuenta que quienes buscan ayuda, precisamente, son los familiares, ya que es muy raro que el ludópata se asuma como tal. “Cuando estás enganchado en el juego, no hay límite. Claro que no podemos satanizar el juego, no porque vayas a un salón de juego te vas a volver ludópata, se necesitan ciertas características, y quien padece esta enfermedad no es alguien que esté perdido, es algo que se puede cambiar”. Y, a su vez, asegura que quien no ha ido a un casino, no entiende lo que experimenta el jugador. “Esa sensación, esa taquicardia de que de repente te vas a ganar 100 mil pesos, aunque nunca los ganes”.

—La gente se engaña mentalmente. Llegas con 2 mil pesos y pierdes mil 500, y luego ganas un premio de 600 pesos, dices que ganas cuando apenas estás recuperando lo perdido. La enfermedad radica en ese pensamiento mágico que tiene el jugador, que piensa que puede desafiar al azar y vencerlo.

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Carlos siempre llegaba al casino con la cartera rebosada en dinero, al volante de un auto del año; todavía le iba bien en el trabajo; pero ese día empezó a acercarse al fuego del infierno.

Sólo tenía 100 pesos. Entró a la sala de bingo y se dirigió a las máquinas programadas para llenar el cartón con sólo ingresar el número de serie, y mientras se van cantando los números, el jugador está al pendiente de que la máquina marque correctamente. Se sentó a la orilla de la fila. Miró a todos jugar; los envidió.

Un hombre interrumpió sus pensamientos cuando le pidió permiso para ocupar el asiento de al lado. Carlos, sin mirarlo, como autómata, le cedió el paso. De reojo lo miró jugar y ganar un buen premio, unos cientos de pesos. Cuando aquel hombre se retiró satisfecho con su juego, le regaló 500 pesos; Carlos de inmediato los jugó. Fue una buena noche, una excelente racha, había llegado con 100 pesos esa tarde y se iba con los bolsos reventando 17 mil pesos.

En casa, quizá paranoico, quizá desconfiado, escondió el dinero en el mueble donde guardaba sus casetes de música. Al día siguiente regresó al casino con 5 mil pesos en la cartera. No hubo ocasión que no fuera a jugar; en una semana acumuló 70 mil pesos. Pero llegó el declive, el primero de unos cuantos, y en un día perdió 20 mil pesos, y en segundos que parecieron menos que eso, todo el dinero ganado se le hizo humo.

Y empezó a incendiarse en la desesperación.

—La adicción al juego es como estar en el infierno.

Debía 300 mil pesos de las colegiaturas de sus tres hijos, a quienes inscribió en escuelas particulares. Y aunque al mirarse al espejo se sacaba la lengua, dice, empezó a vender sus objetos más valiosos. Primero vendió un aparato para escuchar y grabar música, que costaba 3 mil pesos, y por el cual aceptó 600 pesos. Después, vendió su esfuerzo de la juventud, todos esos años que le dedicó al Karate que lo convirtieron en cinta negra y que lo hicieron un importante coleccionista de revistas sobre la disciplina editadas en México, Norteamérica y España, más de 3 mil ejemplares por los que recibió 800 pesos.

—Algunas veces se puede ganar. Yo me gané algunas veces premios de 20 mil pesos. El más grande que gané fue de 42 mil pesos, pero también se puede perder, y hasta la vida —relata Carlos. Comienza a cortársele la voz.

Pero no se detuvo. Tampoco pensó que tenía un problema. Él todavía no era un ludópata.

Carlos del Moral busca crear conciencia

La adrenalina

Te decides. Pides el primer cartón, de varios que jugarás esa noche. Aún no tienes claro el asunto, pero juegas, tachas los números que escuchas y que aparecen en aquel diminuto papel; así un par más, hasta que le preguntas a un hombre de cabello cano que saluda a muchas personas; piensas que él de seguro sabe. Y sí, te explica que si llenas de manera horizontal alguna línea de números, gritas ¡línea! y te dan el premio que se estipula al inicio de la partida, tanto para la línea como para el cartón completo. 

Y pasan las horas, juegas y juegas, porque cada media hora lanzan una promoción de una tira con seis cartones por los mismos 10 pesos; ilusamente piensas que tienes más posibilidades de ganar, después te explican que no es así porque en esas “gangas” es cuando más cartones compra la gente y más gente entra a la sala. 

Son las 10 de la noche, has gastado 200 pesos y ni uno sólo has ganado. En un momento las ansias por ganar te hacen gritar línea cuando te falta tachar el número 6, que aún no pasa. Te apenas por el error, por la euforia con la que gritaste, con la vergüenza con la que admitiste la equivocación. Y decides parar un momento. Miras que todas las mesas están casi llenas, incluso las máquinas auto-tachadoras están llenas; ahí miras a la mujer que te ayudó en las máquinas. La miras detenidamente, en esa partida se lleva el premio de mil pesos, pero cuando grita cartón no ves euforia, ni un dejo de felicidad, de victoria. 

Tras ganar, abandona la sala. La sigues al bar, y ves que la mujer de cabello rojo sigue frente a la máquina en la que la viste tres horas atrás, sólo que con más cigarros consumidos. Abordas a la mujer a la cual seguías y le dices que quieres platicar sobre el casino, que eres nueva. Acepta. Y te cuenta.

Se llama Gloria, tiene 60 años. Lleva 15 años asistiendo a los casinos. Empezó con sus conocidas, mujeres, mientras esperaban a que los hijos salieran de la escuela. Desde hace cuatro años va con su marido Tod – aquel hombre que te explicó en la sala de bingo – todos los fines de semana y tres veces entre semana de 9 de la noche, después de cerrar su negocio de computadoras, hasta por cinco horas. Dice que la motiva la adrenalina que experimenta, para romper la rutina del trabajo, para distraerse, “porque ahí se le olvida todo”. 

—Aquí nunca se gana, aunque te lleves el premio —asegura mientras enciende el segundo cigarro.

Le preguntas que si fuma mucho, dice que dos cigarros al día, pero cuando viene al casino a veces se acaba una cajetilla de Benson Light. Te dice que ella destina 200 pesos para jugar cada vez que va, que no se sobrepasa, y cuando pierde ya no apuesta más. Ella le controla el dinero a Tod, porque afirma, él sí no se mide; sobre todo desde que una vez ganó 30 mil pesos. 

Le agradeces cuando la notas incómoda y te retiras. Y miras como en la sala de las máquinas ya no hay espacios libres. Regresas a la sala de bingo por tu abrigo para partir, y encuentras en tu mesa unos boletos de canje por un aperitivo; vas a cambiarlo al final de la sala y notas que en la fila hay muchas mujeres, quizá unas 20, revisas la sala y ocurre lo mismo: son más mujeres. 

Recuerdas que la primera vez que te recibió Carlos del Moral en el comedor de la casa de su madre, donde vive desde hace algunos años, cuando hablaron del Casino Royal, aseveró sin vacilar que en el siniestro habían muerto más mujeres que hombres, y que en la actualidad eran quienes más asistían a los casinos. Así lo consignó en una nota La Jornada.

Investigas lo del Royale. Y efectivamente, días después del siniestro del casino de Monterrey, se dieron a conocer los nombres de las víctimas, de las cuales 42 eran mujeres y 10 hombres, y a casi un mes la PGR determinó que 47 de las víctimas murieron por inhalación de monóxido de carbono y restos calcinados. 

—Otra de las caras del aumento de la ludopatía en México —afirma Carlos con tono de seguridad.

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—Es la pasión. Pierdes la noción del dinero. Cada vez más y más horas. Yo me gastaba las colegiaturas de mis hijos, los anticipos del trabajo y no me importaba. Así que me busqué un buen pretexto para no faltar ni un solo día, porque iba hoy y mañana también —y suelta una carcajada. No puede ocultar su felicidad, ese dejo de tanta adrenalina, de tanto fuego, de una vida vivida al límite.

El pretexto fue que escribiría un libro, y les dijo a sus compañeros de juego que relataría las anécdotas del bingo. La gente entusiasmada le contaba; “le voy a contar para el libro”, le decían. Así fue recopilando muchas experiencias, hasta que un día se decidió a convertirlo realidad.

Me cuenta en ese primer encuentro, en el que los fríos de noviembre le agravaron la voz en una gripe, que no le impide desplazarse con rapidez a su estudio para traerme como un padre orgulloso, presumiendo a su retoño, un ejemplar de la segunda edición, de ese primer logro: Bingo. El primer paso para declararse ludópata.

Y es que en ese entonces desconocía lo complicado que era hacerlo y publicarlo. El primer golpe fue el emocional, admite, porque cuando redactaba que la gente pasa ocho horas diarias en las salas de juego, jugándose las colegiaturas de sus hijos, como él, se encontró del otro lado de la barra, se miraba a sí mismo y no tenía la valentía para reconocerse.

Continuó. Uno de sus hijos lo ayudó a transcribir todas las notas que tenía.

Cuando el material estuvo listo, vino el segundo golpe. Tocó puertas en varias editoriales, relata. Una editorial le solicitó su manuscrito y le dijeron que le iban a hacer un ofrecimiento; Carlos pensó que se haría millonario. Pasaron cuatro meses y no tuvo respuesta de la editorial; enojado, al enterarse que aún no leían su libro, fue a recogerlo y salió con una convicción: lo publicaría.

Fue a Santo Domingo, solicitó una cotización para imprimir por su cuenta su libro: 22 mil pesos, le dijeron. Y tras dejar un anticipo, se fue a jugar, decía, para continuar con los pagos. No fue fácil completar el monto, así que decidió vender su camioneta valuada en 42 mil 500 pesos, en 22 mil pesos.

—Como buen jugador acepté el dinero porque estaba seguro de que si los jugaba en el casino no sólo sacaría para el libro, sino hasta para viajar y muchas otras cosas —relata emocionado Carlos, para en cuestión de segundos borrar su sonrisa y con un semblante serio continuar—: Perdí 17 mil pesos, y sólo puede dar 5 mil para el libro. Les quede a deber mil pesos, que ya me perdonaron. Pero así publiqué la primera edición de Bingo en 2002.

Orgulloso de su publicación fue a llevárselo a sus compañeros de juego, pero cuando los encargados lo vieron, lo cuestionaron y le pidieron que dejara de venderlo. Eso no fue impedimento para que lo distribuyera a escondidas, o lo regalara; porque con libro y todo, Carlos no dejó de ir a los casinos.

Una tarde en el Yak de Plaza Universidad, un par de jóvenes se le acercaron y le contaron que el día anterior habían perdido 2 mil pesos. Carlos les preguntó sobre sus ingresos, cómo costeaban su juego; ellos respondieron que eran estudiantes y que estafaban a sus padres para ir a jugar. En confianza, los tres empezaron a intercambiar información: él les contó de su recién publicado libro; ellos que estudiaban Comunicación, y lo invitaron a un programa de radio que conducían en su escuela.

A un profesor le gustó lo que dijo Carlos sobre los juegos de azar, sobre esa enfermedad de la que empezaba a hablar, y lo recomendó a un programa en Radio Mil. Ahí empezó a desvanecerse la adrenalina. Carlos iba a programas a hablar sobre la peligrosidad de las apuestas, había escrito su libro, pero no había día que faltara al casino.

De pronto, la sensación no fue la misma. Cada vez que llegaba a la sala de bingo sentía que todos lo miraban. “Sentía que cuchicheaban sobre mí. Tal vez era un vulgar desconocido, pero me sentía mal, ya no disfrutaba tanto ir a jugar. Era una doble angustia, la de saber si ganaba, y la de sentirme observado, y mal conmigo mismo. Un traidor”.

Carlos empezó a vivir una doble vida, criticaba algo que no podía dejar de hacer. Cuando empezó a buscar más micrófonos (como un espacio en el programa de Canal Once “Diálogos en confianza” donde obtuvo varias negativas hasta que lo consiguió) para combatir la ludopatía, aceptó que tenía un problema.

Jugadores en recuperación

―Si quiere ahorita le doy 70 mil pesos ―le dijo el coreano al que le vendió su casa en pagos.

Carlos le había propuesto a su esposa que vendieran la casa, justo un poco antes de que publicara Bingo; al principio ella le dijo que estaba loco, después aceptó. Tras la valuación en un millón 300 mil pesos, llegaron al acuerdo de que 500 mil serían para ella, 500 mil para él, y los 300 mil restantes para pagar las colegiaturas que adeudaban, y asuntó liquidado.

Y no fue lo único que finiquitó.

Carlos le dijo a su esposa que quería separarse, y a sus hijos seguiría apoyándolos con su escuela y otros gastos. Y se mudó a un departamento Duplex que rentó por el Metro El Rosario. El primer pago de 500 mil se lo dio a su ahora ex esposa, y el resto lo fue recibiendo en los pagos que él le reclamaba al coreano cada semana, cuando ya no tenía efectivo para ir al casino. Cuatro meses le duraron sus 500 mil pesos.

Tras la separación dejó de hablarse con sus hijos, sólo tenía contacto con ellos cada que llegaba el pago de las colegiaturas, y una de sus hijas le llamaba para recordárselo. Pero, cuando se quedó en ceros, comenzó a mentir. Inventaba en la escuela excusas para que lo esperaran, que tenía un negocio que iba a demorarse un poco más. Hasta que, desesperado por las deudas y la soledad, le dijo a su hija que no tenía dinero, que ya no los iba a ayudar, que ella no le interesaba porque le llamaba sólo por el dinero.

―Me sentí con ganas de suicidarme ―me relata llevándose las manos a la boca.

Y así, cuando la muerte se apoderó de sus pensamientos, la soledad le carcomió la adrenalina; la felicidad. Se sintió observado, juzgado. Un mentiroso. Aquel departamento Duplex en El Rosario se convirtió en su abismo. Con nostalgia, embriagado de tristeza por las deudas, no tenía trabajo, ya no se anunciaba en el Segunda Mano porque los anuncios ya no eran gratuitos; porque ya no disfrutaba el juego como antes, le habló a su mamá y le dijo que estaba muy mal, que debía dinero, que ya no podía pagar la renta. Y su madre le abrió las puertas de su casa en la colonia Jardines Balbuena.

Y terminó su carrera como jugador.

Total de establecimientos en operación a septiembre de 2012 (Fuente: SEGOB). Tomado del libro Consideraciones Generales hacia la prevención y la atención del Juego patológico en México, donde se indica que al mes de septiembre de 2012, la Dirección General de Juegos y Sorteos informa la existencia de 679 establecimientos que pueden llegar a operar con permisos ya otorgados, y 359 establecimientos operando; mil 316 permisionarios entre juegos y sorteos, y establecimientos de espectáculos en vivo a lo largo del país. La mayoría se ubica en la zona norte en Jalisco, Edo. de Méx. y el DF.

Establecimientos de juegos y sorteos (Fuente: SEGOB). Tomado del libro “Consideraciones Generales hacia la prevención y la atención del Juego patológico en México”, donde se indica que al mes de septiembre de 2012, la Dirección General de Juegos y Sorteos informa la existencia de 679 establecimientos que pueden llegar a operar con permisos ya otorgados, y 359 establecimientos operando; mil 316 permisionarios entre juegos y sorteos, y establecimientos de espectáculos en vivo a lo largo del país. La mayoría se ubica en la zona norte en Jalisco, Edo. de Méx. y el DF.

 

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A finales del año 2002, Carlos apenas podía cargar con él. Todo el tiempo se sentía acompañado de la muerte, los nervios y la ansiedad se le pegaban a la piel, a las sensaciones. La desesperación lo hizo visitar al psiquiatra y ser medicado.

―Todo lo aprendí con dolor, con angustia.

Y dejó de visitar los casinos.

Un conocido de su antiguo vecindario en Satélite, le prestó una casa de colonos en Lomas Verdes que le permitió usar dos veces por semana, y ahí Carlos formó el grupo de autoayuda Jugadores en Recuperación. Eso lo impulsó a levantarse. Buscó especialistas que les dieran una plática a las cuatro personas que formaban su agrupación.

Encontró el sentido de su vida, y aunque el grupo se desintegró poco a poco porque faltaba más constancia, él no se dio por vencido y empezó su carrera en el conocimiento de su padecimiento para ayudarse y ayudar a otros como él.

Primero, a dar un curso de oratoria y desarrollo humano. Después, estudió cuatro años psicoanálisis. En un programa de radio conoció a un doctor que atendía adicciones, y por medio de él tomó un diplomado en logoterapia (psicoterapia) y una especialidad de tres años; además de diferentes diplomados: Introducción al psicoanálisis, la clínica psicoanalítica.

Hubo un antes y un después, dice. Compró un despacho en Avenida Insurgentes (que actualmente permanece cerrado por medidas de seguridad tras el sismo de marzo de 2011), y empezó a dar terapias gratis. No tenía gran cantidad de pacientes porque, afirma, hay resistencia a la ludopatía, a reconocer el padecimiento y, por otro lado, falta difusión. Publicó su segundo libro: Juegos de Azar. Soñar no cuesta nada, jugar puede costarlo todo en 2007. Y un día alguien le dio una idea.

Yo, ludópata

No recuerdo la última vez que jugué; las últimas dos, tres veces que jugué me sentí muy mal. No lo disfrutaba. Ya perdí la cuenta de cuánto tiempo llevo sin jugar, 10 años quizá; pero no de pisar un casino, a veces voy a algún casino, cuando dicen que inauguran alguno, y porque escribo, estoy por publicar mi tercer libro este año; he llevado a personas a que conozcan, que vean cómo funciona para que miren el fondo de este mal.

La gente siempre busca la suerte. Y les explico varios de los rituales que hacíamos: hacer bolita el cartón, jugar arriba de las fotografías de los hijos, persignar la máquina, golpearla, besarla. No extraño el juego. Cada historia me hace agradecer estar del otro lado de la barra. Cuando recibí mi primer paciente fue muy triste ver que estaba pasando por eso, pero a la vez la satisfacción de ayudar a alguien para que no eche a perder su vida. Le agradezco poder entrar en su intimidad. 

Un día alguien me dijo que por qué no me conformaba como asociación civil y pedía apoyos. Lo hice en 2008. Me costó 10 mil pesos, pero así nació el Centro de Atención de Ludopatía y Crecimiento Integral (CALCI A.C.). Hace falta mucho conocimiento, por eso llevamos la información a donde nos lo permiten. La ludopatía me dejó una misión. 

A los pocos meses de conformar la asociación, Indesol me mandó un mensaje de que tenían un tope de 10 millones de pesos que les había sobrado, y que aceptaban proyectos. Hice un proyecto con alguien que me cobró y lo envié, y me dieron 150 mil pesos que utilizamos para la infraestructura, compramos sillas, equipo de cómputo, de proyección, y ya. Yo trabajo por mi cuenta, lo que gano de algunos pacientes, algún dinerito que tengo es lo que destino para la asociación.

Sí buscamos, pero tengo personas que me ayudan. Algunos psicólogos. Tenemos presencia en Villa Hermosa, Cancún, Querétaro, Cd. Juárez, psicólogos que están trabajando conmigo representando a la asociación, y cuando nos hablan de alguno de esos lugares los canalizamos con ellos. Hemos ido ampliando la red a nivel nacional con los grupos de Jugadores en Recuperación. El grupo sigue funcionando, y de ahí tengo algunos pacientes con tratamiento personalizado en mi despacho y consultorio, de momento en mi casa. 

Es terapia dos veces por semana, tres meses, 24 sesiones, después de esas sesiones nos vemos a los 30 días, después a los 60, y a los 90. La Logoterapia la creó el psiquiatra Viktor Frankl, que estuvo en los campos de concentración, es buscarle un sentido a la vida, porque cuando uno genera una adicción es porque no está satisfecho con su vida, que tiene problemas en el presente o en el pasado. Y el juego es maravilloso para olvidarte de tus broncas.

¿Cómo llenar esos vacíos? Con algo positivo que genere placer. Con el juego engañamos a la mente, claro que el juego nos da placer, pero el verdadero placer cuesta trabajo. Con las adicciones engañamos a la mente con ese placer. El juego está equiparado con el placer que produce la cocaína, por eso es muy rico jugar. Pero no necesitas ir a un casino para ser ludópata; por ejemplo, “El Mantequilla” Nápoles y Mauricio Garcés perdieron su fortuna en el hipódromo, en las apuestas, eran ludópatas. Yo soy ludópata.

El diario de un ludópata

Son los primeros días de diciembre, Carlos lee una nota del semanario Proceso: a las 23:58 del 30 de noviembre, dos minutos antes de concluir el sexenio, el ex presidente Calderón otorgó, a través de Segob, dos permisos para operar casi 100 casinos durante 25 años a empresas ligadas a la delincuencia organizada.

Iracundo, indignado, preocupado, Carlos abre la cuenta de Facebook de CALCI y escribe un sentido reclamo para el presidente que aprobó el 19 de octubre de 2012 una reforma al Reglamento de la Ley Federal de Juegos y Sorteos, decretó para autorizar a las casas de apuestas con permiso la operación de máquinas tragamonedas, cuando, tras el incendio del casino en Monterrey, por orden presidencial se le empezó a prestar atención al tema: casinos-permisos, adictos al juego-ludopatía; más casinos-más ludópatas.

Carlos lo recuerda bien. Cuando explotó la cloaca con el Casino Royale fue que se empezaron a abrir las puertas, hace apenas un año y meses. Sabe que aún no termina, que está empezando. Porque después de esa tragedia, se empezó a prestar atención al problema de la ludopatía y a las mafias de los casinos; justo el Royale había sido clausurado el 4 de mayo de 2011 por falta de requerimientos para su ampliación, pero para el 31 de mayo fue reabierto gracias a un amparo del Tribunal de lo Contencioso Administrativo del Estado.

Y pasarán los días, y en el primer mes del 2013, una ola de verdades empezarán a surgir; nombres de ex funcionarios panistas, de gobernación, que se ven vinculados a la autorización ilegal de casinos, como ocurrió en los meses posteriores a la quemazón del casino Royale: Ligan con Royale a ex mando de SGMéxico tiene en la mira a los casinos, tráfico ilegal de documentos permitió operar a casinos.

Incluso la Comisión Permanente aprobará por unanimidad que se instale una comisión bicameral de investigación sobre la licencia de los permisos con que operan los casinos en México.

&

Carlos estaba hace unos meses en a la presentación del libro del Conadic sobre el juego patológico en México, a donde asistieron varios representantes de las esferas públicas e institucionales del sector salud y un grupo de casineros, quienes en su turno dijeron que como empresas con responsabilidad civil ayudaban con fondos a asociaciones de niños de la calle. En ese momento se le accionó el gatillo a Carlos y se puso de pie, no pudo quedarse callado, y disparó:

― Un momentito, ustedes deberían ayudar a las personas afectadas por lo que ustedes provocan; a los ludópatas ―todos lo miraron y no le importó.

Reconoce que estos grupos lo tratan con pincitas, prefieren no encontrárselo en algún evento de adicciones porque saben que Carlos les aventará de frente alguna verdad. Y siempre ha sido así, porque ha tenido que tocar muchas puertas, algunas nunca se han abierto.

El Conadic tardó en atender su petición para que prestaran atención a la ludopatía. Le costó esfuerzo y paciencia que le dieran un oficio para que pudiera dar conferencias en todas las clínicas de Nueva Vida, pero sin viáticos; también que lo pusieran en la base de datos y pedirle que capacitara a las 90 orientadoras telefónicas de la línea de las adicciones para que pudieran canalizar con él a algún ludópata. Pese a los inconvenientes dio muchas conferencias sobre el tema gratuitamente en distintas partes del país. Un día le llamaron de Oceánica, que le solicitaba les diera una plática sobre la ludopatía a los gerentes de algunos casinos; querían saber cuánto le cobraban. Él muy amable y atento les dijo: “Cobró 3 mil, pero te advierto que todos ellos van a saber quién soy y no van a querer”. Y así sucedió, porque después este grupo de casineros buscó las mismas charlas en el Tecnológico de Monterrey, quien también buscó a Del Moral, y al enterarse, ellos dijeron que no.

—Todos ellos me odian—sostiene Carlos con una sonrisa.

Bromea a carcajadas que sus conocidos le dicen que de tan ocupado que está ya sólo lo ven en la tele, dando entrevistas, o en su programa de radio por Internet “Del juego al fuego” todos los martes. “En 10 años de lucha para combatir este mal los reflectores han volteado a verme”, afirma.

Y es que Carlos ha generado varias actividades y misiones. Estudiar su carrera en Psicología de la que ya terminó el primer cuatrimestre; y otra, que es la creación de su clínica de internamiento para tratar la ludopatía, la cual se encuentra en Teloloapan, Guerrero, a una hora de Iguala; es un establecimiento que el papá de un paciente puso a su disposición para que atienda a la gente desesperada que lo contacta y que está dispuesta a trasladare a donde sea con tal de recuperarse. Aún no ha tenido a algún paciente pero sabe, asegura, “llegarán”.

De ahí, también, le surge una preocupación: los niños. Con la implementación de máquinas de juego afuera de las farmacias, tiendas de abarrotes, se presentan casos de ludopatía infantil, quizá como él lo vivió. Incluso, relata, tiene un paciente de 11 años que juega en esas máquinas, que le robó 500 pesos a su psicóloga, y 8 mil pesos a su mamá y a su abuela para apostarlos.

Y regresamos al principio. A donde comienza la historia.



Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas
Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com




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