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Diarios de la sinrazón

13 Jul, 2016 Etiquetas: , ,

¿Dentro? ¿Afuera? ¿Sano? ¿Demente?, todas estas interrogantes retumban con la lectura del siguiente texto que la escritora Yolanda de la Torre comparte con Kaja Negra. Se trata de un diario íntimo sobre su paso por un hospital psiquiátrico, como parte de un equipo de terapia ocupacional y, ante todo, como paciente. Es, al mismo tiempo, una invitación a la reflexión sobre la vida y el sufrimiento de los enfermos mentales.

TEXTO: YOLANDA DE LA TORRE / ILUSTRACIONES: ISRAEL CAMPOS CALEON

1.
Acerca de la separación

Qué triste es que nadie nos entienda
y nos tengan aquí, manicomiadas.
Sra. A., paciente del Tratamiento IV

Este mundo no está hecho para los enfermos. Cualquier padecimiento, sin importar su origen —la genética, el azar, un accidente— nos separa, aunque sea por unos días, del resto de los humanos; da lo mismo que sea una gripa o un cáncer terminal: tan pronto se comprueba que nuestro cuerpo es presa de alguna anomalía, se nos confina en nuestra habitación o en la de algún hospital hasta que el malestar pase, nos enloquezca, se vuelva tolerable, manejable, crónico, o nos mande a la tumba, dependiendo de su naturaleza o gravedad. Quienes arrastran consigo cualquier deficiencia o discapacidad, visible o no, llegan a acostumbrarse al enorme esfuerzo físico y mental que les impone la necesidad de sobrevivir, pero eso no significa que los espacios diseñados para la vida cotidiana, en los cuales convive sin mayor dificultad la gente «sana», les faciliten la existencia; para muchos de ellos, la separación de los demás ocurre de otro modo: significa vivir el padecimiento en silencio, sea porque no quieren ser vistos con lástima, porque no desean parecer débiles, porque lo que les carcome el cuerpo o el alma los avergüenza o porque la enfermedad los aterra.

A veces ocurren ambas cosas: el aislamiento sucede al mismo tiempo en alguna habitación y en la propia mente de quienes van por el mundo con alguna traba física o mental. Esto es particularmente cierto cuando alguien tiene alguna enfermedad estigmatizada por el contexto social en el que vive: la  infección con el virus del VIH, los síntomas del Sida o alguna patología de orden psiquiátrico, por ejemplo. A menudo se estigmatiza lo que se teme, sin importar que la persona que porte el padecimiento sea generosa, inteligente o productiva: no es lo mismo vivir con depresión que tener diabetes [a ningún paciente diabético se le ocurriría sentirse avergonzado por ir al endocrinólogo, mientras que muchos de quienes acuden a terapia con un psicólogo o, peor tantito, con un psiquiatra, prefieren ocultarlo. A veces hacen bien: el estigma y la discriminación que padecen los enfermos mentales han sido, desde tiempos antiguos, una sutil manera de criminalizarlos, y ellos lo saben].

En cualquiera de sus formas, la locura es casi un tabú en pleno siglo XXI. Si se habla de ella no es como una palabra que agrupa una amplia variedad de trastornos y disfunciones psiquiátricos y neurológicos, sino como un estímulo para la creación o para activar la maravillosa e ingenua sensación de ser distinto: ¡Yo no sufro la locura, la disfruto! Qué va. Las enfermedades mentales no son motivo de gozo ni inspiran nada. El arte que emerge de ellas refleja algo más que las capacidades creativas de su autor: muestra las complejas maneras en que la mente, en lugar de iluminarse, por así decirlo, se oscurece cuando el cerebro sufre variaciones químicas o eléctricas, o algún otro malestar que se traduzca como un intenso y constante dolor en la médula de los abismos propios. Lo sé porque yo vivo con algunas de esas enfermedades mentales.

Esa total incomprensión de las enfermedades invisibles que obligan a quienes las padecen a sonreírle a todos para ocultar su feroz hundimiento, su fragilidad y su desarraigo, se convierte, tarde o temprano, en una forma de destierro: nadie entiende por qué esas personas, aun si gozan de éxito y fama,  se niegan a salir de casa, se alejan de sus amigos y sus familias, no comen, quieren dormir todo el día y se ven orilladas a mostrar su increíble denuedo no por gusto, sino por exigencia de un sistema que vende felicidad y sólo permite rostros sonrientes, como si la infelicidad de algunos fuera un recordatorio de la miseria humana de otros. Dice William Styron en su célebre ensayo sobre la depresión, Esa visible oscuridad, que la depresión y su mirada melancólica es una forma de la locura; pero si bien  nadie forzaría a un enfermo de enfisema en fase avanzada a comportarse como si estuviera sano; en cambio, alguien profundamente deprimido y/o muerto de miedo, enfermo de la mente o de alma intangible que lo sostiene, debe trabajar a diario y fingir que sus deseos de muerte son una forma de alegría.

_____

Comencé a tener ideas suicidas alrededor de los treinta años, a pesar de que tenía un buen trabajo y la vida más o menos resuelta; antes, sencillamente, vivía en una negación sonriente y en un solitario sótano interior: arrastraba un vacío que no podía explicarle a nadie, una mezcla de vergüenza, inferioridad y temor de ser castigada, que aún me ataca por cosas tan sencillas e inocuas como contestar el teléfono: ¿ahora qué hice mal?, ¿quién me va a regañar?, me pregunto mientras tomo el valor suficiente para contestar. Poco antes de llegar a los treinta años comenzaron los cuadros de angustia extrema, que los médicos llaman ansiedad: manos temblorosas y llenas de sudor, opresión en el pecho, dificultad para respirar y un miedo que termina convirtiéndose en ira y llanto; junto vinieron los ataques de pánico, durante los cuales, sin razón alguna, me asustaba todo: asomarme a la calle, salir de noche, saludar a mis amigos, despertar a oscuras, como si mi entorno estuviera lleno de obsesiones, de pesadillas, de espantos.

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Pero también conocía algunas de las maneras que toma la felicidad: salía con amigos, hacía bromas y repartía besos, bebía unos tragos, bailaba bien y trabajaba como una respetable profesional. Tenía una gran habilidad para ocultar hasta de mí el óxido del alma, esa herrumbre de desamor y aburrimiento mortal que me habitaba, escondida en mi personal caja de Pandora. Para mí el suicidio era un plan a futuro: tenía tal certeza de que no hallaría mi lugar en el mundo que pensaba matarme entre los cincuenta y los sesenta años, cuando me encontrara vieja y sola, sin pareja, sin hijos, sin familia. Mi mente se me adelantó más de diez años: apenas tengo cuarenta y ocho y todo el telón, la escenografía completa de mi existencia, ya no existe.

Aunque por entonces, a los treinta y tantos, aún era funcional, vivía una doble existencia que nadie sospechaba: de día era una profesionista, la jefa editorial del sitio de internet de Canal Once, y al caer la tarde regresaba a un departamento desordenado y sucio que forjó una barrera entre mí y el mundo: yo intuía que aquello no era normal —mi abuela paterna, Alicia Morales, con quien me crié, era de una pulcritud extrema— y me aterraba la posibilidad de que alguien se asomara a mi casa y me juzgara por mi caos. Sólo me esforzaba por limpiar cuando el abatimiento me lo permitía y cuando esperaba una visita: si alguien llegaba sin avisarme ni de broma le abría la puerta. Después me enteré de que esa desaseada compulsión tenía nombre: síndrome de Diógenes, y que es común en personas con un permanente sentimiento de abandono y vacío, sobre todo entre gente de edad avanzada. Yo había normalizado aquel desorden: era como si la basura y el desbarajuste fueran invisibles para mí; como si limpiar me dejara, de alguna manera, huérfana de cosas por hacer: ¿con qué llenaría el vacío si de pronto la casa estuviera limpia y yo no tuviera nada a qué dedicarme? Ver un gancho, una naranja y un calcetín tirados a media sala eran cosas que podían suceder en mi departamento.

Dejé Canal Once hace varios años y busqué nuevas maneras de trabajar que no me obligaran al suplicio de fingir normalidad entre un montón de gente productiva y feliz. Fui editora, correctora, reportera y profesora de creación literaria para grupos de adolescentes, me dediqué a los asuntos de género, tuve una columna en Cimacnoticias y fundé una agencia de noticias culturales en Canal 22, de la que fui editora en jefe durante un par de años. Continué adelante con ganas de encontrar mi lugar afuera de cualquier tipo de oficina y me volqué al trabajo de freelance.

Durante 2012, cuando ya me dedicaba a dar clases en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México [Sogem] y en algunos espacios del INBA, comenzó mi derrumbe: en marzo de ese año me diagnosticaron con la enfermedad de Graves, una pesadilla hormonal que produce un profundo dolor en la mente, en el alma, en la pequeña llama de vida que nos mueve. Las infecciones bronquiales y oculares se volvieron cotidianas. Alternaba entre furiosos episodios de ira, depresión y ansiedad que paulatinamente llegaron a ser insoportables. Poco después perdí, casi de golpe, la agudeza visual que me permitía sobrevivir: primero comencé a ver doble y los músculos oculares se llenaron de grasa arriba y debajo; después, mi vista se debilitó de manera dispareja: con el ojo derecho veo más y con el otro menos, o viceversa, de modo que el mundo me parece enfocado y desenfocado al mismo tiempo, como si fuera irreal. Con ello adquirí una nueva visión psicodélica del mundo, pero dije adiós a la corrección y edición de textos, a la lectura, a mis alumnos. Yo no lo sabía, pero mi existencia, tal como la conocí en la juventud, se había acabado.

En ese periodo tuve, además, dos ataques de ira memorables que fueron para mí la evidencia de que estaba perdiendo la razón: en uno arrojé montones de cosas a la calle con todas las ganas de que le cayeran encima a alguien: la licuadora con todo y base de metal, discos y películas, platos, vasos e incluso un enorme jarrón de talavera; en el segundo, meses después, destrocé a patadas todos los muebles de mi recámara, tiré la puerta del baño y le escribí un mensaje terrorífico a mis alumnos de los cursos de adolescentes, un grupo de chicas y chicos con quienes forjé una especie de familia. Al día siguiente, mientras yo dormía a merced del clonazepam, ellos se encargaron de hacer la limpieza. Esos episodios me convencieron de que algo se había descompuesto en mi cerebro.

Hoy sé que algunas cosas permanecen descompuestas para siempre.

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En ese instante parecía muy fácil rasgarme la muñeca de forma vertical sin decirle adiós a nadie; pero ya había decidido que no quería irme de la vida con tal violencia. Me detuvo, sobre todo, pensar en las patitas de mis gatos pisando coágulos por toda la casa y dejando pequeñas manchas color escarlata por el suelo mientras yo yacía, ensangrentada, en algún lugar de mi recámara.

La ideación suicida comenzó a mediados de 2013 y se profundizó a finales de ese año, cuando a mi permanente sensación de vacío se sumó el diagnóstico neurológico de vértigo vestibular crónico, imposible de controlar en sus inicios, de modo que ir del sillón a la mesa podía ser un reto. Aquello me hizo pedazos: pensaba que el vértigo no sería nada de cuidado, que me darían alguna pastillita y listo, y en cambio me dijeron que no podría volver a nadar, que el vértigo era incurable y que sólo podría aprender a controlarlo. Eso vino acompañado por la pérdida de mis fuentes de trabajo, vinculadas con la lectura y la enseñanza; la ruptura con mi pareja, quien me abandonó cuando la enfermedad de Graves estaba en su punto más alto para irse con una mujer de la mitad de mi edad, y los pleitos con algunos miembros de mi familia que formaron a mi alrededor un círculo de aislamiento. Todo ello me sumió paulatinamente en una aguda sensación de abandono. Estaba enferma y pocos me creían. Circulaba, detrás de mí y entre amigos y familia, la versión de que al pedir ayuda me proponía estafarlos a todos y vivir a costillas de la generosidad de otros. ¿Cómo podían creer eso de mí? Sentí que lo había perdido todo. Entonces empezó la pulsión de muerte. ¿Quién querría vivir enfermo y desamado, solo, inútil, sin familia? Yo no. Yo sólo deseaba, desde niña, no sentirme tan sola. Ahora creía que había fracasado incluso en eso.

Al mismo tiempo, ese año comencé a tener ilusiones visuales poco después del diagnóstico de vértigo. De todo lo que me jodía la vida, eran lo único hermoso: un día observé cómo se encendían halos eléctricos salpicados de pinchazos intermitentes de luz amarilla y azul en las cabezas de los personajes de una película, como si alguien los hubiera santificado con LSD. A partir de entonces comencé a tener las más diversas ilusiones: las pantallas chinas de los focos de casa aparecen frente a mis ojos multiplicadas y brillantes como un milagro; mi mente replica cualquier cosa que miro: su fantasma, su aureola luminosa; cualquier pared con textura dispareja, descarapelada o con tirol puede transformarse en un muro cuyos intersticios respiran, como si pequeños látigos de luz cobraran vida en ellos y recorrieran velozmente el espacio; las vetas de la madera, cuyo contraste entre tonos claros y oscuros irremediablemente me dibuja cosas en el cerebro; incluso las vetas de mi piel se convierten en riachuelos de luz semejantes a ríos de árboles, a ramas azules que lo recorren todo si uno las contempla con la atención suficiente.

Otras veces, mientras camino, los árboles de vieja madera torcida, árboles reales con las raíces profundas enclavadas en tierra, aferradas a ella, me obsequian el regalo de llenarse de un falso movimiento y de forjar figuras con la generosa textura de su corteza. De todas mis ilusiones visuales, la mejor es esa línea de color o azul o amarillo que observo en los contornos de rostros, paisajes, objetos. Siempre pensé que esas luces estaban relacionadas con el vértigo; ahora sé que las provoca un foco epiléptico en uno de los lóbulos temporales y me sentiría muy triste si las perdiera.

Pero no creo que se vayan. Me encanta poder decir: Yo veo ilusiones.

Para 2014 mi salud se hallaba muy deteriorada. Mi subsistencia fue un milagro obra de mis amigos, algunos familiares y los chicos de los talleres para adolescentes —sobre todo las niñas— que impartí hace años en el Instituto Politécnico Nacional [IPN] y varios espacios del Instituto Nacional de Bellas Artes [INBA]. A lo largo de ese año recibí apoyo económico y emocional de tantas personas, de tantos amigos entrañables, e incluso de desconocidos, que es imposible nombrarlos aquí: a ellos, a sus donaciones e iniciativas para ayudarme, les debo haberme mantenido viva durante largos meses. Pero enferma, sin trabajo y con la sensación de que era una persona innecesaria, un día me cansé de pelear contra un universo que parecía haberse vuelto contra mí. Ya no tenía un lugar en el mundo.

Continué trabajando en lo que pude mientras luchaba con una depresión llena de ira y de angustia que parecía jalarme hacia la oscuridad, hacia el odio que llenaba mi vacío, hacia las profundidades de mi particular caja de Pandora. Lidiaba con el vértigo, la tiroides y una vista al mismo tiempo doble, eléctrica y muy pobre, pero me las arregle para brindar apoyo terapéutico a población discapacitada en situación de calle para El Caracol, A.C., dar clases por un semestre en el Claustro de Sor Juana y regresar poco a poco a los diplomados de creación literaria del INBA. Por último, intenté levantar un proyecto de negocios que acabó con mis ahorros. Mi barco llevaba meses hundiéndose; ahora había encallado. No podía trabajar lo suficiente para mantenerme. Pedí apoyo a gritos y, de alguna forma, siempre me llegó, pero depender de la generosidad de los demás me hizo sentir cada vez más pequeña y deprimida. Resistía porque otros me pedían que resistiera. Gracias a toda esa gente que hizo lo posible por echarme la mano mientras mi vida se venía abajo.   

A mediados de 2015, enferma y agotada a pesar de todo el amor de mi gente más cercana, dejé que mi departamento se volviera un nido de ratas, espejo del nido de ratas de mi mente; comencé a fumar mariguana de manera compulsiva y abusiva para  evadir el dolor de sentirme inútil y sin identidad, me quedé atrapada en un estado de estupidez televisiva y dejé de comer: sólo pensaba en ello cuando Pamela de la Paz, la más cercana de mis niñas, me preparaba algo y permanecía a mi lado para asegurarse de que me alimentara; de otra manera yo era capaz de pasar el día con una rebanada de pan tostado y un litro de jugo de naranja. Entonces me di cuenta de que no sólo deseaba morirme: ya había comenzado a dejarme ir. Poco antes se me ocurrió regalar a mis gatos, que habían sido mi ancla durante años. En ese momento comprendí por qué algunas mujeres suicidas matan a sus hijos: se niegan a abandonarlos en un mundo que puede ser pura crueldad.

En septiembre de 2015, asustada por mi estado [llevaba tiempo sintiéndome inútil, débil, con ganas de que todo se fuera al carajo] le pedí ayuda a mi familia materna y me mudé un par de meses a la casa de mi tío José Agustín, su esposa, Margarita, y mi primo Agustín Ramírez, Tino. Durante ese periodo dejé a mis gatos bajo los cuidados de Danaé Maya Solís —otra más de mis chicas— y Pamela de la Paz, y me la pasé viajando de ida y vuelta a la Ciudad de México y Cuautla cada quince días, durante un par de meses, para asegurarme de que mis felinos estuvieran bien. Al cabo de un tiempo me encontraba muy desgastada. Decidí mudarme de manera permanente a Cuautla. Saqué mis cosas de la colonia Roma, le renté el departamento a mi sobrina Andrea Ramírez —quien se hizo cargo, junto con sus padres, de convertir ese espacio en un lugar habitable— y renté a mi vez uno de dos recámaras en el fraccionamiento Brisas de Cuautla [fraccionamiento que me encanta, porque hoy tiene aire de pueblo fantasma que le va muy bien al aire espectral de mi presencia], a unas cuadras de la casa de mis tíos. Desde aquí escribo estas líneas y, a pesar de que mi alrededor no reluce de limpieza, el apartamento está muy lejos del caos en el que solía vivir. Mantenerlo así, medianamente ordenado, ha sido el reto más difícil después de dejar el tabaco.

A lo largo de unos meses, recién llegada a  Cuautla,  asistí a terapia con una psicóloga; sin embargo, he desarrollado una gran habilidad para ocultar mi depresión y puedo negarla aunque la tenga en las narices. Mientras trataba de mostrarme fuerte, sentía una intensa angustia por mis escasos medios económicos y, en un silencio paulatino, un lento acto de encerramiento emocional, un malabarismo hecho de ausencias, dejé de encontrarle significado a mi permanencia en la tierra. Algo dentro de mí comenzó a venirse abajo como si mi yo, mi antiguo yo, fuera de cristal y se hubiera hecho añicos. Sentía que dentro de mí no había nadie, que ese nadie estaba confinado en mi cabeza, y a veces no reconocía mi espacio ni mi rostro, como si fueran irreales. Con todo, aquello que me martirizaba era tan real que comencé a fraguar un plan: repartir a mis gatos entre gente que los tratara con cariño, heredarle mi departamento a mi prima Denisse y su hija Hazel, dejarles todas las cosas amadas a mis hijos adoptivos, conseguir de manera ilegal alguna pastilla de cianuro o una dosis letal de heroína o varios frascos de clonazepam y ¡pum!, vámonos para dentro con un porro y un último brindis por la muerte.

Para entonces me sentía completamente desconectada, incomprendida —no hay palabras que alcancen a explicar cómo se vive la pulsión suicida, esa aterradora necesidad de acabar con todo—, con miedo a cualquier desconocido e incapaz de mirar la belleza a mi alrededor. Los mejores esfuerzos de la psicóloga, una mujer alegre y amorosa, no habían servido para acabar con mi pulsión de muerte. Mientras estuve ocultándole mis fantasmas las crisis se multiplicaron en todas las formas posibles: pasaba de la ira al llanto en cuestión de segundos y más de una vez debo de haber asustado a los vecinos con mis aullidos. El amor de mi tía Margarita y mi tío Agustín se estrellaba una y otra vez contra las murallas de mi desolación: jamás había imaginado que llegaría a su vida una sobrina destrozada y rebelde a quien no sabían cómo curar. Mi primo Tino estaba preocupado. Tenía motivos. Sólo a él le permití ingresar al desierto emocional donde vivía atrapada. Fue él quien me vio gritar sobre el techo de su casa y ocultarme después en mi silencio; quien más de una vez me descubrió llorando en mi departamento para luego mostrarme menos enloquecida frente a todos.

Hubo una noche en que encontré por el piso varios pedazos de un espejo roto que me trajeron de la Ciudad de México; tomé uno muy fino entre mis dedos y permanecí mirando alternativamente el vidrio y mi muñeca izquierda durante cerca de una hora. En ese instante parecía muy fácil rasgarme la muñeca de forma vertical sin decirle adiós a nadie; pero ya había decidido que no quería irme de la vida con tal violencia. Me detuvo, sobre todo, pensar en las patitas de mis gatos pisando coágulos por toda la casa y dejando pequeñas manchas color escarlata por el suelo mientras yo yacía, ensangrentada, en algún lugar de mi recámara. Sabía que estaba en riesgo. Hablé con amigos: Martha Marbán, Alicia Vargas, Marisa González e Itzia Pérez, y me puse de acuerdo con ellos para regresar a la Ciudad de México e internarme. Le avisé a Tino, pero no a mis tíos. Martha llegó por mí un miércoles por la noche a Cuautla y me mantuve acogida entre amigos hasta el martes siguiente.

Jueves y viernes fuimos al Fray Bernardino Álvarez Marisa, Itzia y yo, un día cada una de ellas. Recuerdo que el jueves, mientras Marisa hacía trámites, un paciente estaba mirando la tele y comentaba todos los contenidos con frases absurdas y a gritos. Comencé a asustarme. Sudor en las manos, temblor en el cuerpo, lágrimas contenidas. Me sentí feliz cuando me encontré lejos de aquel hombre, como si el germen de su demencia fuera contagioso. Finalmente me evaluaron dos veces [en ambas consideraron que necesitaba internarme], y después resultó que no había camas. Itzia me llevó, días más tarde, al área de Urgencias del Instituto Nacional de Psiquiatría y al fin, tras una espera interminable y una nueva evaluación, me aceptaron como interna: ahora necesitaba como responsable de mi estancia a un familiar directo, mi padre o mi hermano, y no había manera de ponerse en contacto con ellos.

Sorprendidos porque nadie en mi familia pudiera tramitar mi ingreso, en el hospital facilitaron las cosas: podría internarme cualquier pariente consanguíneo. Tras montones de llamadas Itzia se puso en contacto con mi prima Denisse de la Torre, quien aceptó hacerse responsable de mi internamiento. Así fue como mis enfermedades del alma, mi química cerebral, mis trastornos afectivos y una soledad de ésas que matan me separaron de los otros en este mundo donde ya no quería estar: llegué a la cama 8 del Tratamiento IV el 8 de marzo de 2016, Día Internacional de la Mujer.

Mi celebración fue ser admitida en el mundo secreto de los locos.

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2.
El Valle de los Locos

En Irlanda, fuese cual fuese el lugar donde se
  hallaba el loco, se creía que sus pasos
  terminarían por llevarlo al Valle de los locos.
La locura a través de los siglos
Michele Rustich de Groote

El Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente está conformado por un conjunto de edificios dedicados a la investigación, la formación y actualización de médicos psiquiatras, la consulta externa, la realización de estudios y la hospitalización de pacientes cuyo estado mental amerita que, como enfermos que son, los separen de los otros. Cuenta, también, con amplios jardines arbolados que los internos de los cinco pabellones sólo pueden ver por las ventanas, excepto los martes y los jueves a mediodía, cuando se les invita a un área delimitada donde hacen ejercicio y juegos de integración; los otros días se pone a disposición de todos los enfermos un espacio destinado a la terapia ocupacional. Ahí, además de los juegos de integración, se realizan actividades que van del dibujo con carboncillo o colores al pastel a la elaboración de figuras de plastilina, la decoración de objetos de cerámica o el pegado de sopa seca a pequeños marcos de madera que siempre quedan horribles. Todo lo demás —el resto de Instituto— está pintado de un color amarillo claro, tan tenue que se nota la intención de no exaltar a un interno explosivo. Es un tono menos desagradable que el de un reclusorio, pero aun así le recuerda a cada paciente que ahora ya no está afuera, en el mundo, que ahora pertenece a «los de adentro», a «los otros», a los enfermos que nadie desea ver.

Tanto el área de Urgencias como el de hospitalización se encuentran en el edificio principal. A los pabellones se les denomina «tratamientos». En cada uno sólo hay diez camas, lo que da un total de cincuenta para el sinnúmero de personas que requieren atención. Por eso a los distintos pabellones sólo ingresan, sea cual sea su enfermedad, pacientes en estado tan grave como para que atenten contra sí mismos o contra los demás. Eso lo evalúan los médicos de Urgencias o los de Consulta  Externa. Yo llegué a Urgencias abrazando un gran oso Winnie Pooh que me prestó Itzia para pasar el susto. Itzia se hizo cargo de todos los trámites, incluyendo los pagos de cama, estudios y medicinas.

Allí, mientras esperaba la aprobación de mi internamiento, conocí a D. una chica de apenas diecisiete años —en el Nacional de Psiquiatría la hospitalización es voluntaria y la edad mínima de ingreso es justamente ésa—. Aunque según yo iba muy calmada, me recorría una irritante electricidad. Los médicos me dieron un ansiolítico y me mandaron a sentar en una silla ubicada en medio de dos camas para tranquilizarme. D. se encontraba sentada en una silla idéntica a la mía a los pies de la cama de la izquierda; parecía confundida y le corría por la cara un llanto contenido. Le ofrecí mi Winnie Pooh e inmediatamente lo abrazó con una ternura infantil. Por qué estás aquí, me preguntó. Porque tengo en la cabeza un plan suicida, respondí. ¿Y tú? Yo no tengo ningún plan, pero quiero estar muerta, me dijo. ¿Qué es la vida? Yo no le veo sentido. Sólo me preocupa el sufrimiento que le causo a mi mamá. Minutos después me llamaron para continuar la evaluación. D. me devolvió el Winnie Pooh y yo lo abracé como si fuera algo indispensable. ¿Por qué carga ese oso?, me preguntó un médico. Si la internan no podrá tenerlo con usted. Lo cargo para tranquilizarme, repuse. Si me internan lo dejo de cargar.

Para cuando se lo devolví a Itzia, el pobre Winnie Pooh se veía muy estrujado, casi triste.

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A D. la internaron ese mismo lunes en el Tratamiento II. La tarde siguiente yo entré al Tratamiento IV, donde me tocó un cuarto con vista al área de recreación al aire libre. Aunque me moría de miedo —mi estado natural— predominaba la esperanza de que alguien ahí entendiera lo mal que me sentía y me ayudara a comprender por qué. Yo no quiero estar aquí, yo no quiero estar aquí, repetían una y otra vez mis circuitos cerebrales, y la traducción de «aquí» era «en este mundo». Ya llevaba varios meses con esa idea en la cabeza, casi un año, y cada vez mi plan suicida estaba mejor estructurado. El diagnóstico de ingreso fue «episodio de depresión mayor grave». Las enfermeras, de manera amable y firme, no me dejaron pasar ni la mitad de lo que llevaba en mi maleta: entre otras cosas, los sostenes, la bufanda, los calzones que se estiraban y los desodorantes de bolita porque con cualquiera de  esas cosas podía ahorcarme, salvo con la bolita del desodorante, que al parecer algunas internas han empleado para intentar asfixiarse [no puedo imaginarme cómo]; con trabajos me dejaron la pijama, las pantuflas, tres pares de calcetines, tres calzones tipo bóxer, unos pants, un suéter, dos sudaderas sin agujetas, mismas que también le quitaron a mis tenis, unos leggins [milagrosamente no pensaron que me pudiera asfixiar con ellos], una toalla y un par de tops. Llevaba todo eso en brazos cuando me condujeron a mi cuarto.

Llegué a una habitación propia, como le hubiera gustado a Virginia Woolf: había una cama con tambor y cabecera metálicos, un colchón individual de hule espuma cubierto de plástico, de los que se emplean para hacer gimnasia —una verdadera tortura para una espalda adolorida—, un camastro individual para los cuidadores, un buró de metal y un clóset de madera. La intimidad del espacio hizo que me sintiera segura. En cuestión de minutos me dieron mi brazalete de interna, que decidí portar orgullosamente, y colocaron mi nombre, mis datos generales y mi número de registro en la cabecera de la cama. Acomodé mis cosas en el ropero, me puse la pijama, pedí otra cobija y me dispuse a esperar a que me llamaran para la cena.

La idea de pasar tiempo con gente que no conozco me aterra [fobia social, le dicen], pero tuve que resignarme a convivir durante la cena con mis compañeras e intenté integrarme a ellas en la sala, donde había una mesa larga, tres sillones, una amplia pantalla de televisión y un librero habitado por algunos títulos de autoayuda, unas crayolas sueltas y varios rompecabezas incompletos. Al cenar nos dieron una porción de gel desinfectante, nos pidieron el nombre, la fecha de nacimiento y nos indicaron dónde sentarnos. En las charolas individuales había porciones de cereales, verdura, leche, vasos para el té, algún guisado sencillo, una fruta y el nombre de cada paciente. Después de la cena nos tomaron los signos vitales y nos dieron las medicinas. Varias se quedaron mirando la tele. A las once se apagó la luz de afuera de las habitaciones, pero no la del pasillo, y todas, al cabo de un rato, dormimos a pesar de que nos llegaba a despabilar algún linternazo en la madrugada —tres cada noche para verificar que estábamos en orden— e intentábamos volver al sueño mientras nuestras acompañantes trataban de mostrarse alertas, vigilantes, cada vez que vislumbraban aquel difuso haz de luz.

No era ésta la primera vez que pisaba un pabellón psiquiátrico […] Qué lejos estaba yo de imaginar entonces el búmeran que me iba a lanzar la vida: en 2016 yo misma sería una interna psiquiátrica, una «de adentro».

Al día siguiente, alrededor de las seis y media o siete de la mañana, comenzó a escucharse el trasiego del cambio de turno en la enfermería. Uno o dos equipos de enfermeras recorrían toda el área con baumanómetros comunes y cronómetros digitales para tomarnos los signos. Era la hora de correr las cortinas y tender la cama. No había obligación de levantarse y bañarse inmediatamente; de hecho, uno podía pasarse un par de días en pijama. Después nos avisaron cuando el desayuno estaba listo: las bandejas alineadas, las jarras de té con y sin azúcar llenas hasta los bordes, y al terminar, mientras estábamos en la sobremesa, se inició el llamado una por una a la enfermería para conversar un poco y darnos la primera medicación de la jornada. A partir de ese momento teníamos tiempo libre, salvo la actividad física, que se llevaba a cabo a las doce en el jardín los lunes, miércoles y viernes, y las sesiones de arteterapia en la terraza los martes y jueves.

El tercer día de mi estancia la subdirectora del área de hospitalización, la doctora Martha Ontiveros, decidió entrevistarme frente a todo su equipo médico y un grupo de estudiantes de psiquiatría de la Universidad Anáhuac. Ahí estaba yo, con una pijama de color azul claro con ositos blancos, indefensa dentro de un cuarto estrecho con todas las sillas de una larga mesa ocupadas y un montón de desconocidos parados a mi alrededor para escuchar el interrogatorio sobre mi historia. La jefa presidía la mesa y yo estaba al lado, en la primera silla a la izquierda. La idea era que los estudiantes vieran un ejemplo de entrevista inicial. Al aceptarlo pude explicar mi situación: que estaba enferma de vértigo, tenía ilusiones visuales e hiperacusia [es como estar crudo y tener el poder de escuchar cómo cae un alfiler, cómo aletean las moscas] y padecía enfermedad de Graves, cuyo tratamiento abandoné cuando resultó demasiado costoso; que había sido diagnosticada en el Instituto Nacional de Neurología con depresión ansiosa y que el tratamiento farmacológico —que también abandoné cuando se acabaron mis recursos— no mejoró mis síntomas; que casi no trabajaba [ayudaba a escribir un libro a una pintora, transcribía un guión, eventualmente elaboraba el dictamen de un libro] y que veía difícil que algún proyecto fructificara mientras cada dos semanas tuviera aquellas desesperantes explosiones de ira que después se convertían en ataques de angustia, gritos, llanto y autoodio; que mis ingresos eran mínimos y que no estaba recibiendo ayuda, pues ya no tenía cara para pedirla, ni a quién; y que me había mudado a Cuautla, cerca de mis tíos, para sentirme protegida y empezar de nuevo.

La doctora ordenó que se me incluyera en el programa oficial de apoyo a mujeres que han sufrido algún tipo de violencia y necesitan atención institucional. Aunque el trámite duró varios días y alargó mi estancia hospitalaria, permitió que los estudios que se me programaron fueran gratis, que sólo se pagaran mis medicamentos y que yo goce, actualmente, del servicio de consulta externa gratuito durante un año. Aquel día era jueves y había actividades manuales y de convivencia en la terraza. Después de la entrevista me preguntaron si quería entrar. Decidí que sí. La dinámica entre todos los pacientes ya había terminado, así que simplemente me senté a dibujar con carboncillo junto con otros internos a quienes me esforcé en no ver. Allí me encontré a D. ¡Hola! ¡Sí entraste!, me saludó. ¿Dónde estás? En el tratamiento IV, respondí. Yo estuve ahí en mi primer internamiento, ahora estoy en el II, dijo. Nos despedimos con un abrazo sonriente. La sesión terminó. Los pacientes, hombres y mujeres, entregamos nuestros trabajos y volvimos en orden, escoltados por una enfermera, hasta nuestro correspondiente pabellón.

D. lucía feliz como un tornado.

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No era ésta la primera vez que pisaba un pabellón psiquiátrico. Años antes de que comenzara mi calvario médico fui invitada por mi primo, el subdirector de Neuropsiquiatría del Instituto Nacional de Neurología, a impartir un taller de acompañamiento terapéutico escritural para los internos del pabellón Emil Kraepelin. Aunque yo carecía de formación médica, debido a mis propias enfermedades había estudiado bastante sobre psicología y su vocabulario me era conocido. Además, de alguna manera, los años dando clases para adolescentes y que deseaban ser escritores me dieron la oportunidad de elaborar una serie de ejercicios diseñados para forjar un espacio seguro para que los internos compartieran sus historias de vida, sus intereses, sus victorias, derrotas e inquietudes, no sólo sus signos y síntomas. Por entonces acababa de comenzar mis clases de Redacción en la Escuela de Escritores de la Sogem y, aunque trabajé sola como voluntaria [en Neurología] durante un tiempo, sólo me costó unos meses encontrar alumnos a quienes le interesara el tema y quisieran fungir como asistentes del taller. La primera fue Gabriela Espinosa Garza, quien de buenas a primeras pasó de ser aprendiz de escritora a una acompañante terapéutica sensible, cuidadosa, que poco a poco comenzó a explorar nuevas propuestas de ejercicios escriturales y poblaciones con las que trabajar.

Un par de años antes, en 2010, comenzamos a planear un libro coeditado por el Instituto Nacional de Neurología, el Centro de Cultura Digital [CCD] del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes [hoy Secretaría de Cultura] y Ediciones Acapulco en el cual se recogerían las voces de los pacientes neuropsiquiátricos y se tenderían puentes entre los pacientes «de adentro» y las personas «de afuera» para contribuir a la desestigmatización de los enfermos mentales. Dos años después, en 2012, ya no pude hacerme cargo del  cuidado del volumen, labor que realizó el equipo del CCD: la enfermedad de Graves me había sumergido en tal estado de depresión ansiosa que, en una sesión con los pacientes del pabellón Emil Kraepelin, Gabriela se puso al frente y yo, como una interna más, realicé el ejercicio que pidió. Me negué a leerlo —leer o no leer los escritos en público era una decisión personal— pero lo incluí entre los textos que se habían generado esa jornada. Esa fue una de las últimas veces que fui al pabellón. La depresión y mis demás enfermedades me estaban ganando la batalla. Mis propios padecimientos hicieron más larga la edición del libro, intitulado Umbrales, que finalmente salió de la imprenta en 2014. Se hizo también una interesante versión interactiva en línea, un micrositio que se encuentra dentro del portal de internet del CCD.

Poco antes de retirarme de todas mis actividades, cuando todavía daba clases de Redacción en la Escuela de Escritores de la Sogem, le cedí la batuta a otro grupo de alumnos encabezado por Renée Petrich, quien sostuvo el taller con una delicada nobleza y un trato cuidadoso con los pacientes hasta que se vio obligada a regresar a Chetumal, ciudad en la que vivía antes de convertirse en parte del alumnado de la escuela. Ese fue el fin de mi taller en Neurología. Durante el proceso de edición del libro escribí para la presentación: «Los umbrales que aquí convergen contienen lo pretérito y el porvenir, la luz y la oscuridad. Son las voces de personas que han traspasado los horizontes de su encierro y también las áreas simbólicas donde confluye todo lo que lo demás solemos ocultar: ese imaginario hecho de miedos, miedos y esperanzas cuyo entramado nos sostiene. En esos umbrales nos conectamos —mediante la imaginación y el asombro— los de afuera y los de adentro, en cualquier lugar del mundo; podemos, entonces, tener una experiencia compartida, que no es más que la experiencia humana más profunda. Atrévanse a cruzar nuestros umbrales. Bienvenidos».

Qué lejos estaba yo de imaginar entonces el búmeran que me iba a lanzar la vida: en 2016 yo misma sería una interna psiquiátrica, una «de adentro».

Había cruzado mis propios umbrales.     

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En algún momento antes o después de la comida, a diario, pasaba el médico tratante a conversar algunos minutos y a plantear los temas de la terapia. Después de la hora de comer, que repetía el ritual del desayuno y la cena: gel en las manos, nombre y fecha de nacimiento, asignación de lugar y sobremesa, venía la medicación, la toma de los signos vitales y la larga espera de la caída de la noche. Ésa era la hora en la que yo coloreaba mandalas —iluminé con particular felicidad, durante varios días, un poderoso elefante que para mí significaba la fuerza vital que alguna vez había sentido. Lo coloqué en la puerta de mi habitación—; a veces me dedicaba a la meditación o a la escritura para calmar ese punzante dolor, esa sima de vacío ubicada en algún lugar del mapa de mi locura, hasta las siete de la noche, la hora oficial de la cena. La segunda o tercera noche Ytzel Maya [una hija adoptiva más] fue a relevar a Itzia en medio de un aguacero. Tuvo que dormir vestida y en el camastro. Lo siguiente que supe de ella fue que estaba con fiebre. Danaé, que en ese momento sufría un intenso dolor hormonal, fue dos viernes consecutivos a cuidarme en la noche porque ése era el único día que tenía libre en la universidad.

Mientras tuve acompañamiento de veinticuatro horas Pamela e Itzia se turnaron durante periodos de doce horas. Por esas fechas le dieron salida a una paciente que contaba con dos sillones reclinables. Itzia y yo aprovechamos para robarnos uno. Una enfermera nos descubrió, pero le comentamos que había un sillón en todos los cuartos menos en el mío y nos dieron permiso de tenerlo. Recuerdo a Pamela, Itzia y Danaé echas bolita en el sillón, incómodas, muertas de frío, con un ojo al gato, que era yo, y otro al garabato: la luz de la linterna que pasaba tres veces cada noche a recordarnos que estábamos bajo el ojo escrutador de Hipócrates. Todavía no hallo palabras para agradecer a esas chicas el modo en que dieron la vida por mí. Aunque yo no pueda verlo, eso es tener una familia.

Durante mi segunda semana pedí que me redujeran la vigilancia —una vez que me permitieron ingresar una libreta y unas crayolas de punta fina [no nos fuéramos a sacar un ojo con un lápiz o una pluma; si pedíamos colores nos los prestaban únicamente bajo la vigilancia de una enfermera]—, porque estar acompañada me producía una sensación de asfixia, me obligaba a hablar o a sonreír cuando prefería estar a solas y dibujar o escribir. Luego comenzaron a invitarme a las actividades de arteterapia en la terraza: un espacio amplio y gris, con techumbre de domo igualmente gris sostenido por una deprimente estructura cuadriculada hecha de hierro. Los vidrios estaban polarizados. En conjunto todo lucía como una pesadilla de hierro, vidrio ahumado y granito. La segunda vez que asistí quise largarme de inmediato: aquello estaba lleno de desconocidos con quienes debía formar equipos y sentarme en círculo para realizar un ejercicio de memorización. A los diez minutos mi pie derecho estaba imparable, como el del conejo Tambor; mi corazón parecía un mal percusionista y me sudaban las manos. Suspiré de alivio cuando la actividad terminó. Justo entonces nos pidieron que moviéramos la silla y ampliáramos el círculo para sentarnos todos juntos. En ese preciso momento comencé a pedir que me sacaran de ahí y a llorar casi a gritos. ¡No quiero hacerlo! ¡Tengo miedo! ¿Por qué? ¡Yo qué sé! Estaba pálida, aterrorizada. Me llevaron de regreso a mi pabellón temblorosa y hecha una madeja de llanto. Todas mis compañeras lo notaron. Una de las chicas, H., fue a verme. Me encontró en el sillón reclinable que me había robado, abrazando una almohada, en plena convulsión de lágrimas. Yo soy germofóbica y no toco a nadie y mira, te estoy tocando, me susurraba al acariciarme el pelo.

Así logré calmarme.

Unos días después, me efectuaron un estudio algo más complejo que un electroencefalograma, pero con las mismas funciones: proveer un mapa de navegación eléctrico del cerebro del paciente. Nos lo aplicaban a todas. En varias de nosotras se encontraron lesiones. Mi resultado, según me informaron de modo confidencial, fue un  foco epiléptico en el lóbulo temporal derecho [o izquierdo, qué memoria] que explica, sobre todo, las ilusiones visuales [las olfativas, como percibir un olor que nadie más distingue, y las auditivas, esos murmullos que a veces son mi nombre y a veces simples gruñidos], más ese constante sentimiento de irritación, de enojo, que puede culminar en crisis explosivas de ansiedad.

Mientras estaba ahí, sentada junto a una computadora y sin la menor idea de lo que me iba a suceder, era imposible no sentirme solidaria con Alex, el psicópata de Naranja mecánica: tenía un montón de electrodos conectados a mi cerebro y a una computadora, con los ojos alternativamente abiertos o cerrados de acuerdo con las instrucciones que escuchaba; pero las imágenes no eran aterradoras, sino molestas: intensos cuadros rojos, amarillos, líneas verdes, negras, a una velocidad vertiginosa, mientras recibía diferentes estímulos, como aplausos y sonidos varios.

Al terminar no pude ni pararme de la silla yo sola. Mi vértigo se había activado. Salí de ahí totalmente confundida, en silla de ruedas. Tenía la mirada perdida, literalmente: no podía posarla en ningún lado sin que el universo se tambaleara. Desayuné lo que pude en mi habitación, acompañada por las chicas y la enfermera. La cama se movía como un barco sobre las olas del mareo. Ni siquiera supe dónde quedó la bandeja del desayuno y si me lo terminé. En algún momento la enfermera me dio mi medicación y minutos después fundí a negros. Desperté a la hora de la comida y, por primera vez en el hospital, me permitieron dormir el resto de la tarde.

Así es un poco vagar por el Valle de los Locos.  

Elefante Yolanda

Elefante que Yolanda coloreó durante su hospitalización en el Instituto Nacional de Psiquiatría.

3.
Ellas

Nunca me había sentido mejor que aquí.
E., paciente del Tratamiento IV

Conforme me acostumbré a las rutinas de la hospitalización y me dejaron sin vigilancia, comencé a integrarme a mis compañeras de pabellón. Casi todas las que estaban internadas cuando llegué ya habían salido, así que, de golpe, entre la primera y la segunda semana, me convertí en la veterana del Tratamiento IV; no porque fuera la de más edad, sino porque —con tres excepciones— era la que llevaba más tiempo internada. Antes de mí se fueron S., una mujer delgada y nerviosa que negaba con elocuencia ser bipolar, y M., una jovencita delgada y rubia de diecisiete años a quien su madre parecía empeñada en heredarle su frivolidad. Ahí, en el pabellón, a M. le decían la Barbie por su cabello largo y lacio y rubio, el cuerpo y las piernas espigadas y ese rostro de muñeca falta de ternura. Lo último que nos dijo la noche previa a su egreso fue que quería operarse las bubis, como su mamá. ¡Pero si así eres perfecta!, le reviramos las demás unas horas antes de que desapareciera del pabellón con su maleta y, detrás de ella, el rostro de su madre amargado por las cirugías.

La señora A. era asunto aparte. El tiempo promedio de hospitalización es de veintiún días; doña A. llevaba tres meses. Su familia venía desde Chiapas, muy de vez en cuando, a verla. Todos los días ella caminaba con unas zapatillas muy ruidosas a lo largo del pasillo del pabellón, ida y vuelta, ida y vuelta. A veces cruzaba los brazos, en silencio. Otras veces cantaba. En ocasiones podía distinguirse que estaba orando. En su cuarto era común verla hincada con las rodillas sobre el suelo y el resto de ella recargado en el sillón, con la cabeza entre las manos, como si estuviera en un reclinatorio. Dos veces durante mi estancia le dieron permiso para salir. Las dos veces amaneció de un humor espléndido, haciendo un ruido feliz con aquellos tacones suyos que parecían hechos para el tap; las dos veces la dejaron plantada. De la noche a la mañana se escucharon los gritos de doña A., aquel llanto que la convulsionaba toda, como si se retorciera bajo los efectos físicos de un abandono más grande que su capacidad de soportarlo. De vez en cuando alguna de nosotras se asomaba a su cuarto: ¿Señora A., puedo pasar? Doña A., hincada sobre el piso blancuzco y reclinada sobre el asiento del sillón, asentía entre sollozos. ¡No vinieron!, exclamaba entre lágrimas, ¡no me quieren! Pero, con todo, se dejaba acariciar el pelo como si fuera una niña necesitada de consuelo, y de vez en cuando alguien lograba convencerla de caminar por el pasillo en aquel interminable ir y venir suyo.

H. ingresó un día después que yo. Fue a la primera que me acerqué un poco más. Con H. todo estaba bien siempre y cuando la dejaras ver, a las nueve de la noche en punto, su  telenovela favorita, una turca. Ella era la más bromista de todas, lo que era decir mucho en un Tratamiento donde las pacientes con ideaciones de muerte solíamos tener un macabro sentido del humor. ¡Estás loca!, podíamos soltar sin pensarlo, y luego de unos segundos nos moríamos de risa. Yo me había acostumbrado a ver diariamente dos episodios continuos de Lo que callamos las mujeres y a hacer pedazos los guiones [teníamos una abominable programación restringida a los canales 2, 9, 7 y 13], pero también teníamos permiso, sobre todo si no salíamos en fin de semana, para ver películas en DVD. Un sábado pasamos la noche viendo cómo a Leo di Caprio le ponía una golpiza un oso. El enfermero estaba feliz porque todas estábamos tranquilitas y, de manera excepcional, nos dejó ver la tele casi hasta la medianoche.

Tres ocasiones lograron hacerme salir al jardín. Desde la primera me llenó de miedo estar haciendo gimnasia rodeada por desconocidos, aunque nadie ahí daba la impresión de ser peligroso; de hecho, pasé junto a tres muchachos, uno de ellos con gorro, sentados en la orilla de una jardinera con las manos en los bolsillos de chamarras y sudaderas. Parece que estamos en el barrio esperando a ver quién pasa, comentó en ese momento uno de ellos, y exactamente eso parecían: la gente más normal del mundo echándole un ojo a las compañeras de la cuadra. Por cierto, la última oportunidad que tuve para ver a D. fue en ese jardín. Supe que una vez la habían tenido que amarrar porque comenzó a golpearse y que en otra ocasión agredió a un doctor; sin embargo, uno de esos raros días de sol en que acepté bajar al área de juegos vi que traía una sonrisa de oreja a oreja. Mañana me voy, me informó con un abrazo. Le deseé lo mejor con toda la esperanza de que sobreviva a ese espantoso sinsentido que la acosa.

No he vuelto a saber de ella desde entonces.

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Un día les propuse a mis compañeras que nos tomáramos una tarde para escribir acerca del internamiento. Al final la lectura de textos, que aún conservo como testimonio, se convirtió en la narración verbal de nuestras vidas, nuestras enfermedades y nuestros terrores.

Poco a poco llegaron nuevas pacientes al Tratamiento IV: las nombraré R., E., F., Y., L. y V. para que su identidad quede protegida. Nos fuimos conociendo conforme nos atrevimos a pasar más tiempo en la sala que en nuestra habitación. Día tras día podía oírse cómo alguna de nosotras entraba en crisis que iban de ataques de llanto a episodios muy intensos de ansiedad: gritos y golpes se alternaban con largas siestas que estaban prohibidas para no invertir el ciclo de sueño; prohibición, por cierto, que pocas respetaban: por las tardes era normal que todas echaran una siesta, menos unas cuantas, entre ellas yo, a causa del insomnio. Marmotas, solía llamarlas mientras ellas roncaban. Casi todas, al principio, nos manteníamos al margen de las crisis de las demás; pero conforme estrechamos lazos —resultaba admirable cómo podíamos vernos deshechas a la hora de la cena y reaparecer al día siguiente entre bromas como si fuera el mejor día de nuestras vidas— llegamos a pasarla verdaderamente bien. Aprendimos a escucharnos, a consolarnos entre nosotras, a darnos la comprensión que no habíamos logrado encontrar afuera y a burlarnos socarronamente de nuestras enfermedades. Sólo entonces el encierro adquirió un sentido mayor al de la medicación, el ejercicio, el entretenimiento y la terapia: habíamos encontrado a nuestras iguales.  

Un día les propuse a mis compañeras que nos tomáramos una tarde para escribir acerca del internamiento. Al final la lectura de textos —que aún conservo como testimonios— se convirtió en la narración verbal de nuestras vidas, nuestras enfermedades y nuestros terrores. Durante más de tres horas compartimos, como en un grupo de autoayuda, lo que nos había llevado a estar separadas de los otros, y nos dimos cuenta de que teníamos en común, más allá de nuestras diferencias de edad, socioeconómicas y culturales, una serie de patrones de convivencia con los demás debido a nuestras enfermedades psiquiátricas. A todas nos dijeron que no teníamos nada, que intentábamos llamar la atención, que mentíamos, que había gente que sufría mucho más que nosotras y que no se derrumbaba, que no era para tanto, que le echáramos ganas, que lo superáramos; al mismo tiempo, todas habíamos sufrido alguna forma de violencia o abuso en algún momento, todas éramos solteras y todas nos mirábamos demasiado feas, gordas, flacas, lacias, chinas, viejas y/o deformes. Nos creíamos vacías y apartadas por los nuestros y terminamos hundidas en distintas formas de dolor. Un día el dolor reventó.  

La de H. era, particularmente, una historia dura. De nosotras las suicidas, no fue la que fantaseó con la muerte o la que hizo planes para atentar contra ella misma, sino la que de verdad se suicidó. Ingirió tres frascos completos de clonazepam y una mezcla de matarratas y anticongelante. Su pareja la encontró. La atendieron en dos nosocomios distintos para lavarle el estómago y protegerle el corazón. De pronto comenzó a irse hacia la inmensa negrura del sueño, ese sueño del que no vuelves, aunque alcanzó a escuchar que trajeran las planchas, que debían revivirla. Y lo hicieron. La trajeron de regreso con más de minuto y medio oficialmente muerta, y, según ella, fue la peor experiencia de su vida: abrir los ojos con una sensación de asfixia y horror peor que la muerte.

F. y Y. tendían a cortarse y hacerse daño: ambas presentaron una lesión tras el mapeo cerebral, al igual que yo: aunque no me da por cortarme o rasguñarme, recuerdo que más de cinco veces a lo largo de cuatro años, en medio de fuertes episodios de ansiedad y frustración, me pegué con los puños en la cabeza y llegué a arrancarme manojos de cabellos. Es un impulso que aún me ataca, pero que he logrado controlar. E. era una joven acosada por los vecinos de su barrio y estaba muerta de miedo porque nadie le creía. Por eso nos dijo que ella nunca se había sentido mejor que en el Instituto: ahí se encontraba segura y comprendida. Desde niña, V. dibujaba tumbas, su tumba —cosa que nunca confesó hasta que sus episodios de depresión y ansiedad se salieron de control, ya adolescente— y tenía el mismo impulso de hacerse daño, al igual que R., una mujer a quien conocí cuando estaba recién ingresada y hecha puro desconsuelo, y que L., una jovencita muy callada que un día apareció con una mezcla de chichón y raspadura en la frente a la hora del desayuno. Cuánto me gustaría saber cómo se encuentra. Hablar con ellas, con todas, e incluso con sus acompañantes, era como conversar con un espejo que nos devolvía una mirada más amorosa sobre nosotras mismas y las demás.

Hablar con ellas era tener un lugar en el mundo.

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Todos los padecimientos de mis compañeras tienen una historia, un antecedente que sólo les pertenece a ellas. Mi historia —el origen, creo yo, de todas las formas que tomó mi locura— reside en cinco palabras que escuché a lo largo de mi infancia y todavía varias veces en años recientes: tu mamá murió por ti. Me ha costado cuarenta y ocho años cambiar mi perspectiva en torno a mi madre, con quien viví un largo y silencioso enojo por haberse muerto; un enojo que se extendió a mi familia entera por hacerme responsable de su prematuro fallecimiento. Ella no murió por mí, sino por su terquedad de embarazarse a pesar de que estaba advertida de los altos riesgos para ella. Murió por cumplir su capricho de ser madre. Pero yo no lo sabía: crecí convencida de que debía tomar su lugar, vivir por ella. Lo que más me dolía era esa vaga sensación de ser culpable por haberle arrancado algo muy valioso a mis abuelos, a mi familia materna, a mi padre, para llegar al mundo. Siempre pensé, como la mayor parte de mi familia, que no había conocido a mi madre, pues sólo me tuvo una semana en sus brazos antes de encargarme con mi abuela paterna. Y eso creí hasta que tuve una conversación con mi primo Tino, recién llegada a Cuautla. Claro que conociste a tu mamá, me dijo. Viviste nueve meses dentro de ella. Siete, lo corregí. Bueno, pues siete meses, replicó.

Nunca hasta ese momento se me había ocurrido que durante siete meses nadie conoció mejor a Yolanda Ramírez que yo. Durante ese lapso, antes de que me sacaran de su cuerpo mediante una cesárea, compartí con ella sus alegrías y sus miedos, sus amores, sus virtudes, sus defectos, su valentía, su carácter fuerte y chispeante, sus ganas de criarme, de tenerme siempre cerca y de quererme incondicionalmente. Todavía hoy, si cierro los ojos, llegan a mí las oleadas de amor que ella vertió sobre mí durante la semana que nos acompañamos, del 4 al 11 de noviembre de 1967, fechas en las que yo nací y ella murió. Tampoco me había pasado por la cabeza que debía llorar a mi madre, tener un duelo y cerrar la herida de una culpa que jamás debió sembrarse en mí. No obstante, comencé a escribirle cartas desde hace algunos años y continué con ellas aquí, en Brisas de Cuautla, hasta que pude sentir, no sólo pensar, que ya no le debía nada a mi mamá, incluyendo mi vida. Ahora me pertenecía mi existencia. Pero no supe qué hacer con eso. La única idea que me rondaba era: si ya no tengo que vivir por ti, mamá, ¡maravilloso! Es hora de largarme de aquí. Y así fue como llegué al convencimiento final, después de cuatro años de enfermedad y deterioro y de una vida de tristeza oculta, de que yo no debía estar en este mundo. Sólo deseaba irme con mi mamá al reencuentro cósmico y amoroso de sus brazos. Ya no quiero estar aquí, rumiaba diariamente, ya no quiero. Yo quiero estar con ella. Y entonces, mientras me acogía el amor de la familia de mi madre, comencé a fraguar mi muerte.

El resto de mi historia ya la saben: aquí estoy, trenzando estas líneas desde Cuautla con la esperanza de que signifiquen algo para alguien. Después, en otros tiempos, decidiré si es hora o no de irme de este mundo: todavía no sé si queda en él algún espacio para mí, pero aún no he terminado de pelear. Mi madre tuvo una niña miedosa, pero también tuvo una fiera, y esta fiera, antes de irse, quiere algo de amor verdadero, algo de la alegría infantil de evadirlo todo, algo de gozo.

_____

Un jueves anunciaron el alta de la señora A. La mujer cantaba de alegría porque ya se iba, tralalá, tralalá. Podían recogerla, como límite, el viernes a las siete de la noche. Ese viernes su hijo llegó tarde desde Chiapas. No querían dejar que se llevara a su mamá porque eran más de las siete. Alrededor de las ocho, cuando lo vimos en la enfermería de nuestro pabellón, varias fuimos a avisarle a doña A., quien ya tenía todas sus pertenencias listas para salir del hospital por primera vez en tres meses, que su hijo estaba ahí, que no la había abandonado. Ella ya se sentía con un pie en la puerta y las demás brincábamos de emoción. Pero nos tuvimos que tragar nuestra felicidad: sólo dejaron pasar al hijo para que le explicara a la señora A. que no podría llevársela hasta el lunes. La ira de doña A. se dejó escuchar por todo el Tratamiento IV: ¡Yo no sé cómo le haces pero me vas a sacar ya!

Para sorpresa de todas, la señora A., en lugar de ponerse a llorar, tan ponto se fue su hijo caminó de un lado al otro del pasillo con aquellos escandalosos zapatos suyos mientras las demás le preguntábamos cómo estaba. Bien, nos respondía con los ojos centelleantes de furia. Todas nos retiramos de su vista, avergonzadas por haber celebrado su partida de antemano. Ese fin de semana, el tercero de mi estancia, salí de permiso —ya había salido la semana anterior, a los quince días de hospitalización— y regresé al Instituto el domingo por la noche. Al día siguiente, en algún momento de la mañana, volvió el hijo de doña A. a la enfermería y completó los trámites de egreso. La señora A. estaba pegada a la puerta de vidrio que nos separaba de la enfermería, ansiosa y feliz como campana. Todas la abrazamos y le aplaudimos cuando por fin salió del pabellón. Para nosotras ése fue un día de fiesta.

No he vuelto a saber de doña A. Espero que Chiapas la haya recibido con más celebraciones y menos abandonos, porque tres meses en internamiento psiquiátrico no los pasa cualquiera. Cosas así son para valientes, para mujeres más fuertes que una estampida de búfalos.

Así éramos todas allá adentro.

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4.
Despertares

It will get easier. You can’t see it now, but it will.
Julie Kavner a Robin Williams en Awakenings.

Mi primera salida de permiso del Instituto Nacional de Psiquiatría me la concedieron el viernes 25 de marzo de 2016, poco más de una semana antes de que se fuera doña A. Como había puente de semana santa, aproveché para escaparme tres días a Cuautla. Vi a mis primos y a mis tíos, nadé mucho y les conté a todos que allá, en el internamiento y por raro que pareciese, me la estaba pasando bien: en el hospital había logrado abrir mi caja de Pandora, donde enterré mi escasa memoria infantil, mi abandono, mi miedo y mi sensación de suciedad y vergüenza y mi miedo, junto con mi madre y mis otros muertos, sin siquiera decirles adiós. Claro que me dolía estar separada del mundo; pero también me sentía orgullosa de ser honesta con mis médicos y mis compañeras a pesar del continuo sentimiento de anulación, de no ser nadie, que me hace ocultarme todo el tiempo.  

El viernes, recién llegada a Cuautla, vi una vieja película de los años ochenta que me prestó mi primo Tino: Awakenings (Despertares), protagonizada por Robin Williams en el papel de un distraído Oliver Sacks y Robert de Niro como el paciente neurológico  incurable que, mediante el uso de una droga experimental, pasa de un estado casi vegetativo a un súbito estado de frenesí vital que se contagia a varios pacientes con el empleo de la misma droga en distintas dosis. Cuando terminó el filme no pude evitar hacer una comparación con mi experiencia como interna: recordé los primeros días, cuando todas permanecíamos escondidas, separadas del resto, en crisis o roncando como marmotas, y la curiosa manera en que salimos de nuestro encierro interior hasta que comenzamos a vivir más y dormir menos, a pasar tiempo juntas y a sentir los primeros efectos de la medicación. Fue como vernos despertar poco a poco y abrirnos como flores. Flores enfermas, rotas, pero aún flores. Ninguna de ellas, que yo sepa, se ha marchitado.

Regresé al Instituto el domingo por la noche después de ese permiso y permanecí internada dos semanas más. Durante toda la hospitalización, que duró exactamente un mes, fueron a verme ocho personas. Los días de visita [martes y jueves de cuatro a seis y fines de semana de diez a doce y de cuatro a seis] que alguna de nosotras no recibía a nadie sabíamos que en alguna habitación habría llantos, gritos y espasmos. Algunas veces se trataba de mi cuarto. En ocasiones ni siquiera salía de ahí. Me negaba a asistir a las sesiones al aire libre y a las terapias manuales; sin embargo, al cabo de dos semanas me di cuenta de que ya no tenía obsesivas ideas de muerte. Mi médico tratante logró centrarme, un día tras otro, en mejores ideas que matarme de odio. Sin darme cuenta, a lo largo del internamiento y gracias a los doctores que me atendieron incluso la enfermedad de Graves —a quienes les conté más verdades durante un mes de sesiones diarias que a varios de mis amigos de hace muchos años— había decidido salvar mi vida. Abrí el cofre. Me desbaraté. Luego, el dolor comenzó su descenso. Pandora podía irse al carajo.

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Salí de Psiquiatría el viernes 8 de abril con los siguientes diagnósticos: depresión persistente, episodio depresivo grave, trastorno de estrés postraumático crónico, ansiedad, ataques de pánico y un foco epiléptico para el cual me recetaron un anticonvulsivo, lamotrigina, de por vida. También empleo pequeñas dosis de clonazepam, un ansiolítico, junto con altas dosis de citalopram, un antidepresivo. Con una pequeña donación institucional de esos medicamentos volví a Cuautla el día de mi salida, que tramitó Pamela con una carta poder de mi prima Denisse. Mataba por ver a mis gatos. Moría por regresar a casa.

A dos meses del egreso del Instituto aún lucho por mantenerme en pie para no volver a ese encierro interior que me estaba matando y que, paradójicamente, se destapó en la terapia diaria de la hospitalización. Mi único trabajo ha sido ser honesta conmigo y con todos por primera vez. Agradezco haber sido devuelta al mundo de los vivos. Aún tengo miedo de la gente. Todavía me deprimo. A la fecha me atacan la ansiedad y el pánico. No he dejado de odiar el teléfono. Pero por alguna razón estoy salvada.  

Aunque sigo atada a mi madre, he decidido limpiar nuestros lazos: le escribo y de esta forma le hago saber que a veces entreveo su fantasma por las noches en el jardín de mis tíos e intento, así, romper el hilo de las culpas que nos unen. Y, aunque vivo muy aislada en Cuautla, ya no me siento tan sola. He comenzado a recibir ayuda de algunos integrantes de mi familia que se acercaron a mí a pesar de la separación que vivimos durante los últimos años. Tengo a mis exalumnos, que son como mis hijos. Tengo amigas y amigos a quienes puedo confiarles mi vida. Tengo el amor de otra familia y una nueva casa en Cuautla bajo la larga sombra del volcán Popocatépetl. Tengo planes. Y tengo a todas las locas del Tratamiento IV, a quienes les dedico este texto.

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La idea de que los locos debían ser separados de los otros tomó forma hace siglos, desde los tiempos en que los griegos los veían como enviados de los dioses hasta la precaria modernidad de la psicología, la psiquiatría y la neurología actuales, que los considera enfermos, pasando por la oscuridad medieval que los confundió con brujos y poseídos. Todavía en el siglo XVII compartían el confinamiento con asesinos, epilépticos y ladrones. Sólo entre el siglo XVIII y el XIX se extendió la idea de que la separación debía ser completa  y que los enfermos mentales debían tener sus propios espacios terapéuticos. Esta separación, inicialmente   fundada más en la prueba y el error que en una escala médica, parece haber seguido un doble curso: por un lado fortaleció, con el paso del tiempo, el estigma y la discriminación que siempre han rodeado al enfermo mental; por otro, logró dotar a quienes tienen un cerebro descompuesto de un lugar para el reposo, la reflexión y el encuentro consigo mismo y con el otro, los otros, sus iguales. Esa fue la virtud de nuestro encierro, el mío y el de las chicas: nos dio un espejo para mirarnos de otra forma.

De mis compañeras puedo decirles que están adoloridas, pero bien despiertas. A F. la consideraron incapacitada para cuidar a sus pequeños y el padre de los niños está usando la situación en su favor, pero ella es una pantera: eventualmente, si mejora, podría solicitar otra opinión médica y legal sobre la custodia de sus pequeños Y., cuya extraordinaria belleza —era nuestra Kate Winslet— ella no alcanza a ver, lucha contra la codependencia que mal llamamos amor y ha encontrado un nuevo trabajo. Ya no quiero morirme, me dijo hace poco. Me di cuenta de que sólo quería sentir distinto. H. fue despedida de su empresa y ha sufrido una discriminación abierta en su medio por haber sido hospitalizada en una institución psiquiátrica; a pesar de ello, recientemente alcanzó el grado de doctora en ciencias y no ha parado de buscar opciones de empleo. Escribe que nos tratan peor que a criminales en cuanto saben que somos enfermas psiquiátricas. Nos cargan de estigmas y prejuicios porque somos los enfermos que no quieren ver. ¿Cómo vamos a salir adelante?, me dijo ella, y añadió: no tuviéramos cáncer [toco madera] porque hasta carreras y colectas organizarían por nosotras. E. ha regresado por el momento a la cotidianidad de su vida, espero que sin sufrir más agresiones; V. camina con una pausada determinación y toda su entereza en juego por la senda opuesta a sus pensamientos de muerte [lo sé porque me ha tocado encontrarla en consulta externa, donde aún somos pacientes], y R. nos manda a todas mensajes de aliento, como si nos compartiera la esperanza que la devolvió al mundo.  

Yo simplemente estoy aquí, en mi departamento a orillas de la barranca por la que corre el río Cuautla. Mientras escribo estos diarios de mi encierro miro en mi estudio el poderoso elefante que iluminé cuando estaba internada y que hoy ocupa su lugar sobre un librero, y una foto de mi madre conmigo dentro de su panza, ambas —ella y yo— al lado de mi padre, Gerardo de la Torre. Quiero ser ese elefante que aplasta los obstáculos; también, el dulce trasiego hacia la noche que me acerca a los brazos de mi madre, Yolanda Ramírez, la Yuyi. En estos momentos soy mi llanto por ella junto con todas mis carencias, pero también soy la dueña de mi vida y de mi muerte. Y, aunque ignoro si alguna vez encuentre mi lugar en el mundo —este mundo que no nos pertenece a los enfermos— tengo la esperanza de alguna vez volver a verlo en su total belleza, como cuando era niña y me creía sana y todo me parecía un jardín de juegos.

Por eso alzo la voz para reclamar este mundo como propio.
Porque es de mis compañeras.
Porque es mío.  

Tetelcingo, Cuautla de Morelos.
7 de julio de 2016.

 

Técnica de las imágenes: dibujo en tinta y grafito.


Yolanda de la Torre
Yolanda de la Torre

Nació en la Ciudad de México el 4 de noviembre de 1967. Fundadora de la agencia Noticias 22. Actualmente es periodista, tallerista y narradora independiente.





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12 Jul, 2016