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Domingo de Gloria

07 Jun, 2018 Etiquetas: , ,

Es imposible no sentirse un invasor en La Gloria, una pulquería que se encuentra en la colonia Santa Cruz Atoyac de la Ciudad de México. A este abrevadero llegan viejos que están ávidos de contar sus vidas a la menor provocación para pasar el tiempo a gusto, echándose unos tragos, refugiados de la indiferencia, del sol implacable, de la pobreza, del abandono. Sobre ellos nos habla Gonzalo Trinidad en esta entrega de #CanCerbero.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA / FOTOS: BAUDILIO MATUTE

Don Erasmo prefiere estar de pie. Hace una hora o más que entró a la pulquería, con su morral donde carga pequeños sobres de cacahuate para pelar o salado, pepitas, charritos y huevo hervido. Cinco pesos por pieza. Tiene uno de esos rostros pequeños que aparentan menos años, con pocas arrugas, ojos irritados, sonrisa desdentada y una cadena de plata opaca que le cuelga hasta el segundo botón de la camisa.

Trabajaba en una refaccionaria hasta que una tarde se lastimó la espalda. Dice que estaba agachado y ya no pudo levantarse. El dolor lo dejó en el suelo, encogido, como las cochinillas cuando pones tu dedo sobre ellas. En el hospital le diagnosticaron un problema de ciática, o sea de radiculopatía, aunque a nadie se le ocurriría usar ese nombre. Ahora se gana la vida vendiendo botana en La Gloria. En el camino de su casa a la pulquería hace una que otra venta, y con eso llega más que satisfecho a su abrevadero dilecto.

«Mi patrona me está esperando que regrese a trabajar. Pero na, yo ya no vuelvo. Prefiero vender aquí mis botanitas y cotorrear a gusto», comenta don Erasmo antes de darle un bajón a su litro de pulque blanco.

Don Erasmo acepta un taco dorado que una señora le ofrece. La señora le dice que tome los que quiera. Son los que le quedaron de la venta del día. Prefiere compartirlos con los señores que habitan este abrevadero que dejar que el calor los eche a perder. «Namás tráete la salsa en un platito». Don Erasmo vuelve con una tortilla llena de salsa porque, dice, no hay platos.

«Oiga, mi buen, ¿y viene todos los días a la pulcata?», le pregunto.

«Claro, si no hay nadie en mi casa, nadie me visita, sólo tengo un hijo, a qué me quedo ahí papando moscas namás».

«¿Cómo se curó de la ciática?».

«Bien fácil, joven, anote, una penca de sábila fresca, hervida durante quince minutos, y así como sale de la olla, se la unta en la espalda».

A donde mires sólo hay viejos, hombres y mujeres. Cada cinco o diez minutos entra o sale alguien apoyado en un bastón. El ritual es como sigue. En cuanto entra un viejo, se aproxima a sus compadres y comadres. Les da la mano, y si la ocasión lo amerita, se dispensan un par de albures. En seguida el viejo camina hasta la barra, donde el encargado de la pulcata lo saluda y le pregunta si va a querer blanco, como siempre, o un curadito. En cuanto coge su tarro de litro y su vaso limpio elige el lugar del cual ya no va a despegarse el resto de la mañana, o de la tarde, o el día completo.

Las sonrisas desdentadas son habituales en la pulquería, sobre todo en aquellas en las cuales los jóvenes no han desplazado a la clientela tradicional. El caso de las neopulquerías, como les llaman, es diferente; allí lo habitual es ver a jóvenes de prepa y universidad bebiendo curados de café o fresas con crema. Pero en La Gloria, lo común, lo de a diario, es ver a gente de la tercera edad platicando, jugando baraja española o dominó, bebiendo pulque blanco o de apio, con su limón. Como si las horas no tuvieran importancia. Lo hacen con paciencia, deleitándose en el presente inmortal, que para ellos es lo único que queda.

La Gloria se encuentra en la colonia Santa Cruz Atoyac, casi en la esquina de Cinco de Mayo y Municipio Libre, en la delegación Benito Juárez. Al parecer la colonia quedó cercada por los desarrollos inmobiliarios, las plazas comerciales, los estacionamientos y las avenidas congestionadas la mayor parte del día. Quizá gran parte de los clientes de edad avanzada sean vecinos de la colonia. No lo sé. No tuve la oportunidad de platicar con los treinta o más bebedores que se refugiaron del calor y el sol desquiciantes ese domingo en la pulcata.

Junto a la barra hay una pintura de un tlachiquero extrayendo aguamiel. A un costado están los baños, sobre los cuales hay una reproducción de Mayahuel sujetando una espina de maguey en una mano y en la otra un vaso ritual de pulque, sentada sobre las pencas del maguey con el torso desnudo. Junto a esta imagen hay otro mural de una mujer que viste un penacho, nada más, con dos poderosos senos que apuntan al cielo. A la izquierda hay un paisaje rural con los volcanes de fondo. Y a la izquierda, junto a la entrada, la luna con sus cuatrocientos conejos y otra Mayahuel de pubis velludo y senos deliciosos. Mientras miro los murales, pienso que deben ser obra de jóvenes, y a pesar de ello, el domingo está dominado por los viejos.

¿Será que mientras los jóvenes sufren las peores crudas en domingo, los viejos se mantienen íntegros, fortalecidos por el pulque, acostumbrados a lidiar con los estragos del alcohol en exceso?

 

«Ah, que pinche Tía tan más cabrona», dice alguien cuando la Tía, una mujer que pasa la barrera de los cincuenta años, se acerca a un hombre que está sentado en el extremo de una mesa, recargado en la pared, frente a su tarro de pulque blanco. «¿Qué estás diciendo, pendejo?», se escucha la voz ronca, casi atronadora de la Tía, al encarar al apacible libador que, hasta ese momento, parecía absorto en su mundo interno.

Antes de que pueda abrir la boca el hombre, ya tiene la Tía una retahíla de improperios listos: «No te hagas, cabrón. Mira, tú has de pensar que por ser vieja soy pendeja, pero nel, mijo. Yo leo los labios, papacito. Mi papá era federal y me enseñó a leer los labios. Así que bájale de huevos, porque te voy a romper tu madre». El señor ni siquiera abre la boca, simplemente mira a la Tía, mientras ésta lo amaga como si fuera a darle un golpe. «No te hagas, pendejo, yo sé lo que estás diciendo de mí, puedo leer los labios», y para demostrarle su habilidad, le dice lo que dos hombres están platicando al final de la pulcata, junto a la rocola.

Cuando la comadre del aludido, una señora de casi setenta años, con unas enormes gafas ahumadas, le dice a la Tía que no es verdad, la cosa empeora. «No se meta, madre, que no por ser vieja no la pongo en su lugar. No meta las manos al fuego por este pendejo». El asunto queda zanjado, como si un machete hubiese partido en dos la mesa, dejando al señor a la deriva, en su aislamiento, en esa esquina calurosa de La Gloria. Cuando la Tía se aleja, el señor permanece un rato mirando el aire, como si no lograra explicarse la escena de la que fue testigo.

En la rocola suena «Funky Time», un calvo invita a bailar a la Tía, quien abre pista como las vedettes de los años sesenta.

 

Son viejos los clientes, al menos la mayoría. Es imposible no sentirse un invasor a pesar de que los viejos están ávidos de contar sus vidas a la menor provocación. Tarde o temprano van a morir, aunque no tengan prisa. Y entonces qué pasará con la pulquería. Asediada por el desarrollo inmobiliario, imagino que en algún momento desaparecerá este oasis para los ancianos. Dónde más podrían pasar el tiempo a gusto, echándose unos tragos, refugiados de la indiferencia, del sol implacable, de la pobreza, del abandono.

Por momentos puede ser angustiante contemplar la pulquería, que a pesar de su atmósfera de vacilón, de pronto se hunde en la monotonía. Las sonrisas desdentadas se borran de los rostros. El silencio se apodera de los ojos, como si los nublara una bruma que no puedo ver, pero presiento. Es casi palpable. Y de pronto se escucha un grito, o una risa: acaba de llegar un viejo cábula, cotorro. De esos que le imprimen vida incluso a un velorio.



CanCerbero
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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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