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Donald y Justin

07 Nov, 2016 Etiquetas: , ,

Donald Trump no es el mal absoluto pero lo sentimos así. Y al hacerlo, tocamos el mismo extremo en el que están él y los millones que han respaldado su candidatura. ¿Y eso en qué nos convierte a quienes, desde fuera, anhelamos el triunfo de Hillary Clinton por encima de él?, plantea Fernando Rodríguez en este ensayo que nos da la pauta para pensar en el legado del republicano más allá de su derrota, o triunfo, en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

TEXTO: FERNANDO RODRIGUEZ

Now there were those who laughed when we started our great mission (…) Well to them I say, who has more faith in God than those who have borne witness to His Fury?
Hermano Justin

La segunda temporada de Carnivàle, una obra maestra inconclusa de la teleserialidad, termina con la gran batalla entre el Bien y el Mal. Las mayúsculas son pertinentes, porque antes que nada, Carnivàle es una epopeya maniqueísta, una batalla entre el cielo y el infierno y entre los personajes que encarnan cada lado.

Sin embargo, la serie, ambientada en Estados Unidos a inicios del Siglo XX —una época en la que el Apocalipsis parecía inminente— se empeña en despojarse de los esquemas reduccionistas que acarrea una visión de este tipo.

El Bien, encarnado en Ben Hawkins, obrero en una feria itinerante, tiene claroscuros que rozan el extremo de la balanza. Un extremo en el que está el Hermano Justin, un predicador con un pasado oculto que ha logrado convocar a millones de seguidores para crear lo que él llama «una nueva América».

Justin es el Mal. Desde el púlpito físico que se ha construido en un valle de Texas, predica nuevos «sermones de la montaña» que viajan más lejos a través de un nuevo púlpito intangible y poderoso: el Hermano Justin ha descubierto la radio. Como estrella rutilante del dial, Justin es el showman que los tiempos exigían.

Su demagogia, aunque peligrosa, no es vacía. Manipulador eficaz, la teología de Justin cala hondo en el «cuenco de polvo» del sur estadounidense. En pleno dust bowl, aquel desastre ecológico con tormentas de arena que marcó los años 30 en Estados Unidos, la promesa de un mejor mañana a partir del regreso a un pasado utópico es poderosa.

Hombres y mujeres blancos, pobres, migrantes internos —nunca extranjeros— con nula educación pero una fe arraigada, son los seguidores del predicador. Por él, lo dejarán todo. Irán al valle, a la nueva Canaan, para ser usados no solo por el Hermano Justin, sino por un mal distinto: la política. Porque aquí, el político es un arquetipo más.

Inspirado por el revivalismo evangélico que define a la religión en Estados Unidos, Daniel Knauf, el creador de la serie, convierte al Hermano Justin en el mesías del sueño americano. Un mito que vive sus últimos estertores, herido de muerte por una de las mayores crisis económicas de la historia.

Toda la trama suena muy actual, pero Carnivàle no es una serie nueva. Knauf la empezó a escribir en 1992. HBO emitió el primer episodio en 2003 y la canceló en 2005. Mientras estaba al aire, Barack Obama era un joven senador que compartía bancada con una senadora mucho más experimentada, Hillary Clinton, y Donald Trump estrenaba su reality The Apprentice.

En el ensayo sobre Carnivàle publicado en su libro Teleshakespeare, Jorge Carrión arranca asegurando que «a mediados del Siglo XX el maniqueísmo era aún posible». A lo largo del siglo, dice Carrión, ha sido necesario reactualizar el maniqueísmo para que no se vuelva obsoleto, para que la épica perviva.

Una vez concluidas las elecciones en Estados Unidos, podemos asegurar que todos estos elementos estuvieron ahí. En el Siglo XXI, el maniqueísmo ha vuelto a ser posible. Bienvenidos al nuevo Carnivàle.

El Jesús Americano, claramente un republicano y «filósofo favorito» de George W. Bush, podría ser reemplazado por el Espíritu Santo americano, una entidad extraordinariamente volátil, cuyas ideas políticas son impredecibles.
Harold Bloom. 2006

Trato de convencerme de que Donald Trump no es el Hermano Justin, aunque queramos verlo así.

En principio, el [espero que para cuando lean esto no tenga que usar aquí el sustantivo «presidente»] republicano ni siquiera es un ferviente religioso. Como en muchos otros aspectos de su demagogia, las creencias religiosas de Trump son ambiguas.

Trump ha defendido el aborto y lo ha criticado, lo mismo ha hecho con los matrimonios del mismo sexo y su historial de divorcios incomoda al dogma evangélico. Sin embargo, sus discursos, como los del predicador en Carnivàle, son sermones y el apoyo que recibe es fervor.

Trump abrió la puerta de ese maniqueísmo latente […] ese simplismo nos hace creer que el extremismo de un personaje muere con él.

Para Jeff Sharlet, periodista de The New York Times Magazine, si hay alguna teología que Trump sigue al pie de la letra es la del evangelio de la prosperidad. Inspirado por autores de best sellers como Vincent Peale [The power of positive thinking, 1952] y Napoleon Hill [Think and grow rich, 1937], el empresario ha cultivado una lógica de la fe como vehículo hacia la victoria. No una victoria del espíritu, sino algo más terrenal y tangible.

Para lograrlo, la clave está en despojar a la fe de su equilibrio. Marc Bassets —citando al biógrafo de Trump, Michael D’Antonio— refiere que Peale renegaba de conceptos como el pecado, el sufrimiento o la redención, en resumen, todo sentimiento de culpa.

Sin el sufrimiento como boleto de entrada al paraíso, el evangelio trumpiano comulga de lleno con la Religión Americana individualista que analiza Harold Bloom.

«La Religión Americana es una fe tan grande y nacional que se jacta orgullosa de sus contradicciones. Proclama: “sé rico, exige amor de Dios y de los humanos, y ten fe en que la muerte sólo afecta a los demás”, escribe en La Religión Americana [1992].

Despojado de las ataduras del pecado, su discurso de racismo, misoginia, nativismo y xenofobia es excusable. Todos estos son errores veniales que pueden perdonarse en pos del edén prometido.

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«Vulgarity is not a sin against God, but against Polite Society. Between you and me, I don’t give a shit about Polite Society».
Hermano Justin

Aferrado a una cruzada contra lo políticamente correcto, los excesos de Trump son bienvenidos. Ya sea porque la discriminación es secundada por muchos de sus votantes o porque es tolerada por algunos, el miedo a los otros se vuelve aglutinante y justificación.

Los otros son los diferentes, como los excluídos que en Carnivàle integraban la troupe del circo: enanos forzudos, mujeres barbudas, intersexuales.

A ese discurso lo acompañan los dogmas que toda fe requiere. Y es aquí, en donde el maniqueísmo trumpiano se vuelve total, hasta el punto de enceguecernos a nosotros mismos, aquellos que deploramos sus ideas.

Me repito a mí mismo: Donald Trump no es el Hermano Justin, aunque queramos verlo así. El predicador de Carnivàle era, literalmente, el Diablo encarnado. Donald Trump no es el mal absoluto pero lo sentimos así. Y al hacerlo, tocamos el mismo extremo en el que están él y los millones que votaron por él.

El primer mensaje de campaña del empresario inmobiliario marcó la pauta. Desde el lobby de su torre en Nueva York, el profeta convocó a su rebaño: a los buenos, temerosos ante el mal representado por los otros, los mexicanos «violadores y asesinos», los musulmanes terroristas, las mujeres.

Trump abrió la puerta de ese maniqueísmo latente. Para muchos, pasó a encarnar el mal absoluto. Llegaron las comparaciones con Hitler, tan fáciles y reduccionistas. No por el alcance al que su prédica pueda llevarnos, sino porque ese simplismo nos hace creer que el extremismo de un personaje muere con él. Vemos lo que es una consecuencia como si fuera la causa en sí misma.

En medio de ese maniqueísmo quedamos nosotros. Este es el legado de Donald Trump. Todas las raíces que lo encumbraron están ahí, y sus orígenes quedarán intocables, más allá del triunfo o la derrota, en ese rust belt, el real y el simbólico, que ha venido a sustituir al dust bowl de Carnivàle.

Exigimos un paraíso personal por habernos opuesto al mal trumpiano, aunque haya sido como meros espectadores.

La congregación trumpiana que vio esperanza en su mensaje más allá de toda mancha sí es aquí similar a la congregación del Hermano Justin. Son los olvidados que hallaron a su mesías, lo erigieron en una institución y le dieron todo el respaldo para luchar contra aquello que desde antes para ellos representaba el mal. Fueron reduccionistas de la misma manera en que nosotros terminamos siéndolo. Porque si Trump no es Justin, Hillary tampoco es Ben Hawkins.

¿Y eso en qué nos convierte a quienes, desde fuera, anhelamos el triunfo de ella por encima de él? En el fondo hay una parte de nosotros mismos que reclama el premio a la bondad. Exigimos un paraíso personal por habernos opuesto al mal trumpiano, aunque haya sido como meros espectadores. Como los fenómenos del circo en Carnivàle, arrobados por el poder sanador de Hawkins, el maniqueísmo nos ha golpeado de lleno.

Nos hemos creado otro mesías que sabemos imperfecto, pero mesías a fin de cuentas. Y la visión nos condena. Nos hace simplistas y pueriles. Porque nada es más complejo que en aquellos momentos en que nos empeñamos en ver solo negros y blancos.

Al final de Carnivàle, el Hermano Justin encuentra a su Omega, su sustituto y complemento. Es alguien que ha salido de la fila de sus seguidores, pero que previamente ha sido reclutado del circo. Ese Omega, somos nosotros.

 

Imagen de portada: Donald Trump Caricature by DonkeyHotey. Flickr-[CC BY-SA 2.0]


Fernando Rodríguez
Fernando Rodríguez
Periodista. Editor en @ExpansionMX. En Twitter lo encuentran como: @fe____r.




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