Recomendamos

Dondequiera pueden vagar

17 Jul, 2013 Etiquetas: , ,

Tras los pasos de Nirvallica, la banda que rinde tributo a Metallica y a Nirvana.

TEXTO: SAMUEL SEGURA / ILUSTRACIÓN: CÉSAR PALMA

El director de orquesta se detiene en seco cuando las luces del escenario se apagan por tercera vez. “Si vuelven a apagarlas, no habrá concierto”, grita, o habla en voz alta, depende qué tan cerca esté uno de él. No es la primera vez que lo hace: en una hora que lleva ahí de pie, frente a los músicos, será la cuarta o quinta. Está desesperado: alega que aquellos que están sentados en las sillas de atrás no podrán leer sus partituras en la oscuridad.

La luz no los alcanza a iluminar.

El director no escuchó las canciones que va a tocar ese día.

─Me las dieron apenas hace una semana ─me dijo cuando lo abordé al final del ensayo.

─Y no pudo escucharlas…

─No, aunque hubiéramos tenido más tiempo, hoy es imposible. Necesitábamos, por lo menos, un mes de ensayo para que las cosas salieran bien.

Pero el concierto fue planeado hace más de un mes; apenas tienen unas horas, y sólo han tocado dos canciones completas de un set list que abarca más de diez.

─En el tributo que hice con otra banda a Pink Floyd así fue y quedó muy bien ─concluye antes de irse a comer y regresar, tres horas más tarde, para iniciar el concierto.

Entonces los ingenieros del teatro dejan las luces encendidas para el breve beneplácito de aquel hombre. Porque después se queja por el sonido: los monitores que tiene no lo dejan escuchar a la orquesta. Los ingenieros suben el volumen. No, no es suficiente, le hace falta un monitor enfrente para escuchar con claridad a todos los instrumentos. Se lo traen. Pero vuelve a frenarse: “No entiendo, a ver, márcame el tempo de ésta canción”.

Se para.

“No, aquí va mal, no son los tiempos correctos”.

“No, no entiendo esa parte, a ver la que sigue”.

“¿Qué es esto, cómo empieza?”.

“¿Cómo se llama esta canción?”.

El director está desesperado.

─Dígame, francamente, ¿escuchó las canciones?

─Me las dieron apenas hace una semana…

&

Arriba del escenario estaba Kurt Cobain. Portaba la clásica guitarra Gibson Explorer negra de James Hetfield.

Después de que tocaron varias canciones, incluidas algunas de Rammstein (banda poco covereada en el underground y con la que el vocal y el baterista conocieron este estilo de música), me acerqué a él: “me gustaría, si se puede, tocar una de Metallica con ustedes”. Me dijo que sí, que no había falla. Entre las opciones que me dio, elegí Fuel. Antes de sentarme en el banquillo le di la mano al baterista. Tenía nervios, tocó increíblemente el set list que llevaban hasta el momento. Sentí muy ligeros su tarola y su pedal; difícilmente tocaré equipo como ese en mucho tiempo. Los nervios no me traicionaron: a la mitad de la rola me perdí. No hay falla, me dijo el vocal, y seguimos tocándola una vez que retomé el ritmo.

Uuuhhhh I wanna burn, fuel is pumping engines…

Aquélla, trato de ser preciso, fue la primera canción que escuché de la banda que se convertiría en mi favorita. Y la escuché, es decir, la vi y reconocí, en el “disco sinfónico”, el ‘S&M’ versión DVD de 1999, en el que Metallica tocó algunas de sus canciones clásicas, incluidas dos nuevas: No Leaf Clover y Minus Human, junto a la Orquesta Sinfónica de San Francisco, dirigida entonces por el ahora difunto Michael Kamen.

En el booklet del CD se escribió que tocaron la orquesta y la banda de rock más poderosas del mundo.

Fuel, pienso, es una canción poderosa. Ya la había escuchado en un videojuego de autos Hot Wheels, en PlayStation, antes de reconocerla en aquel DVD.

La terminamos de tocar de cualquier forma, y la poca gente que estuvo en aquel lugar de Ciudad Neza, de donde es originaria la banda, aplaudió.

Le agradecí mucho a Kurt Hetfield, a la banda, el dejarme tocar con ellos.

Con Nirvallica.

&

Llego al cuarto de ensayos que está cerca del Metro Pantitlán una semana antes del concierto, que será el 19 de enero. Cuando lo veo, no lo reconozco. De aquel toquín en el que Will tenía el cabello pintado de rubio, simulando al vocalista de Nirvana, han pasado tres años. Su cabello ahora es castaño y su vestimenta toda negra. Casi son las 9 de la noche, y aún resta una hora para culminar el ensayo, según me dice una vez que me saluda.

Kurt Hetfield tampoco me reconoce.

Estamos en la casa del bajista, de Ivo, y ahí nadie me recuerda. Ni Bryan, el baterista, aunque a él sí lo alcanzo a guardar en mi memoria: alto, su cabellera larguísima y risada, las gafas oscuras permanentemente colocadas; el rostro de un niño (después me entero que no supera los 20 años, y que ha tocado desde los 12). Sobretodo recuerdo la forma en cómo tocó aquella vez en Neza.

Me presento, al fin soy un extraño. En la segunda guitarra está Rotted, quien también toca en Black Vein, su agrupación de origen. Con Nirvallica lleva poco más de un año, una banda que ya cuenta seis de estar juntos. Y aunque están amarrados, hay partes que tienen que repetir. Serán los nervios, será lo que sea, vuelven a tocar lo que no salió hasta que suena bien.

Se preparan arduamente: tocarán un tributo a Metallica en Aguascalientes con la orquesta sinfónica de la universidad local el fin de semana siguiente. Y después, en otras circunstancias, en mayo harán algo semejante en la Ciudad de México.

Pero ésta será su primera vez.

─¿Y cómo le van a hacer con la orquesta? ─le pregunto a Will.

─Ellos van a ensayar por su cuenta. Nosotros vamos a tocar exactamente igual que en el disco.

Nirvallica no fue, por cierto, la primera banda que tocó ese tributo en nuestro país. The Walkmans, por ejemplo, ya lo había hecho años antes en el norte. Pero, Will me asegura, Nirvallica (también llamados Orion, nombre del tributo oficial a Metallica, avalado por Metallica México y que no usaron para este concierto; igualmente son Dead Horse, tributo a Guns and Roses; Zerstören, tributo a Rammstein; Hangar, tributo a Megadeth e Infra, su banda de canciones propias) ha llevado a otro nivel la ejecución del material de los Four Horsemen, imprimiendo un sello propio, además del esfuerzo y el corazón necesarios para tocarlo.

Y en ese momento, una vez que finaliza el ensayo, sólo les preocupa una cosa: cómo se van a transportar.

&

─Buscando en internet fue que los encontré. Le puse ‘tributo a Metallica’ y fueron los primeros que me salieron.

La mañana del 18 de enero espero a la banda, otra vez, en la casa del bajista, Ivo. En  general la salida se retrasa –abandonamos la ciudad por eso del mediodía–, no sólo por la afamada impuntualidad de este miembro del grupo, hombre robusto, alto, cabellera risada, permanente sonrisa. Will –quien posee la mirada más tierna de la historia– consiguió una camioneta en la que cabemos las más de diez personas que acompañaremos al grupo, entre ellos un fotógrafo, Heri, y ‘El Dios del Fuego’: Gilby Zsan, hombre que ha dedicado los últimos años de su vida a los fuegos pirotécnicos y que, espera prender aún más a la gente de Aguascalientes con su magia, la misma que desparramó en todo el viaje, que duró más de siete horas por carretera.

Su sentido del humor es tan incendiario como él.

─Movimos muy bien el evento, ya tenemos llena la fecha ─me dice el organizador una vez que estamos en ‘Aguas’. El joven empresario que eligió a Nirvallica para esta ocasión es amable, alegre, con un acento peculiar, menos definido que sus músculos, su peinado o su novia, quien en claro deja su origen: Cuba.

Me siento hasta atrás, junto a Jorge, un viejo amigo de la banda, y su pareja. Desde allí observo a todos y trato de comprender el motivo de esta travesía: Nirvallica son muy jóvenes, no rebasan los 25 años, y ésa es su manera de vivir, de trabajar: a través de la música. En las varias conversaciones que tuvimos afirman su amor por el rock, por la música de Metallica; hablan emocionados y el ímpetu se desborda en sus palabras: esperan triunfar en Aguascalientes, se han preparado para ello, y ése será un escalón más en el éxito de su cada vez menos breve carrera musical.

El camino hacia Aguascalientes es amenizado también por el conductor, Alex Pax (otro amigo que conocieron años atrás, en sus inicios y que fungió de manager); sin embargo, de pronto la camioneta va en silencio, sin pláticas y sin música porque la señal de la radio ha desaparecido en la carretera. Nadie llevaba el disco sinfónico de Metallica.

Entonces recuerdo la letra de Wherever I may roam, del ‘álbum negro’, el más vendido de la banda de James Hetfield y Lars Ulrich:

Y la carretera se convierte en mi esposa

Me desnudo de todo menos del orgullo

Así que confío en ella

Y ella me mantiene satisfecho

Me da todo lo que necesito.

‘Dondequiera puedo vagar’, reza el título. Dondequiera pueden vagar, pienso. Simplemente por el viaje esto habría valido la pena. Aunque no se trata de la primera vez que la banda sale al interior de la república, les ha ido muy bien en San Luis Potosí, por ejemplo. Incluso hay un halo en la camioneta como si ésta fuera una más de sus múltiples giras en varios cientos de años de carrera. Allí sentados, moviendo el trasero, las piernas y los brazos en el asiento cada vez que la incomodidad reina, veo que Nirvallica toma muy en serio su papel y pareciera como si Metallica viajara allí, quizá la versión más primitiva, la de sus inicios, cuando ellos también eran una banda que tocaba en pequeños lugares.

─Se esperan un poco más de mil personas ─me dice el organizador.

Para una banda de Neza que va a Aguascalientes, aquélla es una cifra difícil. Pero la confianza en que lograrían alcanzarla vino antes del concierto, después de que llegamos, ya en la noche: los recibieron tres entrevistas radiales (uno de los programas pertenece a la Universidad de Aguascalientes) y una breve cápsula televisiva, en donde les preguntaron prácticamente lo mismo: qué esperaría la gente de la banda para ese evento, que se había proyectado como algo muy importante y esperado en el arranque del año y que habían promovido desde hacía varios días.

Incluso tienen fans que los esperan. Los fans de Metallica son suyos.

Nirvallica, sin duda, cumple casi a cabalidad el mito de una banda de rock: de no ser porque, y pese a la invitación para beber una cerveza de una de sus promotoras más entusiastas de la ciudad, Alos (quien subió en algún momento del viaje a la camioneta), la banda prefirió quedarse a descansar en su hotel.

&

Los músicos se pusieron de acuerdo para rebelarse al director de orquesta si éste llevaba a cabo su plan de parar el concierto.

─Es pésimo, no sé cómo lo trajeron a él ─me contó uno de ellos.

─Ustedes serían capaces de tocar sin dirección, ¿cierto?

─Claro, él es un pendejo, ni se sabe las canciones. Es cosa de leer las partituras y de seguir al baterista. Con eso es suficiente para que salga todo bien.

Ese punto de vista lo comparten varios de ellos a los que les pregunto qué harán al respecto con la actitud del director de orquesta. Para ese momento es el villano de esta historia. En un sondeo descubro, además, que la orquesta está compuesta de músicos de distintos sitios: no se trata únicamente de la orquesta de la universidad, son músicos también de San Luis y otros sitios. Varios de ellos no conocían a Metallica y nunca habían oído una canción suya. Otros los conocían pero les causaba cierta aversión. Otros, en cambio, estaban muy entusiasmados –como el trompetista– de tocar ese tributo, o simplemente interesados en esa extraña mezcla entre el metal y lo clásico.

Afuera del Teatro Aguascalientes comienza a llegar la gente. Dentro, Gilby, ‘El Dios del Fuego’, termina de colocar su pirotecnia. Se ha vestido para la ocasión: su camiseta sin mangas deja ver unos brazos fuertes, morenos como toda su piel. Un pantalón camuflado y las gafas negras sobre la frente amplia completan su investidura. Todavía conserva su sonrisa. En ese momento, Gilby no sabe que las autoridades locales le impedirán ofrecer su espectáculo.

La gente comienza a llegar.

Y ellos sonríen de nervios. Los cigarros circulan, aunque pocos, entre los miembros que fuman. Will no lo hace, ni fuma ni bebe. Su pequeño hijo, que se quedó con sus abuelos después de acompañar a su padre y a su madre una parte del camino, le ha hecho ver la vida de distinto modo. Me entero en algún momento que su hermano es Bryan, el baterista, cuando anuncian que la madre de ambos los irá a ver. Varios de los parientes y amigos de Nirvallica estarán esa noche. Él, Bryan, fuma con cautela, como todo lo que hace; su voz, aún con el timbre de un adolescente, poco a poco se deja oír. Es un hombre de pocas palabras. Ivo, en cambio, sonríe y sonríe, habla lo más que puede. Esta vez no tarda tanto en arreglarse; sin embargo, sale al final, conmigo, después de dar un trago largo al whisky que le ofrezco. Rotted, quizá el miembro más distante, tal vez porque aún huele a nuevo, sale de la ducha de tal forma que varias jóvenes suspirarán por él mientras toca y, acabado el concierto, lo besarán directo en los labios.

Nirvallica serán aplaudidos.

También firmarán pósters.

Regalarán baquetas.

Darán abrazos.

Se tomarán fotos.

Recibirán elogios y felicitaciones.

Todo eso después de sudar los nervios durante el concierto.

Mientras tanto comienza a llegar la gente.

La banda se viste de negro, excepto Bryan, quien imita la playera blanca de Ulrich en aquel ‘S&M’. No me cabe la menor duda: él es mejor baterista que el fundador de Metallica. Quizá lo sabe. Una de las claves para que los músicos clásicos se aliaran a Nirvallica fue él. Por cierto, en los camerinos contiguos, la orquesta se arregla: hay trajes y vestidos, perfumes, maquillaje, medias. Incluso hay flores sobre un tocador. Se oyen los taconazos sobre el piso y entonces veo al director: ¿está listo?, le pregunto. Veremos qué tal resulta.

La gente ya está allí y comienzan los chiflidos de espera.

Me asomo para ver cuánta gente hay: el Teatro Aguascalientes está lleno.

El telón sigue abajo y los músicos de la orquesta se acomodan en sus lugares, incluido el director. Sólo ensayaron una vez y la gente ya está allí. Más de mil personas, revela el organizador cuando todo termina.

No se apagan las luces del escenario y comienza The Ecstasy of Gold. Una vez que la orquesta ejecute la pieza de Ennio Morricone y siga su camino durante todo el concierto sin seguir la batuta del director, Nirvallica tocará The Call of Ktulu. Le seguirá Master of Puppets.

Veo a Bryan acomodarse en el banquillo, estoy al costado izquierdo del estrado, tras bambalinas; observo a Will colocarse frente al atril con su Explorer negra al hombro, Ivo se aleja de mi vista con su bajo, al lado derecho, y Rotted me queda a unos centímetros: junto tiene varias guitarras colocadas en un atril; una de ellas la usará después.

Se abre el telón.

De pronto algo se cimbra y no es el teatro.

Soy yo.



Samuel Segura
Samuel Segura

Obrero de la palabra escrita. En Twitter: @SamBodoque





Artículo Anterior

Aplaude, que se oiga el 'clap', y disfruta el ritmo del rap

Siguiente Artículo

La gotera en el grifo de mi destino





También te recomendamos


Más historias

Aplaude, que se oiga el 'clap', y disfruta el ritmo del rap

Fluye como la verborrea diaria, es coloquial aunque no por ello ausente de cierta estética que encanta. O bien es rápido...

14 Jul, 2013