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El abismo más grande

15 Nov, 2017 Etiquetas: , ,

Cuando nos plantamos frente al mar sentimos atracción, pero también temor. Su inmensidad nos provoca, instintivamente, un deseo por querer volver a donde la vida comenzó, escribe Enrique I. Castillo, en esta reflexión inspirada por el trabajo literario y científico del historiador francés Jules Michelet. 

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO

El mar atrae por su promesa de abismos, porque adentrarse en él significa enfrentarse a lo inconmensurable, lo desconocido. Frente al mar se nos revela la pasta de la que estamos hechos. Sus profundidades inhóspitas y sus monstruos son comparables a las profundidades del alma humana.

Sobre esto charlaba hace tiempo con Gonzalo Trinidad Valtierra, en ocasión de un texto que escribió sobre Rimski-Kórsakov y sus travesías como marinero. No sólo al músico ruso le ha atraído con fuerza el mar. De sobra conocemos los ejemplos literarios: Melville y su ballena inmortal, Hemingway y el viejo pescador, Víctor Hugo y su libro Los trabajadores del mar, las aventuras escritas por Emilio Salgari, Jack London y su Lobo de mar, las crónicas de vida de Joseph Conrad en El espejo del mar, Rafael Bernal y sus piratas en Gente de mar o Los piratas del Golfo de Vicente Riva Palacio. Por supuesto, nos queda el gran viaje de Odiseo, relatado por Homero.

[…]logró crear un libro de belleza y calidad literaria sorprendentes.

Pero además de estos autores hay uno que, a través de la observación científica, logró crear un libro de belleza y calidad literaria sorprendentes. Un hombre que, siempre apegado a los hechos y datos certeros, estaba convencido de que la literatura era una actividad fútil; para quien los caminos de la imaginación sólo conducían a la pérdida de tiempo.

Jules Michelet [1798-1874] fue el historiador más importante de Francia en el siglo XIX. La mayor parte de su vida la ocupó en escribir su Historia de Francia, además de otros libros sobre Historia y Filosofía [disciplina que también le apasionaba]. Para 1849 su posición e ingresos comenzaban a menguar. Su vida parecía ir en caída pero ese año dio otro giro. Se casó [su segundo matrimonio] con una admiradora suya: Athénaïs Mialaret. Michelet renovó su vigor, contagiado por la juventud de Athénaïs, quien entonces tenía veinte años. A partir de 1852 cambiaron de residencia frecuentemente, no lo planearon pero vivieron en lugares cercanos al mar.

Con las fuerzas renovadas, y el mar como constante en su vida, Michelet se dedicó a consultar estudios científicos y revistas especializadas porque, a pesar de sus nuevos bríos, aún consideraba que una novela no aportaría nada. En 1861 publicó El mar, un libro que, a pesar de que el autor no lo pretendía, logró mezclar la observación científica con descripciones de enorme carga literaria.

Sin ambages, Michelet nos dice al comienzo del libro que frente al mar la primera impresión no es otra que el temor:

El agua, para cualquier ser terrestre, es el elemento no respirable, el elemento de la asfixia… No nos extrañemos si la enorme masa de agua que llamamos el mar, desconocida y tenebrosa en su profundo espesor, siempre ha parecido temible a la imaginación humana.

Después de advertir al lector que ese primer enfrentamiento produce en el corazón humano un miedo atávico, Michelet desmenuza los elementos que acompañan al mar: las playas, los acantilados, los ríos marinos, las tempestades. De las enormes ballenas a los pequeños crustáceos y algas, el autor retrata a los seres que viven dentro del océano. No olvida hablar de las sirenas, que no trata como personajes mitológicos, sino como una raza que existió y se extinguió a causa del hombre. Tampoco deja atrás uno de los elementos indisolubles entre la navegación y la tierra: los faros.

[…]El hombre siente inquietud y atracción por el mar porque, instintivamente, quiere volver a donde todo comenzó.

Además, hace notar que en el mar la muerte pasa a formar parte de la vida con velocidad, no hay cuerpos que duren en descomposición porque aquello que sirve para alimentar y dar forma a nuevos seres, se acumula en la parte viscosa y blanca que flota en mar abierto. Ese es el mar de leche para Michelet, el que constantemente origina vida.

Después de leer a Jules Michelet pensé que tal vez aquella charla no estaba tan errada. Nuestras vidas finitas sólo pueden llegar a imaginar la inmortalidad cuando están frente a ese desierto de agua imperecedero. El hombre siente inquietud y atracción por el mar porque, instintivamente, quiere volver a donde todo comenzó. Va en busca de la vida que es, en realidad, el abismo más grande de todos.

Imagen de portada: He who waits  by Ruaraidh Gillies. Flickr-[CC BY-SA 2.0]



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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres.

Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar





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