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El cine como memoria

16 Ago, 2018 Etiquetas: , ,

Estamos hechos de retazos de películas que han pasado frente a nuestros ojos, de emociones que vuelven una y otra vez para convertirse en memoria. Por eso hay que volver a ellas, dice Enrique I. Castillo en este texto. ¿Qué películas han marcado sus recuerdos?

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO

Tengo un recuerdo de infancia ligado al cine. Subo por una larga escalera de caracol, bastante alta y estrecha. Mientras más subo un sonido aumenta su intensidad. En la parte alta hay un cuarto. Voy delante de mi padre y madre, así que llego primero. El cuarto es más pequeño de lo que esperaba. El sonido que escuchaba es producido por una máquina que lanza un haz de luz a través de una pequeña ventana. Entonces me dicen que desde ahí se proyectaban las películas que solía ver en ese cine que ya no existe, y que en la parte de abajo estaban las butacas donde solía sentarme. Fue maravilloso, un descubrimiento inigualable para mí, darme cuenta que era ahí donde nacían las películas que yo veía.

Es un recuerdo de infancia y seguramente no concuerde del todo con lo que sucedió, como es usual con la memoria. Es probable que las escaleras no fueran tan altas ni el cuarto tan pequeño, ni siquiera recuerdo qué película proyectaban en ese momento. Sin embargo, desde entonces el ruido de esa máquina y la luz que se proyectaba a través de la pequeña ventana, es una experiencia que he ligado a cada película que veo en el cine. Aunque ahora ya no se proyecten así los filmes.

Observar una película es creerla de principio a fin. La trama y el devenir de los personajes es lo único que existe mientras dure esa película. No he conocido otra persona que se atenga tanto a este principio como mi madre. Su capacidad de empatía es admirable. La envidio porque ella atraviesa por tantos estados de ánimo como situaciones afecten a los personajes de la película que esté viendo. Ella se ha convertido en un buen parámetro de la experiencia que significa ver cine. Tal vez sin quererlo, ella me enseñó que no se trata sólo de ver una película, sino de involucrarse a otro nivel. Uno más personal.

Observar una película es creerla de principio a fin.

Una persona se define por sus amistades, relaciones familiares, por los libros que ha leído y las personas que ha amado. También, por supuesto, por las películas que ha encontrado en su camino. Hay escenas recurrentes, diálogos que se quedan grabados en la mente. Momentos aleatorios de diferentes películas que, a manera de rompecabezas, encajan para formar una gran película que es precisamente una forma de memoria:

Alex cantando Singing in the rain cuando golpea al viejo en Naranja Mecánica y la novena sinfonía de Beethoven mientras fornica con dos mujeres. El T-1000 atravesando rejas y destrozando el cuerpo del T-800 de Schwarzenegger, así como descubrir que lo único que hace parecer humano a Alex Murphy es su rostro, bajo el casco de Robocop. Lo divertido que es ver a Chaplin pasando entre los engranajes de una máquina y cuando come e inhala cocaína en Tiempos modernos. Tom Waits, Roberto Benigni  y John Lurie cantando en una celda, en Down by law de Jim Jarmusch. En general todo el cine de Jarmusch. La promiscuidad y las escenas hilarantes en Feos, sucios y malos, de Scola. El miedo, que no se ha ido del todo, cuando vi Nosferatu y después Eso. El proceso de transformación de Jeff Goldblum en La mosca y la angustia de ver a Ripley compartiendo la nave de escape con el Alien. La lúgubre soledad de Rick Deckard y los rasgos humanos de los replicantes, en ese futuro sombrío retratado en Blade Runner. Marty Mcfly y el Doc en sus idas y vueltas al futuro; Marty tocando la guitarra de Johnny B. Goode. Las peleas con sables de luz –su sonido característico– y el poder de la Fuerza, aunque siempre sentí más simpatía por los que optaban por el lado oscuro de la Fuerza; la princesa Leia en su atuendo parecido a un traje de baño. El cuerpo de Monica Bellucci resaltado por el vestido que usa en Irreversible, cuando camina sola, antes de la escena fatídica. El deseo que me provocó Nicole Kidman al verla desnuda en Ojos bien cerrados. El enlace, sellado con sangre, de Mickey y Mallory en el puente, en Asesinos por naturaleza, la película más romántica que he visto. La tensión sexual entre Matilda y León, en El perfecto asesino y el personaje de Gary Oldman encabezando la matanza mientras escucha a Beethoven –siempre Beethoven. El amor hermoso y terrible que nace entre los personajes de Oasis, la película de Lee Chang-dong. El despertar de los cuerpos jóvenes a la sexualidad y el incesto y la represión en El castillo de la pureza. Los colores, el vestuario, el ritmo y la atmósfera que crea Wong Kar-wai con la cámara lenta en In the mood for love. El viaje dantesco de Apocalipsis ahora, por otros círculos de un infierno que tiene que atravesar el Capitán Willard para llegar hasta el Coronel Kurtz, y esa primera escena de Willard ahogado en alcohol mientras suena «The end» de The Doors. Otro viaje, este iniciático, en Crossroads, de Eugene, «Lightning boy», para descubrir el camino del blues y su duelo final de guitarras para rescatar el alma de Willie Brown, que está en poder de Papa Legba. La cátedra de cine que dio en 2015 George Miller con Mad Max: acción de principio a fin y pocos efectos especiales. Ryan Gosling en el elevador destrozando el cráneo de su contrario en Drive. La sensación de desconcierto, el sentir que no comprendí nada pero que presencié algo importante cuando vi Eraserhead y Lost Highway de David Lynch. Robert de Niro, en Taxi driver, convertido en Travis, hablándole al espejo y su primera cita con Betsy en un cine porno. La mirada de Harry el sucio detrás de su Magnum mientras apunta a un tipo y le pregunta si se siente con suerte. La vida de dos hermanos que, desde su infancia, está destinada a ser una mierda, en Submarino. La violencia invisible y por eso más estremecedora que sufren las niñas en Miss Violence. También las lágrimas, aquellas que se atrevieron a salir de mis ojos mientras veía la impotencia del niño que intenta salvar a su padre de la muchedumbre, en El ladrón de bicicletas. Y vuelvo a ser un niño cuando veo las películas de superhéroes. Desde el Batman de Tim Burton hasta la más reciente de Avengers.

Estamos hechos de retazos de películas, un amasijo de escenas que alguna vez transcurrieron frente a nuestros ojos, y de emociones que vuelven una y otra vez para convertirse en memoria. Porque eso somos: memoria. De alguna forma, estas películas forman parte de mí. Y así como sucede con los libros, debemos tener a la mano las películas que han marcado nuestros días, para regresar a ellas cuando nos pensemos perdidos.

Imagen de portada: Movie at the Patio Theater in a single frame of film by Emily. Flickr [CC BY-NC 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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