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El diablo vestido de albañil

21 Ago, 2016 Etiquetas: , ,

Este hombre era profundamente admirado por su fortaleza y por su entereza, cualidades que también desconcertaban a quienes le conocían; todas aquellas personas a las que les había construido o reparado algo en sus hogares.

TEXTO: CÉSAR PALMA / ILUSTRACIONES: MONSERRAT PAZ

Toda la mañana se la pasó sobre el andamio aventando la mezcla. La marquesina le estaba quedando excelente. El trabajo estaba casi concluido. Sólo quedaban detalles que el patrón le rogó, a él y su equipo, que concluyeran con toda pulcritud. Él nunca había dicho que no al trabajo, por pequeño que fuera no lo dejaba hasta entregarlo como si se tratara de una obra de arte. Lo que más disfrutaba era levantar paredes, había algo relajante en esa actividad. En su banquito pasaba horas aplicando la mezcla con fuerza para luego quitar las imperfecciones con manos de alfarero. Sus callos le permitían trabajar holgadamente sin quejas: el índice quitaba los restos de mezcla y después con una sacudida de muñeca regresaba el exceso que colgaba sobre el dedo a la montaña de cemento; con el pulgar empujaba ligeramente un ladrillo salido; con el meñique chiflaba, lo acomodaba en forma de gancho entre los labios para llamar al patrón o a quien fuera. Nunca fue grosero ni déspota como muchos del gremio, nunca se robó material, de hecho, rara vez hacía pedidos extraordinarios; si sobraba algo [porque tenía un cálculo ingenieril para levantar una casa de cuatro pisos o una modesta barda] lo juntaba para emplearlo en otra obra menor como regalo. Así fue como se forjó una reputación de constructor. Más de la mitad del barrio fue hecho al estilo y modo de él. El barrio da la sensación de encontrarse en un mundo de casilleros, todos cuadrados con hendiduras sombrías y estériles sin ninguna imaginación, como la casa que dibuja un niño, pero que desde lejos es un monumento a la resistencia. Ninguna casa se ha cuarteado, los cimientos todavía aguantan uno o hasta dos pisos más, según palabras de él al momento de entregar cada obra. Las paredes han permanecido lisas durante décadas sin ningún resquebrajamiento del aplanado. En época de lluvias la humedad e inundaciones no logran nada contra la calidad de los materiales que eligió. Al contrario, se hace un bonito espectáculo con el riachuelo formado por la pendiente perfecta que tienen todas las casas; el agua serpentea hasta el final de la calle, sin encharcamientos, como una alfombra diminuta de agua para los vecinos. Todos le agradecieron aquella contribución infinitamente después de ver las ruinas en las que se convirtió la colonia contigua. Fue hace como dos años que tuvo que sumarse a las labores de rescate para demoler unas paredes y permitir que el agua fluyera, de otro modo, los vecinos habrían tenido que esperar un mes a que llegaran las bombas para sacar el agua de la colonia. No pasó. Con la cara llena de barro y la piel infectada por las aguas negras celebraron con unas carnes asadas patrocinadas por el taquero de la esquina. Todos llevaron algo, se improvisó la fiesta de la mejor manera y, por supuesto, todos le agradecieron aquella manera desproporcionada de preocuparse por el prójimo, le dijeron que era un santo. Esto resulta extraño si pensamos que a diferencia de todos los albañiles de la región, religiosos en extremo, él no se inclinaba con fervor hacia ninguna idea o persona en particular. Sí festejaba el día de la cruz, pero como un asunto de convivencia, no asistía a la misa, no se persignaba si subía al andamio, tampoco invocaba a dios como es bastante común entre los vecinos. Nunca le preocupó la bendición tradicional a una casa recién erigida. ¿Acaso alguien podría reclamarle semejante desdén? Nadie lo hizo nunca. Aunque hay quienes le atribuyen su desenlace a esa misma falta de fe. No se puede vivir sin dios en el mundo de dios, o algo así enunciaron cuando llegaron los peritos. Como haya sido, su falta de creencia no hizo ríspidas sus relaciones. En todo momento se dirigía con respeto, atención y sobre todo, pertinencia. Esta última cualidad podría ser el sello característico de él. Nunca hablaba de más, sólo intervenía en una charla si se trataba de un comentario técnico sobre una obra civil, la estética que cada cliente buscaba o simplemente para cerrar un trato. No enjuiciaba, ni valoraba a simple vista. Se esperaba lo suficiente para lanzar un chicotazo crítico o una queja bien fundada. Y se defendía con firmeza. Más de una vez lo llevaron al Ministerio Público acusado de robo, el estigma que pesa sobre el oficio que eligió. Ahí se aferraba, pedía pruebas contundentes, no dichos ni supuestos. Al contrario, él describía todo lo que había hecho durante el día para reforzar su defensa. Al final le pedían una disculpa. Con el coraje en el pecho aceptaba, pero jamás volvía a dirigir palabra alguna a aquel calumniador. La comunidad, de la misma manera, se replegaba en señal de apoyo, una ley del hielo generalizada se imponía al acusador. Más de una persona le gritó al viejo albañil que era el diablo vestido de oveja por su rigor para oprimir a través del silencio a quien lo llevó al Ministerio Público. Sí, parecía injusto, pero nadie podía ir contra la corriente. Aliarse con el otro bando sería inmolación. No se convertían en un enemigo directo del constructor, pero sí de buena parte de la comunidad. A los convertidos, contrarios al maestro, al poco tiempo nadie les hablaba, después les vendían en la tienda a mayor precio, les daban leche agria, huevos podridos, carne de hule, taxímetro alterado… nadie quería eso. Otros pensaron en negociar una tregua como única posibilidad, pero nadie se animó a una querella con quien levantó su hogar. Todos le debían tanto, no sólo en especie, también en honores. Nadie lo toleraba aunque lo amaban. Era desesperante su carácter dócil. Incluso, cuando ella murió se escucharon cuchicheos sobre su frialdad. No lloró el día del fallecimiento ni en el sepelio. Aquel día recibió a todos con un abrazo, como si los afectados fueran los asistentes; toda la noche ofreció café y sillas. No se quejó ni tenía aquella mirada de desconsuelo que hay en todos los hombres que pierden el amor. Se supone que tenía que estar así, desconsolado. Siempre demostró mucho afecto con su mujer: le cantaba desde la obra cuando pasaba cerca; en los colados presumía las rajas de habanero que preparaba; hablaba de ella cuando evocaba lo más valioso de su vida… por eso fue raro verlo tan distante del ataúd. No se acercó a besarle la frente, todo mundo lo miró con cierta furia. Seguramente fue uno de esos días donde las personas dan asco, pero no tiene caso ahora, lo hecho, hecho está. Ya descansa con su esposa, ya dejó de partirse el lomo. Sólo queda esperar una explicación a todo esto. ¿Cómo se cayó del andamio?

El diablo_Monserrat Paz_2

Técnica de las imágenes: tinta sobre papel.

 



César Palma
César Palma

Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com





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