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El dolor es negro, como el blues

29 Jul, 2015 Etiquetas: , , ,

La escritura de James Baldwin navega entre acordes de jazz y la fortaleza del hombre negro estadounidense que luchó por hacerse de un lugar en la sociedad, por alejarse del dolor que persigue su historia. Difícil de hallar hasta en los rincones más polvosos de las librerías de viejo, la prosa de este hombre se niega a desaparecer del recuerdo de aquellos lectores que han osado acercarse a sus páginas. Gonzalo Trinidad hurgó en la vida de este escritor clave de la literatura norteamericana y, entre otras cosas, halló pedazos de vida de los que no se ha podido desprender.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA / ILUSTRACIONES: ISRAEL CAMPOS CALEON

Droning a drowsy syncopated tune,
Rocking back and forth to a mellow croon,
I heard a Negro play…
Sweet Blues!
Coming from a black man´s soul.

Langston Hughes

 

I

En algún momento garabateé esta frase: «Cuando estés en peligro de muerte, asegúrate de estar en peligro de matar también.» Detrás de la violencia de estas palabras yace un cristal puro de conocimiento humano, mientras más básico más sólido. Esa idea, sin duda, me ha sido entregada por James Baldwin; pero por qué, me pregunto.

Quizá eso no tenga respuesta.

Fue hace años que mi amigo Eusebio deslizó el nombre hasta mis oídos: James Baldwin. Un nombre nuevo siempre despierta la curiosidad, especialmente si se trata de un extranjero. Lo ajeno nos atrae, y a veces aprendemos más afuera de nuestra realidad (literaria, social, cultural y un largo etc.) que dentro de ella. Para ello hace falta tomar la lectura como algo serio, capaz de modificar nuestra visión del mundo, incluso nuestra alma; tan serio como una botella de vodka. No se trata de un pasatiempo. Lo menos que uno como lector puede hacer es darle importancia al trabajo de un escritor. Uno nunca sabe quién nos esté hablando. Siempre hay dos posibilidades: un verdadero ser humano, o un mentecato. Como sea, puede resultar en un hallazgo.

En mi caso fue así. Pero no quiero afirmar lo obvio. De no haber resultado de alguna manera importante para mí el trabajo de ese hijo de Harlem –lugar en el que, por cierto, nunca he estado– no estaría escribiendo estas líneas.

Quizá esa frase que me vino de algún lugar oscuro es una alerta que Baldwin ha sembrado, no sin la esperanza de que el lector la coseche en sus obras. Esa advertencia es como aquellas que los hijos reciben de los padres, muy de mala gana. Lo mismo pasa con el lector cuando escucha el eco del peligro. No puede creer que un crimen esté siendo cometido en ese momento, no cuando en la sala de su casa su perro descansa junto a sus piernas.

II

La literatura, como el boxeo para mucho negros, «fue sólo un medio para entrar en el mundo». Para salir de la nebulosa del anonimato que la esclavitud les impuso. Lo hizo Jack Jhonson, el primero. Lo hizo Muhammad Alí, quien pronunció esas palabras. Y así lo hizo James Baldwin, de menor talla física que los dos boxeadores, pero tan relevante como ellos.

Para entender a Baldwin habría que entender (o por lo menos intentarlo) a Harlem: «…físicamente por lo menos, ha cambiado muy poco en la vida mis padres o en la mía. Ahora, mientras los edificios están viejos y desesperados por ser reparados, las calles están atestadas y sucias, hay demasiados seres humanos por cuadra… En todo Harlem ahora se siente la misma amarga expectativa con la cual, en mi infancia, esperábamos el invierno: se aproxima y será duro; no hay nada que nadie pueda hacer.»

Un dos de agosto de 1924 ese negro risueño y flacucho nació en Harlem. La misma ciudad por la cual, años más tarde, llevaría a su padre hasta la tumba en medio de protestas raciales. Nunca fue muy abierto con su padre, pero recuerdo una conversación, muy breve, que tuvo con ese hombre temible, pero cándido a su manera:

«Mi padre me preguntó abruptamente, “¿preferirías escribir que predicar, no es cierto?”»  El joven Baldwin pensó: «Estaba impresionado por esa pregunta —porque era una pregunta verdadera. Le contesté, “Sí”.» Además de eso, las charlas fueron pocas, pero las lecciones de vida nunca escatimaron. Y así, con una conciencia religiosa muy arraigada en la cultura popular y una noción de la vida que abrevó de las calles, la familia, Harlem y la música, Baldwin llegó a convertirse en orador, novelista y activista negro.

La música fue otro camino para entrar al mundo –este sí se convirtió en un fin–, para sobrevivir y levantar su voz. En eso coinciden la literatura y la música negras ‒los espirituales, el góspel, el blues, el jazz‒: en el desgarro del alma. Pero también en la fuerza. Desde que uno lee las primeras páginas de Sobre mi cabeza (1979), se enfrenta a la música del alma negra.

Esta es una novela extensa, de esas que obligan al lector a vivirlas, más que a leerlas. No se trata solamente de sus tantas páginas, sino de las vidas que Baldwin plasmó en el papel, tan reales como las nuestras. El personaje principal ‒sería mejor llamarle el motivo primordial– de la novela es la amistad de un cuarteto de amigos (Arthur, Crunch, Red y Peanut) que se convierten en músicos. La prosa es musical también. Y el trasfondo de la historia es la lucha por ganarse un lugar en el mundo; es decir, por conquistar una identidad y un nombre. Si uso la palabra conquista es porque mientras uno penetra en esta historia el eco de las batallas interiores de los personajes nos comunica la lucha por la que atraviesan.

La música –y los músicos– son fuerzas narrativas, torrentes en la literatura de Baldwin. Basta rememorar algunos títulos: Blues de la calle Beale, Los blues de Sonny y Blues por mister Charlie, para tener presente un modo de narrar que la cultura negra ha depurado en sus músicos y escritores: el blues.

Sobre Los blues de Sonny unas palabras. Este cuento, o relato, según las ideas literarias que se tengan, es un espejo de Sobre mi cabeza. Un espejo diminuto en comparación con la novela, pero no por ello menos profundo. Y si utilizo esta obra más breve para hacer referencia a la otra más extensa, es porque digieren la figura del músico negro en escalas diferentes, pero apuntan en la misma dirección. La historia de Sonny –no importa si antecede o no a la de Sobre mi cabeza– es una meditación sobre el dolor de un músico a través de la experiencia de su hermano. En algún momento nos encontramos una carta; en ella Sonny nos dice: «No pienses que tuvo algo que ver con que fuera músico. Es más que eso. O quizás menos que eso.» Sometiendo su experiencia a una esfera más profunda y oscura incluso que la musical. Un mundo donde sólo los sonidos pueden entrar y salir, aunque no siempre se puede asegurar que esto pase.

Si el lector tiene paciencia, poco a poco va reconstruyendo una vida, la de un músico negro y junkie que vuelca su alma a través de un piano. Y aun así, la música y el músico son algo más. Más que el dolor, la sangre, las noches infernales buscando un conecte, la histeria y el fango. Baldwin trata de explicar a través de sus personajes una figura fundamental para el siglo XX, la de esos hombres envueltos «en alguna nube, algún fuego, alguna visión propia». Los músicos negros. Y más que los músicos, sus destinos inefables, a los cuales es imposible llegar: son ellos quienes deciden venir a nosotros.

¿Por qué razón se deciden a volver? Porque tienen algo que decir, con su música. Algo sobre la peste humana y los incendios del alma que solo puede traducirse en gemidos –Charlie Parker hacía gemir su saxofón. Pero no basta que el músico haya descendido al infierno siguiendo a Dante. Hace falta un par de oídos para escuchar. Y aún más, es preciso escuchar con nuestras propias cicatrices y nuestros propios fuegos. Es la única manera de escuchar la música, y descifrar el blues. Que no es nada nuevo, simplemente es una manera diferente de comunicar el dolor, una que no existiría si no fuera por el sufrimiento de generaciones de esclavos. El hermano de Sonny nos cuenta: “No era nada demasiado nuevo. Él y sus muchachos, allá arriba, lo mantenían nuevo, arriesgando la ruina, la destrucción, la locura y la muerte.”

En Sobre mi cabeza un cuarteto de amigos, y otra clase de cuarteto, la familia, se arriesgan a su destrucción. Tenemos un par de hermanos –los Montana– enfrentados a una situación muy similar, pero pletórica de detalles. Con frecuencia he pensado en un árbol donde cada hoja, cada extremidad, incluso cada pájaro que anida en él por una temporada, son fundamentales para el todo.

III

En primer lugar, por una suerte de empatía que surge con James Baldwin es que he escrito esto. Me imagino en una cantina hablando con él, o simplemente escuchándolo entre el público durante uno de sus debates sobre el racismo o la búsqueda de la identidad. Temas caros para mí. O desde otra perspectiva, la del disfrute de una historia (Sobre mi cabeza) que parece inagotable. La cual transcurre a través de generaciones de una pequeña comunidad familiar (los Montana) y religiosa que no me resulta tan ajena.

Estando en la mesa de esa cantina imaginaria, sus ojos me dirían:

«Tengo la impresión de que los jóvenes son incapaces de engañar a nadie, con excepción de quienes desean ser engañados. Cuando los jóvenes dicen lo que queremos oír, es porque han aprendido a despreciarnos y a despreciarse,  y es la razón por la cual la juventud se les vuelve una carga de forma tan prematura; en todo caso, mientras Arthur vivió fue absolutamente incapaz de engañar a nadie.»

Nuestro Montana –Arthur, el Emperador del Soul– está muerto, y nos enteramos de su historia a través de su hermano –Hall–, y esa historia (o historias, pues se trata de una novela extensa y a ratos lírica) tiene sus raíces más profundas en la infancia, y en la música. Parece que el alma de estos seres es la música.

Este lirismo puede resultar empalagoso para ciertos lectores, pero si se está atento se puede percibir el abanico de sonidos de los cantos negros. Su cadencia llega a inundar a Baldwin y, en consecuencia, el lector se deja llevar por el caudal de la prosa, como si se encontrase de repente en uno de esos ríos que atraviesan los pueblos del delta del Mississippi. Un lugar imaginario a fin de cuentas. Pero eso no importa, los hombres negros deben hablar como los describe Baldwin: se mueven seguramente como ellos, incluso respiran y sufren como en la novela.

Un pensamiento: no hace falta que una novela transcurra en un momento álgido, cargado de odio, rencor y muy poca comprensión hacia el de al lado para que resulte atractiva. Pero cuando estas situaciones se conjugan y son bien aprovechadas por el autor, el resultado puede ser memorable.

En ese caldo de cultivo, unos personajes surgen frente a nuestros ojos, con sus miedos y sus miserias. Los ves crecer y desaparecer. ¿Podría ser de otra forma? No. Baldwin está preocupado por contarnos una historia que, sospecho, con facilidad se le habría ido de las manos. Y si por gracia del destino logró terminarla es porque poseía la cercanía necesaria a la lucha de los negros, así como la distancia casi obscena de un buen novelista.

Sobre mi cabeza, o Just above my head (el original suena como un espiritual), me parece su proyecto más ambicioso.portada No sólo por la extensión, que siempre está en segundo término. Sino por la profundidad con que traba combate consigo mismo, como autor. Esas cosas se perciben. Lo único equiparable con esta novela podría ser su trabajo como ensayista. Del cual extraigo un fragmento:

«El veintinueve de julio, en 1943, mi padre falleció. Ese mismo día, unas pocas horas después, su último hijo nació. Cerca de un mes antes de esto, mientras todas nuestras energías estaban concentradas en esperar estos eventos, había ocurrido, en Detroit, uno de los disturbios raciales más sangrientos del siglo. Unas horas después del funeral de mi padre, mientras yacía en la capilla del enterrador, un disturbio racial se desató en Harlem. En la mañana del tres de agosto, llevamos a mi padre al cementerio a través de una jungla de vidrio laminado destrozado.»

La figura paterna está presente a lo largo de la novela. Como si se tratara de una detonación, la obra de Baldwin (cuento, ensayo, novela) está llena de las esquirlas de su progenitor. Todavía me hiela la sangre la traición –no hay epíteto para calificarla– de la que es capaz un padre (el hermano Joel Miller). O la entrega incuestionable hacia sus hijos (de Paul Montana; un hombre que amaba escuchar a Arthur y a Hall cantando o tocando el piano en tardes frías).

Ahí lo tienen, el padre, grande y tosco, una figura severa para Baldwin, destruido el mismo día que su último hijo –hermano menor del novelista– llegaba al mundo. En su universo narrativo, el padre es una piedra angular presente, pero no es sino en Sobre mi cabeza donde esa figura adquiere una profundidad rayana en la devoción y el horror. Joel Miller que viola a su hija, una joven predicadora precoz. Y Paul Montana, que sentencia a su hijo mayor de la siguiente manera:

«—Estás preocupado —dije—. ¿Cuál es el motivo? ¿Qué hay de malo en que quiera ser músico, o cantante?

—Nada —repuso Paul—, salvo que arderá, arderá minuto a minuto mientras viva; su carne se consumirá hasta los huesos, muchacho; y alguien tendrá que recoger los despojos y enterrarlo; y —terminó su vaso y me miró— mucho me temo que ese alguien tendrás que ser tú.

Sentí deseos de reír, pero no lo hice. Observé su rostro. Miraba hacia la calle.

—La música no comienza en forma de canción —dijo—. Olvida todas esas patrañas que dicen por ahí. La música puede llegar a transformarse en canción, pero comienza con el grito. Eso es todo. Puede tratarse del grito de un recién nacido, el de un cerdo en el matadero, o el de un hombre mientras lo castran. Y ese sonido resuena en todas partes. La gente se pasa la vida tratando de ahogar ese sonido.»

IV

«… “Un negro triste y quejumbroso casi olvidado” (así es como la prensa británica describía a mi hermano) había sido encontrado muerto en un urinario en el sótano de un pub de Londres.» El hermano de Hall, Arthur el Emperador del Soul, muerto desde las primeras líneas de la novela.

Líneas que retratan más la sociedad en la que ese negro triste se ganaba la vida, que lo que podríamos deducir justamente sobre él. Ni siquiera se menciona el nombre del pub. ¿Pero qué más? Pongámonos, por un minuto, en el lugar de ese otro negro, el que sigue vivo y se entera –sin ninguna clase de detalles– de la muerte de su hermano, a miles de kilómetros de donde él se encuentra en ese momento. Ese negro que respira no es sólo un hombre, se nos revela como una continuidad de deseos, miedos, impresiones y recuerdos. Continuidad que le debemos a la literatura. Y así, conforme las líneas se siguen unas a otras, y uno se da cuenta de que el abismo no está enfrente, sino bajo los pies, y que en ese preciso momento se está cayendo, es en ese instante en el que uno está en los zapatos de ese negro llamado Hall.

¿Qué ocurre ante la ausencia de los hijos? Una ira ciega, que hiela y quema a la vez. Y recordemos que la ausencia de un hijo siempre se debe a la conjunción de fuerzas fuera de control,  es decir, al destino en su expresión más aberrante. La aniquilación de nuestro Arthur Montana desencadena una serie de evocaciones que convierten a su hermano Hall en el centro de la novela, en cuanto a que él es el narratario.

Es inevitable volver a las palabras del padre: «alguien tendrá que recoger los despojos y enterrarlo», que recaen con toda su violencia en el hermano mayor, Hall, convertido en padre del menor, Arthur. Un joven talentoso que descubre su homosexualidad en las giras de las Trompetas de Sión, banda que creó con sus tres amigos de la infancia con ayuda de su padre.

Quizá lo único peor que el destino de Arthur, es el de sus amigos. Uno perdido en las drogas. Otro asesinado por los blancos supremacistas durante una gira. De esos chicos supimos tan poco que cuando se extinguen sus vidas uno no puede evitar pensar «ese jovencito era hijo, hermano, y pudo haber sido padre, esposo o algo más que un muerto olvidado».

La de Baldwin es una literatura de juicios casi bíblicos. De ecos de voces negras repitiendo los epitafios del dios de los cristianos. No tanto el dios del amor, sino el de las sentencias que pesan de padres a hijos. Con la intención no de evitar la destrucción y el fuego, sino de advertir al hombre de que arderá por sus elecciones, pues esa es la única e indefectible posibilidad de toda vida: arder.

Pudiéramos pensar que todo ocurre en el ámbito de la evocación, pero el Dickens que Baldwin lleva dentro hace que su pluma construya acción y psicología de la epopeya familiar que abarca padres, hijos, amigos y un número envidiable de personajes y situaciones que van encajando en una voz, la del hermano, que tiene la capacidad de ser personaje y narrador. Lo cual obliga al lector a sentir en carne propia las decisiones de Hall Montana.

Este conocimiento de la vida podría llamarlo cristal, a través del cual Baldwin explora hasta agotar las posibilidades de la existencia, se lo debe a su oficio de ensayista, en el cual destacó por su mirada. Qué diferente es la mirada del escritor, el escrutador de la realidad, sujeto a los caprichos del alma y la materia. Y por otro lado, qué lúcida resulta la sensibilidad del músico a las esferas sonoras del universo.

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V

Baldwin me recuerda a los boxeadores, por su tozudez y su brío, a la hora de debatir. A los músicos por su prosa, desgarradora y lírica, sin rodeos, como el blues. Además de autoexiliado, lo cual lo convierte en un escritor arquetípico del siglo XX, conjuga en su persona una habilidad envidiable, que de nada le habría servido si hubiese nacido blanco. Al menos no para escribir sobre los negros.

Pero no tanto sobre los negros como abstracción –de pueblos y lenguas arrebatadas de las costas o tierra adentro de Guinea, Angola, Sierra Leona…–, sino del único hombre negro que realmente conoció: él mismo. En ocasión de un viaje a Suiza, en una pequeña aldea alpina, donde por primera vez la visión de un negro era tan real como el frío y los árboles, Baldwin relata que «los niños que gritan ¡Negro! no tienen manera de entender los ecos que ese sonido revive en mí. Están rebosando de buen humor, y los más atrevidos inflamados de orgullo cuando me detengo a hablar con ellos… Hay días en los que no puedo detenerme y sonreír, cuando no tengo corazón para jugar con ellos; cuando, de hecho, mascullo para mí mismo, exactamente como mascullaba en las calles de una ciudad que estos niños nunca han visto, cuando no era mayor que estos niños los son ahora: Tu madre era una negra.”

Quizá por esa razón es tan difícil conseguir esta novela de la que hablo. Por no tratarse de un autor blanco. Ha caído en desuso. Es decir, ha dejado de recurrirse a sus palabras –que a fin de cuenta es el único lugar donde puede hallarse a un escritor– y su universo, para tratar de entender el mundo en el cual nos encontramos.

Al haber participado en la pugna por los derechos civiles de los negros, la cual hasta el día de hoy continúa vigente, la literatura de este hombre –menudito de ojos saltones– adquirió el rango de meditación sobre el dolor de un pueblo. Y si algo tiene el dolor es que nadie es ajeno a él. Podríamos situar esta historia en el Baltimore del siglo XXI y probablemente funcionaría.

Si alguien llegase a encontrar una novela de Baldwin, o alguno de sus libros de ensayos, lo mejor y más sensato sería darle una oportunidad. Si no a él, por lo menos a sus personajes. Escucharlos con atención. Estoy seguro de que, como a mí, tendrán algo que decirle a cualquier lector atento.

No quiero reducir a Baldwin a su condición de escritor negro. Pero la realidad es esa, en un mundo blanqueado por el american way of life es imposible no reconocer en la piel oscura de ese hombre una especie de orgullo que integró en su visión del mundo. El mundo no es blanco, no puede serlo, ni material ni espiritualmente. Y donde lo demuestra con mayor brío es en su prosa. Quien habla es el hermano del Emperador del Soul:

«No me preocupaba tanto el que fumara como hacia donde pudiera conducirlo el que lo hiciera. ¿Pero hacia dónde puede conducirnos cualquier acción? La primera vez que hiciera el amor podría llevarlo a tener veintisiete hijos, o a consumirse de sífilis en el fondo del hospital Bellevue. Todo esto significa que me sentía preocupado por su afición al canto: ¿hacia dónde le llevaría? Me sentía asqueado (por preocuparme de su altura, de su peso, su digestión, su presión sanguínea, su miembro, sus testículos, el pelo de su pubis, su transpiración, de cada mirada hostil y, en particular, de cada mirada amistosa, de cada calle que cruzaba, cada movimiento que hacía), maldición, ¿acaso no tenía otra cosa qué hacer?»

Quien habla es el hermano del Emperador del Soul.

Esa condición humana que explora nuestro autor de Harlem está empapada de violencia. ¿Por qué motivo un hombre puede sentirse responsable de la vida de su hermano? ¿Un hombre? Hall no ha cumplido treinta años cuando, sentado en una cantina, esperando que su perra suerte dé un giro, por su mente cruza la sombra de la preocupación. Nunca he escuchado a un hermano mayor hablar en esos términos (preocuparse de esa forma) sobre sus hermanos menores. Quizá lo hagan, instintivamente. Pero sus pensamientos nunca irán tan lejos. Sin embargo, en un mundo violento (los Estados Unidos de los race riots o disturbios raciales, o la frontera norte de México durante la escalada de violencia) esos pensamientos deben brotar todos los días como retoños frescos.

VI

Una de las recetas –iba a decir fórmulas, pero en literatura no hay tales– para cocinar una novela llamativa para el público es incluir escenas de sexo. Lo mismo aplica en el cine. Lástima que sean tan pocos los escritores que tengan talento para abordar la sexualidad sin caer en la repetición, de otros autores y de toda la parafernalia que la rodea.

En el universo narrativo de Baldwin el sexo es un acto de condena y redención. Una fuerza vital capaz de salvar a un ser humano de la desesperación, o de darle un puntapié cuando se encuentra al borde del precipicio. Sobre mi cabeza aborda la sexualidad con maestría.

No vayan a confundirse con vanas esperanzas de escenas románticas. Aquí lo único que puede encontrarse es la carne y el sudor que de ésta mana, y con ella la peste de la humanidad.

Para un negro, activista político, ensayista sagaz y encima de todo eso gran novelista, no podía pasar desapercibida la vitalidad de la carne. En un viejo libro que la biblioteca Benjamin Franklin decidió prescindir, me encontré con lo siguiente: «…Mantenerse limpio es mantener la distancia, posiblemente aferrarse a la inocencia; apestar, por otro lado, es involucrarse, tocar y ser tocado, y arriesgarse a perder la pureza y a perder el control.» Esa pestilencia es el aliento de la vida, y donde la peste se hace presente la gangrena la acompaña, y el dolor.

El sexo, como todo acto humano, no está exento de ser el motor de la maldad y la vileza. Puede ser utilizado como un arma para destruir una vida. O puede ser la manera de penetrar en los otros, de comprenderlos y vivir por un instante fuera de uno mismo, en otra carne y otra mente, por decirlo de una forma. Sobre eso se ha escrito en demasía.

Hay muchos caminos para descubrir la identidad de uno mismo. Unos más largos, otros más áridos y algunos muy peligrosos. La sexualidad probablemente sea uno de ellos. Y el olor, cuando se trata de la cópula es más penetrante, pues se trata de la esencia de los cuerpos unidos. Por supuesto que puede volverse el hedor de la violación, el tufo del incesto o la peste de la fornicación. Todo eso cabe en una novela, como podría caber en una familia cualquiera.

VII

Y qué sería de la tribu sin sus ritos. La negritud es un tatuaje tribal entre los personajes de Baldwin. En uno de sus ensayos confiesa que a su padre lo veía como un jefe tribal, «en verdad debía estar desnudo, con pintura de guerra y adornos bárbaros posando entre lanzas». Pero también se hereda la amargura, incluso los pecados, y también, por fortuna para los humanos, la belleza. Baldwin meditó, y ensayó, estas ideas que después se convirtieron en rasgos de sus personajes. Incluso, de la sociedad que continuaba luchando por ser visible.

Cada vez que me enfrento con la dureza de la figura paterna en la obra de Baldwin, recuerdo un hecho material –desde luego espiritual, pero más físico en cuanto a la violencia sobre la carne–: los padres son hijos de esclavos. A veces incluso fueron esclavos ellos mismos. Y los nietos de esos esclavos tratan, todos los días, de aprender a vivir lo mejor que pueden. Recuerdo una escena de Ralph Ellison, donde un hombre que fue esclavo todavía cojea –en cierta forma arrastra una cadena invisible–, a pesar de que el grillete que usó en la pierna desde niño hasta ser adulto ya no estaba unido a su cuerpo: descansaba en una mesa a manera de recordatorio.

Si uno no pierde de vista estos hechos materiales y espirituales, la cadena invisible y el grillete de hierro en el escritorio, los personajes parecen decirnos algo más profundo y revelador sobre la naturaleza humana. Y eso es un algo oscuro lleno de contradicciones y amargura.

Esa amargura se ha filtrado en el blues: la música que Baldwin escuchaba en las calles donde cualquier hombre vendería su alma por unos cuantos dólares; pero también al ir a la iglesia escuchaba los espirituales: esos cantos que anunciaban las trompetas del cielo. Un canto de amargura soterrada, cubierta por la creencia de que algún día, no muy lejano, dejarían de ser esclavos, sirvientes, hombres y mujeres invisibles cuyos hijos podrían ser destruidos en cualquier momento.

No me encontré, o al menos no lo recuerdo, con el miedo, en los personajes de Sobre mi cabeza. Cuesta creerlo a primera vista. La amargura, el rencor, el odio, pero también el amor, la confianza, la entrega y la hermandad, son sentimientos que lograban superar la parálisis del miedo. Muchas veces, en medio de ese infierno de vidrio y asfalto Baldwin debió sentir emociones como las de Arthur y Hall, hacia su padre y sus hermanos. Pero nuestro autor nos recuerda que «era necesario aferrarse a las cosas que importaban. Los muertos importaban, la vida nueva importaba; negritud y blanquitud no importaban; creer que importaban era corroborar la destrucción de uno mismo. El odio, que podía destruir tantas cosas, nunca falló en destruir al hombre que odiaba y esto esta una ley inmutable». El camino que Baldwin trazó era diferente: no dejarnos consumir por el fuego del odio; tan distinto al fuego de la creación, como el del músico.



Gonzalo Trinidad Valtierra
Gonzalo Trinidad Valtierra
[Distrito Federal, 1986] Periodista cultural. Narrador. Autodidacta y lector empedernido. Enemigo de muchas cosas: la sobriedad, la sensatez y la autocomplacencia. Puedes leerlo en su @blog.




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