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El factor saudita

07 Dic, 2015 Etiquetas: , , , ,
Para entender y poder analizar la guerra en Siria [que ha dejado miles de desplazados en una
de las crisis migratorias más importantes en Europa], Fernando Rodríguez esboza el panorama
de los principales actores involucrados en una confrontación de múltiples intereses.
TEXTO: FERNANDO RODRÍGUEZ

Escribir sobre la guerra en Siria se ha convertido en una de las tareas más complicadas para el análisis periodístico. Han pasado cuatro años de conflicto, que inició como un brote dentro de la primavera árabe, hasta ser una guerra multipolar, con 300 mil muertos y cuatro millones de desplazados, que involucra en distintos grados a decenas de países y cientos de actores no estatales en una maraña sin solución aparente.

La guerra en Siria no es un conflicto entre dos bandos, es una confrontación múltiple –entre por lo menos una docena de países y cientos de grupos y milicias– que atraviesa varias capas de intereses [políticos, regionales, religiosos, sociales].

No se puede escribir sobre Siria sin mencionar a Rusia, pero tampoco puede hacerse esto sin hablar de Turquía, lo que entonces nos lleva a hablar de los turcomanos y los kurdos, y de ahí a Al Qaeda y el Estado Islámico, pasando por Irán y Hezbollah, sunitas, chiitas y –ya que estamos– alauitas, sin dejar de lado a Israel y, obviamente, a Estados Unidos, Francia, Alemania, Inglaterra, la OTAN…

¿Falta alguien? Sí, uno de los actores más importantes en el conflicto sirio, y uno de los interlocutores necesarios en la búsqueda de soluciones: Arabia Saudita.

El padre de ISIS

El reino árabe es el principal aliado de Estados Unidos en Medio Oriente. En 2013, la petromonarquía integró la coalición liderada por Washington para bombardear al Estado Islámico en sus bastiones de Siria e Irak, un plan con resultados prácticamente nulos.

A partir de entonces, el reino árabe inició una escalada armamentista con el objetivo de combatir al Estado Islámico.

Exactamente un mes antes de los atentados terroristas en París, el primer ministro francés, Manuel Valls, se reunió con el rey saudita Salman bin Abdulaziz. El encuentro en Riad marcó el cierre de acuerdos de venta de armamento y equipo tecnológico por 10 mil ,000 millones de euros. Los detalles sobre los contratos entre Francia y Arabia Saudita son vagos, pero se sabe que el primero suministrará al reino árabe al menos 30 vehículos de patrullaje, satélites de telecomunicaciones y vigilancia, además de participar en proyectos de infraestructura.

Más detallado ha sido Estados Unidos. La Agencia de Cooperación en Seguridad de Defensa [DSCA por sus siglas en inglés] informó hace dos semanas que el país venderá 1 290 millones de dólares en armas inteligentes guiadas por láser, explosivos de precisión y municiones a Arabia Saudita. El objetivo: «promover la estabilidad en la región».

Lo que llama la atención es la capacidad de Arabia Saudita para argumentar el combate a un grupo radical de cuya creación es al mismo tiempo directo responsable.

Desde el arrojo que otorga la búsqueda de votos, Hillary Clinton acusó recientemente al financiamiento saudita de ser uno de los principales soportes del Estado Islámico. Según estimaciones, en 2014 la agrupación recibió hasta 40 millones de dólares en donativos de empresarios de Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes y Kuwait.

El gobierno saudita ha implementado medidas para criminalizar el apoyo financiero al grupo, además de los bombardeos en Siria, pero de lo que no puede excusarse es de ser el nutriente ideológico de la visión religiosa radical que alimenta al Estado Islámico: el wahabismo, una corriente sunita.

El columnista Kamel Daoud lo ilustró así en The New York Times: «Daesh [el acrónimo en árabe del Estado Islámico] tiene una madre: la invasión a Irak. Pero también tiene un padre: Arabia Saudita».

Aunque ISIS considera a los gobernantes sauditas como apóstatas, lo cierto es que los puntos de concordancia superan a las diferencias entre ambos.

El gobierno saudita ha implementado medidas para criminalizar el apoyo financiero al grupo, además de los bombardeos en Siria, pero de lo que no puede excusarse es de ser el nutriente ideológico de la visión religiosa radical que alimenta al Estado Islámico: el wahabismo.

Las crucifixiones, lapidaciones, decapitaciones y demás métodos de castigo que aplica ISIS son los mismos que existen en Arabia Saudita. Incluso el Estado Islámico usa los libros de texto editados en el reino árabe para los jóvenes que estudian en la ciudad de Raqqa, su centro neurálgico en Siria.

Por otra parte, Arabia Saudita ha reducido su participación en la estrategia de Estados Unidos contra el Estado Islámico. Si esto es así, ¿a dónde va todo el armamento que ha comprado?

La respuesta está en la guerra en Yemen, un tema igual de complejo que el de Siria y para el que bien valdría otro artículo. Lo que importa decir es que Arabia Saudita ve a Yemen como una prioridad más grande que el Estado Islámico. Se trata de poner freno a la influencia chiita de Irán que crece justo en su frontera sur.

La clave en Siria

En 2013, Arabia Saudita respaldó la intención de Washington de lanzar ataques contra el régimen sirio, acusado de violar la línea roja marcada por Barack Obama para advertir al presidente sirio Bashar al Assad sobre el uso de armas químicas contra civiles.

Sin embargo, algo salió mal, o bien, dependiendo del punto de vista. Rusia logró un acuerdo para que Siria entregara su armamento químico, frenando así los ataques antes de que empezaran. Para Arabia Saudita atacar a Assad era atacar a Irán, por lo que la medida representó un fracaso.

Es justamente la confrontación con Irán la que define el papel de Arabia Saudita en Siria. Assad es el principal aliado árabe de Irán. Desde el inicio de la crisis, el régimen persa ha defendido al gobierno sirio a través del grupo chiita Hezbollah y los Guardianes de la Revolución, lo que ha derivado en combates directos contra rebeldes sunitas, muchos de ellos apoyados por los sauditas.

Este escenario provoca acusaciones contra la monarquía por presuntamente alentar al Estado Islámico, en un intento por debilitar tanto a Assad como a Hezbollah y otras milicias chiitas.

Así, cualquier intento diplomático para solucionar la guerra en Siria corre el riesgo de quedar entrampado en el conflicto entre chiitas y sunitas.

Es justamente la confrontación con Irán la que define el papel de Arabia Saudita en Siria. Assad es el principal aliado árabe de Irán.

Como interlocutores obligados, Arabia Saudita e Irán defenderán su intención de deponer y defender, respectivamente, a Assad y al statu quo en el país. La postura saudita quedó fuera de duda en la participación del ministro de Exteriores Adel al Yobeir, en la ONU, en septiembre. El funcionario expresó que «no hay futuro para Assad en Siria, con todo respeto para los rusos».

Este último detalle define la nueva realidad sobre el terreno. La entrada directa de Rusia al conflicto es otro punto de tensión. El reino árabe ha exigido a Vladimir Putin que desista de bombardear a la población civil y a los rebeldes sunitas, algo que Rusia asegura que no hace, e incluso ha ido más allá, al pedir a Estados Unidos entregar munición antiaérea a los rebeldes.

En este punto, Arabia Saudita tampoco parece estar dispuesto a ceder.

Imagen de portada: 140413-Z-AR422-446 by New York National Guard-Flickr-(CC BY-ND 2.0).


Fernando Rodríguez
Fernando Rodríguez
Periodista. Fue editor en @ExpansionMX. Actualmente trabaja en Foro global, de Foro TV. En Twitter lo encuentran como: @fe____r.



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