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El hermano de Benjamín Rascón

29 Abr, 2018 Etiquetas: , ,

El desierto nunca es lo que parece. Y por eso cualquier cosa puede suceder ahí, incluso perder aquello que uno valora. Esto experimentó el personaje de este relato de Gonzalo Trinidad.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA / ILUSTRACIONES: JUAN JOSÉ LÓPEZ GALINDO

Benjamín Rascón vio una figura ¿humana, reptil, un acertijo en la arena? El desierto nunca es lo que parece. Se acercó a hurtadillas, su sombra por delante, hasta un puñado de matorrales que podrían ocultarlo al momento de tumbarse bocabajo.

Tenía pocas provisiones. Agua para dos días cuando mucho. Pronto caerían, como buitres, la noche y el frío sobre su espalda. Tenía los pies ampollados, cada paso resultaba más doloroso; en el brazo izquierdo una herida de bala que olía muy mal. El aroma de la infección le provocó náuseas. Quería deshacerse de su brazo. En el momento de mayor calor creyó escuchar un golpe en la arena, mientras caminaba; por un segundo no sintió ningún dolor, y se alivió al imaginar que su brazo lastimado, cual rama seca, se había desprendido.

Las sombras se alargaron como agujas, mientras Benjamín escudriñaba el roquedal donde divisó la extraña figura. Después de un rato estuvo seguro de que se trataba de un hombre. ¿Estará vivo o muerto?, se preguntó. Para averiguarlo tendría que caminar hasta allí, unos cien pasos o más. Imposible hacerlo con los pies heridos. Sólo de pensarlo, dar un paso más, así fuera sobre plumas, le causaba un dolor atroz desde las plantas de los pies hasta la base de la columna.

La necesidad de encontrar a su hermano lo mantuvo andando la noche anterior, luego de que su grupo se desbandara. Él y su hermano viajaban junto con otras veinte personas por el desierto, hacia la frontera con Arizona. Benjamín fue de los pocos que logró escapar de los vigilantes fronterizos.

¿Es posible que sea mi hermano?, se preguntó al echar otro vistazo desde su escondite. No estaba seguro. Los ojos le ardían, la herida en su brazo izquierdo empezó a molestarlo —como si fuera a reventar—, y sus pies maltrechos le quemaban dentro de las botas. Alcanzó su mochila, sacó una botella de agua y bebió un poco.

Se sintió desolado. A su derecha e izquierda se levantaban, como jorobas, las montañas. El desierto parecía nunca acabar. Su hermano podría estar muerto. Él estaba perdido. Y no contaba para nada el hecho de que en su pueblo su madre lo extrañara y rezara todas las noches por el bienestar de sus hijos. Se sintió el último hombre en la tierra.

Cerró los ojos y pensó en su casa, asentada en un villorrio sobre una loma junto al río, rodeada de verde perpetuo. A pesar de que venía de tierra caliente, el calor húmedo de su hogar no era nada comparado con la fragua eterna del desierto. Cuando despertó ya era de noche. La luna transformó las dunas y las piedras. Suavizó las formas afiladas que hieren la carne de los hombres con facilidad. Parecía otro mundo, pálido y frío.

El aullido de los coyotes lo obligó a levantarse, apoyándose en sus rodillas y codos. La noche anterior también los escuchó, pero ahora parecían estar detrás de la primera piedra. Con la mirada buscó al hombre que había visto sentado en el roquedal, sólo para darse cuenta que no había nadie. Entró en pánico. No puede ser, ¿a dónde fue?, se preguntó Benjamín casi con lágrimas en los ojos. ¿Y si era mi hermano? Estúpido, estúpido, te quedaste dormido, se recriminó y comenzó a caminar.

Al llegar al roquedal no vio señales de que alguien se hubiese refugiado. Apretó los dientes y trepó un montón de rocas usando sólo el brazo derecho y apoyándose débilmente en las puntas de los pies. El viento frío le golpeó la cara. A lo lejos, en dirección a las montañas, vio la figura de un hombre caminando lentamente. Ey, tú, ¿me escuchas? ¡Estoy aquí!, gritó a todo pulmón y agitó el brazo, pero el viento trabajaba en su contra, levantando cortinas de arena.

Bajó de las rocas y emprendió la marcha. A este paso nunca voy a alcanzarlo, se dijo.

Benjamín estaba agotado. A pesar de eso siguió andando, decidido a alcanzar al extraño. No resistiría mucho más, pero le faltaba tan poco que sería un crimen rendirse. Cada diez o quince pasos le gritaba, pidiéndole que lo esperara o viniera hacia él. Mi hermano es medio sordo, pensó, debe ser él, seguro que es él. Con el viento en contra le resultaría imposible escuchar sus gritos.

Los coyotes estaban cerca, siguiendo sus pasos. Miró a su derecha y vio unos ojos verdes merodeando a ras de tierra. Apareció otro par de ojos, y luego otro. Trató de alargar su zancada, y en poco tiempo, a pesar del dolor, acortó la distancia entre su hermano y él.

Espérame, dijo con todas sus fuerzas, soy yo, Benjamín. Los coyotes aullaron en respuesta, como si dijeran algo que sólo los animales pueden descifrar. Se echó a correr detrás de su hermano y rompió en gritos al ver que éste hacía lo mismo. Espérame, gritó una y otra vez hasta que tropezó con una piedra y se golpeó la frente.

En cuanto alzó la cabeza vio que su hermano se había detenido para recuperar el aliento. ¿Por qué no voltea?, se preguntó Benjamín. Golpeó el suelo y luego se tocó la frente ensangrentada. No te vayas, por favor, dijo al borde del llanto.

Trató de levantarse. Estaba rendido. Se recostó boca arriba y miró la curvatura del cielo, las estrellas parecían haber caído al fondo de un líquido espeso y negro. Por un momento no escuchó nada. Sintió que se desprendía del suelo y caía al fondo de ese líquido, hundiéndose irremediablemente. No tuvo miedo, incluso deseó que todo acabara de esa forma. Quiso cerrar los ojos y dormir hasta sentirse mejor.

El aire frío soplaba cada vez más fuerte; no podría pasar la noche sin helarse. Necesitaba encontrar refugio. ¿Dónde puedo esconderme?, se preguntó. Trató de pensar lo que su hermano le diría, si lo viera así, para darse ánimos y continuar.

Escuchó un aullido. Seguido de pasos en la arena.

Se puso de rodillas, alzó la vista y se descubrió rodeado por los coyotes. Cogió una piedra para defenderse. Estos se acercaron a él trazando círculos. Sintió un dolor que le perforó la pierna, desde la pantorrilla hasta las corvas; soltó un grito y un golpe fallido. Piedra en mano trató de repeler al coyote que lo mordió. Le lanzó una patada. Apoyándose en sus codos y rodillas se irguió para defenderse.

Los coyotes se movieron a su alrededor, gruñendo y apresurando el ataque por la espalda. Benjamín pateó una cabeza puntiaguda, durísima. Trató de repeler los ataques, pero el desierto se pobló de mandíbulas y ojos brillantes que lo acorralaron, mordiendo, desgarrando y gruñendo.

Dos veces lo rodearon y dos veces se abrió paso a patadas y golpes. Los coyotes no desistieron, no está en su naturaleza, mientras que Benjamín perdía más sangre cada vez. Cayó junto a un matorral, muy parecido al primero, y creyó ver la silueta de su hermano, a unos cuantos metros. Trató de arrastrase para pedirle ayuda. Apenas lograba respirar. Siguió arrastrándose hasta que vio el rostro de su hermano. Estaba tan cerca. En ese momento un coyote le mordió la cara, cegándolo.

Abrió los ojos, presa de la fiebre. Le dieron un poco de agua que apenas pudo tragar. ¿Dónde estoy? Pensé que… No pudo terminar la frase, tosió un rato hasta que volvió a tomar agua.

Te encontramos medio muerto, hombre, le dijo uno de sus compañeros. Trató de recordar lo que había pasado. Miró en silencio a los dos extraños, uno de bigote abundante y el otro lampiño, pero no recordó sus rostros.

¿Mi hermano?, preguntó.

Uno de ellos apartó la mirada. El otro no tuvo más opción que responder con un leve movimiento de cabeza, dándole a entender que su hermano estaba muerto.

Tengo que encontrarlo.

Pérate, hombre, con ese brazo no vas llegar a ninguna parte.

Se miró la herida gangrenada. La infección lo estaba matando.

Tenemos que cortarlo.

De pronto sintió que volvía al desierto. Su cuerpo se agitó como si lo quemaran vivo.

Técnica de las imágenes: Ilustración digital.


Gonzalo Trinidad Valtierra
Gonzalo Trinidad Valtierra
[México, Distrito Federal, 1986]. Narrador y periodista cultural en medios impresos y digitales en Michoacán y la Ciudad de México. Alumno del taller de creación literaria dirigido por Eusebio Ruvalcaba hasta diciembre de 2016. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas [2015-2016] en el área de narrativa. Ha publicado ensayos, crónicas y cuentos. Columnista de La Suerte del Reloj en El Cambio de Michoacán hasta 2016. Antologador del libro Post data / Post mortem en Vodevil Ediciones. Puedes leerlo en su @blog.



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