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El lugar donde germina la esperanza

10 Jul, 2017 Etiquetas: , ,

Apatzingán, Michoacán, es un municipio en el que conviven la tradición, la novedad, la violencia, la muerte y la vida. En este lugar Doménica decidió iniciar algo desconocido para ella: la siembra de jamaica. Se le sumaron Pera y Josefina. Este proceso de siembra y cosecha se convirtió al mismo tiempo en un acto de resistencia «porque no se puede estar paralizado», contó Doménica a Georgina González, autora de este trabajo que nos lleva a ver cómo se enciende la tierra.

TEXTO Y FOTOS: GEORGINA GONZÁLEZ

Doménica ha vuelto a Apatzingán después de muchos años. Tiene pensado sembrar jamaica junto a Pera y Josefina, dos mujeres adultas que llevan ya una vida trabajando el campo, la casa y los hijos. Sembrar jamaica es nuevo para ellas.

Es de mañana. Doménica, Josefina y Pera están listas para soltar las semillas, no hay surcos hechos porque mil doscientos pesos solo alcanzaron para que el tractor preparara la tierra. Su ingenio les hace inventar un método para orientar la siembra: con hilo y estacas crean una línea imaginaria que sirve de guía para colocar de 5 a 10 semillas, cada «paso grande» es la medida entre puño de semillas y surco.

El tiempo avanza. Caminan sobre la tierra que tiene apariencia de barro. La tierra pesa en sus pies y rodillas. El sol se levanta a noventa grados. Su respiración aumenta y el calor agota, pero al mediodía han sembrado una hectárea o poco más con semillas de jamaica tipo reina.

Las semillas germinan.


Es octubre. Las matas de jamaica han crecido, rebasan por mucho el metro y medio de longitud y ya florecen; pequeñas y de color lila adornan su erguida postura.

Pera, Josefina y Doménica han trabajado en la parcela, han arrancado la maleza con sus manos, guadaña o machete. La personalidad acaparadora de la maleza impide que todas las matas de jamaica crezcan fuertes. La maleza roba sol y agua, impide el desarrollo de otras vidas. En Apatzingán sucede algo similar.

Apatzingán, Michoacán, se ha vuelto dentro del imaginario colectivo en un sinónimo del narco. Es un municipio de extremos, en el que conviven y hacen sinergia la tradición y la novedad, al igual que la vida y la muerte. La violencia e inseguridad que ha impactado en este lugar ha impedido el desarrollo económico del campo y ha limitado la capacidad de mujeres y hombres de trabajar en él con libertad.

Durante los últimos diez años esa maleza ha generado que familias enteras y jornaleros agrícolas huyan en busca de lugares con menos violencia o en busca de asilo en la frontera con Estados Unidos. «Los municipios que más familias desplazadas están aportando son Coalcomán, Apatzingán, Aquila, Buenavista Tomatlán, Tancítaro, Aguililla, en donde se siguen dando los enfrentamientos entre los grupos de civiles armados, pese a la presencia del Ejército», apuntó el periodista Jesús Lemus en su trabajo Los desplazados.

Pero, a pesar de todo, en las tierras michoacanas crecen limones, sandías, plátanos, toronjas, papayas y unos mangononones «a lo pendejo». Crece la jamaica que sembraron Doménica, Pera y Josefina.

Durante su crecimiento la jamaica no pide mucha atención, es silenciosa, crece sin mayores intervenciones.

«Sembrar junto a la señora Pera y Josefina fue realmente significativo porque Apatzingán es machista. […] Además, es un acto de resistencia frente a la violencia que se vive aquí, porque no se puede estar paralizado, no debemos seguir las órdenes de quienes pretenden controlar la economía —narcos— y tener el control de todo», cuenta Doménica.

Es noviembre. La jamaica está lista. Sus hermosos cálices colorados brillan al sol, colorea la parcela de rojo, como si se encendiera la tierra. La jamaica es, como dicen acá «ahuatosa», el ahuate es una espina finita como vello que cubre a algunas plantas, la jamaica, es así, peludita y espinosa.

El proceso tradicional de cosechar la jamaica puede ser doloroso si eres novato. Lxs campesinxs cortan las matas de jamaica casi a ras de suelo, después las amarran para formar ramos que suben a la burra o a la troca y se los llevan a sus casas, para comenzar a «despelucar» la jamaica.

Despelucar es separar el cáliz de la bellota. Este momento es donde más se evidencia el trabajo en equipo que se prolonga durante días en los que se llenan cubetas de jamaica fresca que luego es tendida sobre lonas puestas al sol para que éste deshidrate los cálices que fueron despelucados por mitad.

Josefina, Doménica y Pera no cortan a ras de suelo la jamaica y tampoco hacen ramos, su método es solo cortar los cálices directo de las matas y vaciar los cálices en costales para después en casa despelucar los cálices enteros.

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Doménica, Pera y Josefina están satisfechas. En esta temporada [2016] produjeron 300 kilos de jamaica seca, lo que les generó una ganancia de 24 mil pesos en total. Sin embargo, el precio que se paga por la jamaica no es justo al final del día, ya que los compradores llegan a pagar a lxs campesinxs hasta 50 pesos por kilo y el precio al consumidor en centrales de abastos o franquicias alcanza hasta los 200 pesos por kilo.

Aún así, estas mujeres no se desaniman, se organizan, cultivan, trabajan la tierra. En este lugar de México ellas se descubren y algunas encuentran el rumbo familiar. Aquí la jamaica crece y enciende la tierra. Aquí germina digna la esperanza.




Georgina González
Georgina González

Georgina estudia periodismo en la UNAM. Está interesadx en escuchar, escribir y mirar historias sobre las infinitas posibilidades de la identidad y el género, las resistencias de los movimientos sociales y los derechos humanos. También es fanzinerx. Comparte y colecciona zines de temática cuir.





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