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El Norteño (Diálogos de pulcata III)

04 Jul, 2015 Etiquetas: ,

Encuentro, sin dificultad alguna, la imagen de mi padre agasajándose contra el bulto que le representaba mi infantil presencia, lacerándose los nudillos con una acompasada rítmica que denotaba una destreza para tirar golpes de lo más brillante. A la fecha, sigo admirando el tesón e imaginación que imprimía a cada una de sus golpizas…

TEXTO: EMILIANO PÉREZ PERALTA

Me tocó un jefe que me sacudía a la menor provocación. En mis más lejanos recuerdos –tierna infancia– encuentro, sin dificultad alguna, la imagen de mi padre agasajándose contra el bulto que le representaba mi infantil presencia, lacerándose los nudillos con una acompasada rítmica que denotaba una destreza para tirar golpes de lo más brillante. A la fecha, sigo admirando el tesón e imaginación que imprimía a cada una de sus golpizas. No recuerdo una paliza igual a otra, me cae. El repertorio de leñazos se nutría de variadas descargas al estómago, las piernas y el rostro: ¡arriba y abajo, arriba y abajo!, cual joven estrella de los encordados. Me convertí en su favorita vía de deshago ante sus penas; la mejor medicina para sobrevivir a su furia social, sus traumas infantiles, su desazón ante su incipiente sueldo de obrero, sus frustraciones familiares y hasta sus broncas existenciales. Pretextos siempre le sobraron.

Mi padre jamás bebió. Detestaba de sobremanera la cotidianidad con que mis tíos, sus hermanos, se marchaban de juerga al terminar la jornada laboral en la empresa productora de velas y veladoras donde sudaban a diario. Se enorgullecía de no haber seguido los pasos de su padre, mi abuelo. De no emular, como él decía, a ese chingado borracho irresponsable, que se perdía por semanas de pulquería en pulquería. Precisamente en ese abstencionismo etílico, mi madre encontró su mejor argumento ante los cuestionamientos que las vecinas a diario le conferían:

–¡Ya déjelo, Lucila! –le sugerían muy preocupadas cuando por la calle o el mercado la detenían–.  No siga aguantando las friegas que ese viejo le propina. Mire nada más como trae los brazos y, peor aún, mire la cara maltrecha de ese niño. ¡Pobre criatura!

–Lo que pasa es que éste escuincle es muy travieso, respondón y grosero, Doña Margarita. Ya usted sabe, a veces necesitan un buen calentón para meterlos en cintura. Pero mi Jorge es buena persona, trabaja diario y jamás se va de fiesta. Ya ve que ni toma. No cómo sus hermanos que se gastan lo poco que ganan en viejas y cantinas –respondía mi madre, muy segura de si misma. Supongo que creía en sus argumentos. Y, de alguna manera, yo también lo hacía. Era nuestra elemental manera de sobrevivir a la ira manifiesta de mi jefe.

Jamás le guarde rencor, mano, ¡por ésta! Tampoco a mi madre. Ni siquiera por aquellas noches en las que don Jorge llegaba de la joda, ataviado con su overol viejo color caqui y las botas de casquillo atiborradas de parafina. Sin saludar se dejaba caer pesadamente sobre alguna de las sillas de plástico que constituían nuestro precario mobiliario, mientras lentamente se aflojaba los cordones del calzado, a la espera de los frijoles y tortillas calientes que desde la tarde tenía preparadas mi madre. No hablaba. No esbozaba palabra alguna que permitiera imaginar su larga jornada en la fábrica.  Solo se sentaba, engullía  la cena y se hundía en un indescifrable silencio, al tiempo que su rostro se iluminaba por la imagen emergente de la pequeña televisión instalada en el rincón contrario a la mesa. Pero mi madre, en un afán de no sentirse ajena a su pareja, de interactuar con su marido, de dejar de lado su sensación de no ser más que un olvidado ornamento hogareño, comenzaba con las quejas del día:

–Éste niño no entiende, Jorge –relataba, mientras yo me agazapaba en mi  silla, ponía cara de pendejo, agachaba la cabeza y fingía hacer mi tarea–. Hoy fui a la junta de padres en la secundaria, y no encontraba dónde esconder la cara con tantas quejas. Ya no sé qué hacer con éste escuincle –confesaba, casi derrotada, doña Cecilia–. Puras, purititas quejas, pobre de su maestra: “que el niño siempre llega tarde; que siempre trae el uniforme hecho un mugrero; que jamás responde a lo que se le pregunta; que se la pasa levantándole la falda a las niñas; que cobra un peso a los de primer año por dejarlos entrar al baño, bajo amenaza de mandarles a su amigo el Ballena si no cooperan; que se duerme a toda hora y en cada clase…”

¡¿Pus cómo no me iba a dormir, mano?! ¡Dime! Si a la escuela me mandaban con un café negro y un bolillo duro en la panza. ¡Me cae! Ni las cabronas lombrices que vivían en mis tripas podían estarse despiertas. Ni siquiera ellas tenían ganas.

Y así, queja a queja, angustia a angustia, reclamo a reclamo, doña Ceci le estimulaba las tripas a su marido. Majestuosamente le llenaba las entrañas con frijoles y tortillas y, poco a poco, se las revolvía con su incansable letanía. Pero el rostro adusto, seco e increíblemente feo de mi jefe ni se inmutaba. Yo le miraba desde mi silla, de reojo, pendiente de cómo, milímetro a milímetro, el caldo de los frijoles se iba terminando, a sabiendas de que el último sorbo, el final cucharazo, surgiría del fondo del plato como la campana que indica al pugilista que ha llegado el momento de entregar su vida a la difícil tarea de lacerarse cada tramo de carne endurecida de sus nudillos. La angustia me invadía. La angustia y el miedo. Así que solo apretaba los dientes, controlaba mis piernas tiemblas, ponía cara de pendejo y esperaba el primer chingadazo.

¡Púm!, resonaban sus puños en mi boca.

–¡No le pegues, no le pegues, si no es un perro, es tu hijo, no seas hijo de la chingada! –gritaba mi madre, pugnando por minimizar el ímpetu destructivo de mi jefe. Se ahogaba en gritos y pataleos, le destruía cazuelas y cucharones sobre el lomo, desgarraba el mantel plástico que cubría la mesa, y hasta se arrodillaba y rogaba a sus siempre ausentes dioses. Todo en un intento por contener la rabia que ella misma había nutrido. –¡No le pegues, no le pegues…! –suplicaba la pobre Cecilia, mi madre, quizá (sólo quizá) arrepentida de despertar el instinto gorila de su pareja. Al final, sin falta, la golpiza se repartía: –Primero estás de pinche chismosa y ahora no quieres que le siga. ¡Ven para acá, que por metiche también te toca! –eran las únicas palabras que don George emitía.

Siempre fue la misma historia. Pronto me cansé de la rutina. Me hastíe de soportar a mi madre rogando por atención y a mi padre correspondiendo con su lacerante y doloroso cariño. Los dejé hundirse en su locuaz afecto y me salí del cantón sin anunciar mi retiro. Jamás me buscaron.

Me dicen el Norteño porque desde niño, cuando me salía a jugar futbol a la calle con los niños más grandes, dije que me iría a los Iunaited, a cruzar la frontera y olvidarme de mis jefes. También detestaba la escuela, así que soñaba con largarme a trabajar y pronto comprarme una camionetota, na más pa regresar montado en ella y ver la cara de envidia que ponía la banda. Juraba y perjuraba que cruzaría la línea, buscaría una chamba y pronto regresaría dejando atrás la miseria. Con suerte la armaría como el Calaca, el panadero de la colonia, que años antes de mojado se había lanzado; consiguió una chamba, aguantó unos años y regresó al barrio con troca, feria y hasta una vieja fea que dizque es gringa.

Pero jamás me fui, mano. Me dediqué a chambear para sobrevivir, a sobarme el lomo con el anhelo de lograr solventar los gastos que implicaba el llegar a la frontera. Me casé, tuve hijos, me divorcié, me volví a casar, seguí en la joda, tuve negocios, estuve en el tanque y hasta me compré una troca. Pero nunca agarré camino a la frontera. Soy norteño de ciudad. Lo más al norte que llegué fue a esta pulcata. Aquí me la paso chido.  Por eso, cuando la banda pregunta “¿cuándo te largas, pinche norteño?”, yo no más respondo: ¿Para qué? ¡¿Pa qué marcharme, si el norte puede seguirme esperando?!

Imagen de portada: Pulque, by Omar Mejía-Flickr-(CC BY-NC-ND 2.0)


Emiliano Pérez Peralta
Emiliano Pérez Peralta
Geógrafo. Caminante eterno. Pessoa le guía: "No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo". Escribe y sobrevive. En Twitter lo encuentran como: @Emilixxx.



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