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El origen

28 May, 2016 Etiquetas: , ,

En el principio el hombre sintió una necesidad más acuciante que el hambre. Ésta lo llevó a explorar la tierra que el Señor le había dado. Encontró lo que deseaba y dio inicio a una estirpe que sería condenada por su creador.

TEXTO: JORGE ARTURO BORJA / ILUSTRACIONES: JUAN JOSÉ LÓPEZ GALINDO

En el principio andaba el hombre ligero por la tierra, tal como el Señor lo trajo al mundo. Sus pasos breves y rápidos se confundían con los de las bestias. Su mirada se distraía con cualquier movimiento y sus pensamientos calculaban las posibilidades de conseguir lo que buscaba. Desde los matorrales vio una bestia que le pareció apropiada para satisfacer su apremio. Tenía el cuello largo y orejas puntiagudas, unos ojos enormes y grandes pestañas, de cuerpo café claro, asentada sobre cuatro patas esbeltas pero firmes, y unas ancas redondas y saludables que remataban en una cola nerviosa que abanicaba los insectos del aire. La encontró pastando una grama de un verde que despedía destellos de esmeralda. Ese jardín era de colores tan vivos, de texturas tan suaves, de sabores y aromas tan exquisitos, que parecía intención de su autor hacer que sus criaturas se mantuvieran en una constante celebración de los sentidos.

El hombre se había despertado con una necesidad, en ese momento, más acuciante que el hambre. A pesar de saber que ahí todo: plantas, árboles y frutos le pertenecían, y que incluso podía comer de los animales que hubiera sobre la tierra, bajo del agua o en el cielo, el hombre se sentía inquieto. Había algo en su cuerpo, entre sus piernas, que le impedía disfrutar a cabalidad de su mundo. Era esa extensión que le servía para expulsar su orina gozosamente, pero que en repetidas ocasiones se endurecía y engrosaba, se erguía casi admonitoria y colérica como el dedo del Señor, haciendo que las pequeñas bolsas que colgaban debajo se contrajeran hasta causarle un malestar que le impedía correr o caminar con la soltura acostumbrada.

Hacía una semana que se había dado cuenta de esa incomodidad, justamente cuando observó una pareja de animales gordos y rosáceos, de hocicos aplastados y patas cortas. Uno de ellos, el más chico, hacía esfuerzos por subir con sus patas delanteras al lomo del más grande. Pero lo más inusitado, en un jardín donde todo era nuevo, era que la bestia menor intentaba introducir un órgano semejante al que el hombre tenía en medio de las piernas, en el trasero del otro. Cuando por fin lo logró, comenzó a resoplar y empujar con la mitad inferior del cuerpo, como si quisiera introducirse por entero. El grande permanecía estático, sin molestia alguna, con los ojos semicerrados y las pestañas trémulas, como si en realidad disfrutara de la enjundia del que hacía por montarse en su lomo. De pronto, el de arriba aceleró su empuje hasta que puso los ojos en blanco y estiró las patas con un chillido agudo. Entonces el de abajo pareció resentir el peso del compañero que yacía exhausto, con las patas delanteras y la cabeza ladeada, goteando un hilillo de cristalina baba.

El hombre no entendió por qué ni cómo pero vio que su propio órgano también estaba enardecido, duro como un puño en reclamo de una antigua afrenta. Y entonces fue la primera vez que buscó satisfacerse. Si un pájaro se suspendía en el aire para meter su pico en el centro afelpado de la flor y dos insectos brillantes como piedras preciosas se posaban en los arbustos para encaramarse uno sobre otro, ¿por qué él mismo, el consentido del Señor, no podía encontrar dónde introducir esa extensión furiosa de su cuerpo?

Presa de su ansiedad, el hombre encontró el hoyo de un árbol. Una hendidura rodeada de un suave moho. Ahí metió su centro enhiesto. Sintió una cálida humedad que lo estrechaba. Por instinto comenzó a moverse con gran complacencia cuando de pronto lo interrumpió un dolor muy agudo, como un pellizco y luego otro, y varios más que lo hicieron gritar. Sacó su miembro cubierto de hormigas rojas. Las sacudió a manazos, pero como ni así podía quitárselas de encima, se metió a una ciénega y se revolvió en el lodo hasta que cesaron los piquetes. Salió embarrado de pies a cabeza, como una suerte de monstruo, una criatura inacabada entre un hombre y un pez. Se fue caminando todavía adolorido hasta detenerse en una roca blanca. Ahí, mirando su hombría mascilenta y enronchada, se sentó a llorar.

Así, el hombre adquirió experiencia. Supo que no debía introducir su virilidad en cualquier hoyo y menos en un árbol. Tal vez otra criatura más prudente se habría convencido de que esa acción era peligrosa para su persona y nunca debía intentarla, de ningún modo; pero el hombre era la más necia de las criaturas. Siempre que su órgano se endurecía y se engrosaba no podía pensar en otra cosa más que en imitar lo que hacían las bestias con el suyo. Así lo intentó de muchas maneras. Un día lo introdujo en una fruta amarilla y ovalada que habían picoteado los pájaros y consiguió un gusto momentáneo, pero después de un buen rato entendió que no era suficiente, que en el acto de las bestias había un regocijo muy superior al que él sentía, una especie de sueño que las hacía perderse, un misterio que él anhelaba conocer.

En esa búsqueda se pasó varias semanas que fueron una tortura porque en los momentos y en los sitios más inesperados se erguía su miembro, y esa voluntad tan ajena a la suya, pero tan poderosa, lo distraía de cualquier propósito distinto al de su satisfacción. Pudiera ser que el hombre estuviese explorando una cueva desconocida, juntando hojas de palma para hacer una techumbre o recogiendo frutos dulces y jugosos cuando sentía el imperativo reclamo de su órgano, y entonces dejaba todo por encontrar en dónde introducirlo.

Otra vez encontró una bestia muy parecida a aquellas que había visto yaciendo, sólo que de piel más oscura. Con sigilo se acercó a su trasero mientras la otra se hallaba pastando. Ya que la tuvo a su alcance quiso aferrarla por las ancas. La bestia se volvió tan intempestivamente que apenas le dio tiempo de aventarse de espaldas para evitar la tarascada, y después salir corriendo. Aunque esas fauces abiertas, con cuatro enormes colmillos se aparecieron muchas noches en sus sueños, ni así desistió de su búsqueda.

Así que la mañana que vio pastando a la bestia de cuello largo y orejas puntiagudas se aproximó con cautela. Atisbó el punto de entrada entre las enormes ancas, debajo de la alegre cola, lo imaginó húmedo y tibio. Su instrumento se irguió anticipando el goce. Cuando ya se acomodaba para entrar, oyó un sonido ronco y destemplado que le erizó los vellos de la nuca. Al volverse vio que otra bestia muy semejante a la que quería montar, se le venía encima. El hombre se internó corriendo entre los matorrales. Desde ahí pudo observar cómo ese animal montaba a su igual para meterle una especie de tripa larga, ganchuda y rugosa, mientras la otra mordisqueaba las hojas de un arbusto como si nada. La criatura consentida del Señor miró su pobre miembro minúsculo y se sintió humillado. Se alejó caminando con la cabeza gacha y el sexo triste.

Se detuvo junto a un espejo del río. Acostado en la orilla se miró detenidamente. Era de un color más claro y no tenía tanto pelo como los otros animales. Andaba en dos patas con las que podía correr tramos largos y escalar por empinadas cuestas, sus manos de largos dedos le servían para tomar los frutos de los árboles o, haciéndolas hueco, para llevar el agua hasta su boca sin meter la trompa directamente como hacían las bestias. Sin duda el Señor lo había dotado de muchas ventajas sobre las demás criaturas. Sin embargo, ese órgano rebelde que tenía en medio de las piernas lo incomodaba constantemente. No sabía dónde meterlo. De pronto lo iluminó un pensamiento claro: debía de existir otro ser, muy semejante a él, con quien pudiera saciar esa necesidad que era un tormento.

En esas cavilaciones se encontraba cuando un fruto rojo y redondo cayó junto a sus pies. Se levantó mirando en derredor. En la copa de árbol descubrió un animal que nunca había visto, erguido en una rama, cubierto de pelo, patas cortas y brazos largos, de frente achatada, cara oscura y dos hoyos en vez de nariz. Muy diferente a él. Sin embargo, en sus ojos se encendía una chispa de humanidad. El hombre se sintió turbado. Y la bestia, mostrando su blanca dentadura, se puso a dar saltos encima de una rama muy alta.

Cuando el hombre se acercó al pie del árbol, la bestia descolgándose de rama en rama, brincó hacia otro árbol con gran agilidad. Él se detuvo pensando que iba a ser imposible alcanzarla. Nunca había subido árboles y menos intentado brincar entre sus ramas. Se dio media vuelta y empezó a regresar sobre sus pasos. La bestia también se detuvo. Arrancó un fruto rojo del árbol y lo arrojó con tan buen tino que le pegó directamente en la cabeza al hombre. Éste se volvió enojado a buscar una piedra para golpearla cuando se dio cuenta que ella venía bajando el tronco, agarrada de manos y pies, y balanceando su cuerpo de tal manera que se podía ver un trasero rosado, sin pelo, y con un círculo enrojecido en el que brillaba una flor encendida y palpitante.

El hombre se aproximó al árbol y vio con gran sorpresa cómo ella detenía su descenso. La tenía de espaldas justo a la altura de su pecho. El hombre dudó un instante, pero la bestia comenzó a oscilar su trasero y a levantarlo para hacer más visible la hendidura. La fuerza de la sangre lo empujó directamente hacia aquel cuerpo. Allí se hundió frenético. Sintió cómo el orificio de ella se ceñía por completo a su miembro, comprimiéndose y aflojándose en cada embestida, ejerciendo una poderosa succión en cada retirada. Mientras más empujaba, el hombre iba olvidando sus diferencias con las bestias y se adentraba más en su salvaje naturaleza. En el instante en que estaba a punto de perderse por completo, un relámpago iluminó el cielo y un trueno espantoso puso a temblar a plantas y animales.

―¡INDIGNA CRIATURA, NO TE DI VIDA PARA QUE AYUNTARAS CON LAS BESTIAS! ―habló el Señor, mirando con sus ojos ígneos, entre la oscuridad del cielo negro.

Las nubes se desataron en un aguacero torrencial, como si el cielo se desplomara sobre la tierra. La bestia huyó asustada trepando entre los árboles. El hombre corrió durante mucho tiempo por el bosque, entre las piedras, atravesando arroyuelos, resbalándose y cayendo al fango hasta que pudo internarse en una cueva donde ocultarse de esa mirada de fuego. Ahí tiritando, buscó un rincón para acostarse en posición fetal. En pocos minutos lo abrazó un sueño denso y reparador que el Señor aprovechó para bendecirlo con una compañera que mitigara su soledad y acrecentara su especie.

Al día siguiente el hombre despertó con un dolor en el costado. Se palpó y sintió como si tuviera una herida adentro, como si algo se le hubiera roto en la caja del cuerpo. Un ruido lo distrajo, como un leve quejido. Vio entre el haz de luz que entraba por una grieta que había un animal recostado junto a él. Se levantó sorprendido. Recogió una piedra grande con los dos brazos y cuando iba a tirársela encima, ella abrió los ojos. Él pudo verlos idénticos a los suyos. Devolvió la piedra al suelo y se puso a tocar el cuerpo de ella. Una cabellera suave. Una frente limpia y blanca. Un olor dulce, una piel tibia y unos dedos alargados como los suyos. La mujer sonrió. El hombre supo que por fin había encontrado lo que andaba buscando. La firmeza de su órgano se lo confirmó de inmediato. Él buscó volverla de espaldas pero ella se daba vuelta y quedaba nuevamente de frente. Él se empezó a impacientar, pero ella tomándolo del miembro abrió las piernas y lo introdujo a sus entrañas. El hombre descubrió por fin aquel misterio y derramó su simiente dentro de ella con la misma beatitud con que el Señor regalaba sus bendiciones.

A los dos les pareció tan maravilloso conocerse que en esta práctica se pasaron medio día. Lo hicieron en la frescura de la cueva, encima de una áspera roca, sobre la fina arena del lecho de un río e inclusive al pie de un árbol donde el hombre quiso repetir lo que había hecho con la bestia, pero la mujer siempre se negó a darle la espalda y cuando por fin aceptó recargarse, el veloz movimiento de un animal verde y alargado que se enroscaba en una rama la hizo huir despavorida. El hombre quiso alcanzarla, pero entonces la voz de trueno del Señor resonó entre los cielos:

―¡NO SUBAS A LOS ÁRBOLES NI ANDES DE RAMA EN RAMA COMO LAS BESTIAS O MORIRÁS POR PIQUETE DE ALIMAÑA!

El hombre comprendió. De modo que cuando sentía hambre después de yacer con su hembra, se iba a buscar alimentos a otros lugares del jardín para que ambos comieran. Y aunque le temblaran las piernas recogía hojas secas para hacer un lecho donde pudieran descansar plácidamente. Después caían en un sueño profundo hasta que ella lo despertaba para reclamar su goce nocturno.

Así pasaron las semanas y los meses; se ayuntaban como desesperados día y noche, y luego el hombre andaba semidormido recogiendo frutos para la mujer a la que poco a poco se le hinchaba el vientre mientras él recorría el jardín con riesgo de caer en un barranco o ser devorado por una fiera. Aunque aún disfrutaba de esa vida, por primera vez experimentaba el cansancio y a veces se quedaba dormido en el bosque al medio día. El Señor, para recompensar su esfuerzo, los bendijo con dos críos que chillaban por las noches y se la pasaban pegados a los pechos de la mujer, con quien el hombre compartía cada vez menos intimidad.

Con la llegada del frío ella se volvió más exigente. Además de hojas y ramas secas para encender hogueras, le pedía al hombre que cazara pequeñas bestias, las desollara y pusiera a secar las pieles para cubrir a la familia. También lo convenció de dormir a la entrada de la cueva por las noches, armado con una lanza, para evitar que cualquier animal salvaje entrara a hacerle daño a su familia. Entonces al hombre se le agrió el carácter. Se volvió colérico y desconfiado. Para alegrarlo, el Señor le dio más color a los amaneceres y le mandó un ave de alas blancas con un racimo de pequeños frutos morados en el pico para refrendar su solidaridad con la especie humana. La mujer le riñó porque esos frutos tenían un sabor bastante agrio y no alcanzaban para saciar el apetito voraz de sus dos críos.

Una mañana, mientras el hombre caminaba desvelado, cansado y molesto, se internó sin darse cuenta en la parte del jardín que el Señor le había prohibido. Un fruto rojo cayó a sus pies. El hombre miró hacia un árbol y vio la misma bestia que había conocido antes que a su mujer. Ni siquiera pensó en lo que hacía cuando comenzó a subir el árbol sin fijarse si había alimañas.

Su mujer y sus críos lo buscaron por varios días sin ningún resultado, aunque jamás entraron a la parte prohibida del jardín ni se subieron a ningún árbol.

El Señor, viendo que su criatura no tenía remedio, lo condenó a iniciar una estirpe de bestias erguidas, lujuriosas y embusteras que bajaron de los árboles para poblar la tierra, y fueron evolucionando hasta contar una historia muy confusa acerca de su origen.

Técnica de las imágenes: ilustración intervenida.


Jorge Arturo Borja
Jorge Arturo Borja

[Ciudad de México, 1962]. Licenciado en ciencias de la comunicación por la UAM-Xochimilco y egresado de la escuela de escritores de SOGEM. Ha sido guionista de series de Once TV y TV UNAM y entrevistador de Radio Educación. Formó parte del colectivo La Canija Lagartija y es miembro del consejo editorial de la revista Los Bastardos de la Uva. Ha sido colaborador del periódico El Sureste de Villa Hermosa, Tabasco, así como de las revistas Hoja Lata, Crónica 13, Coyoacán-Corazón Cultural, Zona C, Voices of México y Tiempo. También ha publicado en La Guillotina, El Cuento, Tierra Adentro, entre otras. De su obra se ha publicado la plaquette ¿Para qué te voy a mentir? [Ediciones Palo Alto, 2005], el libro de cuentos Campo de Batalla [Eterno Femenino Ediciones, 2012] y el libro de crónicas De El Azteca a Madero [Eterno Femenino Ediciones, 2014].





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