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El padre como ausencia

21 Jun, 2018 Etiquetas: , ,

La figura del padre tiene un peso tremendo para los hijos, dice Enrique I. Castillo, por eso escribe sobre el suyo y sobre el de tres escritores en esta entrega de Can Cerbero, en la que también habla de las búsquedas, las liberaciones y las motivaciones de la hechura literaria.  

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO

No tengo padre. Ni siquiera cuando viví con él lo tuve. Por el contrario, su presencia siempre me resultó intrascendente. Como un bulto. Si me pongo a considerarlo bien, no tengo un recuerdo que nos vincule afectivamente. Mi memoria de él es difusa. Está ahí, en varios momentos de mi infancia, pero es un ente sin rostro ni voz. Con el pasar de los años he olvidado ambas cosas.

Fue un niño abandonado. Por su madre cuando era pequeño. Por su padre cuando volvió a casarse y tener hijos con la nueva esposa. Su padre fue uno de sus tíos y sus primos sus hermanos. Pero siempre lo vieron como un extraño. Aun rodeado de gente, vivía en soledad.

Eso lo convirtió en un hombre con miedo a estar solo. El encuentro consigo mismo lo aterraba. Tal vez por eso tuvo hijos –y una hija, me parece– con varias mujeres. Era una forma de inmortalizar su penosa existencia. Dudo que a alguna de ellas la haya amado. Su concepción de la vida era sobrellevarla como fuera y, sobre todo, a costa de quien fuera, pero nunca solo.

Hubo un momento en que pensé que lo mejor era deshacerme de él. Así que lo maté. Al menos de forma literaria. En un cuento tomé un arma y le disparé a la cabeza. Supuse que después de hacerlo descargaría un lastre que había arrastrado por mucho tiempo. No me deshice de nada porque no había algo de lo que deshacerse. Después de matarlo pensé que me invadiría una sensación de bienestar y desahogo. En cambio, el sentimiento que me produjo es equiparable al que tengo cada ocasión que tiro la basura o que mato una mosca.

Sin duda, la figura del padre tiene un peso tremendo para los hijos. Para bien o para mal. Cada vez que escuchaba a amigos hablar sobre un padre estricto o uno permisivo, notaba la relevancia y el vínculo que los unía. Me habría gustado comprenderlos del todo y compartir mis experiencias. Pero siempre ha sido un terreno desconocido para mí. Tengo una noción de lo que puede llegar a ser un padre, aunque a partir de experiencias ajenas.

También he tenido encuentros con escritores que hablan del padre, ya sea a manera de exorcismo, como un ajuste de cuentas con el pasado, como una búsqueda de redención o venganza. De momento, vienen a mi mente tres formas en las que tres escritores abordan el tema:

El padre como fantasma

Después de la muerte de su padre, Paul Auster escribió La invención de la soledad, un libro en el que trató de explicarse quién había sido su padre. Un hombre-fantasma que anduvo en este mundo como si no hubiera sido parte de él. Alguien a quien la experiencia paterna le era del todo indiferente. Tenía un hijo y una hija cuyas existencias apenas notaba.

Era un hombre invisible, en el sentido más profundo e inexorable de la palabra. Invisible para los demás, y muy probablemente para sí mismo. Si cuando estaba vivo no hice otra cosa que buscarlo, intentar encontrar al padre que no estaba, ahora que está muerto siento que debo seguir con esa búsqueda. Su muerte no ha cambiado nada; la única diferencia es que me he quedado sin tiempo.

No es que Sam [el padre de Paul] no los quisiera. En todo caso, para él quererlos no significaba nada. Su vida se había tratado de estar solo y existir para complacerse a sí mismo, como salir con amigos y conocer mujeres. Eso no cambió ni con el matrimonio.

Paul Auster hace un recuento entre sus memorias para descubrir, por fin, quién fue su padre. Esa búsqueda implica también entenderse a sí mismo como hijo y, a su vez, como padre.

En este libro, no existe el abandono paterno pues primero debió haber existido una relación padre-hijo que se rompiera. Al no haberla, el libro de Auster, no enjuicia ni pide cuentas al padre. La invención de la soledad es, en realidad, el descubrimiento de un fantasma de carne y hueso.

El padre como monstruo

En pocos textos se ha expuesto tanto a sí mismo un escritor como en Carta al padre, de Franz Kafka. En esa misiva, el checo desnuda su alma para demostrar el terror que le provocaba esa figura paterna. Leemos esta larga carta [103 páginas de manuscrito] y nos convertimos en intrusos de su vida. Desde el primer párrafo nos encontramos, ahora sí, con un hombre que quiere ajustar cuentas con su padre.

Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre. No supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener medianamente presentes cuando hablo. Y si intento aquí responderte por escrito sólo será de un modo muy imperfecto, porque el miedo y sus secuelas me disminuyen frente a ti, incluso escribiendo, y porque la amplitud de la materia supera mi memoria y mi capacidad de raciocinio.

Al miedo de Kafka se suma el rencor. Nada de lo que hizo, ni el hombre en que se convirtió, mereció el respeto de Hermann Kafka. Al menos eso se deduce del texto. La carta es el vehículo por medio del cual Franz Kafka reclama la falta de atención y la dureza en el trato. Como lector, es posible preguntarse los motivos de ese padre estricto e inflexible que se nos muestra. Pero desde el otro lado, pocas veces un hijo reflexiona sobre los motivos de su padre.

Las circunstancias sobrepasaban a Franz. Por donde viera, su padre era un ser inalcanzable. Buscar su atención o cariño a la edad en que escribió la carta [36 años] era inútil. El daño estaba hecho y era irreparable. Su miedo no nació sólo del trato duro. Las diferencias físicas entre ambos eran ya motivo de ese temor:

¡Si ya estaba yo aplastado por tu mera corporeidad! Me acuerdo, por ejemplo, de cómo muchas veces nos desvestíamos juntos en una cabina. Yo flaco, enclenque, esmirriado, tú fuerte, alto, ancho. Ya en la cabina mi aspecto me parecía lastimoso, y no sólo delante de ti, sino del mundo entero, pues tú eras para mí la medida de todas las cosas.

Sin embargo, redactar la carta no funcionó para que Franz Kafka se liberara de esa figura monstruosa y el miedo que le generaba. No se atrevió a darle esas hojas a su padre. Las entregó a su madre para que se las hiciera llegar. También a su hermana. Pero Hermann nunca las leyó.

Como sus demás escritos, esta carta estaba destinada a arder. Así era el deseo de Kafka. No se cumplió su voluntad y sólo así fue posible que la humanidad conociera su literatura. En otra ocasión ya lo he expresado [https://bit.ly/2lj3JtH]. La lectura de Carta al padre ha resultado perjudicial para los libros de Kafka, porque en ellos se ha extrapolado su vida y se les ha atribuido un halo de desdicha donde no lo hay. Eso sí, leer la carta es adentrarse en lo más profundo de este escritor y, al mismo tiempo, encontrarnos con un reflejo de nuestros propios miedos.

El padre como figura granítica

No era raro que apenas evocara la figura de su padre, los ojos de Eusebio Ruvalcaba se anegaran. El respeto que sentía por él era envidiable. Higinio Ruvalcaba podía ser un hombre tan duro como amoroso. Fue un violinista prodigioso. En esa medida podía ser estricto con el pequeño Eusebio cuando desafinaba alguna nota en sus prácticas de piano, y de igual forma podía despertarlo a las cuatro de la mañana, luego de un concierto, para jugar frontón en la sala de su casa [https://bit.ly/2K3dJ88].

El amor por su padre era desmedido y a la vez objetivo. No amaba a un ser idealizado. Lo veía con todas sus virtudes y defectos. De otra forma no habría podido prodigarle un amor tan devoto. Eusebio escribió en La figura del padre en cinco apostillas:

La figura del padre es fuerte. Granítica. Por muy reblandecido que el padre sea, es toral, de toro. El solo hecho de saber que provenimos de su sexo enhiesto, en pie de guerra, le da esa categoría.

Aun después de muerto Higinio, Eusebio celebraba su cumpleaños y también su música. Quienes tuvimos la fortuna de compartir alguno de esos momentos quedamos marcados para siempre. Cuando hablaba de su padre era evidente el respeto y el fervor. Huelga decir que yo admiraba su forma de expresarse pero nunca llegué a identificarme con esa devoción.

Eusebio sabía que la presencia del padre es la piedra angular en la formación del hijo. También su ausencia. O sobre todo su ausencia. Porque al perderlo es cuando surge en el hijo la necesidad de buscarlo y, acaso, comprenderlo:

Cuando el padre muere por fin vemos el mundo en su verdadera dimensión. Aquel estorbo se ha quitado de en medio. Ahí está el horizonte. Ahí está, al alcance de la mano, todo lo que es posible abarcar con la mirada. Por eso es tan importante que el padre se muera a tiempo.

Eusebio contaba que en su lecho de muerte, Higinio le pidió que le alcanzara la cartera de su pantalón. Sacó los pocos billetes que tenía y le dijo que esa era toda su herencia. El monto era el suficiente para pagarse un trago. Él único que su padre le compró. El único, a final de cuentas, que importó. Eusebio continuó su vida de la mano de su padre. Sin importar que estuviera muerto. Su presencia lo acompañó, estoy seguro, hasta el momento en que el propio Eusebio murió.

El padre de la humanidad

Hay padres que se quedan fuera de este recuento, porque puede haber tantos textos como hijos existan.

Uno que no puedo dejar de mencionar es Fiódor Pávlovich Karamázov, padre de héroes y villanos. De su simiente nació tanto el abyecto Dmitri [Mitia] Karamázov, el maquiavélico Iván Karamázov, así como de Aléksei [Aliosha] Karamázov, quien es la personificación de la virtud. En Los hermanos Karamázov, Fiódor Dostoievsky no se propone ir a la búsqueda de su propio padre, en cambio, nos pone frente al hombre que bien podría ser el padre de toda la humanidad.

Adentrarse en esa novela es empaparse en el dolor que significa estar vivo. Las almas atribuladas de los tres hermanos Karamázov son la prueba fehaciente de los diferentes grados de trastorno que puede ocasionar una sola figura paterna. Son prueba porque, a pesar de ser personajes literarios, están hechos de la misma pasta que cualquiera de nosotros.

No tengo padre pero eso no significa que su ausencia no haya sido parte importante para definir la persona que soy. No he emprendido una búsqueda suya a través de mis escritos porque no hay nadie a quién encontrar. Ni siquiera un fantasma.

Es un hombre muerto, ido hace mucho, y lo mejor es que así continúe. Aunque sé que, aun con su muerte de por medio, en algún lugar dentro de mí existe un temor: descubrir que detrás del rostro de esa ausencia se encuentra mi propio rostro.

 

Foto de portada: Father and Son by Kolin Toney - Flickr -[CC BY-SA 2.0].


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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