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El precio de la libertad

05 Nov, 2015 Etiquetas: , , , ,
La charla entre dos conductores de un programa televisivo acerca de los derechos de autor,
la piratería 
y las descargas ilegales en la red provocó que quien escribió este texto viera la
película The internet´s own boy. El filme, a su vez, incendió en el autor de esta reseña la
reflexión en torno a la cultura de contenido libre en internet y su obsoleta legislación.
TEXTO: SAMUEL SEGURA

El conductor de televisión inicia su programa diciendo, entre otras cosas, que un día encontró uno de los libros de su autoría en su versión pirata. Uno que vendió mal, que nadie quiso leer, precisa. Que, de alguna forma, le pareció un honor (o un halago, ya no me acuerdo) que eso ocurriera (que alguien se tomara la molestia de piratearlo), pero que no podía negar el inminente daño que esto podía, o pudo, causarle a sus bolsillos. Frente al conductor está una mujer que está ahí para hablar sobre los derechos de autor, so pretexto de algo que ya no recuerdo. A promocionar unas charlas, me parece. El conductor dice que su trabajo le ha costado leer lo que ha leído y escrito lo que ha escrito como para que alguien de pronto llegue y lucre con eso, sin que él se vea beneficiado. Ella dice que lo justo es que los creadores cobren por su trabajo, que los creadores tienen el derecho de vivir holgada y dignamente. La conversación transcurre, entonces, a partir de esas ideas. De cómo las industrias del cine, editorial y de la música han sorteado la muy dañina piratería incrementada sustancialmente por internet. Hablan de pronto y por supuesto de Youtube. De su imparable barco pirata. Ella dice que todo esto es más una cuestión de educación, de cultura: muestran poco respeto a los demás quienes diariamente descargan (o comparten) en el mundo millones de contenidos de la red sin consentimiento de los creadores. (Que alguien detenga a la persona a la que le prestaron un libro y que no pidió permiso al autor.) El conductor de televisión (tengo el libro que mencionó al principio de su programa porque nadie lo quería donde yo trabajaba hace no mucho y me lo regalaron y no lo he leído y tal vez no lea y lo regale) confiesa que ha descargado de Amazon libros gratuitos de grandes clásicos pero que pagaría ediciones en papel con lujosos prólogos de esos mismos libros. Cosa no muy rara: conozco a muchos que escuchan un disco en línea y luego van y lo compran a la tienda de discos. Yo mismo. Si no les gusta, no lo compran. Punto. El caso es que estuve por primera vez de acuerdo con él. No con aquello de que gracias a su portentosa creatividad puede alimentarse cada día, sino al derecho de los individuos por, digamos, cultivarse. O entretenerse. Y elegir. Por poder leer aquello que generan las universidades, los escritores, los músicos, los cineastas del mundo. Por quitarse de ataduras gracias a que pudo leer cierto texto. O escuchar un disco. O ver una película. Una que quizá es inconseguible donde está o que no puede comprar pero que muere por ver. No por venderla ni por joderse al creador. Una que quizá recomiende a alguien más, y entonces dicho creador obtenga algo más que dinero. Lectores, audiencia, qué sé yo. Esa que pagará cuando tenga que pagar, sin dudarlo. No todo el tiempo y no por cualquier cosa que quieran cobrarle. Pensé entonces en qué pasaría si nadie pirateara los libros del conductor, ni compartiera sus columnas que publica en algún diario, o si nadie viera su programa de televisión. Probablemente este hombre moriría de hambre. O tendría que dedicarse a otra cosa. No lo sé. Por lo pronto no volveré a sintonizar su programa. Porque soy de los que está en contra de eso que él dice. Estoy en contra de quienes comparten en sus muros de Facebook: “soy músico, pero no significa que lo haga de a gratis”, y derivados. Me patean las bolas. Porque para mí toda actividad artística tiene como fin último… no. No tiene como fin generar dinero alguno. De ningún modo. Claro, vivimos en un mundo regido por el dinero. No hay conversación o aspecto de nuestras vidas en donde esa maldita palabra no salga a colación. Y entonces surge el: “así son las cosas, y jamás cambiarán”. ¿Por qué chingados no? Carajo, este programa televisivo (que vi unas horas antes de escribir estas patrañas) me hizo hasta imaginar un mundo donde ese concepto del dinero ni siquiera existiera… y me hizo acudir, en chinga, a ver una película que tenía pendiente: The internet´s own boy. La vi, por supuesto, en Youtube. Acá. Y me pregunté, mientras la veía, entre muchas otras cosas, si acaso el conductor la habrá visto. No lo sé, en algún momento del programa el hombre dice que aquellos que están en pro de compartir todo (lo que tenga derechos de autor de por medio) por internet le daban un poco de ternura. Una cosa así. Me pregunté si ese hombre se sentiría culpable de ver este documental en la comodidad de su hogar, en Youtube, una noche; si se sentiría un criminal por hacerlo. Honestamente espero que no, y que lo disfrute en paz, sin sentirse perseguido. Porque mirar desde esa óptica, desde aquella de la legalidad obsoleta, desde la que propicia cosas como ésta, el mundo infinito de internet y su inevitable compartición de archivos, es… sorprendente cuando viene de un hombre que tanto ha invertido en su educación. O para quien aboga por la legalidad. Porque esto no se trata únicamente de lucrar. Probablemente sea en lo último en lo que piensan quienes compartimos contenidos por internet. Quien baja una película, un disco, un libro para cultivarse, entretenerse, qué se yo, y no lo hace para lucrar, sino para su consumo personal, no puede ser un criminal. Claro, hay quienes piratean y probablemente lucran. ¿Pero son los más? ¿Quién mierda lo sabe? No veo a toda esta gente enriqueciéndose como las editoriales, o las compañías disqueras. ¿Cómo es que alguien puede estar en contra de un mundo con acceso total a los saberes de la humanidad para que cada quien tome lo que necesite y construya así un mundo mejor como el que quería Aaron Swartz (protagonista del documental “que nos ocupa”)? Vaya, son muchos. Quienes están a favor del dinero y no de la libertad. Porque es un poco de risa decir que sólo la piratería afecta a los creadores, cuando quienes principalmente los afectan son las propias editoriales, disqueras, productoras, pues son éstas quienes se quedan con la mayor parte de las ganancias. ¿Cúal es el fin último de un creador? ¿Decir que se difunda, lea, conozca su obra es descabellado? No lo creo.

Porque es un poco de risa decir que sólo la piratería afecta a los creadores, cuando quienes principalmente los afectan son las propias editoriales, disqueras, productoras, pues son éstas quienes se quedan con la mayor parte de las ganancias.

Que internet haya colisionado con las viejas formas de regulación de la propiedad intelectual, y que las leyes no se modifiquen conforme a esto y quieran permanecer inermes, no significa que quienes comparten contenidos gratuitamente, sin lucrar, libremente por la red, sean criminales. Son terrenos que la ley no se ha tomado la molestia de plantearse con seriedad. Una vez, en aquel trabajo en el que estaba, que tenía que ver con libros digitales, se plantearon en el departamento correspondiente las disyuntivas sobre cómo los autores recibirían sus respectivas descargas de sus libros electrónicos, calca de los ejemplares que les corresponden de un libro impreso. Eso devino en el caos de candados que las empresas que se encargan de distribuir estos materiales ponen para que no sean pirateados. Una cosa absurda tenían, o tienen, que hacer los autores para obtener unas cuantas descargas. Situaciones absurdas, que también devienen en querer cobrar por página de libro, como planteó la mujer que fue a este programa. ¿Por qué no cobran por palabra, por caracter, si cada puta palabra escrita es digna, valiosa, merecedora de cada uno de nuestros pesos? Entre otras tonterías como éstas, sumadas a, por ejemplo, que un diario bloqueé sus contenidos interesantísimos para que uno no pueda copiar sus ideas pulcramente redactadas e investigadas, o que las instancias gubernamentales cobren por las copias que mandarán por una solicitud de acceso a la información pública (nuestro derecho, ojo) nos tienen sumergidos en la mierda, en el sinsentido, en el retroceso. Internet es algo que la ley no había contemplado y que no piensa comprender, sino castigar. Como siempre. Que los criminales sean quienes descargan unas rolas que compartirán con el resto de la gente porque les gustaron, y no quienes, bueno, en este país sobran los ejemplos. Que alguien les avise a los abogados que se siguen sacando fotocopias, que los libros se siguen rolando mano a mano, lo mismo que los discos y las películas. Que les avisen, porque han dejado de mirar a todos estos que no han pagado por aquellos libros y películas y luego no sabrán cómo encarcelarlos. Carajo… Compartir, comunicar, difundir contenidos gratuitamente se ha hecho y se hará siempre, en el soporte que sea. Internet lo hace masivamente. Imparablemente. Y no habrá ley que lo regule. No lo detendrá. Tendrán que ser más intransigentes, más intolerantes, más idiotas, para pretender hacerlo. Este documental (perdón) aborda la vida de Aaron Swartz, el hijo de Internet (ora sí con mayúsculas). Un hombre que luchó contra todo esto que planteó el conductor y su entrevistada. Swartz, un verdadero genio y no un payaso de televisión que alardea de su cultura. El hombre que entrega su vida por un mundo mejor. Ése. El hombre que a otras personas les parece ingenuo, insolente, desquiciado… un criminal. Una persona de las que se cuentan por cientos, o decenas, pero que existen. Un revolucionario de nuestro tiempo. Un tipo sensato, sobre todo. Un hombre cuyo mensaje no puede dejar de difundirse.

Tráiler oficial:
Imagen de portada: Brian Knapperberger. Luminant Media. EUA. VOSE. CC BY-NC-ND - Sitio:http://bccn.cc/es/pelicula/theinternetsownboy/#sthash.r01w3fUL.dpuf


Samuel Segura
Samuel Segura
Obrero de la palabra escrita. En Twitter: @SamBodoque




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