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El rey de Main Street

16 Oct, 2018 Etiquetas: , ,

A partir del recuerdo de Poeta en Nueva York, Ana Emilia Felker nos lleva a conocer a seres que pertenecen y son la calle en Houston, aquella calle a la que muchas veces es más fácil evitar para no tener de frente aquello que cuesta reconocer, aquello que también somos.

TEXTO: ANA EMILIA FELKER

Bajé del tranvía en Main Street. Ahí vivo desde hace un par de meses. Es común encontrar en las estaciones camisetas tiradas, huesos de pollo frito, zapatos. Lo peor que he visto ha sido una nube densa de moscas que revoloteaban alrededor de un excremento que sospecho era de humano.

Caminé rumbo a la entrada del edificio y entonces vi sobre una de las bancas de acero oxidado que marcan los nombres de la calles, a un hombre negro con el torso desnudo y una sábana blanca que le cubría las piernas. Era de noche y la falda larga brillaba debajo del farol creando un juego barroco de pliegues y sombras. Semitendido, en su pose de mito petrificado, el hombre daba un intenso sermón al aire. Intenté entender lo que decía, luego apresuré el paso y terminé espiándolo desde mi ventana en el cuarto piso. Su voz grave y el silbato del tranvía eran los únicos sonidos de la calle. Después de un rato se levantó y caminó de una banqueta a otra gritándole a otros vagabundos y a los esporádicos peatones que se cruzaban con él.

Me hubiera gustado preguntarle algo, pero en cambio le huí y entonces, como siempre, me atacaba una culpa clasemediera judeocristiana. La culpa es tan apática como la apatía misma. No me salen las cuentas del privilegio si una estudiante mexicana becada en Estados Unidos habla de un hombre negro sin casa, caracterizándolo, objetivizándolo como un estatua, viéndolo desde un departamento minúsculo en un edificio fresón.

El hombre que encarnaba la fuerza física, la locura, que parecía estar por arriba del mundo y, a su vez, era aplastado por ese mundo, me hizo pensar en el Rey de Harlem de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. En esta hermosa proclama postapocalíptica, los negros son los únicos supervivientes de la decadencia del occidente blanco. En el imaginario de Lorca, los negros van a constituir el nuevo mundo, son la encarnación del mesías: contra la maquinaria de consumo y muerte de la gran urbe capitalista, el dolor tectónico de la esclavitud; frente al apolo de los rascacielos, la calle dionisiaca de los pobres.

Lorca concibió su teoría del duende en las calles de Nueva York entre 1929 y 1930. El cante jondo, el espíritu andaluz, colisionaron con su descubrimiento de los ritmos del gospel en las iglesias de Harlem. Para él todos los sonidos negros tenían duende porque olían a muerte. Pensaba que el escritor debía sentir la vibración telúrica de la muerte para encontrar al duende, para encontrar el alma.

El hombre que encarnaba la fuerza física, la locura, que parecía estar por arriba del mundo y, a su vez, era aplastado por ese mundo, me hizo pensar en el Rey de Harlem de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca.

Lorca viajó a Nueva York en plena Black Renaissance, el auge de la literatura, la música y el arte negros que precedió la lucha por los derechos civiles. Malcolm X describió este gran esfuerzo por derrocar la opresión racial desde el arte hasta las calles como un tsunami de color. El movimiento de la negritud no se limitaba a Estados Unidos. Entre otros, Aimé Césaire y Frantz Fanon escribían y hacían política entre Francia y Martinica; se luchaba en Argelia, en el Congo, en Ghana…

En Poeta en Nueva York, los negros son la salvación frente a la corrupción de la iglesia y el gobierno, frente la contaminación de ríos y lagos por el crecimiento irresponsable de la industria. Los negros son el estrato sensible y oprimido que se levantará entre los escombros para cambiar el orden de las cosas. Si bien Lorca escribe desde la idealización, la historia probaría su punto con figuras como Martin Luther King, Malcolm X, James Baldwin, Bayard Rustin, Rosa Parks, Angela Davis, entre otros.

En los años 60 por primera vez se formaron democracias africanas, los primeros presidentes negros tomaron el poder para pronto ser derrocados por golpes de estado o asesinados, como le ocurrió a Patrice Lumumba, primer presidente de la República Democrática del Congo, mártir del panafricanismo. De acuerdo al crítico del neocolonialismo, Samir Amin, el verdadero obstáculo para la hegemonía estadounidense fueron los movimientos de liberación en África y Asia.

Quizá Vietnam les costó trabajo, pero en definitiva encontraron la forma de eliminar esos obstáculos. En su política internacional con guerras y golpes de estado; en la doméstica, con la destrucción del tejido social de las comunidades negras mediante la introducción de drogas, el endurecimiento del código penal que ha llenado las cárceles de hispanos y afroamericanos como muestra el documental The XIII Amendment. Aplastaron la liberación en su propio territorio.

Unos días después de ver al rey de Main Street vi, otra vez desde mi ventana, a una mujer con una bata azul y brazalete de hospital. Después de tenderse en la puerta de un teatro, un hilo de orina salió de su entrepierna y avanzó formando figuras. Llamé al 911 pensando que en verdad la ayudarían. Pensé ingenuamente que llegaría una ambulancia pero en cambio aparecieron dos patrullas. Un oficial se acercó a la mujer tendida sobre el suelo y le pidió que se fuera. Desde arriba vi la escena de la que era culpable. No sólo no la ayudé, le quité el lugar que había encontrado para dormir. Me sentí una mierda, esa mierda mosqueada en la estación del tranvía, como la muerte que se multiplica sin encontrar duende ni alma.

Resulta que en Houston está prohibido mendigar desde 2017. Por suerte esa norma no se aplica con rigor: hay varios campamentos en los bajo puentes y cientos de personas deambulan en varias partes del centro. Según The Guardian hay alrededor de medio millón de homeless en Estados Unidos. Así como la población negra es encarcelada cinco veces más que la blanca, también es la que predomina en las calles. Coalition for the Homeless calcula que en Houston 55% de la población en situación de calle es negra, 35% blanca y 10% hispana. Como aseguró Gregory C. Scoot en el Huffpost «homelessness has a black face». No es una esencialización, sino una denuncia al racismo que está detrás del encarecimiento de la vivienda y de la educación, de las leyes penales, del abandono a la atención psiquiátrica.

Pensando en esto fui a Fiesta, un supermercado que es casi embajada de México y que está, de hecho, frente al consulado mexicano. Entre ambos, hay un campamento donde viven decenas de personas: tiendas de campaña, colchones, están por todos lados. Antes de entrar a hacer las compras, me quedé parada junto a un hombre que observaba la demolición de una casita de madera del barrio como si se tratara de su propia casa. Una máquina atravesaba la pared y luego avanzaba por arriba de los cuartos derrumbándolo todo. Cuando salí del supermercado ya no había casa, solo una pila desordenada de maderas. Tomé el tranvía de regreso, el transporte público es territorio de homeless, estudiantes y obreros hispanos y afroamericanos.

Regreso con frecuencia a las imágenes surrealistas de Lorca, quien observó la urgencia de un cambio: anunció el fin de una era y el inicio de otra en la que reinarían quienes hasta entonces habían sido esclavizados y reprimidos. Anunció el trastocamiento de las cosas: los objetos se rebelarían de sus antiguas funciones. Con la cuchara que es un instrumento del blues, el rey de Harlem arrancaría los ojos a los cocodrilos.

Quizá con el tranvía, la sábana blanca, la bata de hospital, los gritos a mitad de la noche, los colchones y casas de campaña, el rey de Main Street pueda convocar a una multitud a transformar el desorden de las cosas. Obligar a los que siempre andan en auto, a los que viven en los suburbios sin alma y sin historia, a los que piensan que esto no es su país, a ver lo que no quieren ver.

 

Imagen de portada: Main Street Bridge over Buffalo Bayou, Houston, Texas by Patrick Feller. 
Flickr-[CC BY 2.0]


Ana Emilia Felker
Ana Emilia Felker
Autora de Aunque la casa se derrumbe. Estudia el doctorado en Estudios hispánicos en la Universidad de Houston. Ha sido periodista en medios como CNN y la revista Chilango. Escribe en su cuaderno, servilletas y, cuando se le quita la pena, publica en Twitter e Instagram: @felkeriana



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