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El sonido literario de un enjambre

21 Mar, 2017 Etiquetas: , ,

El sonido proviene de las voces narrativas de Marina Aguilar, Sylvia Aguilar Zéleny y Tatiana Maillard, las cuales conforman un primer triángulo del Enjambre Literario [un proyecto editorial que busca visibilizar el trabajo de escritoras de Iberoamérica]. Uno cuyos puntos de unión conducen de España a México y de México a Estados Unidos. O al revés. Puntos de unión que remiten a historias, motivaciones y contextos particulares, como lo muestran estas conversaciones con ellas.

TEXTO Y FOTOS: LIZBETH HERNÁNDEZ

Si uno piensa en un enjambre es muy probable que la primera imagen que le llegue a la mente sea la de un hexágono; pero un enjambre puede aludir a más que a una figura geométrica de seis lados. Por ejemplo éste, al que me refiero, está integrado por mujeres que tienen en común su apuesta por su escritura. Este enjambre es uno literario.

La historia de este Enjambre Literario empezó a escribirse en 2016, cuando se lanzó el llamado para que narradoras de Iberoamérica enviaran su trabajo y contendieran para ser la seleccionada por el jurado conformado por los escritores Fernanda Melchor, Yuri Herrera y la periodista Catalina Ruiz-Navarro y, finalmente, ser publicada por la editorial digital Poua.

Fueron 120 mujeres las que decidieron participar en este proyecto editorial que se propuso descubrir y visibilizar el trabajo de escritoras y periodistas de esta región. Los resultados se dieron a conocer el pasado 31 de enero. La novela seleccionada fue Catálogo de enfermos mentales de la gaditana Marina Aguilar. Pero hubo más: dos textos obtuvieron menciones especiales, se trata de El libro de Aisha y Agosto, de las escritoras mexicanas Sylvia Aguilar y Tatiana Maillard, respectivamente. Las tres autoras serán publicadas.

Así, estas tres mujeres forman un primer triángulo del enjambre. Uno cuyos puntos de unión conducen de España a México y de México a Estados Unidos. O al revés. Puntos de unión que remiten a historias, motivaciones y contextos particulares. Un enjambre es más que una figura geométrica.

Marina y el juego con lo monstruoso

Son las diez de la mañana en México. En España son las cinco de la tarde. Es domingo. Veo a Marina Aguilar en la pantalla de mi laptop. Es joven [nació en 1990], tiene el cabello largo. Habla pausado, reflexiona cada frase. Me explica que se enteró de la convocatoria de Enjambre Literario a través de una página que se llama escritores.org en la que hay información sobre distintos concursos y convocatorias. Después todo fue simple: mandó su trabajo, una novela que empezó a escribir en 2014, cuando ella vivía en Francia y cuyo tema es la locura, un asunto que le parece interesante, uno que piensa también desde la filosofía y el psicoanálisis [áreas que ha estudiado] y uno que le permitió «jugar con la idea de que todos estamos locos; o la indeterminación».

Marina se interesó en la escritura desde que era niña. Ha publicado algunos textos de ficción y otros más teóricos. Me confiesa que le gusta mezclar géneros. Le gustan las cosas híbridas. Le gusta Kafka, lo fantástico y lo monstruoso.

«Lo monstruoso es interesante porque es lo que se sale de lo común, es lo que rompe con cualquier cosa que te imagines. El monstruo está en el margen, es lo que está excluido. Se puede jugar con la idea de lo monstruoso y la locura, con lo que está olvidado o no se le presta la atención, es transgresor», me dice.

Catálogo de enfermos mentales, el trabajo de Marina, «es, más que una reflexión sobre la enfermedad mental, sobre las maneras irrisorias en que los ‘no enfermos’ miramos a los que son diferentes. Es una obra original, arriesgada y necesaria», dijo Yuri Herrera, uno de los miembros del jurado del Enjambre.

Marina supo el fin de semana previo a que salieron los resultados que era finalista. Luego recibió la noticia de que era la seleccionada. Eso la alegró, pero su entusiasmo es mesurado, por lo menos en esta charla. A Marina no le gusta tener que definirse, incluso, me comparte: «El tema de publicar con el nombre de uno es complicado. Publicar con seudónimo sería bueno».

Vivir de lo que uno escribe es complicado porque también tiene que ver con condicionar lo que escribes a lo que esperas obtener; se pone en juego la frescura también. Está bien que haya iniciativas que den libertad a la gente para que escriban de lo que quieran

La mañana y la tarde que compartimos a través de una pantalla transcurre sin sobresaltos mientras le pregunto qué piensa de la iniciativa que ha tomado Enjambre Literario [la de visibilizar el trabajo de escritoras de Iberoamérica]. Marina explica que le parece bien y abunda: «la cuestión de género es complicada […] Me interesan los feminismos, aunque es complicado porque hay diferencias incluso entre las propias mujeres». Tras decir esto, me habla de la importancia que para ella tiene el también dar voz a otras personas invisibilizadas, como las personas trans.

Después hablamos sobre qué tan fácil piensa que es la sostenibilidad de una escritora:

«Al final no está claro que puedas sustentarte con lo que escribes [Marina contempla trabajar en la docencia o quizá en el psicoanálisis para mantenerse], a menos que seas bestseller, pero tampoco es el objetivo de la escritura que a mí me gusta. Es una cuestión social y política, pero también es cuestión de cada uno, de cómo enfoca su vida. Vivir de lo que uno escribe es complicado porque también tiene que ver con condicionar lo que escribes a lo que esperas obtener; se pone en juego la frescura también. Está bien que haya iniciativas que den libertad a la gente para que escriban de lo que quieran».

La charla se prolonga unos minutos más, Marina me dice que desea explorar y pensar más este aspecto de la sostenibilidad de la escritura. Hablamos de cómo nos intriga la locura. ¿Qué es lo monstruoso para ella?, me pregunto y la insto a compartirme su noción una vez más: «El monstruo está en el margen, es lo que está excluido», me dice. Entonces las palabras parecen brincar y tenemos que correr tras ellas, seguirles el juego. Marina combina silencios y risas hasta cierto punto tímidas. Cerramos la charla. Pienso que Marina se ha acercado al monstruo, al margen y brinca con sigilo.

Tatiana ya no se va a callar

Ocurre en un café en la Ciudad de México. Es viernes por la noche. Tatiana Maillard está sentada frente a mí. Está emocionada. Contenta. La charla inicia:

¿Cómo fue que mandaste tu trabajo a Enjambre Literario? ¿Cómo nació tu interés por ser narradora?

Yo tengo como diez años escribiendo ficciones y desde hace tiempo tenía la idea de publicar un libro de cuentos. A un amigo mío, Carlos Rojas, que trabaja en Educal, le dije hace como cuatro años: mi objetivo es publicar El puto libro de cuentos. Así lo llamé. Me quedé con eso en la cabeza. Se acaba emeequis [Tatiana es periodista también y trabajaba en esta revista] y entonces tuve mucho tiempo libre. «Agosto» era mi cuento más largo, es como de 64 páginas, entonces lo empecé a corregir, lo tallereaba. Vi la convocatoria de Enjambre precisamente en Kaja Negra y me pregunté: ¿Cuál es mi fuerte? Pues Agosto.

Tatiana se detiene un poco y me explica que Agosto es la historia de un guía de turistas misántropo que odia a los turistas, odia todo lo que representan estos viajes de paquete:

«Agosto es una persona que yo sí conocí, era un guía de turistas que se llamaba Domingo [Tatiana lo conoció durante un viaje familiar que hizo a Praga]. Me acuerdo muy bien que una ocasión en Viena lo vi bajar del camión, era un tipo flaco, con la nariz aguileña, que fumaba todo el tiempo. Había un poco de lluvia y de viento, y él empezó a sacar a los turistas del camión como si fueran ovejas y comenzó a dar las explicaciones del lugar. Él tenía un paraguas de Mozart y de pronto, mientras platicaba, le pegó el viento. Acabó con su paraguas al revés pero seguía con su explicación. Me quedé pensando: este tipo no es real. Me obsesionó, lo empecé a seguir y empecé a ver cómo actuaba con los turistas, cómo actuaba con la gente y empecé a tomar notas».

Tatiana pudo escribir la historia de ese misántropo en dos momentos principalmente, cuando no estaba trabajando, primero debido a una lesión, y después cuando emeequis cerró su edición impresa.

Tatiana Maillard es una periodista y escritora mexicana.

Y abordando el Enjambre, lo que es su apuesta editorial, tú como lectora, narradora e incluso como periodista, ¿qué puedes decir de la importancia de visibilizar la obra de otras mujeres?

Sí, pues justo es relevante por lo que ha dicho Brenda Navarro [la principal impulsora de este proyecto editorial], de que el menor porcentaje de lo que se publica en el ámbito literario es trabajo de mujeres. Y de forma personal, hasta hace unos años yo no había leído textos de mujeres, yo pensaba que los que escribían cosas chingonas eran los hombres. Apenas el año pasado empecé a leer, porque me lo dieron, el libro de obras escogidas de Clarice Lispector y para mí era de «cómo pasé putos 32 años sin leer esto». Entonces, mi conocimiento de literatura de mujeres se reducía a Anaïs Nin. Yo sí me puedo recordar hace ocho años leyendo puras cosas de hombres y pensando que el feminismo era esto de «estas mujeres odian a los hombres, yo creo en la igualdad», y era falta de conocimiento. A lo que voy es que el asunto de no visibilizar lo que hacen las mujeres, el hecho de asumir estas actitudes condescendientes, que yo también he escuchado pero antes no era tan consciente de ellas como «son más los hombres los que escriben, los que crean» —cosas que ahora me parecen una pendejada—, creo que son ideas que siguen muy arraigadas y siguen haciendo muchísimo daño. Yo no puedo decir que me hizo daño no haber leído mujeres pero sí restringió mucho mi mundo durante muchos años. Y creo que la importancia de Enjambre es el asunto de la visibilización no entendida desde el rollo de «es que por qué un concurso únicamente para mujeres, eso es discriminación»; es decir, carnal, tú tienes un chingo de oportunidad, no es nada contra ti, solo necesitamos mostrar esto que se está haciendo porque no se le da importancia o se siguen diciendo cosas como «es que las mujeres no escriben, no son creativas».

¿Cómo ha sido tu proceso de acercamiento al feminismo y cómo influyó en tu escritura? ¿Y cuáles son los retos que te planteas como narradora?

Recuerdo que hace como ocho años, en una entrevista con María Novaro, cuando sacó Las malas hierbas, la conversación derivó hacia el feminismo, no recuerdo exactamente las preguntas que le hice pero en una comenté algo como «¿no es acaso [el feminismo] como un odio hacia los hombres, no deberíamos de hablar de iguales?», y yo le agradezco muchísimo porque fue muy amable, muy abierta y muy inteligente en explicarme de qué se trataba. Y ha sido un proceso [aproximarse al feminismo]. Estoy enterada de los feminismos porque hay personas cercanas a mí que se asumen como feministas, porque lo leo, es un asunto que una no puede ignorar. No estoy completamente sumergida ni en corrientes ni en autoras ni nada, pero puedo recordar cómo me han influido pláticas con estas amigas, y el ver constantemente en medios qué pasa, decir: no somos feminazis, no odiamos a los hombres. Y hace un año, cuando fui a la FIL Guadalajara, me encontré Teoría King Kong de Virginie Despentes y leí la contraportada y dije ¡qué es esto! [Tatiana se maravilló]. Y así han sido mis acercamientos, mis maneras de entender. Ahora, otra cosa que me ha llevó a todo esto [el feminismo] fue que yo venía cargando con un acosador y siempre había tenido mucho miedo. Cuando lo dejé de ver —porque el tipo renunció al trabajo— fue un alivio, pero la joda no terminó ahí, siguió. Y el año pasado, cuando acabó emeequis, tuvo la ocurrencia mandarme unos tuits —antes recibía correos, luego recibía cosas de cuentas anónimas que por algunos elementos me permitían decir: es este güey—. Antes era de enojarme mucho, bloquearlo, pero en esta última ocasión no me aguanté, quizá si yo no hubiera estado estimulada por el feminismo o por la gente cercana a mí, yo no lo hubiera hecho [enfrentarlo] y decir: me está pasando esto. Salí a la calle con una pancarta, se pusieron en contacto conmigo chicas que habían sido acosadas por este tipo y lo último que supe es que está en Cancún. Claro, puse la denuncia, pero en este país no pasa nada si denuncias acoso sexual u hostigamiento. Cuando empezó todo esto yo estaba aterrada, no lo hablaba, todo el tiempo estaba culpabilizándome, pero el año pasado dije: no me vas a callar, cada que me digas algo, lo voy a decir, cada que sepa que acosas a alguien más, lo voy a decir, eso no hubiera sido posible sin una postura feminista.

Yo no puedo decir que me hizo daño no haber leído mujeres pero sí me restringió mucho mi mundo durante muchos años

¿Y cómo ha influido esto en tu escritura?

Vuelve a ser lo mismo: no me van a callar, porque también, durante mucho tiempo —y en parte tiene que ver con este tipo que lamentablemente fue mi primer jefe— tuve el complejo de decir: yo no soy buena para esto, yo soy tonta, yo no entiendo; o sea, miren las grandes obras de los hombres. Fue mucho sufrimiento, pero hay gente que me tuvo mucha fe. Y de alguna manera ahorita ya me vale, ya no tengo miedo de mostrar, porque me daba miedo mostrar lo que escribía. Es un proceso; hay cosas que me siguen causando miedo, pero me ha ayudado.

Parte de la visión de Enjambre es pensar la sostenibilidad de la vida y la literatura, ¿tú te has planteado qué harás tras la publicación de tu libro? ¿Combinarás periodismo y literatura?

Yo sí quisiera dedicarme a escribir pero ahorita estoy en una etapa difícil porque me estoy adaptando a muchas cosas. En el caso del periodismo, me gusta tomarme mi tiempo para investigar, escribir y entender, creo que sí tengo ciertas obsesiones, y esto es complicado cuando tienes deadlines, y es más complicado en el diarismo. Y hay cosas que no son económicamente sustentables, los medios quieren inmediatez, y ahorita lo que estoy haciendo es actuar dentro de la inmediatez. A mí me encantaría poder hacer lo que me gusta sin estar pensando en si tendré para la renta, porque también es muy jodido. En el caso de la literatura es lo mismo, yo tardo mucho. Es algo que me gustaría hacer toda la vida. Sí me veo haciendo esto, lo quiero hacer. Por eso es importante lo que está haciendo Brenda porque Enjambre es una apuesta. Como toda apuesta lleva riesgos. Y lo que hace es muy loable por todas aquellas mujeres que no son de las pandillitas, ni son el bestseller, hay otras cosas que te mueven. Cuando leí el nombre de la novela que ganó [el de Marina Aguilar] dije: yo quiero leerlo, yo quiero leer cosas que me den madrazos. Yo quiero una editorial que me de eso, que me haga ¡PUM!

La noche ha caído en la ciudad. Nuestras tazas de café están vacías. La energía de Tatiana no le cabe en el cuerpo que expresa alegría, una que encuentra salida momentánea en lo último que me comparte:

«Tengo una frase de un amigo, Carlos Rojas, de Educal, quien me dijo: ‘escribir no es cualquier cosa, escribir es tocarse’, y sí, no está fácil, duele tocarse, y a mí me parece mucho más válido, en mi escala de valores, escribir para tocarse. Yo escribo para tratar de entender y creo que también por eso hago periodismo».

Sylvia, dar lo que se recibe

Yo soy de Hermosillo, Sonora. Me vine a El Paso, Texas, a hacer la maestría en escritura creativa, que es un programa bilingüe de tres años. Hace tiempo publiqué una novela en Tierra Adentro, pero creo que es a partir del programa en El Paso que me doy por entero a la escritura. Antes yo daba clases en el TEC de Monterrey y fue a partir de 2010 que me di la oportunidad de trabajar en un proyecto de escritura. A la par, en El Paso, que es una ciudad fronteriza, empecé a hacer un voluntariado con mujeres víctimas de violencia. Yo soy muy de la idea de regresar lo que uno recibe, por eso hice un taller de escritura con ellas que son mujeres que tienen la posibilidad de contar con un green card especial, pero para eso tienen que contar su historia de vida, tienen que escribir qué fue lo que les pasó. ¿Cómo cuentas eso? Muchas de las mujeres con las que yo trabajé tenían estudios muy básicos, de primaria, cuando mucho de secundaria. Entonces, era trabajar con ellas por entero.

Así, Sylvia Aguilar Zéleny me detalla el contexto que rodeó a su novela El libro de Aisha, que formará —junto a Catálogo de enfermos mentales, de Marina Aguilar y Agosto, de Tatiana Maillard— la primera parte del catálogo del Enjambre Literario.

«La novela estaba escrita», dice Sylvia, pero la experiencia en el taller con las mujeres la hizo volver a ella y repensar qué quería con ésta. Y finalmente lo supo: sería un libro cajita; me explica: «más que pensar en tramas, a mí me interesa contar historias de personajes. Entonces, ésta es la historia de una chava cuya hermana desapareció de su vida y empieza a investigar sobre ella, a hablar con los padres, los tíos, con la gente que la conoció, y lo que ocurre con la hermana [la que desaparece] es que se fue a estudiar un doctorado, se enamora, se casa y se convierte al Islam, que es algo muy común en Estados Unidos. Entonces, El libro de Aisha es como un libro de investigación de la protagonista, de la hermana menor, hay artículos, imágenes, todo lo que ella va encontrando. Y como suele ocurrir, al escribir la historia del otro, el protagonista está escribiendo su propia historia».

Sylvia se enteró de la convocatoria de Enjambre Literario a través de Twitter. El llamado le interesó porque ponía foco a narradoras de Iberoamérica. Era el lugar ideal para mandar la novela que tenía en el cajón, pensó. Meses después [la convocatoria se lanzó en marzo, cerró en octubre de 2016 y los resultados se dieron a conocer a finales de enero de este 2017], recibió la noticia de que era finalista y volvió a Twitter para ver los resultados definitivos, vio que obtuvo una de las dos menciones que hizo el jurado, «al final lo importante es que se publique», dice Sylvia.

Converso con Sylvia vía Skype. De pronto pareciera que ya nos conocemos. Sylvia es muy detallada en sus respuestas y al compartirme lo que observa y lo que hace. Además de apostar por su escritura, impulsa, desde hace un año, un programa que se llama Casa Octavia, una residencia para escritoras. Le pido que me cuente más y hace el relato:

«En un inicio era para escritores, pero dije: yo puedo hacer lo que me da la gana y lo que a mí me interesa es apoyar a escritoras. Es un proyecto pequeño, es en mi casa, recibo a escritoras que se quedan en mi sala, no tengo un cuarto especial. Estoy construyendo una biblioteca de autoras de muchos países. Las autoras llegan trabajan y tallereamos. El proyecto nació cuando una amiga vino a un congreso. Yo había visto una iniciativa de una mujer en Nueva York que heredó una casa que se estaba cayendo, creo que era maestra de arte, y dijo: hay un cuarto en la azotea, que la gente se quede en la azotea, que trabajen su proyecto, pero que me ayuden a mejorar la casa, entonces lo hizo como residencia a través del intercambio. Esto está precioso, dije. Para mí es importante la idea del intercambio, entonces lo platiqué con mi esposo y con mi hijo, y los dos dijeron que sí. Luego recibimos a Maricela Guerrero, una poeta del DF, la primera de nuestro proyecto. Después le di más forma, vino Nora de la Cruz, del Estado de México, y cuando platicamos dijo: está padrísimo. Trabajó su novela, tallereamos. Y hasta ahorita todo se ha conformado con apoyos de conocidas, por ejemplo, unas exalumnas me ayudaron con el diseño y a poner la papelería en forma; otra chica de Monterrey me ayudó con el plan de negocios, porque esto no es redituable, es de mi bolsillo. El ideal de Casa Octavia sería obtener apoyo de los institutos de cultura de los estados, por ejemplo, para que las mujeres puedan viajar hasta acá; quizá en algún momento haya una cuota, porque quienes vienen reciben talleres conmigo. De momento lo que hacen quienes vienen es proponer algo, una lectura o un taller para la comunidad como intercambio. El problema es que si esto no es sustentable, cierra».

La escritora Sylvia Águilar Zéleny.

Hay una pregunta que ronda mi mente, y tras escuchar a Sylvia, pienso que es el momento de lanzarla.

¿Por qué es importante visibilizar historias de mujeres, me refiero tanto a aquellas con las que tú trabajas como a narradoras?

Yo tengo un alegato con mi hijo que tiene 18 años, él me dice «ya las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres», pero es un chavo, ya le tocó otro mundo. Donde estamos ahorita es porque alguien hizo algo, hubo mujeres que se movieron e impulsaron cambios, pero aún así para mí hay muchísimo por hacer. Por ejemplo, el otro día, una amiga y yo vimos en Twitter que iba a haber un taller, Escritura para el futuro se llamaba, y todos eran hombres, es decir, los que iban a dar los talleres, entonces decíamos «ah, entonces para escribir para el futuro hay que ser hombre». A veces quiero creer que [los hombres] no se dan cuenta, pero en realidad hay una tradición de machismo, deja que no se abran puertas a mujeres, ni siquiera consideran abrir las puertas, son los mismos de siempre. Entonces, aunque ya ocupamos más lugares, no es suficiente. No existe el impulso necesario y no nada más el económico, también, por ejemplo, las chicas que han venido aquí [a Casa Octavia] han tenido resultados fabulosos porque se salen de su casa unos días para concentrarse y escribir, es un lujo hacer eso.

¿Con qué has tenido que lidiar para no soltar la escritura, pensándolo como ejemplo y/o espejo de lo que viven otras narradoras?

Me es extraño, porque aunque no estaba entregada por entero, la escritura siempre estuvo ahí. Tengo suerte, yo di clases de literatura por muchos años en el TEC de Monterrey y acá [en El Paso] empecé a dar clases de narrativa y traducción, pero pues es eso, hay que trabajar, la luz se paga, la renta se paga y hay que competir con esto, con ganar el pan de cada día. Y a veces el jefe o la institución con la que trabajas no comprende y llega a decir «ah, es que escribes, es un hobby»; es decir, hay que luchar para que la escritura se vea como lo que es, un oficio y una profesión. Eso es con lo que he tenido que lidiar. Con mi familia no ha sido difícil, pero convencer a la gente con la que trabajaba de que esto era importante, de que ir a dar un taller a Ciudad Victoria era importante y es una profesión sí lo fue.

Donde estamos ahorita es porque alguien hizo algo, hubo mujeres que se movieron e impulsaron cambios, pero aún así para mí hay muchísimo por hacer.

Tras los resultados de Enjambre, ¿qué proyectos tienes?

Es muy loco, recien me gané una residencia que se llama Under The Volcano, que es una residencia de escritores en Tepoztlán, entonces tomé un taller con la maravillosa Luisa Valenzuela, fue una semana. En el taller inicié una novela y ya tengo como 40 cuartillas y es algo que no tenía planeado. Entonces, en el taller consolidé la idea de que esto es lo que soy, porque uno siempre duda, aunque hayas publicado. Lo de Enjambre llega en un buen momento.

La charla con Sylva concluye. Nos despedimos. Me quedo pensando en que sus proyectos de escritura son cajitas que contienen más y más voces.

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Un enjambre es más que una figura geométrica. Más que una multitud de abejas, pero algo concuerda entre este Enjambre y el que define la RAE, aquí también las escritoras parecen ir juntas para formar otra comunidad.

 

Imagen de portada: Enjambre Literario, por Miguel Moguel. Cortesía del proyecto editorial.


Lizbeth Hernández
Lizbeth Hernández
Directora de Kaja Negra. Periodista e investigadora freelance. Los temas que más le interesan son: movimientos sociales, derechos humanos, feminismos, agenda lgbt+, arte y cultura pop. Escribe sus ideas y apuntes en Medium. Se la vive entre la sabrosura y el desasosiego. En Twitter e Instagram: @abismada_ Correo: lizbeth@kajanegra.com




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