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En el bosque oscuro encontramos la luz de Ursula K. Le Guin

29 Ene, 2018 Etiquetas: , ,

La escritora Ursula K. Le Guin murió el 22 de enero de este 2018. Tenía 88 años. Le Guin marcó a miles de lectoras y lectoras en el mundo, personas que se adentraron a los universos que creó. Para decirle hasta pronto invitamos a las escritoras Gabriela Damián y Libia Brenda a compartir con nosotros lo que Le Guin significó para ellas. Seguro más de una/ uno de ustedes se identificará.

TEXTOS: GABRIELA DAMIÁN Y LIBIA BRENDA

El mundo es un bosque, el nombre es el mundo
[TEXTO: GABRIELA DAMIÁN]

Llegué a la obra de Ursula K. Le Guin gracias al querido Ricardo Bernal y su Diplomado en Literatura Fantástica y Ciencia Ficción, en el 2002. Leí, primero, El nombre del mundo es bosque y poco a poco todo lo demás. Pronto supe que leerla era como platicar no con una persona, no con una autora, sino con la voz más sabia que había escuchado en ese lugar al que acudo en mi cabeza cuando leo, esa inmensa habitación, a veces ese inmenso bosque. Las palabras de Le Guin me significaron lo que el tronido del rayo o el gorjeo del ave o el susurro de las hojas: belleza, revelación, alegría; la voz humana se manifestó como una fuerza natural en sí misma, llena de verdad y potencia.

Luego, cuando empecé a aceptar la idea de que yo sería una escritora, me harté de las posibilidades que me esperaban [el suicidio —porque escritoras=mujeres locas, el alcoholismo, la depresión, la vida malvivida para bienvivir estúpidamente en el postmortem de la gloria literaria, en el mejor de los casos—] comencé a coleccionar biografías de autores felices. La lista no es muy larga, la encabezaron Bradbury y Le Guin. Y cuando YouTube nos bendijo con los videos más oscuros y olvidados a disponibilidad de cualquiera, vi claramente lo que me atraía de mis candidatos a modelo a seguir: se la pasaban muertos de la risa, a pesar de la evidente vulnerabilidad en la que quedaban al hablar con absoluta honestidad.

Ursula, además, era fiera sin dejar de ser decente, crítica implacable, con una inteligencia tan inseparable de la dulzura y tan lejana a la condescendencia, tan ligada, también, a su condición de mujer, que me obligaba a contrastar sus opiniones con mi propia vida. «La búsqueda de la alegría es la verdadera búsqueda humana. Por eso nos reunimos aquí», dice en uno de esos videos. «No del placer: eso lo busca cualquier hámster». Ursula K. Le Guin, en la vida y en la obra, no presentaba ninguna dicotomía, ninguna necesidad de pérdida en la elección: ninguna necesidad de preguntarse si era o no el monstruo que aquí todas tememos ser [En español: ¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos?]

No lo era.

[Por favor, véanla morirse de la risa/ hacer una dura crítica al fandom de SF/ser implacablemente feminista/usar un gorrito de propulsión/proponer una forma de aprovechar mejor el espíritu comunitario de los lectores de subgénero sin dejar nunca de ser amable en esta conferencia en la WorldCon de 1975]:

UKLG me ha acompañado  [a mí y a la familia literaria que hoy la lloramos] no sólo como las autoras acompañan a sus lectoras sino también como invisible maestra, inmerecida amiga, admiradísima colega involuntaria. Ursula K. Le Guin no sólo me hizo crecer como lectora, sino también como una autora de la imaginación fantástica y como una autora que hace crítica. Y también, ay, como persona: la clase de cosas que pueden decirse sin pudor en el caso de una autora como ella, que siempre obligaba a pensar en la responsabilidad de una para con los demás y con el mundo.

______

 

Hace unos años, el buen Jonathan Minila me preguntó si tenía algún tema interesante para dar una charla literaria sobre sexualidad femenina en Bellas Artes. Me invitó a proponerle algo con la libertad total para elegir tema y conferenciantes. Pensé, necia como siempre, en hacer un pequeño acto de terrorismo CF y le propuse que habláramos sobre La mano izquierda de la oscuridad, la novela de UKLG sobre el planeta Invierno donde el género no existe sino como una condición que dura cinco días y permite la reproducción y el placer. ¿Las ponentes? Verónica Murguía, Libia Brenda y yo, para completar el trío de locas enamoradas de las ideas, el corazón y la imaginación de Le Guin, a quien desde mucho antes de esa oportunidad considerábamos relevante y señera para cualquier ámbito desde el que se quieran diluir y cuestionar fronteras [estética, política y vitalmente].

Ursula, además, era fiera sin dejar de ser decente, crítica implacable, con una inteligencia tan inseparable de la dulzura y tan lejana a la condescendencia.

La noche de la charla fue muy especial. Recuerdo a las amistades que fueron; la anécdota que Verónica contó respecto a la carta que, de puño y letra, recibió de la mismísima Ursula; lo mucho que reímos; los zapatitos rojos que usé; la gente que hasta ese momento no había leído a UKLG y le acabamos contagiando las ganas de hacerlo. Esa noche conocimos a nuestro querido David Venegas, quien ya había contactado a Libia con la idea de formar lo que en un futuro sería el Cúmulo de Tesla. Para mí [quizá para Vero y Libia también], esa noche marcó el inicio de la cariñosa insistencia de hablar de ella, de sus luminosas historias y sus grandiosos ensayos.

De cinco años para acá, el mundo se fue poniendo más oscuro y terrible; y curiosamente, la voz de Le Guin comenzó a resonar con más fuerza. Su constante crítica a la violencia, al capitalismo, a la discriminación de toda clase, fue un faro sensato en un mar de odio. Basta recordarla dando este discurso, o escribiendo esto respecto a la era Trump y la protesta conducida por la comunidad de la reserva india de Standing Rock: The Election, Lao Tsu, a cup of water.

______

En fechas recientes, Verónica, Libia y yo participamos en la campaña de Kickstarter liderada por Arwen Curry para crear el documental Words of Ursula K. Le Guin, que revisa su vida y su obra en voz de la misma Ursula. [Pueden ver aquí el trailer y acá una intervención de la autora, hablando de que la recompensa del arte es, de hecho, hacerlo]. Y hace poco, planeando las actividades para el 2018, pensamos en organizar alguna charla o ciclo de conferencias en torno a nuestra autora y al documental —que está en postproducción, a punto de ver la luz—. La avanzada edad de Ursula ya pendía sobre nuestras cabezas como una sombra, y aunque quizá yo era la que más invocaba este día [«Debería pasar esto y esto otro antes de que se vaya», dije quizá demasiadas veces], el primer día en que ella ya no está en este mundo, dejándonos sin una buena porción de luz; me doy cuenta de que nunca creí que fuera posible que Ursula K. Le Guin muriera. Una fe boba e inconsciente me decía que, en el fondo, nuestra abuela, de entre todas nuestras abuelas, sería eterna.

O quizá no tan boba.

Estoy ahora mismo en París, haciendo un viaje que significa mucho para mí y pensé que no haría, y que ya venía teñido de melancolía, por otras razones. Me entusiasmaba la idea de lo que leería en el trayecto, en las noches en la Ciudad Luz. La pérdida de mi Kindle y la premura propiciaron que tuviera que elegir un solo libro, uno. Tortura. Pasé el dedo por el lomo de El nombre del mundo es bosque, alegato ecológico, iracundo y bello, que tengo muchas ganas de releer y platicar con los cumularios. Pero lo dejé para mi regreso: quiero leer sobre París, le reconvine a mi memoria. Cuando me enteré de la noticia de la muerte de UKLG al bajar del avión, recordé esa sensación que me embargó después de que mi abuelo muriera porque días antes yo había dicho «Este fin de semana no iré a verlo, pero el próximo sí». Recuerdo y atesoro la última conversación que tuve con mi abuelo.

La última conversación que tuve con UKLG fue Lavinia, que nos llevó a la Eneida, y luego, a Dante. Y fue una bonita y duradera conversación.

Hoy, escribiendo este batiburrillo, recuerdo que París es el lugar en el que Ursula y Charles Le Guin se enamoraron, y que ella escribió una historia llamada April en Paris. Corro al librero electrónico de Apple y en dos segundos tengo conmigo otra conversación con UKLG por delante. Qué suerte. Pienso qué dicha sería si todos nos pudiésemos dejar en trozos para que quienes nos amaron puedan redescubrirnos.

Así que gracias, involuntaria abuela, por ser tan prolífica, tan sabia, tan generosa, por hacer del mundo una palabra y de la escritura una posibilidad para nosotras. Te quiero y te querré todo lo que puede querer una persona a otra sin conocerla nunca sino a través del milagro de la literatura, donde un corazón puede tocar a otro, donde una mente puede advertir a la otra de los peligros y las bellezas de esta vida. Qué fortuna haber coincido contigo en esta trama del espaciotiempo.

 

______

 

Arwen Curry compartió en la comunidad de Worlds of Ursula K. Le Guin este poema sobre la escritura. Lo traduje llorosa y feamente en la sala de espera del aeropuerto. Encontrarán mi versión al final.

 

Long ago when I was Ursula

writing, but not «the writer,»

and not very plural yet,

and worked with the owls not the sparrows,

being young, scribbling at midnight

I came to a place

where the road turned  and divided,

it seemed like,   

going different ways,  

I was lost.  

I didn’t know which way.  

It looked like one roadsign said To Town  

and the other didn’t say anything.  

So I took the way that didn’t say.  

I followed  

myself.  

«I don’t care», I said,  

terrified.   

«I don’t care if nobody ever reads it!  

I’m going this way.»  

And I found myself  

in the dark forest, in silence.  

You maybe have to find yourself,  

yourselves,  

in the dark forest.  

Anyhow, I did then. And still now,  

always. At the bad time.  

When you find the hidden catch  

in the secret drawer  

behind the false panel  

inside the concealed compartment  

in the desk in the attic  

of the house in the dark forest,  

and press the spring firmly,  

a door flies open to reveal  

a bundle of old letters,  

and in one of them  

is a map

of the forest  

that you drew yourself

before you ever went there.

        The Writer At Her Work:

I see her walking

on a path through a pathless forest,

or a maze, a labyrinth.

As she walks she spins,

and the fine thread falls behind her

following her way,

telling

where she is going, where she has gone.

Telling the story.

The line, the thread of voice,

the sentences saying the way.

 

        The Writer On Her Work:

 

I see her, too, I see her

lying on it.

Lying, in the morning early,

rather uncomfortable.

Trying to convince herself

that it’s a bed of roses,

a bed of laurels,

or an innerspring mattress,

or anyhow a futon.

But she keeps twitching.

There’s a lump, she says.

There’s something

like a rock—like a lentil—

I can’t sleep.

There’s something

the size of a split pea

that I haven’t written.

That I haven’t written right.

I can’t sleep.   

She gets up  

and writes it.  

Her work  

is never done.

—Ursula K. Le Guin, from «The Writer on, and at, Her Work».

 

***

 

Hace mucho, cuando yo era Ursula

escribiendo, pero no «la escritora»

Y no muy prolífica todavía,

Y trabajaba con los búhos, no con los gorriones

al ser joven, garabateando a media noche

Llegué a un lugar

donde el camino viró y se bifurcó

Parecía que

al ir por tan diferentes vías,

estaba perdida.

No sabía para dónde ir.

Era como si un señalamiento dijera «A la Ciudad»

y el otro no dijera nada.

Así que tomé el camino que nada decía

Y me seguí

a mí.

«No me importa», dije,

aterrada

«¡No me importa si nadie lo lee nunca!»

«Yo me voy por aquí»

Y me encontré a mí

En el bosque oscuro, en silencio.

Tal vez tienes que encontrarte

tienen que encontrarse a ustedes

en el bosque oscuro.

Como sea, yo lo hice entonces. E incluso ahora,

siempre. En los malos momentos.

Cuando encuentras el truco escondido

en el cajón secreto

detrás del panel falso

dentro del compartimento sellado  

en el escritorio, dentro del ático

de la casa en el bosque oscuro

y presionas el mecanismo con firmeza

una puerta se abre para revelar

un bonche de cartas viejas

y en una de ellas

hay un mapa

del bosque

que tú misma dibujaste

antes de que siquiera fueras a ese lugar

        

      La Escritora En Su Trabajo:

 

La veo caminando

en un camino a través de un bosque sin caminos

O en un rompecabezas, un laberinto

Conforme camina, ella hila

y el fino hilo cae detrás de ella

siguiendo su camino

contando

adónde va a ir, adónde ha ido.

Contando la historia.

La línea, el hilo de voz

Las oraciones diciendo el camino

 

        La Escritora Sobre Su Trabajo:

 

La veo, también, la veo

descansando sobre él.

Acostada, temprano en la mañana,

bastante incómoda

Tratando de convencerse a sí misma

de que es un lecho de rosas

una cama de laureles,

o un colchón de muelles

o como sea, un futón

Pero ella sigue revolviéndose, inquieta

Hay un bulto, dice

Hay algo

Como una piedra —como una lenteja—

No puedo dormir.

Hay algo

del tamaño de un guisante partido a la mitad

que no he escrito

que no he escrito bien.

No puedo dormir.

 

Ella se levanta

y lo escribe.

Su trabajo

nunca acaba.

 

—Ursula K. Le Guin, de «La Escritora en, y sobre Su Trabajo».

 

Gabriela Damián Miravete. Escritora, periodista de cine y literatura. Su trabajo es leer, 
ver películas y escribir; pero en su tiempo libre también lee, ve películas y escribe, 
así que no se queja de (casi) nada. Pertenece al Cúmulo de Tesla, colectivo que se dedica a 
fortalecer las relaciones entre el arte y la ciencia. Twitter: @gabrielintica.
En el corazón de la creación. Elegía a Ursula K. Le Guin
[TEXTO: LIBIA BRENDA]

Para Gabriela y Verónica, con toda mi gratitud, por su literatura y, sobre todo, por el amor y el diálogo.

 

El funeral que recuerdo con más nitidez es el de una abuela muy querida que, en realidad, no tenía ninguna relación genética conmigo; se llamaba María Luisa y le gustaba que le dijéramos Luisita. En mi vida, las abuelas son una figura tan emblemática como necesaria y en cierto modo ellas me han salvado la vida. Por eso, para mí, decir cualquier cosa sobre Ursula K. Le Guin es como hablar de una abuela muy querida cuya herencia está en mi ADN figurado. En aquel entierro descubrí que los ritos funerarios no son para los que se marcharon, sino para quienes nos quedamos; porque somos nosotros quienes necesitamos de la ceremonia para despedirnos, para asimilar la ausencia que llegó como un golpe de viento helado, para hacernos a la idea de que esa persona no está más, no respira más, no hablará más con nosotros.

En el caso de Ursula he buscado en estos días asideros de consuelo, porque la despedida no podrá ser de cuerpo presente. Mi parte racional me dice que ya lo sabía, que venía preparándome desde hacía un par de años, o un lustro, por su edad, porque la gente se muere, porque ya estaba muy ancianita; también me dice que Ursula en realidad es inmortal porque todas sus palabras, su obra y su legado permanecerán por siempre con nosotros. «Siempre», desde luego, es un periodo de tiempo inasible y, además, difícilmente comprobable [Sor Juana ha perdurado en su propia dimensión de «para siempre», quiero creer que Ursula perdurará también]. Pero el problema no es que mi parte racional tenga razón, mi problema es que la muerte de Ursula cierra de manera irrevocable la posibilidad de que ella, con su voz única, con su perspectiva amplísima, siga urdiendo ideas, siga combinando palabras, y ese es un nudo que todavía tengo en la garganta, porque a pesar de que ya estaba cerca de los noventa años y su salud no era muy buena, seguía escribiendo poesía, y publicaba agudos ensayos breves enmascarados bajo la etiqueta de ligeras y no muy serias entradas de un blog. El problema, pues, es que esa fuente ha dejado de manar y es duro acusar el golpe.

Ursula empezó a escribir ciencia ficción en una época en la que era mejor que las mujeres usaran un seudónimo o solo sus iniciales y su patronímico, no ya para que las leyera el público, sino para que les permitieran publicar. Y desde finales de los años sesenta empezó a transformarse en un referente literario. Le tomó medio siglo al mainstream reconocer la trayectoria y la calidad del trabajo de esta escritora [o le tomó cincuenta años a Ursula vencer al establishment], quizá no importa mucho para ella, porque no era su objetivo, pero importa para otras escritoras, importa para cientos de adolescentes que apenas van a conocer a Ged o a Genli Ai. En noviembre de 2017 [apenas hace tres meses] publicaron una entrevista con ella y las últimas dos preguntas resumen muy bien su opinión sobre los premios que había venido recibiendo en años recientes, básicamente le dice al entrevistador que debe tomar en cuenta dos cosas: está hablando con una mujer que además es escritora de ciencia ficción y fantasía, y los premios casi nunca van a a parar a manos de mujeres así; la otra cosa que le dice es que sabe que se ha ganado esos premios, que les da la bienvenida y le son útiles porque con la edad su autoestima ya temblequeaba y porque ya no puede hacer el mismo trabajo que hacía antes.

Ursula empezó a escribir ciencia ficción en una época en la que era mejor que las mujeres usaran un seudónimo o solo sus iniciales y su patronímico, no ya para que las leyera el público, sino para que les permitieran publicar.

En esa búsqueda de consuelo, he leído en comentarios de redes sociales y en algunos medios en inglés que a Ursula le quedaron a deber premios literarios [desde el Astrid Lindgren o el Hans Christian Andersen, que se otorgan a literatura infantil y juvenil, hasta el Nobel]. Es muy probable que sí, y es una obviedad, pero entre más premios tenga, entre más se hable de su obra en la academia y entre la crítica considerada seria, entre más resonancia genere su trabajo, es más probable que en cien años se siga leyendo la hexalogía de Terramar o el ciclo Hainish, a que si solo se hubiera quedado en la memoria de algunos nerds y en las listas de ganadores de Hugos y Nebulas. En ese sentido, la ciencia ficción y la literatura fantástica se adelantaron al mainstream y reconocieron a tiempo el talento, la agudeza, el alcance de la prosa de Ursula. Salud por eso.

Una vez discutía con un amigo sobre cómo admiramos a nuestros artistas favoritos. Lo sensato es no idolatrar a nadie, en especial a alguien como una figura pública de quien, en realidad, sabemos poco. Lo sensato es no hacer apuestas por la bondad [o la maldad] de alguien, conceptos rígidos, reduccionistas. Pero también es natural que busquemos ejemplos a seguir, en especial si nos han ayudado a darnos forma como personas, y en este terreno es posible que la escritura y la música sean mucho más importantes cuando nos estamos formando que cualquier otra arte y que en cualquier otro momento de nuestra vida. Con todo, creo que si algo cabe decir en esta especie de elegía es que a Ursula K. Le Guin podemos admirarla sin reservas, por varias razones, una de ellas es que era un buen ser humano. ¿En qué me baso para hacer semejante afirmación, si ni siquiera crucé palabra con ella? Si me atrevo a afirmar que Ursula era una buena persona es porque llevo leyéndola más de veinte años, llevo más de veinte años escuchando su voz y trato de atender a lo que me dice, no solo en la superficie pulida y perfecta de su lenguaje y su estilo, sino en la capa que viene debajo, un espacio que usó para meditar sobre el taoísmo, los principios del ying y yang, la solidaridad, la justicia, el equilibrio de la vida, la naturaleza, el colonialismo, el feminismo, la guerra, la muerte, la luz y sus múltiples formas, la oscuridad y su misterio. También intento llegar a una capa todavía más profunda en su literatura, esa en la que Ursula creó mundos, lenguas, seres que ponían en práctica estos principios de manera vital y activa e incluso, con una lucidez y una valentía que no recuerdo haber visto en muchos escritores, corrigió y enmendó los errores de su propia obra, se burló un poco de las historias que ella misma había escrito en años anteriores y puso a nuevos personajes en el mismo mundo a contar historias renovadas, con un punto de vista más claro o con una visión más certera. Hay otro nivel todavía [debe haber varios más, pero este es el que hasta ahora me parece el centro de todos], el nivel en el que una persona, por muy buena que sea con el lenguaje, las palabras y las historias, no podría escribir algo en lo que no cree. Si hay tantos libros desechables en el mercado es, en parte, porque hay editores y escritores dispuestos a mercar [palabras emparentadas] con el arte de contar historias. No digo esto solo porque sea mi opinión personal, lo digo [ay, de manera burda] porque Ursula llevaba años diciéndolo en todos los medios a su alcance y, desde luego, con nitidez y belleza, porque así manejaba ella el lenguaje. La obra de Ursula se sitúa justo en el extremo contrario del espectro: se vende gracias a que dice la verdad, se lee gracias a que está escrita con el artificio más cuidadoso, a la par que con la completa convicción de que no nos está tomando el pelo, al contrario, nos está hablando desde su centro, desde sus convicciones, desde lo que ella creía que era necesario decir en un mundo que a veces parece caerse a pedazos sobre nuestras cabezas y, por desgracia, quienes lo estamos destruyendo somos nosotros mismos. Esa convicción, esa verdad, esa fuerza, esa literatura son lo que me hace estar convencida de que si hay alguien a quien escuchar con atención, alguien a quien emular —en un sentido humano, no charlatán—, si hay alguien a quien seguir y admirar y a quien tenerle inmenso cariño aunque nunca nos hayamos encontrado en persona, es a Ursula K. La Guin, que era un ser humano brillante, una mujer hermosa y una escritora perfecta. Y no uso brillante en el sentido de la inteligencia, aunque también; no uso hermosa en el sentido de atributos físicos, aunque los tenía; y no uso perfecta en el sentido de que no tuviera fallas, sino en el sentido de que fue una escritora completa, incluyendo sus propios errores, y en esa completud y esos errores hay una perfección que abarca desde la manera de colocar las palabras, hasta la manera de revisar sus propias ideas.

No he leído absolutamente toda la obra de Ursula K. Le Guin, pero he leído una buena parte. La primera vez que leí Tehanu no le entendí, así de simple, no estaba preparada para abarcar todos sus sentidos; pero la he leído otras tres veces, porque su belleza y su peso me seguían llamando, y en una de esas fui capaz de decir «ah, era esto, de esto se trataba», y en la última cruzada personal que hice, en la que necesitaba apoyo, refugio y un farol para alumbrar mi camino, me acompañaron mi mejor amiga y Tehanu, y gracias a ellas dos logré volver a casa, maltrecha pero entera y cuerda. Me falta leer la poesía de Ursula, sus libros de gatos para niños, The Lathe of Heaven, pero he leído La mano izquierda de la oscuridad unas cuatro veces y cuando he tenido la fortuna y el azoro de hablar de ella en un aula o en una conferencia [en diálogo con la mejor compañía, otras lúcidas lectoras] me sigue llenando de asombro la cantidad de dimensiones que puede tener el amor más allá del género y de las convenciones. También llevo años leyendo su blog, las crónicas de Pard, su gato blanco-y-negro-con-esmoquin; atendiendo a su sentido del humor implacable y agudo, pero siempre hacia arriba. Ese blog en el que había noticias sobre ella, más o menos regulares, más o menos constantes, ese blog del que salió No Time to Spare, una recopilación de ensayos informales y meditaciones sobre temas tan dispares como literatura, el lenguaje soez, gatos, el matrimonio, la ira, el capitalismo, la imaginación. En particular este libro me resulta muy especial, porque mi ejemplar viajó de Boston a Nueva Orleans y luego a México hasta llegar a mí, y fue un regalo en el que estuvieron involucrados el azar y gente buena, sobre todo, estuvo involucrado el amor por Ursula, el entusiasmo por su literatura y por su trabajo, porque si algo es claro para quienes la leemos es que hay que compartirla, hay que llevarla a todos los ojos posibles y hablar sobre ella y quererla de manera colectiva, para entenderla mejor. En su blog y en este libro habla mucho sobre la vejez, hace bromas y una de las cosas que deja clara es que envejecer puede no ser popular en la cultura de la frivolidad, y puede no ser cómodo para quien sufre la disminución de su salud, pero desde luego no es nada malo y, por supuesto, es algo tan natural como morirse, que es, en última instancia, lo único de lo que podemos tener certeza. Y en ese memento mori es casi imposible no agradecer a la misma Ursula que aun en la tristeza de la pérdida, encontremos consuelo en su sabiduría, como debe ser con las abuelas que siempre tienen palabras sabias y a las que hay que atender con respeto. Y, en todo caso, ahora que no habrá más entradas del blog, no habrá nuevos cuentos ni nuevos poemas [y aunque hubiera publicaciones póstumas no serían nuevas, serían parte de lo que ella escribió antes del 22 de enero], ahora que la tristeza me dice que ya no habrá más de Ursula, me queda el consuelo de los libros suyos que no he leído, y los que quiero releer. Y es justo aquí donde tengo que detenerme, y despedirme, porque vuelvo a sentir que se me cierra la garganta y se me empañan los lentes.

Así, si hay algo que se pueda hacer para paliar la tristeza es volver a sus propios textos, esos en los que creó y dio forma a sus mundos, pero también sus conferencias, entrevistas, discursos. Y luego, cuando la tristeza haya pasado, para entender una o dos cosas sobre la vida y sobre nuestra [frágil] permanencia, podemos seguir atendiendo a sus palabras, al lenguaje verdadero, a ese que está en el corazón de la creación y nos conforma, nos mueve, nos permite vivir y entender la vida, ese lenguaje que es lo más poderoso que hay y al que, al final de todo, volveremos.

 

Libia Brenda es una lectora irredenta. Como escritora ha publicado varios cuentos de ciencia 
ficción y de imaginación en varias antologías [en México y en otros países]. Estudió literatura; 
empezó a hacer fanzines, poco a poco se hizo editora de oficio y ha trabajado en la industria 
editorial desde finales de los noventa, en casas como el Fondo de Cultura Económica, pero también 
como freelance [en su casa]. Es parte del Cúmulo de Tesla, un colectivo de gente que hace ciencia 
y gente que hace arte, dedicado a difundir el diálogo entre ambas áreas del conocimiento. Es cafeinómana, 
tiene aficiones «de señora» como aprender a coser y una identidad secreta dedicada a la gastronomía. 
Tuiter literario: @tuitlibiesco.

Imagen de portada: Ursula K. Le Guin by OnceAndFutureLaura. Flickr-[CC BY-NC-SA 2.0]


Colaboración especial
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